Hablemos realmente de Borges
En revistas: “Brújula rosarina” - número 5 - 23/11/84;
y “Las tierras planas” - número 3 - de Ceres,
y en el diario “La Unión”, de Esperanza, 6/9/85
Hablar realmente de Borges, tal como lo implica el título de este artículo, es despejar la serie de prejuicios y malentendidos que se han venido dando en torno a un autor y a una obra, y que nada tienen que ver con los específico del hecho literario.
Indiscutiblemente Borges es ya un gran clásico. Creador de una obra (poesías, cuentos, ensayos) fundamental en las letras hispanoamericanas, es un maestro y precursor en el ámbito del lenguaje donde ha dejado profundas huellas (reconocidas o no) en los principales exponentes de la actual narrativa latinoamericana desde Cortázar y Sábato, en la Argentina, a Mario Vargas Llosa, en Perú, Gabriel García Márquez, en Colombia, Cabrera Infante, en Cuba, y Carlos Fuentes, en México, citando solamente algunos de los nombres de una vasta y nutrida lista.
Ese Borges es totalmente otra cosa con respecto con respecto al fenómeno creado por el periodismo, en especial el televisivo, y que se ha dado en denominar «borgismo», y en el que se ha gestado una imagen demasiado popular, para desgracia de la literatura, con connotaciones revulsivas y fuertemente antipáticas para las sentimientos de un gran sector del pueblo argentino, que desconoce o conoce muy mal la obra de este autor.
En realidad, esta mala popularidad periodística no ha hecho mas que acrecentar prejuicios y resentimientos que vienen de la década del ´20, época de su participación en la aventura de renovación y vanguardia que se dio sobre todo a través del grupo llamado de «Florida» y la revista «Martín Fierro».
Juntamente con este grupo fue acusado de extranjerizante, no comprometido socialmente, de hacer una literatura puramente pasatista y bizantina, cuando no simplemente rebuscada en el lenguaje.
Estas acusaciones lanzadas sobre todo por el cenáculo rival de Boedo, creador de la literatura social en nuestro país, serían retomados por sectores del peronismo que hizo de Borges el representante de una literatura oligarca.
Posteriormente a la caída de este partido (y digamos de paso que otro gran escritor argentino, en este caso Leopoldo Marechal, habría de sufrir el mismo proceso, pero a la inversa, por ser peronista) se afinó mejor la puntería en este criticismo, dándole una base ideológica de izquierda.
En este caso provino el ataque de parte de la generación que se nucleó alrededor de la revista «Contorno», siendo uno de sus líderes principales David Viñas.
Pero lo paradójico de este cuestionamiento a Borges, considerado como el escritor antinacional por excelencia, es que las armas eran tomadas a su vez de corrientes políticas y literarias europeas.
Está también la acusación de ser oficialista. En ese caso no tendríamos que leer «La eneida», obra clave de la literatura latina y por lo tanto de nuestra cultura occidental, por el hecho que Virgilio, su autor, fue «contratado» por Mecenas (de ahí viene mecenazgo) para cantar las glorias del Imperio Romano y sobre todo las de la casa de Augusto, o sea de la dinastía de los Césares. Y esa es una de las intenciones temporales del gran poema, pero por supuesto, el genio del poeta trasciende soberanamente dicha circunstancia.
Pasa lo mismo en nuestro tiempo con Shostakovich, el gran compositor soviético, que debió reformar varias veces las partituras de sus sinfonías por orden de Stalin; sin embargo, pese a la obediencia del músico, estas obras trasciende toda intención propagandística.
Por otra parte, reconocido Borges mundialmente a través de distinciones, ha logrado imponer, mas allá de toda inútil hojarasca, la imagen de lo que es y debe ser un escritor. O sea, aquella persona fiel, lejos de toda connotación política, social y económica, al hecho literario como fenómeno autónomo y en si mismo; la literatura como realidad que, a partir del lenguaje, tiene dimensión propia y que crea un mundo paralelo y reflejo del nuestro.
Y es en este sentido, y no en otro, como se debe entender a la literatura, y sólo desde allí se puede valorar realmente a Borges en su única y verdadera dimensión, la de ser el escritor por antonomasia y, como tal, uno de los grandes clásicos (ya en vida) de la literatura universal y honra de la literatura argentina, al ser expresión genuina y auténtica de la misma y sin concesiones a un patrioterismo declamado.
Cabe traer a colación los conceptos del crítico uruguayo Emir Rodríguez Monegal, uno de los primeros en Latinoamérica en romper lanzas a favor de la obra de Borges y ubicarla en el contexto que le corresponde.
Un fragmento del texto que sobre el autor argentino dedica en su libro “Narradores de esta América” dice:
“Todas las confusiones representan sólo un aspecto de la irradiación de la obra de Borges en el mundo.
El error de los europeos (que no lo veían bastante exótico) y el de los argentinos (que sólo lo veían exótico) proviene, a qué negarlo, de un error más general y básico, el de considerar la literatura como lo que no es, sí accesoriamente, como testimonio de un tiempo y de un lugar, como documento humano, como “realidad”. La literatura puede ser todo eso para el historiador, para el sociólogo, para el político.
Pero para el creador literario de la literatura es ficción, es poesía, es pensamiento. Pero sobre todo lenguaje.
Sí los críticos de Europa o América se hubiesen tomado el trabajo de leer a Borges, habrían descubierto que lo que Borges ha creado, es eso: un lenguaje.
¿Algo más después de esta cita? Simplemente agregar definiendo a Borges como a un Kafka, estético y erudito, pero sin el sentimiento de culpa del escritor checo, y a su obra como a una de las más lúcidas de nuestro siglo.
Y especialmente lúdica, cosa desconocida en nuestra literatura, siempre tan formal y solemne.
Borges y los nacionalismos
Diario “La Unión” - de Esperanza - 13 de mayo de 1986
Entre las plagas morales que azotan - aparte de las físicas y materiales - a la humanidad, hay tres que son las más funestas: la ignorancia, el fanatismo y la intolerancia - la una deriva de la otra, por supuesto.
Y luego la de los nacionalismos mal entendidos. Y aquí es necesario aclarar que es tan absurdo negar lo nacional por lo universal como, a la inversa, negar lo universal por lo local (*).
Somos parte y herederos de lo universal y debemos asumir de una vez por todas, con las contradicciones y conflictos que ello supone, ser descendientes de inmigrantes europeos, y también de asiáticos y africanos
Basta leer, para darnos cuenta de ello, este fragmento de «Sobre héroes y tumbas» de Sábato: “Seis millones de argentinos - exclama el intelectual Bruno, trasunto del propio Sábato - españoles, italianos, vascos, alemanes, húngaros, rusos, polacos, yugoslavos, checos, sirios, libaneses, lituanos, griegos, ucranianos. ¡Oh Babilonia!, la ciudad gallega más grande del mundo, la ciudad italiana más grande del mundo. Más pizzerías que en Nápoles y Roma juntos. “¡Lo nacional! ¡Dios mío! ¿Qué era lo nacional?”.
Se hace necesario traer a colación la nota del señor Carlos Mangold, bajo el título «Los muertos civiles y la causa nacional» publicado en este diario el martes 29 de abril, en donde tratando de valorar a ciertas figuras nacionales - lo que es justo - ataca la figura de nuestro Borges - lo que resulta muy injusto - en el siguiente pasaje (cita textual): «La anglofilia merece un capítulo aparte en la historia de nuestra inteligencia premiada. Es por eso que el dilecto hijo de la Corona Británica - el escritor inglés Jorge Luis Borges - seguramente será galardonado por su obra, con el tan preciado Premio Nobel de literatura, en un breve plazo».
Este pasaje es directamente de muy mala fe. No es necesario repetir aquí lo dicho en el artículo “Hablemos realmente de Borges”(*), aparecido en este mismo diario el 6/9/85, y en el que, justamente, se refutan todos los prejuicios y malentendidos en torno a la figura y la obra del más grandes de los escritores argentinos. Por eso este señor debería leer este otro fragmento de Sábato que dice (en otro pasaje de la misma novela): “Nuestra cultura proviene de allá. ¿Cómo podemos evitarlo? Y por qué evitarlo... Los verdaderos ateos son los indiferentes, los cínicos.
Y lo que podríamos llamar el ateísmo de la patria son los cosmopolitas, esos individuos que viven aquí como podrían vivir en París o Londres.
Viven en un país como en un hotel. Pero seamos justos: Borges no es de esos, pienso que a él le duele el país de alguna manera, aunque claro está, no tiene la sensibilidad o la generosidad para que le duela el país que puede dolerle a un peón de campo o a un obrero de frigorífico.”
Y luego aclara: “Nosotros, por ejemplo, somos argentinos hasta cuando renegamos del país, como a menudo hace Borges. Sobre todo cuando se reniega con verdadera rabia, como Unamuno hace con España...”
Y ante el comentario que Borges es poco argentino, Sábato remata: “¿Qué podría ser sino argentino? Es un típico producto nacional. Hasta su europeísmo es nacional. Un europeo no es europeísta. Es sencillamente, un europeo.
Es de esperar que el señor Mangold no se la agarre ahora con Sábato, o con Cortázar que vivió en París pero que no dejó de ser argentino y de escribir en castellano.
(1) Ver el ensayo «Lo local versus lo universal»
(*) Ver artículo anterior.
Borges y los argentinos
Diarios “La Capital”, de Rosario, 29/6/86
y “La Unión”, de Esperanza, 8/7/86
En el epílogo de las Obras Completas editadas por Emecé, Borges tramaba fantásticamente una biografía suya, fechada en el año 2074, y que figuraría en la «Enciclopedia sudamericana» que se publicaría en Santiago de Chile.
Al releerla ahora con motivo de su muerte, acaecida en estos días, llama poderosamente la atención el primer párrafo, ya que dice:
«Borges, Jorge José Francisco Isidoro Luis: autor y autodidacta, nacido en la ciudad de Buenos Aires, a la sazón capital de la argentina, en 1889».
Sí se piensa que este pasaje fue escrito en 1974 y se lo relaciona con el actual proyecto del gobierno democrático de Alfonsín,* es para quedar perplejo, utilizando ese término tan recurrente en el autor de “El aleph”: ¿es algo profético, o simplemente se trata de otra de las humoradas del más lúdico de nuestros creadores? Dejamos la incógnita al lector y pasamos a la verdadera finalidad de esta nota, que es la de suponer en esa biografía futura un párrafo dedicado a la relación con los argentinos, sus compatriotas): “Las relaciones de este autor con su pueblo merecería un capítulo aparte y que bajo el rubro de “nadie es profeta en su tierra” sería digno de un exhaustivo estudio.
Habiendo tenido el lujoso honor de haber dado una gran clásico a la literatura universal, los argentinos, sin embargo, lo negaron, lo repudiaron, lo odiaron, lo humillaron, pero no lo leyeron. Y si bien, hay que reconocerlo, hubo las honrosas excepciones de siempre, la actitud constante fue de rechazo, desde el año 22 en que volvió de España, importando el Ultraísmo a su país, hasta su muerte ocurrida en Suiza a los 86 años. Incluso, pocos días antes de su muerte y a raíz de su segundo casamiento, se hicieron algunas declaraciones realmente oprobiosas acerca de aspectos íntimos de su persona.
Por motivos extraliterarios, es decir ideológicos y partidistas, se le declaro apátrida, extranjerizante, con “una literatura de espaldas al pueblo”. Se lo criticó por ser europeísta y por irse a vivir a Suiza los últimos días de su vida.