SER NACIONAL y LITERATURA
(2 fascículos)
de la Colección Cultura y Nación - Declarada de Interés por la Honorable Cámara de Diputados de la Provincia de Santa Fe
Autor: Héctor Roberto Paruzzo
Prólogo: Osvaldo Vergara Bertiche
Primera Parte:
EL SER NACIONAL EN LA LITERATURA DE MARECHAL, BORGES Y SÁBATO
Prólogo:
Héctor Roberto Paruzzo es autor del trabajo “Ser Nacional y Literatura”, del cual presentamos en esta entrega su primera parte: “El Ser Nacional en la Literatura de Marechal, Borges y Sábato” y como el mismo advierte, “es un intento de rastreo en la literatura de tres de nuestros máximos exponentes”, tomando del primero sus tres novelas: “Adán Buenosayres”, “El banquete” y “Megafón”, ya que “en el ir y venir de los personajes se van planteando y se discuten todos los problemas acerca del sentido y el destino de nuestra Nación”; el cuento “El Sur” del segundo en el que se “ilustra la discordia del doble linaje, europeo y criollo”, mientras que “Sobre héroes y tumbas” del tercero, la exclamación desgarrada del intelectual Bruno: “Lo nacional, ¡Dios mío!, ¿qué era lo nacional! - nos llevará al meollo de la cuestión”. Así mismo postula que “finalmente el género de la novela es una antropología, y por lo tanto, un instrumento válido para la indagación de lo nacional”.
Es en “Cultura y ser nacional” donde Juan José Hernández Arregui señala que «A través de las sucesivas reducciones operadas en el concepto, vemos que el ser nacional no es una categoría reseca del espíritu. Es un hecho político vivo empernado por múltiples factores naturales, históricos y psíquicos, a la conciencia histórica de un pueblo”. (...) El ser nacional se expresa como cultura nacional. ¿Pero qué es la cultura? En su definición más escueta es el conjunto de bienes materiales y espirituales producidos por un grupo humano, y que da forma a la coexistencia y coetaneidad de una comunidad nacional, más o menos homogénea en su caracterización psíquica frente a otras comunidades”
Si bien el “ser nacional” tiene que ve con “la identidad” y ésta a su vez con lo telúrico, con el magnetismo de la tierra que define la personalidad y con lo ancestral, es aquí donde se produce una gran falencia: se parte de prejuzgamientos y por ende no se transmite desde el conocimiento profundo, se desconoce el pasado, no hay difusión masiva de la historia y siguen latentes viejas pasiones sobre el pensar y el hacer de los protagonistas.
“Los argentinos tenemos y debemos saber quienes somos; tener claro cuál es nuestra identidad; cuál es nuestra conciencia nacional. No estar esclarecido sobre esto, es correr el riesgo de ser absorbidos culturalmente o comportarnos como sectarios egocéntricos”.
Esto último significa que debemos adherir a toda manifestación universalista; por encima del destino individual participamos del destino común de la humanidad. Al menos en esto somos uno con el Todo y no consiste en sumarnos a un concepto totalizador, sino por el contrario es participar en la totalidad sin ceder la identidad:
Tener claro qué somos y hacia dónde vamos, sin renunciar a la individualidad cultural, compartir con todo el mundo nuestro enfoque de la vida; compatibilizar inquietudes, anhelos e ideales y dialogar las propuestas para lograr un mundo mejor, no es restar sino sumar esfuerzos para lograr la integración definitiva de lo que ahora se ha dado en llamar la “aldea planetaria”, la “casa común”, como producto de la globalización.
Pero, para poder participar plenamente de este concepto tenemos que verificar el sentido de “qué es ser argentino” y no “lo que nos imaginamos ser”. Tener el valor de reconocer nuestras limitaciones y a partir de allí trabajar con autenticidad creando la conciencia nacional y definiendo nuestro yo como nación.
La conciencia nacional se forma a partir de una identificación con ese pasado que da continuidad al ser nacional
Debemos, entonces, recrear el amor por la historia, donde están las bases de la nacionalidad. Es en la historia donde se encuentra el hilo conductor que salvará los baches que interrumpen la horizontalidad y la continuidad de la vida como Nación.
Y en esa historia, entre tantas otras, se encuentra la obra poética y literaria de nuestros autores. Es desde allí, donde Paruzzo, nos invita a echar una mirada específica sobre Marechal, Borges y Sábato.
Leopoldo Marechal dejó una obra literaria que comprende poesía, novelas, teatro y ensayos. Fue maestro y profesor de enseñanza secundaria y sin dudas un hombre comprometido con lo nacional. Dice: “Creo que un poeta lo es verdaderamente cuando se hace la Voz del Pueblo, es decir, cuando lo expresa en su esencia, cuando dice por los que no saben decir y canta por los que no saben cantar” y agrega: «El hombre por el solo hecho de nacer está comprometido, y el no compromiso es una manera de comprometerse.(...) ¿Saben ustedes que durante una tormenta el león da la cara al viento para que su pelambre no se desordene? Yo hago lo mismo: doy la cara a todos los problemas: es la mejor manera de permanecer peinado».
En el caso de Jorge Luis Borges, es Marcelo Pichón Riviere quien nos da ciertas señales al sustentar que “si la obra de un escritor no es importante, queda la memoria de sus gestos, de ciertas anécdotas, de su paso por tal o cual revista o movimiento literario. Sus títulos se vuelven fantasmales, como sonidos lejanos en una playa dominada por el ruido incesante del mar”. Pero “cuando sus libros, en cambio, han construido algo sólido y sus múltiples lecturas trazan el mapa de una biblioteca imaginaria, ese autor se ha ido para quedarse. Su tumba es un bastión; sus libros, armas que brillan más allá de las tinieblas. Porque, en realidad, después de su muerte, el escritor inicia su verdadera proeza: vivir en sus textos, sin apariciones estratégicas en los medios, sin actos polémicos que enciendan el desdén o el interés”.
Y ésta es la proeza sin descanso que ha emprendido la obra de Jorge Luis Borges. Un Borges a quién todavía algunos cuestionan.
Quizás haya quienes lo hacen por una simple ceguera intelectual, o desconocimiento de la totalidad de su obra o, por qué no, por una minúscula visión de lo que significa el antagonismo político.
En 1923, antes de emprender su segundo viaje a España, a los veinticuatro años de edad, Borges edita su primer libro: “Fervor de Buenos Aires”, donde emotivamente confesará que, finalmente, «las calles de Buenos Aires / ya son mi entraña». Son treinta y tres poemas tan heterogéneos que aluden a un juego de cartas (el truco); a Juan Manuel de Rosas, o a la exótica Benarés; aunque también se solaza en un patio anónimo, «en la amistad oscura / de un zaguán, de una parra y de un aljibe». Ha escrito Borges que «en aquel tiempo buscaba los atardeceres, los arrabales y la desdicha»
Y en 1925, de regreso en Buenos Aires, publica otro poemario, “Luna de enfrente”, donde el nacionalismo exaltado del joven Borges se resuelve en versos elegíacos como: «Pampa / yo diviso tu anchura que ahonda las afueras, / yo me estoy desangrando en los ponientes».
En 1926 publica el libro de ensayos “El tamaño de mi esperanza”. En esta obra el fervor borgeano por la argentinidad no conoce mesura. Así dirá que «la pampa y el suburbio son dioses», y en 1928 sale a la luz el ensayo «El idioma de los argentinos».
En 1929 aparecen los famosos versos de «Fundación Mítica de Buenos Aires». Y en 1930, fecha del trágico Golpe de Uriburu a la democracia, es el año de publicación de “Evaristo Carriego”, que propone una suerte de fantasiosa biografía del poeta.
Se edita, en 1935, su célebre «Historia universal de la infamia». Esta colección contiene el famoso relato «Hombre de la esquina rosada», donde de alguna manera Borges sigue cincelando el perfil mítico de Buenos Aires iniciado en «Evaristo Carriego». “En este sentido, parece evidente que el territorio utópico de Borges es el propio Buenos Aires transustanciado por lo legendario”.
En 1960 aparece “El hacedor”, colección de textos breves y poemas dedicado a Leopoldo Lugones. Y en 1964 publica la colección poética “El otro”, el mismo, que contiene su famoso «Poema conjetural» que glosa el asesinato del héroe Francisco de Laprida: «Yo que anhelé ser otro, ser un hombre / de sentencias, de libros, de dictámenes, / a cielo abierto yaceré entre ciénagas; / pero me endiosa el pecho inexplicable / un júbilo secreto. Al fin me encuentro/ con mi destino sudamericano». En 1965 edita un libro de letras de milongas.
Cuando en 1983 Borges fue invitado a visitar la Escuela Normal «Mariano Acosta», que cumplía 109 años, los alumnos le leyeron una décima anónima de un payador desconocido. Todos sabían que el payador no era tan desconocido, sino que se trataba de Elías Carpena, que con sus ochenta y cinco años, resucitaba el viejo oficio de los gauchos.
Cuando acabó la décima, Borges le palmeó el hombro al payador y le dijo. «Discúlpeme, Carpena, que me hayan traído en auto, yo, la verdad, quería venir montado en un overo rosao...». «En un overo rosao…», como aquel del Fausto de Estanislao del Campo, «flete nuevo y parejito...» .
El mismo Borges cuenta que “una persona me preguntó: Si usted no hubiera nacido aquí, ¿dónde le hubiera gustado nacer?. En la calle Tucumán y Suipacha, en Buenos Aires. Se lo dije porque la pregunta fue hecha con mala intención. Ella quería que yo quedara como un traidor y dijera: Hubiera querido nacer en Escocia o en Noruega. O mejor todavía: En Texas. Pues no: yo hubiera querido nacer en Buenos Aires; lo siento mucho. Me he acostumbrado a ser el que soy. Si hubiera nacido en cualquier parte... En Yorkshire… no sería yo el que hubiera nacido allí, sino otra persona...”.
Sería extenso enumerar situaciones y escritos que lo muestran al escritor dentro del espectro nacional de los argentinos. Sintetizando podemos afirmar como Beatriz Sarlo que “en Borges, el cosmopolitismo es la condición que hace posible inventar una estrategia para la literatura argentina”.
Y Paruzzo alerta diciendo “seamos sinceros, Borges es el más típico y genuino representante de un país cosmopolita, nutrido por varios torrentes inmigratorios, que todavía están amalgamándose”.
Ernesto Sábato, por su parte, dice: «La literatura actual debe interpretarse o juzgarse dentro del marco de la crisis total de nuestra época. La literatura se aproxima cada vez más a la filosofía. La novela contemporánea es la actividad más compleja del espíritu. El lenguaje de los argentinos tiene por sí justificación y validez, y debe ser usado en las obras sin prejuicios. La novela busca una nueva tierra de esperanza en este mundo de guerras mundiales, y ella es una forma de salvación”.
Un Sábato que también merece ser leído es ese, menos pesimista y escasamente apocalíptico, que echó una profunda mirada sobre nuestra idiosincrasia a través del tango.
En «Tango, discusión y clave», que Sábato le dedicó a Borges, lo más interesante del libro son las cinco primeras partes: «Hibridaje», «Sexo», «Descontento», «Bandoneón» y «Metafísica», donde el escritor hunde su pluma, con la minuciosidad y paciencia de un bisturí, en lo más recóndito del alma del argentino de la gran ciudad.
En «Hibridaje», por ejemplo, rebate con espíritu polémico la peregrina tesis de Carlos Ibarguren: «El tango no es argentino». Sábato sostiene que el hibridaje, es decir, la mezcla de culturas (la transculturación), amén de ser inevitable, es siempre fecunda. «Ni siquiera esos olímpicos dioses griegos, que algunos profesores suponen el paradigma de la pureza, pueden exhibir una genealogía impecablemente indígena», dice.
También, tal vez temerariamente, afirma que el tango no es una simple danza lasciva. «Pienso que es exactamente al revés», y lo avala diciendo que «la creación artística es un acto casi invariablemente antagónico, un acto de fuga, de rebeldía», en este caso, una huida del lupanar, de los piringundines del bajo fondo.
En «Descontento», Sábato traza una impiadosa figura del argentino, a partir de la idea de que el tango es «un pensamiento triste que se baila». En «Bandoneón» esboza su historia, pero prosigue delineando los «rasgos esenciales del país...: el desajuste, la nostalgia, la tristeza, la frustración, la dramaticidad, el descontento, el rencor y la problematicidad». Sábato concluye con «Metafísica», diagnóstico, sin tapujos, sobre el ser argentino .
También se pregunta: “¡Qué somos? ¿A dónde vamos? ¿Cuál es nuestra verdad nacional? Y responde: “Somos algo nuevo, que se gesta realmente aquí, algo realmente original, en este caos de sangres y culturas... la literatura, esa híbrida expresión del espíritu humano que se encuentra entre el arte y el pensamiento puro, entre la fantasía y la realidad, puede dejar un profundo testimonio de este trance, y quizá sea la única creación que pueda hacerlo...”.
En conclusión puede observarse, tanto de las citas mencionadas en este prólogo como del excelente y fundamentado trabajo de Héctor Roberto Paruzzo, que es de singular importancia para determinar el emplazamiento de la memoria nacional, incursionar en la totalidad de la obra literaria de estos autores, rescatar nuestro ser de ellas como así, no caer en el olvido, conservar las vivencias fecundas para seguir existiendo y transmitir valores de generación en generación.