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Sexualidad infantil y juvenil - CONSIDERACIONES SOBRE LA SEXUALIDAD

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Monografía creado por Mononeurona. Extraido de: http://www.mononeurona.org/index.php?idp=298
26 de Octubre de 2005

2 - CONSIDERACIONES SOBRE LA SEXUALIDAD

Para entender el tema de la sexualidad humana en su dimensión adecuada, lo primero que hay que distinguir son los conceptos sexo y sexualidad. Sexo es un término que sirve para clasificar a los seres humanos en dos grandes grupos: masculino y femenino, y también, en su uso coloquial, para aludir a la práctica sexual; mientras que sexualidad remite al conjunto de relaciones que los individuos establecen entre sí y con el mundo por el hecho de ser sexuados.

Esta distinción, aunque elemental, resulta indispensable, porque en los seres humanos, en comparación con el resto de los seres vivos, no sólo todo es más complejo, sino que se transforma con el tiempo. Los seres humanos poseemos necesidades que van más allá de las naturales, y esta característica es la que nos da nuestra verdadera especificidad: a diferencia de los demás seres necesitamos explicaciones que nos vuelvan comprensible nuestra estancia en el mundo; sólo a nosotros nos hace falta una dimensión estética; sólo nosotros tenemos que reglamentar nuestras formas de convivencia. Somos seres históricos, irreductibles a la mera naturaleza y, por ello, todo lo que en los animales es relativamente simple, en nosotros se vuelve complejo.

Las necesidades sexuales para el ser humano no son, como en el resto de los seres vivos, un llamado a la reproducción, sino que se relacionan con la autoestima, con el placer, con los sentimientos, con la moral, con las costumbres, con la religión, con el derecho, con el proyecto de vida, con el género, en fin, con todos y cada uno de los elementos que constituyen nuestra identidad y nuestra vida en sociedad. Así, hemos desarrollado una cultura a partir de la necesidad sexual.

Hemos inventado y reinventado el amor, el cual, si bien se relaciona con nuestra anatomía, no se restringe al sexo. El amor se expresa de innumerables modos a través de la historia y los individuos. De hecho, la filosofía, la literatura y, en general, el arte ofrecen un muestrario de las distintas concepciones que a través del tiempo hemos tenido del amor: no es el mismo el amor homérico de Penélope, que se ha vuelto el símbolo de la mujer que espera fielmente a su marido, que el amor de Romeo y Julieta, esos jóvenes a quienes sacrifica la rivalidad de sus familias; no es igual el amor de Paolo y Francesca que en la Comedia de Dante padecen en el infierno por una relación adultera, que el amor picaresco del conocido Don Juan de Zorrilla; no es el mismo el amor sublime de don Quijote por Dulcinea que ese amor galvanizado y lleno de metáforas vanguardistas que canta Vicente Huidobro en Altazor1:

Mujer, el mundo está amueblado por tus ojos. Se hace más alto el cielo en tu presencia. (...) Si tú murieras las estrellas a pesar de su lámpara encendida perderían el camino. ¿Qué sería del universo?

1 Huidobro, Vicente, Altazor, México, Cátedra, 1987.

Son inmensamente variadas las formas de entender y vivir el amor. Algunos mexicanos lo aprenden con el famosísimo poema Nocturno a Rosario de Manuel Acuña; otros, a través de las canciones de ese gran poeta que fue Agustín Lara.

Hay innumerables ideas acerca del amor, concepciones que nacen en una época pero que no perecen con ella. De hecho, las ideas acerca del amor coexisten y, hoy, hay quienes aman -hombres o mujeres- al modo de Penélope o quienes asumen el amor a la manera de don Quijote o de Huidobro.

Existe, con todo, una concepción del amor ideal: aquel que nos enaltece, que nos vivifica, que nos lleva a construir, a anhelar la comunión, que nos da firmeza y seguridad, que nos invita a procurar por el otro, a respetarlo; que nos responsabiliza más hondamente con nosotros mismos y con los demás; este amor no excluye necesariamente al sexo; pero es mucho más.

El impulso a relacionarse que implica la sexualidad pone en juego áreas del espíritu humano que son importantes tanto por la consideración social de que son objeto como por el tipo de sensibilidad que involucran. Esta sensibilidad repercute en asuntos tan trascendentes como la autoestima y nos permite asumir nuestro lugar y nuestra relación con la sociedad.

Más allá de la capacidad reproductiva, el saberse atractivo o con capacidad de dar y de recibir placer, así como el conocer la propia sensibilidad y la de la otra persona, el querer y ser querido, el comprender y ser comprendido, son necesidades esenciales de los seres humanos que encuentran en el terreno de la sexualidad una de sus mejores expresiones.

La sexualidad es una dimensión de lo humano que las personas preservan dentro de su intimidad, pues es un tema delicado, porque entran en juego valores y emociones de gran relevancia para la vida de la persona. Por ello, ha de asumirse que las relaciones que se dan alrededor de la sexualidad o teniendo a ésta como vía (contacto casual, noviazgo, amistad con posibilidades de intimidad, matrimonio, etcétera.) deben tratarse con cuidado, respeto por el otro y por uno mismo, así como con la máxima consideración y responsabilidad, ya que, dada la magnitud y naturaleza de la sensibilidad implicada jamás deben trivializarse ni vulgarizarse.

Sexo es un término unívoco que se emplea para los seres vivos en general y, en cambio, sexualidad es un concepto complejo, adecuado para hablar del tema sexual en los seres humanos. Actualmente, algunos incluso prefieren usar el término psicosexualidad para referirse a la sexualidad humana, pues con esta palabra se manifiesta la estrecha relación que tiene el sexo -un aspecto eminentemente corporal- con el pensamiento, las emociones, la inteligencia, la edad, el nivel de desarrollo, la personalidad, el equilibrio mental y los valores.

La sexualidad es un elemento muy importante de la vida humana y hasta podría decirse que modula la percepción que el individuo tiene de sí mismo y del mundo del cual forma parte. Para entender la sexualidad humana es necesario, por lo tanto, inscribirla en un complejo de relaciones que la ubiquen en su auténtica dimensión.

Somos seres sexuados desde antes de nacer, desde antes inclusive de que morfológicamente pueda ser advertido nuestro sexo y, antes todavía, cuando como mera promesa nuestros padres acarician ciertas expectativas frente a lo que seremos. La sexualidad no aparece, pues, en la pubertad cuando los caracteres sexuales secundarios se manifiestan de una manera totalmente franca. Somos seres naturalmente sexuados y, sin embargo, no siempre se adopta una actitud comprensiva frente a este hecho.

Hemos dicho actitud comprensiva y no actitud natural, porque entendemos que no es lo mismo la naturalidad de los animales que la naturaleza humanizada de las personas: en los animales, lo natural se manifiesta como un conjunto de condiciones e instintos que los determinan y, en cambio, en los seres humanos, lo natural se expresa socialmente de acuerdo con la cultura y las tendencias individuales.

La diferencia entre el ser humano y el animal es lo que vuelve tan complejo el asunto de la sexualidad, pues en este campo forcejean los impulsos netamente naturales -el apetito sexual- con las normas morales, con las normas religiosas y hasta con las concepciones filosóficas acerca del ser humano. Es en este punto donde el impulso sexual -amoral entre los animales- entra en el territorio ético y se relaciona con lo que la sociedad considera virtud o vicio; entra en el terreno religioso y desde este ámbito se percibe como lo permitido o lo pecaminoso, y entra en el terreno de las convenciones sociales y se vuelve una práctica correcta o reprobable, admitida o censurada.

El ser humano es naturaleza cultivada y por ello su sexualidad no puede reducirse a genitalidad ni comprenderse como una función meramente reproductiva. La complejidad propia de los individuos es la que hace preciso entender la sexualidad en el horizonte de los valores, del placer, de la realización personal y de las relaciones humanas. Desde este enfoque, resultan igualmente erradas las posturas extremas: las totalmente represivas y las totalmente permisivas de la sexualidad. Ni es solamente para la multiplicación de la familia, ni es una actividad ordinaria como tomarse un vaso de agua o ir al cine.

Una adecuada comprensión de la sexualidad, mediante una educación sexual, puede ayudar a hombres y mujeres a tener una vida más plena, a ser más libres y también más responsables. No se trata de trivializar nuestra actitud ante las prácticas sexuales desconociendo todo principio o eludiendo restricciones y responsabilidades, pero tampoco de negarnos a reconocer que la sexualidad forma parte esencial de nuestra naturaleza. El asunto de la sexualidad humana no se resuelve con explicar los órganos genitales masculino y femenino, no se resuelve simplificando el asunto, es decir, sin inscribirlo en un marco de valores donde se planteen la igualdad, la responsabilidad, el respeto, la tolerancia; sin hablar del placer, del ser hombre o mujer con todo lo que esto implica, sin relacionarlo con los sentimientos y con el equilibrio emocional ni, mucho menos, se resuelve con el silencio o eludiendo su importancia en todos los ámbitos en los que se enmarca la conducta humana.

De ahí que nos parezca tan completa la siguiente definición acerca de lo que es la educación sexual: "El proceso vital mediante el cual se adquieren y transforman, informal y formalmente, conocimientos, actitudes y valores respecto de la sexualidad en todas sus manifestaciones, que incluyen desde aspectos biológicos y aquellos relativos a la reproducción, hasta todos los asociados al erotismo, la identidad y las representaciones sociales de los mismos. Es especialmente importante considerar el papel que el género juega en este proceso"2.

La educación sexual es parte indispensable de la educación integral y la educación integral es necesaria para el desarrollo armónico de los individuos. No hay manera de ofrecer al educando una educación sexual adecuada sin inculcar en él, simultáneamente, las ideas de responsabilidad para consigo mismo y para con los demás, de equidad entre los sexos, de tolerancia y de libertad como autodeterminación. 2 Corona, Esther, Antología de la sexualidad, Vol. III, México, CONAPO/ Miguel Ángel Porrúa, 1994. p.683.

Una educación que aspire a la formación integral deberá atender múltiples aspectos y no sólo los contenidos tradicionales: aquellos que permiten al educando conocer el mundo desde las perspectivas de las ciencias de la naturaleza y comprenderse a sí mismo, a través de las ciencias humanas, como un individuo que pertenece a una sociedad en un momento histórico determinado. También deberá atender a otros aspectos de la persona, entre los que destaca el conocimiento de su sexualidad, porque los seres humanos no sólo tenemos inteligencia, imaginación, sentimientos, aspiraciones, sino también una identidad sexual que debemos conocer para ahondar en el saber indispensable de nosotros mismos.

Una adecuada educación sexual, aun cuando sea temprana, no entraña precocidad ni promiscuidad, sino que, como todo conocimiento, debe preparar al individuo para enfrentar mejor la vida. La información oportuna, confiable y pertinente evita que la curiosidad reprimida se vuelva a la larga una actitud morbosa: silenciar ciertos temas en el aula o en el hogar no los cancela; más bien, al convertirlos en lo prohibido y darles una carga negativa, estimula la curiosidad y la vuelve una práctica oculta.

En nuestros días, no podemos ignorar que los temas de sexualidad se exhiben cotidianamente en la televisión, los videos, las revistas y, la mayoría de las veces, de manera deformada y deformante. Los medios de comunicación, benéficos en muchos otros sentidos, han roto la barrera que dividía el mundo de los adultos del mundo de los niños, y es a nosotros, maestros y maestras en combinación con los padres de familia, a quienes corresponde, cuando menos, intentar la rectificación de ese bombardeo de mensajes que de forma caótica y desorientadora reciben niños y niñas actualmente.

La educación sexual es asunto tanto de la familia como de la escuela, pues el desarrollo sexual se manifiesta en estos ámbitos y es deseable que en uno y en otro se den las condiciones que promuevan que sea sano y responsable. Y recordemos que ser responsable significa que uno está obligado a responder: obligado a dar respuestas, pero respuestas a la altura de los problemas que la realidad nos coloca delante. Nuestra tarea como maestras y maestros es de gran trascendencia, pues nos toca responder a las dudas y a la necesidad de conocimientos de esa parte de la sociedad que, precisamente, estamos formando.

Hay que hablar con verdad de los temas sexuales, de esos temas que en el pasado reciente parecían intocables, porque niños y adolescentes tienen la necesidad de conocer sus cuerpos para proteger su salud, para ponerse a salvo de abusos, para resolver sus dudas y temores, para relacionarse con los demás y para desarrollarse plenamente.

Ya no es posible mantener el lenguaje encubridor ni las actitudes evasivas que conocimos en nuestra infancia quienes hoy somos adultos. Los niños y los jóvenes actuales, expuestos, como ya se ha dicho, a toda clase de mensajes y experiencias, necesitan formarse un criterio que les permita discriminar correctamente la información y hacer frente a las presiones que puedan recibir. No será con el silencio ni con prejuicios y temores como podremos ayudarlos.

En nuestra época se han presentado innumerables transformaciones, y en algunas hemos de participar nosotros como maestros, padres de familia y ciudadanos. Ahora hace falta que niños, niñas y adolescentes sepan cómo funciona su cuerpo, qué es sano y qué no, y también que distingan cuándo son oportunas ciertas prácticas y por qué y, sobre todo, que cada quien comprenda las responsabilidades que tiene consigo mismo y con los demás. No podemos ignorar ese derecho que niños y jóvenes tienen de informarse y formarse en todas las áreas de su desarrollo.

La educación sexual contribuirá a que niños y niñas tengan una vida más plena en el futuro: a que asuman su vida más sana y equilibradamente. Educamos a nuestros niños en el hábito del ahorro, en el amor a la naturaleza e inclusive en asuntos de vialidad, con la intención de que el día de mañana cuenten con actitudes y valores, estén preparados y puedan relacionarse mejor con los demás. Lo mismo ocurre con la educación sexual: ésta debe prepararlos para que en el futuro ejerzan y disfruten su sexualidad de manera responsable, ya que con ella se habrán de establecer las bases del respeto y de la tolerancia que son indispensables para toda forma de convivencia armónica entre los individuos y, obviamente, para la sana y constructiva convivencia de los individuos en sociedad.

Los hábitos de higiene y salud del cuerpo, la calidad de la convivencia con personas del propio sexo o del sexo contrario, son asuntos cuyas raíces deberán formarse en la infancia. Para nosotros, maestros y maestras, es indispensable saber acerca de la sexualidad empezando por la propia, actualizarnos, ya que para poder educar, debemos a la vez educarnos.
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