Sexualidad infantil y juvenil - Desarrollo de la sexualidad
6 - Desarrollo de la sexualidad
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Monografía creado por Mononeurona. Extraido de: http://www.mononeurona.org/index.php?idp=298
26 de Octubre de 2005
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Con el propósito de facilitar a las maestras y los maestros la consulta de este libro, hemos dividido el desarrollo de la sexualidad de acuerdo con las etapas escolares y concentrado las principales características que en cada una de esas etapas se presentan. Es pertinente recordar, por lo tanto, que el desarrollo sexual es un continuo y que sólo por atenernos a criterios de carácter práctico hemos podido establecer las siguientes fronteras temporales: de 4 a 6 años, de 7 a 12 y de 13 a 15. Estas etapas poseen la virtud didáctica de dar una idea del comportamiento promedio. Por eso mismo, no deben considerarse de manera rígida: las características de cada una de las etapas que vienen a continuación pueden, dentro de la normalidad, darse en los niños y en las niñas más temprano o más tarde.
LA SEXUALIDAD EN PREESCOLAR (4 A 6 AÑOS)
Cuando los niños y las niñas llegan a preescolar se enfrentan con un mundo desconocido. Su mamá, su papá, sus hermanos o hermanas, el espacio familiar de su casa, sus juguetes, todos aquellos elementos con los que han venido relacionándose a lo largo de su corta vida, y que constituyen el universo donde se sienten seguros, quedan atrás, en casa. Ante la nueva situación, la conducta de cada infante será diferente, pues habrá quienes ya hayan conocido los jardines de niños, quienes estén acostumbrados a vivir medio día en la casa de la abuela o de algún familiar o amigo y, también, aquellos para quienes sea la primera vez que son dejados "solos en el mundo". Las reacciones, como lo saben perfectamente las maestras de este ciclo educativo, son de muy diversa índole. Ahí comienza propiamente para los infantes otra etapa de su proceso de socialización: la escolaridad. Convivir con adultos y niños ajenos a la familia, aprender otros juegos, el abecé del conocimiento, tener, en suma, otras experiencias.
Para comprender mejor a los niños y a las niñas en esta etapa, hay que tener en cuenta el paradójicamente largo recorrido que han hecho desde su nacimiento; desde esa etapa llamada lactancia y que abarca hasta los doce meses de edad, pues, si cuando nacemos contamos únicamente con el llanto y los gestos para comunicarnos, a los cinco años de edad, niños y niñas disponen ya de un amplio vocabulario. Así también, los adelantos conquistados en el área motora entre el año de edad y los cuatro o cinco son sorprendentes: quienes al año apenas se atrevían a ensayar sus primeros pasos, a los cuatro corren y brincan con agilidad. Así, quienes durante la lactancia se llevaban todo a la boca para probarlo y conocerlo, a los cinco años, más bien, preguntan por todo.
Esta curiosidad, presente desde el nacimiento -como ya hemos visto en el capítulo correspondiente- y que ha sido en todas las épocas el motor de la historia humana, es la que hace que niños y niñas en preescolar pregunten acerca de todo a sus padres y maestros. No es extraño que una niña diga, por ejemplo: "¿Por qué mi hermanito y yo no somos iguales?" o "¿de dónde vienen los niños y adónde se van los que se mueren?"; ni que un niño pregunte: "¿Yo cómo nací?".
En esta etapa la curiosidad está orientada hacia todo y, por supuesto, hacia el propio cuerpo y hacia el entorno. Son los años en que niños y niñas quieren saber por qué son diferentes unos de otras, cómo nacen los bebés, cómo son los adultos y, también, es la época en que comienzan las preguntas acerca de la vida sexual de los padres. Todas estas dudas son perfectamente naturales: surgen del desarrollo físico, intelectual y emocional, y habrán de responderse de la manera más sencilla y veraz, sin mentiras, sin pena, pues hay que entender que para ellos tales preguntas no tienen ninguna carga: son resultado de la curiosidad natural, de una curiosidad como la que sienten hacia cualquier otro asunto. Resolver las dudas infantiles acerca de la sexualidad, con la sencillez propia para estos años, permite que niños y niñas adopten frente a estos temas una actitud de sana naturalidad.
Para responder correctamente a las inquietudes de niños y niñas en materia sexual es decisiva la disposición que se adopta, pues según sea la actitud que el adulto tenga hacia la sexualidad y hacia sí mismo ofrecerá un ejemplo con el que los menores manejarán su propia sexualidad. Que los padres se muestren con naturalidad, empatía, cercanía, confianza y atención hacia lo que sus hijos plantean, permitirá promover una educación sexual positiva. Son los años en que, por virtud del desarrollo físico y emocional, como ya se ha dicho, niños y niñas tienden a tocar sus genitales: se están conociendo. Es muy importante que cuenten con la guía y la comprensión de sus padres, quienes necesitan saber que las sensaciones que sus hijos experimentan no los dañan.
El autoerotismo infantil existe y no tiene por qué ser reprimido ni castigado, debe encauzarse, haciendo que los pequeños comprendan el respeto a la intimidad y a los sentimientos de los demás. El autoerotismo es normal mientras no se convierta en la única forma de obtener satisfacciones, afectos o logros; si el menor deja de hacer otras cosas -jugar, aprender, relacionarse con los demás, salir- por entregarse al autoerotismo, ello es indicio de que vive angustiado o de que tiene algún problema que canaliza de ese modo. Conviene que un especialista lo atienda, pues seguramente estará necesitado de ayuda. El autoerotismo no es lo que causa la ansiedad, sino la ansiedad, ocasionada por muchas otras causas, es la que provoca la persistencia de esa conducta en algunos pequeños.
Si durante esta etapa en que los niños son preguntones, se da el caso de que alguno por timidez no pregunte, convendrá que los maestros sirvan de puente y sugieran a los padres que busquen la manera de plantear el tema en los momentos de convivencia familiar, durante la comida, por ejemplo. Si los padres hablan de matrimonio, de amor, de embarazo, de nacimiento, etcétgregergerera, crearán un ambiente de confianza en el que el pequeño sentirá que en su hogar se puede hablar de todo. Desde luego deberá hacerse de acuerdo con la edad de los pequeños y teniendo en cuenta las implicaciones de todo lo que se diga.
En esta etapa también pueden presentarse, en familias de tipo nuclear, tendencias de carácter sexual hacia los progenitores. Entre los 3 y los 5 años, hay un momento en el que algunos niños quieren a su mamá toda para ellos, y otro tanto ocurre con algunas niñas respecto de su papá. Frases como "me quiero casar contigo" o "quiero ser tu novia" son frecuentes en estos casos, igual que ciertas conductas de hostilidad hacia el progenitor del mismo sexo.
Ante esta situación, ambos padres habrán de ser cuidadosos: el padre debe mantenerse en su lugar de esposo, y la madre no alimentar con hechos ni con palabras esa clase de amor. Una madre no debe llamar a su hijo "mi hombrecito", o "mi noviecito"; ni un padre, llamar a su hija "mi noviecita" o "mi mujercita". Esos son los papeles que a ciertos niños y niñas les gustaría asumir y a los que deben renunciar, mientras más pronto mejor.
Los padres no deben preocuparse demasiado, pero tampoco ser indiferentes ante dichas inclinaciones que manifiestan sus hijos y, mucho menos auspiciarlas, ya que podrían contribuir a que el padre o la madre, entusiasmados con el apego filial consideren a su hijo o a hija de su absoluta propiedad, lo mantengan aislado del resto de las personas o le impidan ser independiente. Tampoco es conveniente que "para que no se haga ilusiones" los rechacen en todo y los traten con extrema dureza. Cuando el padre o la madre tienen claro su papel y se conducen como lo que son con sus hijos, aseguran y fortalecen su posición única en el cosmos afectivo de los hijos.
¿Qué recomendaciones pueden hacer los maestros y las maestras a los padres de familia con niños en edad preescolar? Una, muy importante, ya la hemos mencionado: la actitud con la que los padres deberán hablar con sus hijos e hijas cuando éstos pregunten acerca de temas sexuales: una actitud de naturalidad, sin miedos ni vergüenzas, sino de confianza, respeto y atención; sin solemnidad ni artificio, aunque sí con la delicadeza suficiente que requiera el tema. Esta actitud es válida para cualquier edad de los hijos, pero particularmente importante con los infantes.
Hay que escuchar exactamente qué quieren saber los menores, qué sentimientos o miedos están detrás de las preguntas que formulan. Es preciso saber qué se imaginan, así como qué situación o persona motivó la duda. Lo mejor en estos casos es pedir al niño o a la niña que explique lo que cree saber acerca del asunto que causa su inquietud. Eso dará a los padres una idea del nivel de complejidad que su hijo o hija es capaz de recibir en la respuesta, pues así como hay que desterrar conceptos erróneos, tampoco conviene responder con explicaciones que no estén al alcance del pequeño por su complejidad o profusión.
Por ejemplo, una de las cuestiones que más inquieta a los niños es saber cómo nacen. Desde temprana edad ellos ya saben que nacen del cuerpo de su madre, pero sus preguntas ahora exigen más detalles. Lo conveniente es propiciar un diálogo a través de preguntas y respuestas, de tal modo que el adulto conozca la idea que al respecto tiene la niña o el niño: "Tú, como crees?" Las respuestas generalmente varían y, a veces, son formuladas como pregunta: "¿Como los gatos?" En estos casos conviene pedir a los niños que expliquen la idea que tienen: "¿Por qué crees que es así?" Luego de escuchar la explicación del niño es preciso confirmar sus aciertos y plantearle otra pregunta o alguna explicación que cuestione el aspecto equivocado de su idea. Si el niño ha dicho, por ejemplo, "Como los gatos" conviene destacar las semejanzas y las diferencias; hablarle del entendimiento, de los sentimientos y del acuerdo que debe existir entre las personas que deciden tener un bebé. Con todo, es muy probable que los niños demanden más detalles: "¿Por qué se forma el bebé y por qué es hijo de un hombre y una mujer?" Éste es el momento en el que convendrá una explicación como la siguiente: "Cuando dos personas se quieren pueden tener un hijo como tú. Esas dos personas son el papá y la mamá"... "¿Cómo tú y mi papá?" "Sí... el hombre pone dentro de la mujer una semilla que va creciendo aquí"... "¿En la panza?", "Sí, en el vientre, ahí va creciendo y creciendo y a los nueve meses nace un bebé".
Conversaciones de este tipo son de gran utilidad para el niño o la niña, pues, sin haber recibido una lección de obstetricia, comienzan a entender cómo nacen realmente los niños y, sobre todo, sienten confianza hacia sus padres: ellos saben y entienden sus dudas. Niños y niñas suelen poner a prueba la sinceridad de sus padres y no es extraño que busquen la ocasión de volver a plantear su pregunta frente a la gente. En estos casos, el adulto deberá responder lo mismo. De ese modo reafirmará la confianza de su hijo o hija y, principalmente no dará a estos temas un carácter clandestino.
De lo que se trata es de que el menor encuentre en sus padres el apoyo y la comprensión que necesita para desarrollarse sanamente, sin vergüenzas, sin culpas, ni mentiras. De ahí que los padres nunca deban reprobar una pregunta, sino encauzarla dando a sus hijos la oportunidad de desarrollarse sanamente.
LA SEXUALIDAD EN PRIMARIA (7 A 12 AÑOS)
Para la gran mayoría de los niños, la primaria representa el ingreso a un mundo completamente nuevo, pues, aunque la mayor parte hayan asistido ya a preescolar, la experiencia de la primaria no tiene precedentes: una sociedad "inmensa" donde hay infinidad de niños y de niñas, donde el objetivo es aprender, donde existen horarios, exámenes, tareas; un corto tiempo destinado al recreo y el resto a materias y materias. De pronto, la palabra responsabilidad adquiere para ellos un contenido muy preciso: la escuela. Es una nueva sociedad con nuevas reglas, no sólo las que establece el maestro o la maestra, sino las que establecen los compañeros, los demás con los que se interactúa, y con quienes se aprende a dar otros primeros pasos, los que conducen definitivamente hacia la socialización y el aprendizaje.
La escuela primaria representa una ampliación del mundo: a la casa y al patio de la casa o del vecino, a la cuadra donde se juega se añade el espacio de la escuela. "La etapa escolar marca una transición entre dos estilos de vida: el primero, protegido absolutamente en el ambiente familiar y el segundo, expuesto a situaciones totalmente nuevas"3. En estos años, los niños van adquiriendo mayor independencia, seguridad, autonomía. Y, hay que decirlo nuevamente: las bases afectivas y de comunicación con sus padres y maestros resultan fundamentales.
La ampliación del mundo en esta etapa no sólo es espacial: nuevas relaciones humanas, nuevas opiniones, formas de entender distintas a las del hogar que van presentándose. Muy pronto, la escuela adquiere carta de naturalización en la vida de niños y niñas y se convierte en su quehacer fundamental: los periodos de clases y de vacaciones, así como las tareas cotidianas estructuran la infancia, la sujetan a un ritmo; la vida de los niños se vuelve estable: ya saben lo que tienen que hacer en ese mundo a escala, en esa pequeña sociedad que es la escuela, donde su responsabilidad principal es estudiar.
En esta época, la vivencia del tiempo hace que las horas se experimenten largas: las semanas y los meses duran una eternidad para ellos. Las nuevas obligaciones, tanto las del hogar como las de la escuela, aunadas al ejercicio y el deporte, así como la franca incorporación a una vida más sociable, dan una nueva orientación a la vida de niños y niñas; sin embargo, el interés por el sexo sigue: las prácticas de autoerotismo no desaparecen y se dan ciertos juegos en los que quien pierde "debe hacer cosas" como gritar, enseñar los calzones o dar un beso a alguien. Juegan también a tener novio. Estos juegos frecuentemente tranquilizan a niños y niñas respecto de su identidad sexual.
La escuela demanda el uso y el ejercicio de la inteligencia; los niños van satisfaciendo su curiosidad de conocimientos y, poco a poco, se conforman menos con explicaciones simplistas y concretas; piden más: quieren saber las causas, piden y son capaces de recibir explicaciones más abstractas, más generales, más complejas. Está formándoseles el critero, esa capacidad tan importante para el equilibrio mental de los individuos. El "por qué", manifestado en la etapa preescolar, que se satisfacía con una explicación del funcionamiento, comienza a volverse el "por qué" que cuestiona la validez o el sentido. Así, si antes, una niña preguntaba, por ejemplo, ¿por qué murió mi abuelita? y se quedaba satisfecha con la explicación: "Murió porque estaba muy enferma", ahora, el "por qué" se dirige, más bien, a por qué tiene que ser de ese modo, a por qué tiene que suceder así.
Una vez más, es absolutamente necesario que las respuestas estén apegadas a la verdad y por ello -si como muchas veces pasa, el adulto no tiene la contestación a todas las preguntas- es preferible que conteste con un sincero "no sé". Esta respuesta, obviamente, no sacia la duda, pero da la oportunidad al niño de que conozca la honestidad e, incluso, la oportunidad de que juntos busquen la respuesta en los libros o consulten a una persona que pueda tener más conocimientos.
De igual modo, ese juicio crítico que se está desarrollando en niños y niñas durante la etapa escolar, a veces se endereza como una declaración de inconformidad ante la incongruencia de ciertas conductas del adulto. Por ejemplo, si como suele ocurrir -y qué bueno que así sea- a un niño se le educa para que siempre diga la verdad, ¿qué hacer el día en que alguno de los padres considera necesario ocultarse y pide a su hijo que diga que no está en casa? Con sobrada razón el niño preguntará: "¿Por qué tú sí y yo no?" En estas ocasiones lo peor que puede hacerse es contestar: "¿Por qué tú no y yo sí?, porque aquí mando yo". Las respuestas en las que se afirma la autoridad irracional frenan el desarrollo del buen juicio y la confianza en el propio pensamiento, pues muestran que la razón está por debajo de la fuerza, que la fuerza bruta es la última instancia. En vez de dar una contestación autoritaria, que contradice las enseñanzas que los padres han procurado inculcar en sus hijos, es preferible ofrecer a éstos una explicación acerca de las excepciones a las reglas; excepciones que, a veces, son inevitables para poder vivir. Con ello también se forma el criterio, pues, nos guste o no, el mundo adulto, al que tarde o temprano entrarán niños y niñas, no es blanco o negro y, precisamente la educación y esa capacidad crítica que están desarrollando serán lo que les permitirá salir adelante.
A los niños siempre hay que contestar con la verdad y con razones: la verdad y las razones no tienen por qué ser simples.
Durante los primeros años de la etapa escolar, niños y niñas parecen estar más alejados que nunca: los niños se juntan con los niños y las niñas con las niñas. Es una época en la que tienden a asimilar los estereotipos sexuales. Habrá que procurar, tanto en el aula como en la orientación que se da a los padres, que las diferencias entre unos y otras no se interpreten como desventaja o ventaja, inferioridad o superioridad, pues cada quien vale, antes que nada, por ser persona y por el esfuerzo, constancia y empeño que pone en superarse. En la temprana adolescencia, la exhibición y comparación de los órganos sexuales, es frecuente entre los varones. Estas prácticas son normales y representan un medio de descargar las tensiones sexuales, saciar la curiosidad y, por medio de las comparaciones, tranquilizar los temores ante alguna posible anormalidad. Es también la época en la que unos y otras se enamoran de sus maestras o maestros, o de un ídolo juvenil, o de algún amigo o amiga durante las vacaciones y cuando comienzan a hablar de niñas bonitas o de niños guapos. También se caracteriza por el interés que les despiertan los temas y palabras sexuales: les llaman la atención los chistes de color; la fantasía hace que alguno invente aventuras en las que se presenta a sí mismo como protagonista o como testigo para concentrar así la admiración de sus compañeros o compañeras.
Todos estos juegos y actividades no entrañan ningún peligro salvo, claro, cuando están dirigidos por un adulto. Obviamente, conviene vigilar y orientar a los niños y niñas para que se prevengan de algún posible abuso por parte de un adulto.
También en esta etapa la comunicación entre los padres y los hijos es importantísima. Entre los once y doce años la curiosidad acerca de los temas sexuales aparece mucho más perfilada: quieren saber, por ejemplo, qué es un condón y cómo se pone, a qué edad comienza el hombre a eyacular, cuándo empieza la menstruación, qué es el orgasmo, qué es la virginidad, a qué edad pueden tenerse relaciones sexuales, que es la homosexualidad, etcétera.
Los niños y las niñas en edad escolar están inmersos en un mundo en el que prácticamente no hay fronteras: la casa con radio y televisión, la escuela con un sinfín de amigos y de compañeros, la calle con sus puestos de revistas y, en general, el contacto con toda clase de personas hacen un contexto en el que cualquier tipo de información pueda estar al alcance. De ahí la importancia de que la escuela y el hogar ofrezcan una orientación adecuada, sana, veraz y principalmente formadora del criterio. Es necesario que niñas y niños entiendan, y para que entiendan es forzoso que sepan.
LA SEXUALIDAD EN SECUNDARIA (13 A 15 AÑOS)
Los años de la secundaria coinciden con los mayores cambios en el desarrollo de niños y niñas: cambios hormonales que traen consigo la aparición de las llamadas características sexuales secundarias: vello púbico, modificación de la voz, crecimiento de senos, menstruación, ensanchamiento de caderas, aparición del bigote, etcétera. Ocurre también una mayor apropiación del lenguaje, de la capacidad expresiva y de las estructuras lógicas. Así, del pensamiento concreto, regularmente característico de la infancia, en el que se piensa uno por uno los problemas que se van presentando, se pasa a pensamientos más abstractos y generales, lo que permite hilar los problemas y contrastarlos entre sí. También hay cambios en las emociones: en esta etapa se cristaliza la personalidad y va surgiendo un impulso de afirmación que se tornará completamente franco cuando el individuo llegue al centro de la adolescencia. Estos cambios, como todos los que en el libro se mencionan, son obviamente generalizaciones que no deben tomarse como una regla.
A estos cambios se suman también las diferencias entre la escuela primaria y la escuela secundaria: de un sistema en el que los niños tienen, en la mayoría de los casos, una sola maestra o maestro por año, se pasa al maestro por materia y ello ocurre, precisamente, cuando más falta hace una mayor vinculación maestro-alumno, pues son los años en los que, jovencitos y jovencitas, justamente por estar experimentando tantas transformaciones, tienen como principal inquietud comprenderse a sí mismos, comprender sus cuerpos, sus sentimientos, las relaciones con su familia, con sus compañeros y, en general, con el mundo. Es cuando más orientación requieren.
Esta búsqueda de sí mismos, saber quiénes son y qué hacer con sus vidas, es característica de los adolescentes. Entre la niñez, cuando la identidad se encuentra en la familia y niños y niñas son como un espejo de lo que se piensa en sus casas, y la madurez en la que ya se ha elegido una forma y unos valores con los que uno se identifica, está la adolescencia, esa etapa en la que ya no se es niño, pero tampoco adulto.
Los maestros y las maestras de secundaria han de ser particularmente conscientes de la situación en que se encuentran sus alumnos, pues atraviesan unos años en los que, al presentarse tanto cambio, puede sobrevenir la angustia. Es la etapa cuando, quizá como en ninguna otra, hace más falta la orientación en asuntos de tipo sexual. Aparecen la menstruación, las eyaculaciones nocturnas, la necesidad de los jovencitos y jovencitas de integrarse a toda costa al grupo de sus contemporáneos, de ser admitidos y aceptados por éstos. También es cuando la sexualidad se intensifica: está omnipresente en las conversaciones, en los chistes, en los fantaseos. A unos y a otras les interesa saber lo que le ocurre al sexo opuesto, quieren saber lo que representan los cambios que están sobreviniendo en sus cuerpos, hasta dónde alcanzan sus capacidades físicas, qué consecuencias tiene la masturbación, la cual a veces en esta etapa se vuelve más frecuente. Las dudas y preguntas relacionadas con sus cuerpos son muchas y muy variadas: surge la preocupación de tener alguna anomalía física. En los varones, por ejemplo, tener el pene pequeño, en las mujeres, no tener los senos del tamaño deseado.
Si en esta época se presenta el silencio o la indiferencia de maestros y padres de familia respecto de los temas sexuales -que con tanta urgencia necesitan conocer los jovencitos y las jovencitas- ello hará que éstos busquen información en cualquier parte: con un amigo o amiga, generalmente mal informados, pero que "saben escuchar" y contestan con naturalidad; o en revistas donde la sexualidad se aborda desde el ángulo de la
pornografía. Otra consecuencia grave del silencio y la indiferencia será que los jóvenes se sientan solos e incomprendidos, pues los asuntos que realmente les preocupan no parecen interesar a los mayores a quienes quieren y en quienes confían.
Es indispensable en esta etapa que, tanto en el hogar como en el aula, puedan plantearse y discutirse los temas sexuales, que los jóvenes sientan confianza en sus padres y maestros, y que sea de ellos de quienes reciban una orientación sana y responsable, pues no olvidemos que es en estos años, precisamente, cuando los alumnos ya están en condiciones de procrear. La importancia que en esta etapa adquiere el valor del respeto hacia uno mismo, hacia los demás y hacia los seres que pueden engendrarse, resulta decisiva.
Los años de secundaria son especialmente conflictivos, pues los cambios físicos, mentales y emocionales mencionados, suponen una serie de desajustes para los que el individuo todavía no tiene el cúmulo de experiencias que le permitirían poder manejarlos y, sin embargo, sí tiene ya a su alcance, por el actual contexto social, la posibilidad de cometer actos de los que pueda llegar a arrepentirse4.
En esta edad, las relaciones sexuales ya pueden ocurrir. Por lo que los peligros de contagio de las llamadas infecciones de transmisión sexual (ITS) -antes conocidas como enfermedades venéreas- así como los embarazos no deseados pueden presentarse. Es necesario que maestras y maestros planteen y discutan en clase los temas sexuales en el contexto de los valores, que hablen de la relación de la pareja y de la responsabilidad; que hablen del placer y también del respeto hacia el propio cuerpo, hacia uno mismo y hacia los demás y, si les es posible, que propicien que los padres y las madres de familia se acerquen a sus hijos e hijas para orientarlos e informarlos.
La educación sexual, que en esta etapa requieren, debe centrarse tanto en la información objetiva como en la conciencia de la responsabilidad que los propios actos acarrean. En esta etapa también es importante desarrollar un marco de valores que impulsen la autoestima de los jóvenes y que los ayude a ser críticos de sus actos. Es muy importante que en esta etapa los adolescentes posean una idea clara de su
valor como personas, del valor de la integridad y la dignidad, para que no se sometan a la presión de grupos de jóvenes que imponen, como condición para aceptar a sus miembros, un sometimiento absoluto que, en ocasiones, puede llegar a consistir en actos que denigran a la persona. El joven necesita sentirse aceptado por sus pares, pero si su autoestima es alta se asegurará de que sus pares sean dignos de él y no necesitará ser aceptado a cualquier precio. Si el joven, en cambio, posee de sí mismo una imagen deformada, pobre, mal construida por hallarse en un ambiente familiar o escolar en donde sus asuntos no cuentan, ni son ventilados, será más fácilmente víctima de los grupos que intenten inducirlo al consumo de drogas, a prácticas sexuales infamantes o a otras acciones que denigran.
Los valores que el joven ha venido adquiriendo a lo largo de su vida necesitan ser reforzados y clarificados, pues se halla en la etapa en que busca intensamente su propia identidad y en que entiende el amor bajo una óptica totalmente romántica, o sea, cuando lo amado se idealiza hasta volverse sublime y se aspira a una perfección sin mácula. Para muchos estas motivaciones son, junto con las necesidades sexuales, lo más apremiante.
4 Según datos del Programa Conjunto de las Naciones Unidas sobre VIH/SIDA (ONUSIDA), más del 50 por ciento de las infecciones causadas por el virus de inmunodeficiencia humana se producen en la actualidad en jóvenes entre los 10 y los 24 años de edad, lo que significa que en el mundo se infectan 7 000 jóvenes diariamente.
Discutir, plantear el valor del respeto, los problemas relacionados con la sexualidad y, sobre todo, fomentar que cada muchacho y muchacha fortalezca su criterio y asuma su vida con responsabilidad son tareas a las que maestros y maestras de secundaria debemos dedicar un esfuerzo especial, pues, a diferencia del vínculo estrecho que posibilita la escuela primaria, donde el docente es el encargado de todas las materias de un año escolar y con quien habrán de verse todos los temas y los asuntos, en la escuela secundaria el docente es el responsable de una disciplina y de unas cuantas horas por semana con cada grupo. Es cierto que la complejidad de los temas y la profundidad en que deben tratarse obliga a que así se estructure la secundaria; pero también es verdad que la complejidad de las necesidades de los muchachos de esta etapa escolar exige de sus maestros de secundaria respuestas y orientaciones que van más allá de sus disciplinas específicas, pues los alumnos y las alumnas están, por su edad e independientemente de su condición social, ante peligros cuyas consecuencias pueden resultar irreparables.
LA SEXUALIDAD EN PREESCOLAR (4 A 6 AÑOS)
Cuando los niños y las niñas llegan a preescolar se enfrentan con un mundo desconocido. Su mamá, su papá, sus hermanos o hermanas, el espacio familiar de su casa, sus juguetes, todos aquellos elementos con los que han venido relacionándose a lo largo de su corta vida, y que constituyen el universo donde se sienten seguros, quedan atrás, en casa. Ante la nueva situación, la conducta de cada infante será diferente, pues habrá quienes ya hayan conocido los jardines de niños, quienes estén acostumbrados a vivir medio día en la casa de la abuela o de algún familiar o amigo y, también, aquellos para quienes sea la primera vez que son dejados "solos en el mundo". Las reacciones, como lo saben perfectamente las maestras de este ciclo educativo, son de muy diversa índole. Ahí comienza propiamente para los infantes otra etapa de su proceso de socialización: la escolaridad. Convivir con adultos y niños ajenos a la familia, aprender otros juegos, el abecé del conocimiento, tener, en suma, otras experiencias.
Para comprender mejor a los niños y a las niñas en esta etapa, hay que tener en cuenta el paradójicamente largo recorrido que han hecho desde su nacimiento; desde esa etapa llamada lactancia y que abarca hasta los doce meses de edad, pues, si cuando nacemos contamos únicamente con el llanto y los gestos para comunicarnos, a los cinco años de edad, niños y niñas disponen ya de un amplio vocabulario. Así también, los adelantos conquistados en el área motora entre el año de edad y los cuatro o cinco son sorprendentes: quienes al año apenas se atrevían a ensayar sus primeros pasos, a los cuatro corren y brincan con agilidad. Así, quienes durante la lactancia se llevaban todo a la boca para probarlo y conocerlo, a los cinco años, más bien, preguntan por todo.
Esta curiosidad, presente desde el nacimiento -como ya hemos visto en el capítulo correspondiente- y que ha sido en todas las épocas el motor de la historia humana, es la que hace que niños y niñas en preescolar pregunten acerca de todo a sus padres y maestros. No es extraño que una niña diga, por ejemplo: "¿Por qué mi hermanito y yo no somos iguales?" o "¿de dónde vienen los niños y adónde se van los que se mueren?"; ni que un niño pregunte: "¿Yo cómo nací?".
En esta etapa la curiosidad está orientada hacia todo y, por supuesto, hacia el propio cuerpo y hacia el entorno. Son los años en que niños y niñas quieren saber por qué son diferentes unos de otras, cómo nacen los bebés, cómo son los adultos y, también, es la época en que comienzan las preguntas acerca de la vida sexual de los padres. Todas estas dudas son perfectamente naturales: surgen del desarrollo físico, intelectual y emocional, y habrán de responderse de la manera más sencilla y veraz, sin mentiras, sin pena, pues hay que entender que para ellos tales preguntas no tienen ninguna carga: son resultado de la curiosidad natural, de una curiosidad como la que sienten hacia cualquier otro asunto. Resolver las dudas infantiles acerca de la sexualidad, con la sencillez propia para estos años, permite que niños y niñas adopten frente a estos temas una actitud de sana naturalidad.
Para responder correctamente a las inquietudes de niños y niñas en materia sexual es decisiva la disposición que se adopta, pues según sea la actitud que el adulto tenga hacia la sexualidad y hacia sí mismo ofrecerá un ejemplo con el que los menores manejarán su propia sexualidad. Que los padres se muestren con naturalidad, empatía, cercanía, confianza y atención hacia lo que sus hijos plantean, permitirá promover una educación sexual positiva. Son los años en que, por virtud del desarrollo físico y emocional, como ya se ha dicho, niños y niñas tienden a tocar sus genitales: se están conociendo. Es muy importante que cuenten con la guía y la comprensión de sus padres, quienes necesitan saber que las sensaciones que sus hijos experimentan no los dañan.
El autoerotismo infantil existe y no tiene por qué ser reprimido ni castigado, debe encauzarse, haciendo que los pequeños comprendan el respeto a la intimidad y a los sentimientos de los demás. El autoerotismo es normal mientras no se convierta en la única forma de obtener satisfacciones, afectos o logros; si el menor deja de hacer otras cosas -jugar, aprender, relacionarse con los demás, salir- por entregarse al autoerotismo, ello es indicio de que vive angustiado o de que tiene algún problema que canaliza de ese modo. Conviene que un especialista lo atienda, pues seguramente estará necesitado de ayuda. El autoerotismo no es lo que causa la ansiedad, sino la ansiedad, ocasionada por muchas otras causas, es la que provoca la persistencia de esa conducta en algunos pequeños.
Si durante esta etapa en que los niños son preguntones, se da el caso de que alguno por timidez no pregunte, convendrá que los maestros sirvan de puente y sugieran a los padres que busquen la manera de plantear el tema en los momentos de convivencia familiar, durante la comida, por ejemplo. Si los padres hablan de matrimonio, de amor, de embarazo, de nacimiento, etcétgregergerera, crearán un ambiente de confianza en el que el pequeño sentirá que en su hogar se puede hablar de todo. Desde luego deberá hacerse de acuerdo con la edad de los pequeños y teniendo en cuenta las implicaciones de todo lo que se diga.
En esta etapa también pueden presentarse, en familias de tipo nuclear, tendencias de carácter sexual hacia los progenitores. Entre los 3 y los 5 años, hay un momento en el que algunos niños quieren a su mamá toda para ellos, y otro tanto ocurre con algunas niñas respecto de su papá. Frases como "me quiero casar contigo" o "quiero ser tu novia" son frecuentes en estos casos, igual que ciertas conductas de hostilidad hacia el progenitor del mismo sexo.
Ante esta situación, ambos padres habrán de ser cuidadosos: el padre debe mantenerse en su lugar de esposo, y la madre no alimentar con hechos ni con palabras esa clase de amor. Una madre no debe llamar a su hijo "mi hombrecito", o "mi noviecito"; ni un padre, llamar a su hija "mi noviecita" o "mi mujercita". Esos son los papeles que a ciertos niños y niñas les gustaría asumir y a los que deben renunciar, mientras más pronto mejor.
Los padres no deben preocuparse demasiado, pero tampoco ser indiferentes ante dichas inclinaciones que manifiestan sus hijos y, mucho menos auspiciarlas, ya que podrían contribuir a que el padre o la madre, entusiasmados con el apego filial consideren a su hijo o a hija de su absoluta propiedad, lo mantengan aislado del resto de las personas o le impidan ser independiente. Tampoco es conveniente que "para que no se haga ilusiones" los rechacen en todo y los traten con extrema dureza. Cuando el padre o la madre tienen claro su papel y se conducen como lo que son con sus hijos, aseguran y fortalecen su posición única en el cosmos afectivo de los hijos.
¿Qué recomendaciones pueden hacer los maestros y las maestras a los padres de familia con niños en edad preescolar? Una, muy importante, ya la hemos mencionado: la actitud con la que los padres deberán hablar con sus hijos e hijas cuando éstos pregunten acerca de temas sexuales: una actitud de naturalidad, sin miedos ni vergüenzas, sino de confianza, respeto y atención; sin solemnidad ni artificio, aunque sí con la delicadeza suficiente que requiera el tema. Esta actitud es válida para cualquier edad de los hijos, pero particularmente importante con los infantes.
Hay que escuchar exactamente qué quieren saber los menores, qué sentimientos o miedos están detrás de las preguntas que formulan. Es preciso saber qué se imaginan, así como qué situación o persona motivó la duda. Lo mejor en estos casos es pedir al niño o a la niña que explique lo que cree saber acerca del asunto que causa su inquietud. Eso dará a los padres una idea del nivel de complejidad que su hijo o hija es capaz de recibir en la respuesta, pues así como hay que desterrar conceptos erróneos, tampoco conviene responder con explicaciones que no estén al alcance del pequeño por su complejidad o profusión.
Por ejemplo, una de las cuestiones que más inquieta a los niños es saber cómo nacen. Desde temprana edad ellos ya saben que nacen del cuerpo de su madre, pero sus preguntas ahora exigen más detalles. Lo conveniente es propiciar un diálogo a través de preguntas y respuestas, de tal modo que el adulto conozca la idea que al respecto tiene la niña o el niño: "Tú, como crees?" Las respuestas generalmente varían y, a veces, son formuladas como pregunta: "¿Como los gatos?" En estos casos conviene pedir a los niños que expliquen la idea que tienen: "¿Por qué crees que es así?" Luego de escuchar la explicación del niño es preciso confirmar sus aciertos y plantearle otra pregunta o alguna explicación que cuestione el aspecto equivocado de su idea. Si el niño ha dicho, por ejemplo, "Como los gatos" conviene destacar las semejanzas y las diferencias; hablarle del entendimiento, de los sentimientos y del acuerdo que debe existir entre las personas que deciden tener un bebé. Con todo, es muy probable que los niños demanden más detalles: "¿Por qué se forma el bebé y por qué es hijo de un hombre y una mujer?" Éste es el momento en el que convendrá una explicación como la siguiente: "Cuando dos personas se quieren pueden tener un hijo como tú. Esas dos personas son el papá y la mamá"... "¿Cómo tú y mi papá?" "Sí... el hombre pone dentro de la mujer una semilla que va creciendo aquí"... "¿En la panza?", "Sí, en el vientre, ahí va creciendo y creciendo y a los nueve meses nace un bebé".
Conversaciones de este tipo son de gran utilidad para el niño o la niña, pues, sin haber recibido una lección de obstetricia, comienzan a entender cómo nacen realmente los niños y, sobre todo, sienten confianza hacia sus padres: ellos saben y entienden sus dudas. Niños y niñas suelen poner a prueba la sinceridad de sus padres y no es extraño que busquen la ocasión de volver a plantear su pregunta frente a la gente. En estos casos, el adulto deberá responder lo mismo. De ese modo reafirmará la confianza de su hijo o hija y, principalmente no dará a estos temas un carácter clandestino.
De lo que se trata es de que el menor encuentre en sus padres el apoyo y la comprensión que necesita para desarrollarse sanamente, sin vergüenzas, sin culpas, ni mentiras. De ahí que los padres nunca deban reprobar una pregunta, sino encauzarla dando a sus hijos la oportunidad de desarrollarse sanamente.
LA SEXUALIDAD EN PRIMARIA (7 A 12 AÑOS)
Para la gran mayoría de los niños, la primaria representa el ingreso a un mundo completamente nuevo, pues, aunque la mayor parte hayan asistido ya a preescolar, la experiencia de la primaria no tiene precedentes: una sociedad "inmensa" donde hay infinidad de niños y de niñas, donde el objetivo es aprender, donde existen horarios, exámenes, tareas; un corto tiempo destinado al recreo y el resto a materias y materias. De pronto, la palabra responsabilidad adquiere para ellos un contenido muy preciso: la escuela. Es una nueva sociedad con nuevas reglas, no sólo las que establece el maestro o la maestra, sino las que establecen los compañeros, los demás con los que se interactúa, y con quienes se aprende a dar otros primeros pasos, los que conducen definitivamente hacia la socialización y el aprendizaje.
La escuela primaria representa una ampliación del mundo: a la casa y al patio de la casa o del vecino, a la cuadra donde se juega se añade el espacio de la escuela. "La etapa escolar marca una transición entre dos estilos de vida: el primero, protegido absolutamente en el ambiente familiar y el segundo, expuesto a situaciones totalmente nuevas"3. En estos años, los niños van adquiriendo mayor independencia, seguridad, autonomía. Y, hay que decirlo nuevamente: las bases afectivas y de comunicación con sus padres y maestros resultan fundamentales.
La ampliación del mundo en esta etapa no sólo es espacial: nuevas relaciones humanas, nuevas opiniones, formas de entender distintas a las del hogar que van presentándose. Muy pronto, la escuela adquiere carta de naturalización en la vida de niños y niñas y se convierte en su quehacer fundamental: los periodos de clases y de vacaciones, así como las tareas cotidianas estructuran la infancia, la sujetan a un ritmo; la vida de los niños se vuelve estable: ya saben lo que tienen que hacer en ese mundo a escala, en esa pequeña sociedad que es la escuela, donde su responsabilidad principal es estudiar.
En esta época, la vivencia del tiempo hace que las horas se experimenten largas: las semanas y los meses duran una eternidad para ellos. Las nuevas obligaciones, tanto las del hogar como las de la escuela, aunadas al ejercicio y el deporte, así como la franca incorporación a una vida más sociable, dan una nueva orientación a la vida de niños y niñas; sin embargo, el interés por el sexo sigue: las prácticas de autoerotismo no desaparecen y se dan ciertos juegos en los que quien pierde "debe hacer cosas" como gritar, enseñar los calzones o dar un beso a alguien. Juegan también a tener novio. Estos juegos frecuentemente tranquilizan a niños y niñas respecto de su identidad sexual.
La escuela demanda el uso y el ejercicio de la inteligencia; los niños van satisfaciendo su curiosidad de conocimientos y, poco a poco, se conforman menos con explicaciones simplistas y concretas; piden más: quieren saber las causas, piden y son capaces de recibir explicaciones más abstractas, más generales, más complejas. Está formándoseles el critero, esa capacidad tan importante para el equilibrio mental de los individuos. El "por qué", manifestado en la etapa preescolar, que se satisfacía con una explicación del funcionamiento, comienza a volverse el "por qué" que cuestiona la validez o el sentido. Así, si antes, una niña preguntaba, por ejemplo, ¿por qué murió mi abuelita? y se quedaba satisfecha con la explicación: "Murió porque estaba muy enferma", ahora, el "por qué" se dirige, más bien, a por qué tiene que ser de ese modo, a por qué tiene que suceder así.
Una vez más, es absolutamente necesario que las respuestas estén apegadas a la verdad y por ello -si como muchas veces pasa, el adulto no tiene la contestación a todas las preguntas- es preferible que conteste con un sincero "no sé". Esta respuesta, obviamente, no sacia la duda, pero da la oportunidad al niño de que conozca la honestidad e, incluso, la oportunidad de que juntos busquen la respuesta en los libros o consulten a una persona que pueda tener más conocimientos.
De igual modo, ese juicio crítico que se está desarrollando en niños y niñas durante la etapa escolar, a veces se endereza como una declaración de inconformidad ante la incongruencia de ciertas conductas del adulto. Por ejemplo, si como suele ocurrir -y qué bueno que así sea- a un niño se le educa para que siempre diga la verdad, ¿qué hacer el día en que alguno de los padres considera necesario ocultarse y pide a su hijo que diga que no está en casa? Con sobrada razón el niño preguntará: "¿Por qué tú sí y yo no?" En estas ocasiones lo peor que puede hacerse es contestar: "¿Por qué tú no y yo sí?, porque aquí mando yo". Las respuestas en las que se afirma la autoridad irracional frenan el desarrollo del buen juicio y la confianza en el propio pensamiento, pues muestran que la razón está por debajo de la fuerza, que la fuerza bruta es la última instancia. En vez de dar una contestación autoritaria, que contradice las enseñanzas que los padres han procurado inculcar en sus hijos, es preferible ofrecer a éstos una explicación acerca de las excepciones a las reglas; excepciones que, a veces, son inevitables para poder vivir. Con ello también se forma el criterio, pues, nos guste o no, el mundo adulto, al que tarde o temprano entrarán niños y niñas, no es blanco o negro y, precisamente la educación y esa capacidad crítica que están desarrollando serán lo que les permitirá salir adelante.
A los niños siempre hay que contestar con la verdad y con razones: la verdad y las razones no tienen por qué ser simples.
Durante los primeros años de la etapa escolar, niños y niñas parecen estar más alejados que nunca: los niños se juntan con los niños y las niñas con las niñas. Es una época en la que tienden a asimilar los estereotipos sexuales. Habrá que procurar, tanto en el aula como en la orientación que se da a los padres, que las diferencias entre unos y otras no se interpreten como desventaja o ventaja, inferioridad o superioridad, pues cada quien vale, antes que nada, por ser persona y por el esfuerzo, constancia y empeño que pone en superarse. En la temprana adolescencia, la exhibición y comparación de los órganos sexuales, es frecuente entre los varones. Estas prácticas son normales y representan un medio de descargar las tensiones sexuales, saciar la curiosidad y, por medio de las comparaciones, tranquilizar los temores ante alguna posible anormalidad. Es también la época en la que unos y otras se enamoran de sus maestras o maestros, o de un ídolo juvenil, o de algún amigo o amiga durante las vacaciones y cuando comienzan a hablar de niñas bonitas o de niños guapos. También se caracteriza por el interés que les despiertan los temas y palabras sexuales: les llaman la atención los chistes de color; la fantasía hace que alguno invente aventuras en las que se presenta a sí mismo como protagonista o como testigo para concentrar así la admiración de sus compañeros o compañeras.
Todos estos juegos y actividades no entrañan ningún peligro salvo, claro, cuando están dirigidos por un adulto. Obviamente, conviene vigilar y orientar a los niños y niñas para que se prevengan de algún posible abuso por parte de un adulto.
También en esta etapa la comunicación entre los padres y los hijos es importantísima. Entre los once y doce años la curiosidad acerca de los temas sexuales aparece mucho más perfilada: quieren saber, por ejemplo, qué es un condón y cómo se pone, a qué edad comienza el hombre a eyacular, cuándo empieza la menstruación, qué es el orgasmo, qué es la virginidad, a qué edad pueden tenerse relaciones sexuales, que es la homosexualidad, etcétera.
Los niños y las niñas en edad escolar están inmersos en un mundo en el que prácticamente no hay fronteras: la casa con radio y televisión, la escuela con un sinfín de amigos y de compañeros, la calle con sus puestos de revistas y, en general, el contacto con toda clase de personas hacen un contexto en el que cualquier tipo de información pueda estar al alcance. De ahí la importancia de que la escuela y el hogar ofrezcan una orientación adecuada, sana, veraz y principalmente formadora del criterio. Es necesario que niñas y niños entiendan, y para que entiendan es forzoso que sepan.
LA SEXUALIDAD EN SECUNDARIA (13 A 15 AÑOS)
Los años de la secundaria coinciden con los mayores cambios en el desarrollo de niños y niñas: cambios hormonales que traen consigo la aparición de las llamadas características sexuales secundarias: vello púbico, modificación de la voz, crecimiento de senos, menstruación, ensanchamiento de caderas, aparición del bigote, etcétera. Ocurre también una mayor apropiación del lenguaje, de la capacidad expresiva y de las estructuras lógicas. Así, del pensamiento concreto, regularmente característico de la infancia, en el que se piensa uno por uno los problemas que se van presentando, se pasa a pensamientos más abstractos y generales, lo que permite hilar los problemas y contrastarlos entre sí. También hay cambios en las emociones: en esta etapa se cristaliza la personalidad y va surgiendo un impulso de afirmación que se tornará completamente franco cuando el individuo llegue al centro de la adolescencia. Estos cambios, como todos los que en el libro se mencionan, son obviamente generalizaciones que no deben tomarse como una regla.
A estos cambios se suman también las diferencias entre la escuela primaria y la escuela secundaria: de un sistema en el que los niños tienen, en la mayoría de los casos, una sola maestra o maestro por año, se pasa al maestro por materia y ello ocurre, precisamente, cuando más falta hace una mayor vinculación maestro-alumno, pues son los años en los que, jovencitos y jovencitas, justamente por estar experimentando tantas transformaciones, tienen como principal inquietud comprenderse a sí mismos, comprender sus cuerpos, sus sentimientos, las relaciones con su familia, con sus compañeros y, en general, con el mundo. Es cuando más orientación requieren.
Esta búsqueda de sí mismos, saber quiénes son y qué hacer con sus vidas, es característica de los adolescentes. Entre la niñez, cuando la identidad se encuentra en la familia y niños y niñas son como un espejo de lo que se piensa en sus casas, y la madurez en la que ya se ha elegido una forma y unos valores con los que uno se identifica, está la adolescencia, esa etapa en la que ya no se es niño, pero tampoco adulto.
Los maestros y las maestras de secundaria han de ser particularmente conscientes de la situación en que se encuentran sus alumnos, pues atraviesan unos años en los que, al presentarse tanto cambio, puede sobrevenir la angustia. Es la etapa cuando, quizá como en ninguna otra, hace más falta la orientación en asuntos de tipo sexual. Aparecen la menstruación, las eyaculaciones nocturnas, la necesidad de los jovencitos y jovencitas de integrarse a toda costa al grupo de sus contemporáneos, de ser admitidos y aceptados por éstos. También es cuando la sexualidad se intensifica: está omnipresente en las conversaciones, en los chistes, en los fantaseos. A unos y a otras les interesa saber lo que le ocurre al sexo opuesto, quieren saber lo que representan los cambios que están sobreviniendo en sus cuerpos, hasta dónde alcanzan sus capacidades físicas, qué consecuencias tiene la masturbación, la cual a veces en esta etapa se vuelve más frecuente. Las dudas y preguntas relacionadas con sus cuerpos son muchas y muy variadas: surge la preocupación de tener alguna anomalía física. En los varones, por ejemplo, tener el pene pequeño, en las mujeres, no tener los senos del tamaño deseado.
Si en esta época se presenta el silencio o la indiferencia de maestros y padres de familia respecto de los temas sexuales -que con tanta urgencia necesitan conocer los jovencitos y las jovencitas- ello hará que éstos busquen información en cualquier parte: con un amigo o amiga, generalmente mal informados, pero que "saben escuchar" y contestan con naturalidad; o en revistas donde la sexualidad se aborda desde el ángulo de la
pornografía. Otra consecuencia grave del silencio y la indiferencia será que los jóvenes se sientan solos e incomprendidos, pues los asuntos que realmente les preocupan no parecen interesar a los mayores a quienes quieren y en quienes confían.
Es indispensable en esta etapa que, tanto en el hogar como en el aula, puedan plantearse y discutirse los temas sexuales, que los jóvenes sientan confianza en sus padres y maestros, y que sea de ellos de quienes reciban una orientación sana y responsable, pues no olvidemos que es en estos años, precisamente, cuando los alumnos ya están en condiciones de procrear. La importancia que en esta etapa adquiere el valor del respeto hacia uno mismo, hacia los demás y hacia los seres que pueden engendrarse, resulta decisiva.
Los años de secundaria son especialmente conflictivos, pues los cambios físicos, mentales y emocionales mencionados, suponen una serie de desajustes para los que el individuo todavía no tiene el cúmulo de experiencias que le permitirían poder manejarlos y, sin embargo, sí tiene ya a su alcance, por el actual contexto social, la posibilidad de cometer actos de los que pueda llegar a arrepentirse4.
En esta edad, las relaciones sexuales ya pueden ocurrir. Por lo que los peligros de contagio de las llamadas infecciones de transmisión sexual (ITS) -antes conocidas como enfermedades venéreas- así como los embarazos no deseados pueden presentarse. Es necesario que maestras y maestros planteen y discutan en clase los temas sexuales en el contexto de los valores, que hablen de la relación de la pareja y de la responsabilidad; que hablen del placer y también del respeto hacia el propio cuerpo, hacia uno mismo y hacia los demás y, si les es posible, que propicien que los padres y las madres de familia se acerquen a sus hijos e hijas para orientarlos e informarlos.
La educación sexual, que en esta etapa requieren, debe centrarse tanto en la información objetiva como en la conciencia de la responsabilidad que los propios actos acarrean. En esta etapa también es importante desarrollar un marco de valores que impulsen la autoestima de los jóvenes y que los ayude a ser críticos de sus actos. Es muy importante que en esta etapa los adolescentes posean una idea clara de su
valor como personas, del valor de la integridad y la dignidad, para que no se sometan a la presión de grupos de jóvenes que imponen, como condición para aceptar a sus miembros, un sometimiento absoluto que, en ocasiones, puede llegar a consistir en actos que denigran a la persona. El joven necesita sentirse aceptado por sus pares, pero si su autoestima es alta se asegurará de que sus pares sean dignos de él y no necesitará ser aceptado a cualquier precio. Si el joven, en cambio, posee de sí mismo una imagen deformada, pobre, mal construida por hallarse en un ambiente familiar o escolar en donde sus asuntos no cuentan, ni son ventilados, será más fácilmente víctima de los grupos que intenten inducirlo al consumo de drogas, a prácticas sexuales infamantes o a otras acciones que denigran.
Los valores que el joven ha venido adquiriendo a lo largo de su vida necesitan ser reforzados y clarificados, pues se halla en la etapa en que busca intensamente su propia identidad y en que entiende el amor bajo una óptica totalmente romántica, o sea, cuando lo amado se idealiza hasta volverse sublime y se aspira a una perfección sin mácula. Para muchos estas motivaciones son, junto con las necesidades sexuales, lo más apremiante.
4 Según datos del Programa Conjunto de las Naciones Unidas sobre VIH/SIDA (ONUSIDA), más del 50 por ciento de las infecciones causadas por el virus de inmunodeficiencia humana se producen en la actualidad en jóvenes entre los 10 y los 24 años de edad, lo que significa que en el mundo se infectan 7 000 jóvenes diariamente.
Discutir, plantear el valor del respeto, los problemas relacionados con la sexualidad y, sobre todo, fomentar que cada muchacho y muchacha fortalezca su criterio y asuma su vida con responsabilidad son tareas a las que maestros y maestras de secundaria debemos dedicar un esfuerzo especial, pues, a diferencia del vínculo estrecho que posibilita la escuela primaria, donde el docente es el encargado de todas las materias de un año escolar y con quien habrán de verse todos los temas y los asuntos, en la escuela secundaria el docente es el responsable de una disciplina y de unas cuantas horas por semana con cada grupo. Es cierto que la complejidad de los temas y la profundidad en que deben tratarse obliga a que así se estructure la secundaria; pero también es verdad que la complejidad de las necesidades de los muchachos de esta etapa escolar exige de sus maestros de secundaria respuestas y orientaciones que van más allá de sus disciplinas específicas, pues los alumnos y las alumnas están, por su edad e independientemente de su condición social, ante peligros cuyas consecuencias pueden resultar irreparables.
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