Durante mucho tiempo las personas han visto la conducta sexual a través de prejuicios y hoy, todavía, seguimos arrastrando una gran cantidad de errores y de mentiras en lo que a sexualidad se refiere. Lo más grave de esas falsas ideas está en las dañinas consecuencias que tienen en la salud mental y física de niños, niñas y adolescentes. Los adultos también padecen a causa de esas interpretaciones infundadas y, sin proponérselo, se las transmiten a sus hijos. Llenar las mentes infantiles de silencios, prejuicios y temores no conduce a que las personas sean inocentes sino ignorantes. Impedir que niños y niñas estén correctamente enterados del funcionamiento de su cuerpo, de las enfermedades que existen, de los riesgos que pueden correr, es propiciar su indefensión. Recordemos que un niño seguro de sí mismo, con una buena comunicación con sus padres y una autoestima alta no sólo está menos expuesto a los lamentabilísimos casos de abuso sexual, sino mejor preparado para tener en el futuro una vida sexual sana y satisfactoria.
Hay quienes consideran conveniente no hablar franca y abiertamente de los temas relacionados con la sexualidad, porque creen que es la manera más segura de prolongar la inocencia y porque creen, también, que por hablar de esos asuntos es por lo que tales asuntos existen. Pero el conocimiento, bien se sabe, no arrebata a los niños la inocencia, sino que los informa, es lo que ellos esperan de nosotros, es la respuesta a la confianza que los menores tienen en los demás y, principalmente, en los adultos. Para ponernos a la altura de esa confianza es preciso responderles con la verdad. De esa manera, siempre acudirán a nosotros en busca de información, comprensión y cariño. La inocencia, de hecho, disminuye con los años y con las experiencias, y qué bueno que así ocurra, pues debemos madurar para ir enfrentado las situaciones en que a todos nos va colocando la vida.
Los padres de familia desean lo mejor para sus hijos e hijas. Ésta es una verdad; sin embargo desgraciadamente en ocasiones, debido a prejuicios no les brinda la oportunidad de conocerse y conocer su sensibilidad, de saber lo que necesitan acerca del funcionamiento y cuidado de su cuerpo para de acercarse sanamente a su sexualidad.
Si los temas relacionados con la sexualidad han sido planteados correcta y claramente en el hogar y en la escuela, niños y niñas estarán en mejores condiciones de prevenir peligros, de sentir confianza hacia sus padres y no experimentarán culpa por descubrir que tienen cuerpo. El cuerpo no es en sí mismo una "cosa mala": nos pertenece completamente y debemos conocerlo sin sentir pena ni vergüenza, con objetividad, pues cuidándolo nos cuidamos a nosotros.
Los maestros y las maestras tienen la responsabilidad de velar por la integridad física y emocional de sus alumnos mientras están en la escuela y, por eso, es necesario que niños y niñas vean en ellos personas en quienes confiar. Piénsese que, en ocasiones, los menores no tienen, además del docente, a ningún otro adulto a quien recurrir. Hay que ser especialmente sensibles a las denuncias de abuso sexual que pudiera hacer un niño o una niña y aconsejar -si ello es posible- a los padres para que nunca las desatiendan, pues suponen, por parte de la niña o del niño, haber tenido que vencer el dolor, un miedo enorme y una gran vergüenza. Los niños y las niñas deben sentir que cuentan con el apoyo de sus padres y maestros, especialmente en ocasiones tan graves como éstas.
En todas las edades de la infancia, pero principalmente en la preescolar, niños y niñas han de estar prevenidos ante frases como "juego secreto" o "no se lo digas a nadie". No basta con indicarles que no deben aceptar dulces ni helados de personas extrañas, es indispensable -precisamente en esos años en que están más expuestos- cuidarlos y comenzar a formarles la conciencia de que siempre deben ser respetados.
El abuso sexual es prevenible y, sin embargo, algunos padres y madres de familia dejan a niños y niñas inermes por tener los ojos cerrados o por creer, supersticiosa e inconscientemente, que si no piensan ni hablan de "eso" no ocurrirá en sus casas. Advertirles de los peligros no es ensuciar su mente; es prevenirlos para que se cuiden, para que sepan defenderse en caso necesario.
El abuso sexual puede ocurrir en el lugar y en el momento menos pensados. Es necesario recomendar a los padres de familia que estén pendientes de lo que hacen sus hijos, que hablen con ellos para que sepan cuidarse y, sobre todo, para que se den cuenta de que tienen en quién confiar. Puesto que es imposible -conforme van creciendo- estar día y noche como sombras detrás de niños y niñas, lo mejor es formarlos para que lleven siempre en sí mismos, en su propia conciencia, los recursos para protegerse. Una información oportuna y clara contribuirá a su formación como seres responsables, sanos y capaces de tomar sus propias decisiones.
La variada información sexual, que desde distintas procedencias llega actualmente a los niños hace necesaria -quizá como nunca antes- la participación de padres y maestros, y no sólo en la tarea de proveer conocimientos verdaderos y adecuados, sino en una tarea más complicada aún: la de propiciar en los pequeños la formación del criterio, esa capacidad para discernir que es absolutamente indispensable en todos los momentos de la vida. El mar de mensajes contradictorios, en medio del cual viven las sociedades de hoy, hace que la formación del criterio, del buen juicio, de la conciencia, sean algunas de las metas más importantes de la educación. El objetivo no es que haya una sola opinión y que con ella se uniforme al mundo entero, sino que los individuos sean capaces de comprender la diversidad de opiniones sin confundirse, de que puedan valorarlas en lo que tengan de provechoso unas y otras, y en que sean capaces de elegir de acuerdo con sus valores, su propia postura. Formar las bases del criterio en niños y niñas incluye, por supuesto, permitir que hablen y hablar con ellos veraz y claramente de ese aspecto de la vida humana que es la sexualidad.
Niños y niñas se encontrarán con personas que crean, por ejemplo, que la ternura es una expresión exclusivamente femenina, o que es una merma de la hombría el que también los hombres cambien los pañales a sus hijos recién nacidos y participen activa y equitativamente en las labores domésticas. La actitud que deberá fomentarse ante esta divergencia de criterios no es aquella que haga que el niño ataque a quienes opinan desde esa mentalidad; pero tampoco la que lo haga abandonar sus ideas o avergonzarse de que su padre sea solidario y corresponsable en el hogar. Desde pequeños, niñas y niños, deben aprender a respetar sus propias ideas y defenderlas sin querer sojuzgar a los otros. De ahí la importancia de formarse un criterio: no volverse un fanático implacable de la propia opinión, pero tampoco abandonar sin razones la postura que uno considera correcta. Niños y niñas han de sentirse orgullosos de formar parte de una época que avanza hacia la equidad entre los sexos, y en la que la tolerancia y el respeto son valores fundamentales. La tolerancia, obviamente, no puede ser total: equivaldría a permitir las prácticas de los asesinos; su límite ha de marcarlo la integridad del individuo y de la sociedad.
Pero esta frontera, en apariencia sencilla, ha sido a lo largo de la historia una de las delimitaciones más difíciles de establecer, ya que forma parte de la condición humana el que nos sintamos agredidos por aquellos que son diferentes de nosotros. Sin embargo, una clave decisiva para comprender la tolerancia está señalada en el Artículo 3o de nuestra Constitución, cuando define la democracia no sólo como un sistema político, sino como una forma de vida. Tolerancia entendida como respeto a las ideas, tolerancia como aceptación y aprecio entre los sexos y tolerancia de las diferencias. En este camino, los maestros y las maestras tienen todavía mucho por hacer. Es muy común que en las escuelas primarias y secundarias los alumnos se cohesionen y formen grupos cerrados que excluyen la participación de algún compañero o, también, que el grupo convierta en objeto de burla al niño o a la niña que usa lentes, que tiene sobrepeso o que se aparta de la mayoría por cualquier otra característica. Las prácticas de exclusión no deben permitirse ni considerarse normales: las conductas persecutorias entre niños o adultos son resultado de no entender el valor de la tolerancia y el respeto por las diferencias que puede haber entre las personas. No sólo es importante que los niños y las niñas estén orgullosos de sí mismos y que no sufran malos tratos por el género al que pertenecen, también es importante que el individuo singular pueda fortalecer su autoestima y tener una infancia digna. Inculcar en niños y niñas el valor de la tolerancia es contribuir a la salud mental no sólo del individuo que se distingue por alguna peculiaridad, sino a la salud mental de la mayoría, ya que sólo tolerando y respetando lo distinto podremos tener hacia nosotros mismos una relación más comprensiva.
Otro caso que no podemos ignorar, ni por su frecuencia ni por su impacto, es el divorcio o separación de los padres de algunos de nuestros alumnos, así como tampoco esas situaciones en las que las parejas no se separan pero viven en un clima de pleitos y disgustos que representan para los hijos un verdadero infierno. No compete a las responsabilidades de los maestros y maestras lo que ocurra en la vida sentimental de los adultos; pero, como sí nos compete el bienestar emocional y la salud mental de los alumnos, y como además sabemos que es muy dañino que los cónyuges desahoguen sobre y ante sus hijos sus disgustos podemos, si la ocasión se presenta, hacerles ver el perjuicio que para los menores representan esas actitudes. Madres y padres de familia deben hacer un esfuerzo por pensar más en el bienestar emocional de sus hijos que en su encono contra el ex esposo o ex esposa, aunque su ira pueda estar justificada. La falta de discreción al mostrar los sentimientos de duelo por la separación, es decir, el tomar al hijo o a la hija como confidente de los "horrores y maldades" que hizo el o la que se fue, sólo provoca perturbación, inestabilidad y disminución de la autoestima en los hijos.
La educación integral deberá atender a la formación de los niños y las niñas en una serie de aspectos: el conocimiento del cuerpo y la sexualidad tienen una importancia insoslayable, así como el desarrollo de la autoestima, es decir, de ese conocimiento y aceptación de uno mismo que posibilita, cuando uno reconoce sus cualidades y limitaciones, seguir avanzando hacia la madurez. Se trata de que niños y niñas puedan crecer y desarrollarse teniendo modelos que les permitan comprender que es natural sentir placer y que éste entraña una alta responsabilidad para con uno mismo y para con los demás.