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Sexualidad infantil y juvenil - LA SEXUALIDAD EN LAS PERSONAS CON DISCAPACIDAD

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Monografía creado por
26 de Octubre de 2005
PsicologíaEducación
Los niños y las niñas con alguna discapacidad física no tienen por qué ser tratados de manera diferente que los demás: la sexualidad en ellos se desenvuelve del mismo modo que en el resto de los niños. En todo caso, el empeño ha de centrarse para que, precisamente, en el aula y en la escuela puedan tener las mismas condiciones: que no se les excluya, sino que, teniendo en cuenta las particulares limitaciones de cada uno, se busque la forma de integrarlos. El asunto no es desplegar una actitud de sobreprotección, sino de respeto, pues cada niño o niña, al margen de sus impedimentos físicos ha de ser tratado como persona y ha de tener derecho a que su vida transcurra en un ambiente que no destruya su autoestima. El maestro deberá prepararse para llevar a cabo esta ayuda, pues dependiendo del tipo de discapacidad del alumno será necesario brindar al alumno un apoyo especial. Así, por ejemplo, si se trata de un alumno invidente, hará falta que se refuerce la información por la vía auditiva, para sufragar la que no recibe por la vía visual. Un niño discapacitado debe ser tratado como a cualquier otro niño; pero el maestro habrá de asegurarse de que en verdad esté recibiendo los mismos contenidos informativos que aquellos que no tienen ninguna discapacidad.

Capítulo aparte merecen los niños y las niñas con deficiencia mental, pues ellos, a diferencia de quienes no presentan este tipo de discapacidad, no logran deducir fácilmente, de las experiencias que van teniendo, las normas generales de la convivencia social: los esquemas de lo que es correcto-incorrecto, aceptable-inaceptable. Estos niños y niñas necesitan una mayor cantidad de experiencias y un esfuerzo extra de sus padres y maestros para poder adquirir dichos esquemas, pues, precisamente, su discapacidad mental bloquea esos procesos de generalización que permiten que los demás niños sí puedan adquirirlos. Así, si resulta importante una educación sexual integral para los niños que no presentan discapacidad mental, con más razón resulta indispensable una educación que ayude a asumir y comprender de manera positiva su sexualidad a los niños con esta clase de discapacidad, como se mostrará en seguida5:

Hay que considerar que en ellos se presentan una baja autoestima, un débil control de los impulsos, una baja tolerancia a la frustración, una escasa comprensión y, en consecuencia, que todos estos factores los conducen a la búsqueda de la gratificación a través de las sensaciones placenteras. Si la educación sexual no se inicia desde la infancia será muy difícil hacerles entender, cuando lleguen a la adolescencia, que lo que se busca es evitar que se hagan daño, y que agredan u ofendan a la sociedad. Es fundamental hacerlos conscientes -como a cualquier niño, aunque en estos casos con mayor énfasis- de que existen conductas públicas y conductas privadas, que con las públicas ha de tenerse cuidado de no ofender ni agredir y que hay otras que sólo deberán hacerse en privado; aunque estas últimas no por ser privadas puedan atentar contra la propia salud. Así, por ejemplo eructar, arrojar gases, rascarse los genitales, masturbarse, desnudarse, son conductas que sólo deberán hacerse en privado. Con los niños y niñas que presentan discapacidad mental severa también habrá de tomarse en cuenta que su nivel de comprensión lingüística es muy bajo y que, por lo tanto, 5 Cf. Katz Guss, Gregorio, "La sexualidad en las personas con deficiencia mental" en Antología de la sexualidad, Vol. III, México, CONAPO/ Miguel Ángel Porrúa, 1994. 31 la información deberá repetirse varias veces, con las palabras más sencillas y de distintas maneras, a fin de comprobar que han entendido. También, a causa de estas limitaciones lingüísticas debe considerarse la dificultad que tiene el discapacitado mental para entender su sexualidad y elaborar y externar sus dudas. Es muy importante que quienes padecen discapacidad mental comiencen desde la infancia a distinguir las conductas privadas de las conductas públicas y, muy especialmente, en función de la sexualidad; de lo contrario -como ya se ha dicho- resulta muy difícil lograrlo en la adolescencia, cuando la necesidad sexual irrumpe plenamente. Si se consigue inculcar en estos niños y niñas los conceptos de conductas públicas y conductas privadas (sin agredirlos por manifestar su curiosidad sexual, respetándolos por manifestar sus inquietudes) estarán en mejores condiciones de enfrentar las demandas sexuales que aparecen en la adolescencia. Sabemos que los padres de niños o niñas con discapacidad mental suelen atravesar por varias etapas: negación (no aceptan que su hijo o hija tenga esa discapacidad), rechazo, duelo y aceptación. Es importante que maestros y maestras ayuden a los padres de familia o los canalicen con un especialista para que superen dichos sentimientos, pues si a la discapacidad mental se aúna la carencia de afecto, podrían ocasionarse en el futuro de esos niños y niñas conductas sexuales difíciles de controlar. En el adolescente con discapacidad mental no suelen darse las preocupaciones que aparecen en los adolescentes sin este grado de discapacidad: no los inquieta la aparición de los caracteres sexuales secundarios, ni su identidad, pues al no llegar a la etapa en que se consiguen las operaciones formales no se redescubren ni conquistan la capacidad crítica. En ellos, el problema principal será no haber conseguido un autocontrol, pues las necesidades sexuales tienden a ser actuadas espontáneamente, sin ningún control moral. De ahí la especial importancia de brindar una específica educación sexual desde la infancia a quienes presentan discapacidad mental, y lo indispensable de que hayan aprendido la frontera entre las conductas privadas y las conductas públicas antes de que lleguen a la adolescencia. 32 7. LA HOMOSEXUALIDAD La homosexualidad representa una realidad y un conflicto. Una realidad, porque -ya sea por factores genéticos, por condicionantes sociales o por la combinación de unos y otros-6 existe un número considerable de personas que tienen esa identidad sexual. Y es también un conflicto, porque esa forma no es aceptada por la mayor parte de la sociedad y, frecuentemente, tampoco por los mismos individuos que la viven. Esta situación de rechazo y, en ocasiones, de autorrechazo, agrava la cantidad y la calidad de los problemas de las personas que presentan esa identidad. Recientemente, se ha llegado a hablar del derecho que cada quien tiene a elegir su identidad sexual y se ha planteado la homosexualidad como una preferencia. Se admita o no ese derecho, y ya sea que el homosexual pueda ser reconocido o no como un modo de normalidad individual, lo que sí debemos tener por seguro es que el homosexual debe ser respetado como persona. No es el caso plantear la antipatía ni la simpatía, sino el respeto que surge de una necesaria actitud de tolerancia. La educación ha de contribuir a que la mayor parte de los núcleos sociales que no manifiestan su sexualidad de esa forma aprendan a mirarla con respeto. La actitud de respeto implica el reconocimiento de que estas personas tienen derecho a ser respetadas. El respeto, obviamente, excluye la burla y la discriminación: actitudes que lastiman y perjudican no sólo a quienes las sufren, sino a quienes las practican, porque cancelan la posibilidad de comprender lo que es distinto y, con ello, que nos comprendamos a nosotros mismos. La educación integral, al propiciar las condiciones que permiten un ambiente de mayor comprensión, tolerancia y respeto, puede contribuir a aminorar las causas que, en ocasiones, llevan al homosexual a tener que reafirmarse mediante la provocación y otras actitudes retadoras que agudizan el conflicto y perpetúan la discriminación en su contra. Los adultos que, por su propia condición, deciden tener relaciones homosexuales lo hacen bajo su responsabilidad. Lo que no habrá de permitirse, desde ningún punto de vista, es que alguien pretenda inducir a un menor a este tipo de prácticas. 6Acerca del origen de la homosexualidad hay distintas hipótesis, ninguna de las cuales es hoy definitiva. Así, entre otras explicaciones, existe la teoría hormonal; ésta propone -extrapolando para los seres humanos el resultado de algunos estudios efectuados en animales a los que se les modifica el comportamiento sexual con hormonas- que las hormonas podrían ser la causa. Otra teoría se basa en las supuestas diferencias anatómicas que hay -en una zona del hipotálamo, en la llamada Núcleo Intersticial Anterior 3- entre los heterosexuales y los homosexuales; sin embargo, el estudio en que se apoyó esta hipótesis fue realizado en un pequeño número de casos y las conclusiones fueron poco convincentes. Una teoría más es la del origen genético, según ésta hay, al parecer, en el DNA un gen de la homosexualidad masculina que se encuentra en la región Xq28 del cromosoma X. Existen también teorías psicosociales, una es la freudiana que propone que en el ser humano se da una bisexualidad innata que hace que el homosexualismo sea una tendencia latente. Aunque también hay otras teorías psicoanalíticas que rechazan la bisexualidad innata y explican el origen de la tendencia homosexual a partir de ciertas experiencias tenidas en la infancia y la adolescencia. Uno de los modelos de dichas experiencias es el que se establece con el siguiente patrón paterno: madre posesiva y dominante, padre hostil y lejano. También está la teoría de la multideterminación de factores psicodinámicos, socioculturales, biológicos o situacionales. Existen muchas teorías acerca de los factores que originan la homosexualidad, aunque, como hemos señalado, ninguna se ha demostrado plenamente. 33 A propósito de los menores, hemos de mantener una especial vigilancia para impedir que puedan ser víctimas de prácticas sexuales, sean de tipo homosexual o heterosexual: los niños, las niñas y los jovencitos tienen el derecho esencial a ser respetados no sólo en lo relativo a su cuerpo, sino a su persona. Por otra parte, es conveniente pensar que ciertas actitudes que pudieran presentar algunos niños o niñas no deben prejuzgarse: un niño con actitudes femeninas o una niña con actitudes masculinas no necesariamente estarán manifestando con esas conductas una orientación homosexual, sino que, muchas veces, lo que manifiestan con ellas es un rechazo al estereotipo, a su papel de género. Los maestros y maestras habrán de procurar, con todos los medios de que dispongan, que cada uno de sus alumnos sea respetado para que pueda desenvolverse como ser humano. 34 8. REFLEXIONES SOBRE LA ADOLESCENCIA En México que cuenta con una gran diversidad de grupos étnicos, de grupos sociales que viven en tan distintas geografías, con tradiciones culturales de tantos tipos y en donde, además, se da todo el amplísimo espectro de los niveles sociales, resulta muy difícil establecer un concepto único de adolescencia. Es obvio que los adolescentes mexicanos son distintos en el sur y en el norte, en las ciudades y en el campo, y en cada una de las clases sociales. También, es verdad que en algunas comunidades el paso de la niñez a la vida adulta cancela la aparición de la problemática adolescente. Sin embargo, hay algunas características muy generales que permiten formular un concepto aproximado que puede resultar útil para los maestros y las maestras de secundaria. La adolescencia es la etapa de la vida que se caracteriza por la búsqueda de la identidad; cuando las preguntas acerca de ¿quién soy?, ¿qué futuro tendré?, se vuelven totalmente apremiantes. Los cambios físicos, emocionales y mentales que ocurren en esta etapa, y a los que ya nos hemos referido, traen como consecuencia que las expectativas de la infancia, los valores familiares que dominaron en ese tiempo, las viejas prácticas, las actividades que al niño o a la niña solían gustar, sus aficiones y hasta sus creencias más firmes o, en una palabra, todo aquello que daba en la infancia certidumbre y estabilidad, entra en crisis. En la adolescencia se presenta normalmente un replanteamiento de todo. El joven ejercita su capacidad crítica, cuestiona lo que había considerado válido y verdadero y entra en conflicto con el mundo que lo rodea, pues no sólo descubre contradicciones en su familia o en la sociedad, sino incongruencias entre lo que es y lo que podría o debería ser: entre la realidad y sus ideales. La adolescencia es la época de la vida en que más conflictos se presentan: los jóvenes, frecuentemente, entran en contradicción con la familia, con la escuela, con los valores establecidos, con la cultura dominante, con todas aquellas instancias revestidas de una u otra forma de autoridad. La inconformidad del adolescente también se expresa a través de su gusto por cierto tipo de música, en su forma de vestir y hasta en el uso de un lenguaje propio o jerga generacional. El mundo, tal y como está, no convence a los adolescentes y, por otro lado, no han despejado la incógnita acerca de su propia identidad. Ya no son el niño o la niña con los que se identificaban, pero tampoco son, todavía, el adulto que, de alguna manera, ya ha resuelto quién es; no son totalmente dependientes, pero tampoco totalmente autónomos. Esta situación lanza al adolescente a la búsqueda de personas de su misma edad. La necesidad de encontrar su identidad despierta en el joven el impulso de integrarse con otros como él; lo lleva a formar un grupo donde todos sean más o menos contemporáneos, donde todos tengan los mismos gustos, las mismas inquietudes, las mismas dudas y, por supuesto, las mismas angustias, pues los cambios físicos, emocionales y mentales, aunados a los conflictos que se presentan con la autoridad, pueden generar en el joven sentimientos angustiosos de incomprensión y soledad. Si a estas características se agrega la enérgica irrupción de los deseos sexuales, el cuadro de la adolescencia se complica aún más. Y en efecto: si antes la sexualidad había ya permeado la vida, ahora el apetito sexual está presente de un modo totalmente franco. ¿Qué hacer como maestros y maestras, cómo orientar a los padres de familia y, sobre todo, a los jóvenes? Conocer y entender los cambios que están ocurriendo en ellos y recordar nuestra propia adolescencia es un paso fundamental, pues nos dispondrá a deponer las actitudes autoritarias o de condescendiente paternalismo, que también, recordémoslo, en 35 nuestra propia adolescencia nos resultaban repulsivas. Por fortuna, muchos tuvimos la suerte de conocer en nuestra juventud a un maestro o maestra, a un tío o tía, a un verdadero amigo mayor que, sin renunciar a su condición de adulto y a su experiencia en la vida, supo encontrar en su actitud y en sus palabras el modo de aconsejarnos, de advertirnos, de hacernos pensar en las consecuencias de nuestros actos sin provocar en nosotros el rechazo o la ruptura de la comunicación. Hoy, como entonces, los adolescentes necesitan más o menos lo mismo: alguien que lejos de impacientarse, en vez de dejar caer sus opiniones como si fuesen la última palabra, sepa tratarlos con respeto sin perder la autoridad. Para muchos adolescentes la autoridad es repudiable porque es sinónimo de autoritarismo dogmático, pero, en cambio, están abiertos a aceptar la autoridad de quien se gana la autoridad: de quien se la gana por ponerla a prueba en un terreno de razón: con argumentos, con pruebas. No es el caso adoptar la demagógica postura del "somos iguales, muchachos": las canas, la calvicie, la falta de lozanía de nuestra piel nos delatan, hacen manifiesto que el tiempo que les llevamos de ventaja nos ha dado irremediablemente más experiencias. Y es precisamente por ello que tampoco necesitamos, como maestros o como padres, apelar a la lacónica imposición de nuestro punto de vista, al "aquí mando yo" o al "yo sé más que tú". Exhibiendo los argumentos que la experiencia nos ha dado, aportando las pruebas que hemos recogido de la vida, gracias a nuestra edad, es como podemos lograr que los jóvenes estimen nuestros consejos. Es así como se conquista, a los ojos del adolescente, una autoridad no repudiable, pues, para ellos igual que para nosotros, maestros y maestras críticos, la autoridad respetable no es la que pretende imponerse, sino la que se gana con legitimidad. Aunque el adolescente comprende a la perfección las relaciones causales, es decir, que a todo acto sigue una consecuencia, su comprensión -precisamente por la falta de experiencias- se da, en muchos casos, en un plano abstracto como un mero saber intelectual, y eso hace que en su práctica cotidiana el adolescente no crea realmente que a él pueda llegar a ocurrirle lo que sí pasa a otros. En la adolescencia se tiene la impresión de una relativa independencia entre actos y consecuencias. Es la vida la que cierra esta brecha haciendo que comprendamos -a veces demasiado tarde- lo inconveniente de algunos comportamientos. Y por ello, muchos jóvenes sienten que lo que saben que pasa-enfermedades sexuales, embarazos no deseados, drogadicción, accidentes- no podrá sucederles a ellos, pues esas cosas siempre les ocurren a otros: a ellos nunca. Habría que mostrarles que nadie está a salvo y no sólo apelando a estadísticas -que por su propia naturaleza son generales y abstractas- sino a los ejemplos concretos de la vida real que, como adultos que somos, hemos tenido la triste ocasión de conocer. "Nadie experimenta en cabeza ajena", es cierto; pero también es cierto que, cuando se desciende de las generalidades hasta un plano de particularidad en el que se muestran ejemplos concretos y se adopta una actitud sincera, es posible compartir experiencias con los interlocutores. Asumir plenamente la convicción de que a cada uno de nuestros actos y decisiones sigue una consecuencia es lo que nos vuelve responsables. Creer y sentir que no pasa nada, o que a nosotros no nos puede pasar, es lo que nos hace irresponsables y, en esa medida, vulnerables. El valor que más influencia positiva puede tener en los jóvenes, y en general en todas las edades, es el de la responsabilidad. Somos responsables porque somos seres conscientes y libres que respondemos a los demás de nuestros actos, seres que elegimos nuestro modo de vida mediante cada acto y cada decisión. Lo que hace madurar al joven es 36 comprender, con todo lo que esto implica, que en cada acto y en cada decisión lo que uno se juega es la vida o, al menos, algo de ella. ¿Qué decirle a los adolescentes que se encuentran buscando su identidad y, simultáneamente, experimentan las demandas de su sexualidad? ¿Qué, cuando sienten la necesidad urgente de integrarse al grupo de sus contemporáneos? ¿Qué, cuando, el grupo con el que desean fundirse pretende imponerles pautas de conducta que ellos no quisieran, pero que son la condición para ser aceptados? ¿Qué, cuando están sintiendo, por primera vez, la fuerza del amor y se debaten entre conservar la virginidad o conservar al novio o a la novia? ¿Qué, cuando tienen una visión heroica de la vida que hace que la perciban en blanco y negro, en extremos, sin matices, en los tonos románticos del todo o nada y sienten que no existe más que el angosto presente, el ahora absoluto en el que se sienten vivos con toda la energía y todas las ganas del mundo? ¿Qué, cuando el futuro, donde están esperándolos las consecuencias de sus actos, no parece existir para ellos?

La responsabilidad es la clave. Que aprendan a dominar sus impulsos. Que no hagan nada cuyas consecuencias no hayan meditado lo suficiente. Que no admitan presiones de grupo, ni presiones individuales que vayan contra su salud, su integridad, sus valores, la ley o contra el respeto que se merecen como personas. Decirles que hay muchas maneras de expresar el amor y no sólo a través del sexo, que el inicio de la vida sexual, tanto en los varones como en las mujeres, debe aplazarse -aplazarse hasta la edad en la que uno se encuentra mejor preparado para asumir las consecuencias de un acto de tanta trascendencia- ya que representa un paso de gran importancia, que involucra una gran cantidad de consecuencias que se deben considerar, pues una mala elección puede traer consigo desde decepciones, crisis sentimentales y depresiones, hasta enfermedades mortales y embarazos prematuros, es decir, consecuencias que desvían la vida hacia rumbos que no se quieren. La tarea, en suma, que maestros y maestras debemos realizar con los adolescentes, es hacerles comprender que en ciertos actos que realizan están tomando decisiones que comprometen el resto de sus vidas.

Hay varias formas en que los jóvenes pueden y deben canalizar sus energías y sus deseos de mejorar el mundo, formas que bien pueden comenzar con sus propias personas. La educación física es una, la práctica de algún deporte: los juegos en equipo que permiten no sólo mejorar la condición física, sino integrarse con los demás y compartir con ellos el esfuerzo por alcanzar una meta común. El desarrollo del espíritu es otro: a través de la lectura los jóvenes pueden descubrir vidas, ideas, mundos insospechados, experiencias que, si bien no suplen las que cada quien habrá de vivir en carne propia, sí amplían la visión, sí sensibilizan para entender mejor la vida y a uno mismo y, a veces, hasta llegan a formarnos recuerdos verdaderamente intensos sumamente formativos. Fomentar círculos de lectura, de discusión, grupos de teatro, conjuntos musicales; compartir con los jóvenes el gusto por las distintas manifestaciones artísticas, el aprecio por la naturaleza, el cuidado del cuerpo; recomendarles que cuiden su salud, sus hábitos de higiene, que revisen su dieta y no sólo por motivos nutricionales, sino hasta estéticos, son distintas maneras a través de las cuales los maestros y las maestras podemos encauzar ese ímpetu de renovación que caracteriza a los jóvenes.

Y, muy particularmente, podemos contribuir a que los jóvenes desarrollen su participación social, a que ayuden a los más necesitados y a que mejoren las condiciones de vida de su comunidad. Podemos favorecer la integración de brigadas de jóvenes que emprendan campañas de limpieza, de pintura, de educación, de alfabetización. El trabajo en 37 equipo consolida los ideales de los jóvenes y los compromete con su comunidad: ellos y ellas pueden y deben ser un factor de cambio. Entendemos que en nuestra época existe también otra clase de adolescentes, que en muchos lugares del mundo, así como en México, ha comenzado a observarse el surgimiento de jóvenes que ya no concuerdan con el concepto del adolescente idealista y que, por lo menos, hay dos tipos más que merecen una mención aparte: jóvenes que se caracterizan por sus rasgos de violencia y de desesperanza, y jóvenes que se hacen notar por su nivel de trivialidad, por su total indiferencia y despreocupación: los adolescentes deshumanizados y los adolescentes banales.

Los primeros son jóvenes que en apariencia sólo reconocen el valor de la fuerza y están decididos a emplearla para tomar cuanto desean, y los segundos son aquellos a quienes únicamente parece interesarles pasársela bien. Resultan muchos y complejos los factores que explican el surgimiento de estas formas de vivir la adolescencia: la pobreza, pero también en muchos casos, la riqueza; la desintegración familiar, el impacto de la televisión, el narcotráfico, el deslavamiento de los valores y tantos otros procesos que confluyen. Los integrantes de uno y otro tipo muestran una conciencia privada de valores comunitarios y una corta comprensión del futuro: el delgado presente pareciera ser lo único que vale para ellos, así como una noción de la sexualidad que reduce esta compleja dimensión humana al empobrecido afán de un mero goce momentáneo.

Las tendencias de estos jóvenes, afortunadamente, no son la norma en las escuelas secundarias, pero forman parte del contexto social de esta época en la que están insertos nuestros alumnos y alumnas. Sabemos que es extremadamente difícil que, como maestros tengamos la oportunidad de entablar un diálogo constructivo con estos jóvenes y, también, que aunque pudiera presentarse la ocasión resultaría muy escasa nuestra influencia, pues se trata de una tarea a la que todos los sectores de la sociedad necesitan contribuir; sin embargo, cada quien ha de hacer su parte y la del maestro es de una gran importancia cualitativa, pues, precisamente, de lo que se trata es de que la educación no sólo ponga al joven en contacto con el conocimiento, sino que despierte en él el aprecio por los valores; que la educación lo transforme. 9. INFECCIONES DE TRANSMISIÓN SEXUAL Dado que la adolescencia es la etapa en que, en muchos casos, comienza la vida sexual propiamente dicha, resulta de importancia extrema hablar con los jóvenes de las infecciones de transmisión sexual (ITS), entre las que destaca el Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida, mejor conocido como SIDA. La importancia de que la información acerca de las ITS se difunda puede apreciarse en el trágico hecho de que actualmente el SIDA se propaga entre los grupos sociales marginados y entre aquellos que tienen poco o nulo acceso a la información preventiva. Así, el SIDA, más allá de ser una infección de transmisión sexual, se está volviendo también una enfermedad derivada de la ignorancia o de la imprudencia.
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