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Sexualidad infantil y juvenil - LOS ESTEREOTIPOS SEXUALES

(64 opiniones)
Monografía creado por Mononeurona. Extraido de: http://www.mononeurona.org/index.php?idp=298
26 de Octubre de 2005

3 - LOS ESTEREOTIPOS SEXUALES

Merino es el mejor

Es distinto compararnos mujeres y varones con la intención de conocernos mejor, que buscar diferencias entre unos y otras para postular la superioridad de un sexo frente al otro y, lamentablemente, éste es el ángulo desde el que, con mucha frecuencia, se aborda la cuestión. El resultado es la falta de respeto a uno y otro sexo. Conocernos mejor unos a otros supone una actitud en la que estén presentes los valores de la tolerancia, la igualdad y la justicia.

Así, uno de los aspectos de la vida humana donde la intolerancia resulta más perniciosa es, precisamente, el de la sexualidad, pues allí se manifiesta como la guerra del ser humano contra sí mismo, del varón contra la mujer y de la mujer contra el varón. Nacemos en una sociedad que prescribe las conductas y los comportamientos que considera idóneos para cada sexo. La familia, la televisión e inclusive la escuela, enseñan a los individuos a comportarse de una forma que consideran típica de cada sexo, y ello induce a que cada persona asuma un papel sexual: un estereotipo masculino o femenino.

Estos estereotipos son adoptados por niños y niñas, pues están ahí como las expectativas familiares y sociales a las que deberán ajustarse si quieren ser aceptados: es lo que se espera de ellos y de ellas. En todas las sociedades han regido ciertos estereotipos dominantes y, a pesar de que varían de lugar en lugar y de tiempo en tiempo, todos se caracterizan por presentarse como la norma promulgada, como lo que debe de ser sin que se consideren las tendencias particulares de cada individuo: "Los niños no lloran" o "Tú eres niña: no puedes hacer eso" son fórmulas harto conocidas en las que se resumen los estereotipos dominantes que nuestra sociedad prescribe para cada sexo desde la infancia.

A partir de concepciones de este tipo se establece un trato diferente para cada sexo: en nuestra sociedad, de manera muy extendida, a las niñas se les enseña a ser hacendosas y se les prepara para la crianza y el hogar; la maternidad se les ofrece como su realización absoluta en la vida y, por el otro lado, a un gran número de niños se les induce a considerarse fuertes, decididos para que lleguen a ser los proveedores económicos, los jefes de sus futuras familias. Estos estereotipos son la base de muchos desajustes de la sociedad, pues condicionan las oportunidades, los deberes y los derechos no a partir de la capacidad real de cada individuo, ni a partir de lo que cada quien elige para su vida.

Es verdad que la evolución de la cultura ha propiciado cierto cambio en los estereotipos sexuales y que hoy, dicha visión, aunque todavía muchos la suscriban, está variando. La mujer ha mostrado que puede elegir otro destino, que puede y quiere ir más allá del ámbito doméstico al que parecía circunscribirla el estereotipo femenino que ha prevalecido, y también es cierto que muchos varones han comenzado a romper con el estereotipo que les imponía la renuncia a manifestar sus emociones y los condenaba a ser el único sostén de la familia; pero también es verdad que este proceso no ha llegado aún a la fase en la que todos los varones y todas las mujeres sean tratados igualitariamente, es decir, tratados como individuos, de acuerdo con su capacidad y no de acuerdo con su sexo: individuos que compartan equitativamente los deberes y los placeres de la vida doméstica y que cuenten con oportunidades equivalentes en el ámbito de lo público y de su desarrollo como personas.

Los estereotipos tienen que ver también con el concepto que las personas se forman de sí mismas, pues si el contexto social que rodea al individuo hace que de él se espere un determinado comportamiento ­de las mujeres sensibilidad, entrega, sumisión y, en cambio, de los varones competencia, independencia, capacidad para vencer los retos­ entonces, mujeres y varones tienden a hacerse una idea deformada de sí mismos, pues a unas y a otros se les limita su desarrollo: ellas no tienen por que reducir su capacidad para emprender acciones ni ellos, esconder sus emociones.

El autoconcepto (¿qué tanto me valoro?, ¿qué tanto conozco y desarrollo mis habilidades?, ¿cómo me veo a mí mismo o a mí misma?) depende, en parte, de los mensajes que recibimos del entorno familiar y social; según sean estos mensajes nos valoramos y, en consecuencia, se despiertan en nosotros sentimientos positivos o negativos hacia lo que somos.

Para que cada individuo haga de sí mismo una estimación adecuada y constructiva es necesario que aprenda el valor del respeto y de la tolerancia. Nadie es perfecto y la única manera de aceptar lo que somos y aceptar a los demás es admitiendo las diferencias y, a la vez, esforzarnos por apreciarlas. No es induciendo al niño o a la niña a adoptar el estereotipo sexual como se enseña el respeto y la tolerancia: "no llores como niña", se le dice al varoncito; "no seas marimacha", se le dice a la niña y de esa forma se cree que se les ayuda a autoestimarse, devaluando al sexo opuesto. El autoconcepto ha de ser individual, no genérico: valemos lo que valemos por las capacidades y limitaciones que tenemos como individuos, no por pertenecer a uno u otro sexo. Hace falta que cada persona adopte respecto de sí misma una visión adecuada, que sea equilibradamente crítica hacia sus actos, no autocomplaciente ni autodenigrante. Ello la llevará a ser más comprensiva y, al aceptarse como diferente, podrá aceptar a los demás.

Podemos contribuir a que nuestros alumnos consoliden su autoestima sin anular la de los demás, pues precisamente el afán de avasallar no sólo al sexo contrario, sino a todas las personas, surge, en ocasiones y entre otras causas, de una baja autoestima.

Son innumerables las consecuencias que provocan la intolerancia y el fomento de los papeles sexuales estereotipados: si se valora a los varones por su fuerza e inteligencia y a las mujeres por su belleza y abnegación no es extraño que las mujeres atribuyan sus éxitos a la suerte y los fracasos a su falta de habilidad, ni que los hombres lo hagan a la inversa: que atribuyan sus fracasos a factores externos ­a la mala suerte­ y sus éxitos a su habilidad. Y tampoco es extraño que los varones y las mujeres que adoptan dichos estereotipos entren luego en conflicto.

En resumen, la tarea educativa que tiene como objetivo una sociedad más sana y más justa para todos deberá replantear el asunto de los papeles sexuales: estimular una valoración de las diferencias no sólo de género, sino individuales y, simultáneamente, oponerse al prejuicio de que las diferencias sean consideradas un indicio de inferioridad: hombres y mujeres son iguales en tanto que seres humanos y, como tales, merecen desenvolverse en un mundo que les brinde iguales oportunidades y derechos.

CARRRRRRRRRRASCO RRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRR
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