Del temor y otros demonios
Si hay un sentimiento que vertebra toda la obra y la realidad de sus personajes, ése es el temor. El miedo condiciona todas las acciones: cohíbe, coacciona, desalienta. Todos los personajes principales y algunos secundarios sienten temor por una u otras razones:
-La señorita Lila, la empleada del correo, siente temor ante la presencia de Octavio porque es un desconocido. Sin embargo, Pancho Vega teme a otros porque sí los conoce: a los perros de Cruz y al propio don Alejo, como se lo decía su compadre. Por eso, la bocina insolente rompe el silencio de aquella noche en que la deuda acabaría. Porque Octavio le da valor. Él no es del lugar, de ahí que no le teme al viejo. Horas después, con la Manuela, Pancho siente miedo no por desear esa boca que buscaba la suya, sino de encontrarse con los ojos sentenciantes de su cuñado.
-La mirada de los otros que juzgan es inexorable, a tal punto que el propio Alejandro Cruz una vez tuvo miedo también: cuando le prometió a la Japonesa que daría lo que quisiera por la apuesta, ante el pedido de la casa por parte de ésta, “le dio miedo que los otros que oían la apuesta le dijeran que se achicaba o se corría...” (p. 86) y entonces acepta.
-En la última noche, la Lucy oye a lo lejos el galope imperceptible de un jinete, que no hace otra cosa más que despertar su interés y, a la vez, su temor.
-La Manuela tiene temor como las gallinas: le escapa al aire que le enfría los huesos, a los bocinazos, a las manos y al cuerpo de Pancho que vendrá a golpearla hasta dejarla muerta. Pero también teme a su desenfreno ante los hombres brutos que le hacen cosas terribles. No como don Alejo que la cuidaba y la defendía. Sin embargo, ese miedo la convertirá en hombre: “que la Manuela sería capaz, que con tratarla de una manera especial en la cama para que no tuviera miedo [...] podría...” (p. 81). Aunque, la Japonesa le promete que toda la escena será una “comedia”, ella teme encontrarse a sí misma como el viejo maricón al que le exigen un coito que es capaz de realizar. Ser hombre como cuando, después de la persecución y los golpes de Octavio y Pancho, se da cuenta de que él es Manuel González Astica y entonces el miedo se le trastrueca en terror.
-La Japonesita también le teme a Pancho; sin embargo, el vino en su cuerpo flaco y frío y la mano en el muslo del hombre tan temido le quitan el miedo porque “encenderse” era su última esperanza: “y la mano que remontaba su muslo mientras el hombre a quien pertenecía bostezaba podía darle la respuesta” (p. 121). Con la imposibilidad de electrificar el pueblo, éste y su vida han quedado a oscuras. A igual que la Manuela, quien alguna vez también tuvo esperanzas (de ser alguien, de tener su casa, y nunca más andar de pueblo en pueblo), la Japonesita sabe que la muerte viene de la mano de la desesperanza. Explica que su “...madre murió de pena” (p. 44) porque el pueblo quedó lejos de la carretera, sin luz y sin sueños. Quizás para ella fuera mejor, porque accedería a la otra vida (la no-vida) en un paso imperceptible, en ese pueblo condenado a las tinieblas, donde “Lo terrible es la esperanza” (p. 137).
Símbolos cromáticos
Amplio es el campo semántico vinculado a las luces y las sombras en esta historia de castigos y limitaciones. Resulta clara la utilización del nombre Olivo para la estación del pueblo, ya que el aceite que se extrae del olivar sirve como combustible para lámparas y candelas, elementos indispensables para iluminar a ese pueblo que ha quedado sin la electrificación y, por lo tanto, en tinieblas. No obstante, aparecen una serie de colores cuyas connotaciones son más que significativas:
1- El tono rosa está asociado a un objeto de deseo: al calor, al amor carnal y al hogar soñado. “[La Manuela] Se arrebozó en el chal rosado...” (p. 12) para calentarse los huesos; “Don Alejo estaba besando a la Rosita, la mano metida debajo de la falda” (p. 77); asimismo, es el color del sueño de Ema, la esposa de Pancho: de ese tono es la casa donde ella ansiaba vivir con su hija y con el marido ausente.
2- Como contrapartida, el colorado se vincula a seres u objetos con connotación altamente erótica: el vestido colorado de la Manuela; el camión colorado de Pancho; sus ojos rojos en aquella noche en que fue por la Manuela; el hocico de los perros de Don Alejo y “sus lenguas babosas, coloradas...” (p. 34), así como esas cuestiones que hay en las iglesias, “Esas cosas coloradas con luz adentro” (p. 135) que le recuerdan a la Japonesita los dedos en la copa vacía de aquella noche final.
3- No existe alusión al blanco más que en el nombre de la esposa de Don Alejo: Misia Blanca y en el color de sus cabellos (canosos).
4- Sin duda, será el azul/azulino el color de Don Alejandro Cruz. Este tono funcionará como su marca que determinará quiénes son su descendencia. No obstante, se mencionan otros dos colores más: verde y sepia que, junto con el azul, serán los tonos utilizados para la impresión de los afiches de su propaganda política; colores que no son casuales si consideramos que es dueño de casi toda la tierra del pueblo y sus viñas, las cuales parecen que fueran a devorarlo todo. Asimismo, azules son las casas que quedan para comprarle a la Ema, la esposa de Pancho, y amarillas, los ojos de los cuatro perros de don Alejo.
Máscaras
Muñecas falsas
“El travesti, real o simbólico, es la clave secreta de este mundo infernal”.
Rodríguez Monegal, “El mundo de José Donoso”.
Cansada de rotar en prostíbulos y casas por el estilo, la Manuela llega a aquel burdel para establecerse una vez más. Pero no sabe entonces que, como por un pacto satánico, no se irá de ese infierno nunca más. En medio del calor de la fiesta, y a modo de “rito de purificación”, la Manuela iba a parar al agua quedando al descubierto su inerte dote de varón. De ahí, la atracción de la Japonesa Grande y la apuesta. Pero en ese juego de amor mentido quedan ambas (o ambos) unidas(os) para siempre; a la Manuela, la Japonesita le recordará su paternidad.
Obnubilada por una ilusión, la visión de mundo de Manuela está distorsionada en cuanto a su sexualidad y también a su condición social. No sólo se cree mujer, sino que logra que la sociedad (y el narrador también) la reconozca como tal: la Manuela. Protegida por Don Alejo, sostiene la máscara que le permite soñar con ser mujer hasta que “parada en el barro de la calzada mientras Octavio la paralizaba retorciéndole el brazo, la Manuela despertó. No era la Manuela. Era él, Manuel González Astica. Él. Y porque era él iban a hacerle daño y Manuel González Astica sintió terror” (p. 130); es por ello que quiere cruzar el río y llegar adonde está Don Alejo, para seguir soñando porque es su opción de vida y para no volver a despertar jamás.
Severo Sarduy en Ensayos generales sobre el Barroco explica claramente la estructuración de la obra: “la inversión central, la de Manuel, desencadena una serie de inversiones: la sucesión de éstas estructuran la novela. En este sentido, El lugar sin límites continúa la tradición mítica del “mundo al revés”, que practicaron con asiduidad los surrealistas. El significado de la novela, más que el travestismo, es decir, la apariencia de inversión sexual, es la inversión en sí: una cadena metonímica de ‘vuelcos’, de desenlaces transpuestos, domina la progresión narrativa” (1987: 259). El gran caso de inversión de la inversión como en un juego de espejos interminable lo constituye la escena del coito entre la Japonesa Grande y la Manuela: una mujer con una mujer-hombre que se debe sentir mujer para proseguir con ese acto: “yo soy la macha y tú la hembra, te quiero porque eres todo...”(p. 109). Cuando la Japonesita, como en un rito (otro más) de iniciación se prepara para esa noche en la que Pancho Vega vuelve a la casa, se convierte en otro caso de inversión: la dueña del prostíbulo es virgen y nadie la desea, quizás, porque no se esconde bajo disfraces. “Si voy a ser puta mejor comenzar con Pancho” (p. 51). Esa noche querrá hacerse mujer con el más hombre porque, después de Don Alejo (a quien se le atribuye cualquier criatura nacida en su fundo, así como en tiempos lejanos tuvo amoríos con la Japonesa Grande), Pancho Vega se alza como el macho oficial del lugar. Pero la hija de la Manuela se quedará sin la “luz” y sin el hombre, pues resignada su ilusión (ella también tenía una) de que electrificaran el pueblo, representará la figura del sueño vencido que no espera otra cosa que el final, una “muerte imperceptible” (Ibid.) dirá, para no notar, tal vez, el paso de un mundo a otro.
Ser o parecer: un caso de inversión masculina
“La inversión funciona en cada uno de estos tres niveles en forma particular y enmarca en su totalidad la estructura de la obra, mediante una perspectiva que entrega una noción del mundo al revés por cuanto el infierno es ilimitado y porque en este mundo trastornado, los actos y los personajes no son tan sólo lo que aparentan ser, sino también mucho más”
Moreno Turner, Donoso. La destrucción de un mundo
En un mundo de inversiones, no cabe la sorpresa; por ello, se puede explicar la ambigüedad de Pancho. Él se siente atraído por la Manuela y piensa que su hombría estaría a prueba relacionándose con un maricón disfrazado; lo cual se constituiría en un indicio de una homosexualidad furtiva, de la que “nadie debe darse cuenta”. Ni Octavio, su compadre. El buen hombre con el que “sentía las espaldas bien cubiertas” (p. 101) y no le permitía que hiciese ‘mariconadas’ y para no dejarse “montar” por Don Alejo.
Pancho parece el punto intermedio entre el hombre y el travesti; he aquí su indecisión por miedo de que la sociedad lo acuse de parecer lo que no es o de ser lo que parece, (como cuando era chico, jugaba a las muñecas con Mónica y todos se le reían). Pero la razón de sus actos, entonces, estaba dada por la obligación que tenía a cambio de comida. Ahora, sentía temor, no de desear a la Manuela, sino de que pensaran y le dijeran ‘marica’ como en su infancia. Por otra parte, habría que considerar las dos líneas de pensamiento que rigen la conciencia de Pancho: por un lado, incentivado por Octavio intenta desprenderse de la “paternidad” social y económica de Don Alejo; por otro, sigue apegado a las viejas concepciones de ese pueblo sometido al designio de una mano. Porque pertenece al lugar. Es una conciencia en transformación, en transición. En cambio, Octavio no es del lugar y puede tener una visión diferente del mundo e imponer un cambio. Expresado de otro modo, es el elemento “perturbador” de un orden viejo y decadente. Pancho Vega posee en su interior, su ser sexual y posición social confusos; ahora, con su camión colorado (signo inconfundible de su miembro viril), “suyo. Más suyo que su mujer. Que su hija” (p. 119) le daba la posibilidad de librarse de tiranas deudas y materializar sus sueños en la casita que quería su esposa y en el estudio de su hijita, pasaportes para una vida mejor.
Por otra parte, aparece todo un campo semántico de connotación claramente sexual: mientras la Manuela cose su vestido colorado (su fetiche), oye hablar de Pancho Vega, entonces “se picó el dedo con la aguja y se lo chupó”(p. 47); “...apretando lentamente el acelerador para penetrar hasta el fondo de la noche...”(p. 119); “...penetrar en la noche...”, “...jadeando sobre él, los cuerpos calientes retorciéndose...”, “...los cuerpos pesados, rígidos...”, “...en el fondo de la confusión dolorosa...”, “...aullar de dolor...”, “...bocas calientes, manos calientes, cuerpos babientos y duros hiriendo...”, “...romper, quebrar y destrozar...”, (ps.132/3) que ilustran una escena por demás significativa. Al igual que Cerbero en las puertas del Infierno, los tres (Octavio, Pancho y Manuela) se retuercen hasta que ella intenta cruzar “el límite”, como el río Aqueronte, que la separa del otro lado donde Don Alejo la espera, como dios benevolente.
Finalmente, Pancho recuerda la escena en que Misia Blanca se corta la trenza y la coloca en el ataúd de Moniquita. No olvidemos que la causa por la cual murió la hija de Cruz fue por el tifus que le contagió Pancho. Lo cierto es que antes de mencionar la razón de la muerte de la niña, éste describe la siguiente escena: “la toco y de la punta de mi cuerpo con que iba penetrando el bosque de malezas, huyendo, esa punta de mi cuerpo derrama algo que me moja y entonces yo enfermo de tifus y ella también...” (p. 97/8). Así como la carretera plateada como un cuchillo corta la vida del pueblo sumiéndolo en el olvido, Pancho quisiera cortar (castrar) esa parte de sí para olvidarse de ese suceso. No resultaría extraño que su homosexualidad fuera consecuencia de una castración simbólica debido a que, por ese episodio sexual, lo convierte en vehículo de un mal (la enfermedad) y de una muerte.
Pero tanto Manuela como Pancho son los representantes del interior y del exterior de ese pueblo y que uno sobre el otro ejercen una atracción a causa de su paradójica similitud: él, el hombre (ser) que no quiere evidenciar su homosexualidad (parecer), así como ella, el hombre (ser) que apuesta al travestismo para asumir el papel femenino (parecer).