Flora y fauna simbólicas
En medio de una naturaleza que parece devorarlos, los personajes de esta historia se encuentran sumidos en un sin fin de otras particularidades, algunas de las cuales señalaré brevemente.
Por una parte, muchos de ellos aparecen caracterizados o asociados con figuras del mundo animal:
-Si hay un sema de asociación irresistible con la imagen del perro es la fidelidad. Sin embargo, aquí surgen todos aquellos vinculados a las bajezas, la bravura y las miserias. Los cuatro canes custodian a Don Alejo, cuidan la viña y son salvajes con cualquier elemento extraño a su territorio; ellos son los únicos guardianes: “esos perros endemoniados siguen ladrando allá en la viña.” (p.139). Los demás están revestidos de connotaciones peyorativas: “La Lucy regresó a su pieza. Allí se echaría en su cama con las patas embarradas como una perra y se la pasaría toda la tarde entre las sábanas inmundas...” (p. 16) así como los hombres: “Aunque en la noche, embrutecidos por el vino y con la piel hambrienta de otra piel, de cualquier piel con tal que fuera caliente y que se pudiera morder y apretar y lamer, los hombres no se daban cuenta ni con qué se acostaban, perro, vieja, cualquier cosa” (p. 13); “Por eso vienes con la cola entre las patas” (p. 35) le dirá don Alejo a Pancho cuando éste viene a pagarle las cuotas atrasadas. Por otra parte, al igual que los canes de Don Alejo, la Japonesita se encierra en ese pueblo a procrear o a morir; como Cruz y Céspedes que se encierran con el perro que no “sirve” y le disparan, la hija de Manuela se quedará esperando el inexorable tiro de gracia en ese paradójico pueblo sin cementerio.
-Otras alusiones son: “La Clotilde trabajaba como una mula, sin protestar...” (p.13); “el humo azul prendiéndose en un claro cariado, arrastrándose como un gato pegado a los muros...”(p. 19) y “...la boca de esa mujer borracha [la Japonesa] que buscaba la mía [de la Manuela] como un cerdo en un barrial...”(p. 107).
- La figura de Pancho Vega, en todo momento, se asocia con un animal, sin definir cuál es. Le dice Don Alejo Cruz: “¿Qué ya no conoces el camino hasta las casas donde naciste, animal?” (p. 36); cuando pequeño, era mejor que estudiara: “que aprenda los números y a leer nomás para que no lo confundan con un animal.”(p. 93); finalmente, parece traer consigo los males como cuando le contagió el tifus a la Moniquita o como esa úlcera que le nace a su esposa (Ema) de tanta soledad y olvido de su parte: “un fuego que me quema aquí, un animal que hoza y muerde y sorbe y chupa, aquí, aquí adentro...” (p. 37).
-A pesar de que tenga más vidas que un gato o su miembro viril como el de un burro; aunque se escape entre las zarzas en busca de don Alejo como un zorro o se pinte como una mona, la Manuela es el símbolo (bisémico, en este caso) de un ave, al igual que Don Alejo y la Japonesita. Así como Alejandro Cruz era para algunos un “...gallo jubilado”(p. 39) y la Japonesita tenía “...cuerpo de pollo desplumado, sin vello siquiera...”(p. 112), la Manuela era, por actitud y vestimenta, una gallina. Para Hans Biedermann (ps. 204/5), este ave es la representación del ser maternal y la encarnación del amor. Sin embargo, de acuerdo con una antigua creencia curativa, la sangre de la gallina podía refrenar el exagerado impulso sexual, quizás de allí la necesidad de Pancho de lastimar a la Manuela y que, por tanta virilidad irrefrenable, se le trastrueca la hombría.
Asimismo, la cobardía y fragilidad de Manuela se ven representadas con la figura del pájaro: “Un niño, un pájaro. Cualquier cosa menos un hombre”(p. 51).
A su vez, los árboles y las plantas que se mencionan tienen una clara asociación con la vida y las características de cada uno de los personajes. Siguiendo a Biedermann encontramos que la encina en la Antigüedad es “el árbol consagrado a Zeus, dios del rayo y del cielo, que comunicaba su voluntad en el rumor de sus hojas” (cf. ps. 166/8); además, simboliza la inmortalidad dada la perennidad de su madera. Pero como no es el árbol de los dioses (que nunca mueren), sino que no garantiza la vida eterna, como lo que le sucedió a la Moniquita, lo mismo le sucederá a don Alejo: dice Don Céspedes “-Anda raro el patrón. Anoche no se acostó. Anduvo paseándose toda la noche por el corredor y debajo de la encina...” (p. 136). El médico le había dicho que se cuidara, por lo tanto, no resulta descabellado pensar en su muerte próxima (como el jinete nocturno que escucha la Lucy) y la muerte total de ese pueblo creado o deshecho será cuando Cruz lo disponga.
La zarza simboliza el sufrimiento de Jesús, ya que con ella se arma la corona que lleva el día de su crucifixión. El pueblo, las casas serán presas del sufrimiento y la muerte, sin posibilidad de resurrección: “y la zarzamora devorándolas y devorando las habitaciones de las casas abandonadas y las veredas...” (p. 19). Para Pancho y Manuela también: “Pancho no siguió hablando porque avanzaba [con su camión] por un desfiladero de zarzamoras.” (p. 91) y “[Manuela] No alcanzó a moverse antes que los hombres brotados de la zarzamora se abalanzaron sobre él como hambrientos.” (p. 132); y Pancho y Octavio, después de agredir a Manuela, “se escabullen a través de la (zarza)mora...”(p. 133).
El juego de las lágrimas
Si pensamos en los cuatro elementos, veremos que aquí aparecen todos ellos, pero en un juego de oposiciones: a excepción del viento, que nunca llega y que podría enterrar al pueblo con hojas amarillas, el elemento aire sólo figura como el frío que congela los huesos a los viejos, sobre todo a la Manuela, quien cree que morirá de bronconeumonía de tanto tiritar, y a Cruz, quien nunca se separa de su manto de vicuña. Por lo mismo, el fuego surge como contrapartida para calentar los huesos (con brasas); sin embargo, los personajes necesitan otro tipo de calor: el del amor carnal, el único que les calienta el alma: “La Japonesita extendió una mano para tocar una hornalla: algo de calor...” (p. 42/3) porque la Manuela, su padre, no irradiaba eso “...ella conocía ese cuerpo. No daba calor. No calentaba las sábanas. No era el cuerpo de su madre: ese calor casi material en que ella se metía como una caldera...” (p. 46). Cuando la Japonesa murió, el calor de las fiestas en el prostíbulo se fue apagando. Por eso, a Pancho Vega no le alcanzaba el calor de la Japonesita: él necesitaba de otro, el de una mujer-hombre que lo excitara; porque la única que calentaba la fiesta era la Manuela. Fue así que la apuesta se hizo para poner a prueba las artes eróticas de la Japonesa para excitar a la Manuela como lo que es: un macho. Le dijo Cruz: ”Si consigues calentarlo y que te haga de macho, bueno, entonces te regalo lo que quieras...”(p. 82). Por ello, la Manuela la extraña: “...Pero una vez no tirité. El cuerpo desnudo de la Japonesa Grande, caliente, ay, si tuviera ese calor ahora...” (p. 106). Como en un juego de inversiones opuestas, tenemos:
Así como el calor/gordura de la Japonesa Grande convierte a Manuela en hombre (y luego en mujer) durante el coito, el calor/flacura de ésta última puede transformar a Pancho de hombre en mujer.
No obstante, no son las únicas situaciones o elementos los que se oponen. El elemento tierra aparece en la descripción del prostíbulo: “La casa se estaba sumiendo. Un día se dieron cuenta de que la tierra de la vereda ya no estaba al mismo nivel que el del piso del salón...” (p. 18). Esto no es más que un índice del hundimiento de un pueblo que estaba por irse para arriba, pero sin la electrificación (ni la carretera) había quedado aislado y olvidado.
Finalmente, al agua se la mencionará en sus diferentes variantes:
-como lluvia que inmoviliza: “La gente que esperaba cerca de la puerta de la capilla se cobijó bajo el alero...detrás de la cortina de agua que caía de las tejas.”(p. 32)
-como invasora: “El agua invadía la cocina a través de las chilcas formando un barro que se pegaba a todo.”(p. 43).
-como realidad desesperanzada: “su propia imagen se borroneaba como si le hubiera caído una gota de agua encima, [...], entre gran borrón de agua en que naufraga.”(p. 52)
-como purificación: “Y la lanzaron a la Manuela al agua.”(p. 80)
-como límite: “...la corriente sucia lo separa de la ordenación de las viñas.” (p. 132)
-como muerte/sueño: “hasta que fuera hora de dormir y poder ir dejándose caer gota a gota, dentro del gran charco del sueño...” (p. 104)
-como atracción: “La Japonesita bailaba, raro, porque no bailaba nunca. [...] La vio girar de frente a la puerta abierta de par en par, pegada a él, como derretida, derramada sobre Pancho... ”(p. 105)
No resulta casual la predominancia del frío y de la oscuridad en este pueblo sin cementerio, donde la casa de la Japonesita se van enterrando y donde el agua se convierte en el espejo de sus almas.
Números: el quinto elemento
Además de la simbología de los colores, de los especímenes del reino vegetal/animal y las connotaciones sexuales, los números (específicamente el cinco) poseen una importancia relevante en esta historia.
Se puede interpretar la utilización del número cinco con respecto la Japonesa Grande y Don Alejo. En el primer caso, ella será el único personaje que es percibido por la Manuela con todos los sentidos (su olor, su concavidad, sus gemidos, su boca, su cuerpo caliente). En el segundo, don Alejandro posee un apellido clave: Cruz debemos considerar que este objeto en particular posee un quinto punto que está dado por la intersección de las otras cuatro direcciones (norte, sur este y oeste). Y este estratégico punto evidencia la posición central, desde el punto de vista espacial: la casa de los Cruz y, desde el plano narrativo, el papel de don Alejo en la novela. Veamos: su casa está rodeada de encinas, un pino alto, zarzas, viñas y río. Para entrar allí hay que atravesar el bosque, cruzar por el tronco de un sauce caído o transitar por una avenida de palmeras. El lugar de “este dios benevolente”, que cuenta con un jardín con grandes hortensias, se convierte en el paraíso y nos remite a la connotación bíblica del Edén o espacio sagrado. Con respecto a la centralidad espacial, Mircea Elíade en Tratado de historia de las religiones expresa que “Lo sagrado es siempre peligroso para quien entra en contacto con ello sin haberse preparado, sin haber pasado por los “movimientos de aproximación” que requiere cualquier acto de religión” (1998: 331). De aquí, el fastidio de Don Alejo (el quinto elemento junto a sus cuatro perros guardianes) cuando Pancho Vega irrumpe en la noche para saldar sus deudas.