Simbología: realidad y sueño en El lugar sin límites de José Donoso - Palabras finales
5 - Palabras finales
Encontramos la evidente intención del autor de demostrar que el lugar al que hace referencia es un espacio infernal -que se preanuncia en el epígrafe de Marlowe- y no es precisamente solo un infierno “físico” delimitado por ríos y viñedos, sino es “interior” en tanto y en cuanto está, vive en cada uno de ellos: prostitutas y vírgenes, travestis y machos que pujan por salir y quedarse en el dominio del “todopoderoso”.
Aquí se evidencian dos planos: el de la realidad contrapuesto al de los sueños o ilusión: todos los personajes que sueñan están condenados en ese pueblo infernal. Para la Japonesita, la electrificación; para Manuela, su incuestionable femineidad (con el amparo de Cruz); para la Japonesa, el status social (sólo los ricos, que son “la buena gente”- irán a su casa) y para Pancho, la independencia económica. Tarde o temprano, ninguno de ellos logrará cumplir con su ilusión. Pancho Vega ha pasado a depender (monetariamente) de Octavio, su cuñado. Su propia muerte le impidió a la Japonesa ver el ascenso del pueblo y deja a su hija con el único sueño para siguiera con vida: la llegada de la electricidad al pueblo que, por designios de don Alejo, presumimos jamás ocurrirá. Y Manuela (así como en los cuentos populares en los que, pasada la medianoche, se rompe el hechizo) fuera de este lugar ya no sería la mujer que cuenta con la protección de Cruz y su máscara, hecha de una ilusión, se rompería como un espejo. Don Alejo -como un quinto elemento entre cuatro personajes que se asocian al agua, al aire, a la tierra y al fuego- es el dueño del lugar y del destino de cada uno de sus habitantes. Con su enfermedad, y posible muerte, nada quedará después de él. Por ello, para los personajes el sueño se presenta como castigo por no asumir (su) la realidad. Y ésa es la condena. Aunque para Manuel González Astica (Manuela) don Alejo Cruz (mientras viva) sea su salvación, para los otros éste último es quien dictamina la vida o la muerte de sus ilusiones. Por ello, también Manuela se siente atraída hacia Pancho (y viceversa) porque éste simboliza la vida fuera de la estación El Olivo, pero -a su vez- representa al desamparo, al desamor y el fin de su mentira.
La sentencia está dada: la esperanza de la electrificación ha muerto y el pueblo queda en las profundas tinieblas. Sin cementerio (¿o el pueblo lo es?), sólo los muertos pueden salir de allí. Por ello, se vive en un pasado de oro -como un paraíso perdido- para anular el presente -infernal- y un futuro de cambios. Don Alejandro lo quiere así y nadie concibe la vida de otro modo: ésa será la cruz para todos.
Cómplices de un carnaval sin fin, todos -de una forma u otra- se disfrazan (Pancho, Manuela, Don Alejo, la Japonesita) y juegan a ser otros. Un mundo al revés donde sólo la máscara es el pasaporte a la vida sostenida por sueños y el placer efímero es el instrumento que posibilita sobrellevar la oscuridad, el frío y el dolor.
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