Cuando, en la materia que nos ocupa, intentamos comparar sistemas y normas de diferentes épocas, la primera operación que se nos impone es de estricta higiene: aun dentro de una presumible zona común, la hispana, no podemos juntar mecánicamente los usos de un momento histórico con los de otro: cada sistema, con sus correspondientes normas, arrastra su propio contexto, dentro del cual debemos instalarnos si queremos juzgar hechos reales y no abstracciones útiles para otros propósitos.
.....Pero esto, que es elemental por consabido, necesita de una ampliación conceptual que nos permita neutralizar dos posibles errores, a saber: 1) pensar que toda época pasada significa laxitud, desorden, anarquía, anomia, en lugar de considerar que, simplemente, se trata de diferencia en las relaciones internas entre las ideas de atención/falta de atención, tosquedad/finura, corrección/incorrección, básica o estilística, etc., y no de la anulación sin más de la actitud axiológica, de la escala de valores; 2) pensar que la variedad de normas puntuarias, vistas las dimensiones espacial, temporal, sociolingüística y de estilo, ahogaría la parte común, aquella que aún nos permite disponer de un conjunto mínimo de signos de puntuación con funciones relativamente estables por encima de la diversidad.
.....Así, pues, insistiendo en el segundo punto, el contraste de normas entre una época y otra(s) no debe llevarnos a cometer el error de juzgar que la mera comprobación de la existencia de otra clase de normas significa ausencia de ellas. El admitir que en la época de Cervantes las normas eran distintas no es lo mismo que afirmar que no existían: desde el momento en que se da vida en comunidad hay normas, se hallen explícitamente formuladas o no (y el escribir nunca puede ser algo ajeno a lo social). Interpretación dialéctica/histórica del hecho de las normas, sí; anulación mecánica de su existencia por el mero contraste temporal, etc., no. Análisis matizado, sí; planteamientos simplistas, no.
.....No: por diferentes que resulten las normas de puntuación antiguas en comparación con las actuales, no deberemos contentarnos con mostrar las divergencias, afirmando, por ejemplo, que en tal o cual época se trataba de normas algo más laxas que las de ahora, sin la fuerza cohesiva de las nuestras (cosa discutible en la práctica real), de normas relativamente distendidas o, simplemente, que había bastantes menos, se cumpliesen o no con el mismo rigor (¿?) o intensidad que en nuestros tiempos. Así, pues, siempre cabrá hablar de las orientaciones e imposiciones, variando los metros cuadrados de aplicación, de la «norma histórica» que recorre la línea que va de los textos más antiguos, medievales, a los últimos, instalados ya en la era del trasvase, cada día mayor, entre los códigos ortográfico y tipográfico.
.....En suma: por encima del carácter específico de las normas de puntuación de las distintas épocas, de los diferentes géneros literarios, de las diferentes situaciones comunicativas en última instancia, cabe abstraer un conjunto de rasgos esenciales —que se mueven forzosamente entre la materialidad de la lectura y el sentido, consecuente o independiente, del texto— que nos permiten hablar, creo que con responsabilidad plena, de la norma general, de la «norma histórica» del español en materia de puntuación, por no salirme del tema objeto de estas consideraciones. No estamos, pues, los hispanohablantes viejos y nuevos tan separados, tan rotos por el eje temporal o por los espacios geográficos o por lo que sea, que no podamos sentirnos solidarios de unas líneas fundamentales a la hora de actuar frente a un texto que clama por su justa articulación gráfica.