En los escritores mediocres apenas se plantean problemas de desajuste entre el código de creación primaria y su traducción al ortográfico: casi todo gris, sin sobresaltos, con una soportable rutina. En cambio, es en los grandes escritores donde se percibe el vacío, el salto entre la riqueza sintáctica, valga el caso, y la insuficiencia del sistema de puntuación. Pero corrijo: no se trata necesariamente, ya se ha dicho, de insuficiencias del sistema de puntuación, sino más bien de la aplicación un si es no es mecánica de las normas escolares que, bien o mal, todas las personas consideradas cultas hemos aprendido. Así, por ejemplo, si hablamos de escritores modernos y contemporáneos, tanto en Larra y en Galdós, por un lado, como en Juan Goytisolo, Miguel Delibes, Camilo José Cela, Rafael Sánchez Ferlosio o Luis Berenguer, aun pudiendo ser considerados como autores que en general puntúan bien (yo mismo hablé de Cela y de algún otro en tal sentido en un libro de 1974: véase la bibliografía), se observan soluciones puntuarias que o son estilísticamente inadecuadas o incluso básicamente erróneas (el que tal vez se encuentra más libre de todo ello es Ferlosio). ¿Por qué se producen tales situaciones?
.....Refiriéndome, por ejemplo, al acabado de nombrar, a Delibes, a Cela o a Alonso Zamora Vicente, gran «coloquialista», se trata de escritores de una gran madurez estilística en cuyos textos aparecen con frecuencia, a pesar de su nada rara aparente sencillez, estructuras sintácticas muy complejas que escapan del sometimiento a las normas escolares de articulación gráfica de la frase. Y el problema es que todos nosotros hemos recibido una orientación más bien elemental, pobre, en esta parcela de la ortografía y que en cualquier momento nos podemos ver abocados a la misma situación de desbordamiento, y de indefensión subsiguiente, contra la que chocan nuestros mejores escritores en cuanto se salen de las estructuras sintácticas «académicas» (y aun en estas nos las vemos y nos las deseamos). No se trata, pues, de que el sistema español resulte insuficiente forzosamente —aunque, claro está, es una posibilidad que en forma matizada debe tenerse en cuenta—, sino, sobre todo, de que nuestra formación previa nos inmoviliza, nos deja prácticamente sin reacción frente a situaciones que se salgan de lo trillado sintáctico: la insuficiencia es más bien de nuestros hábitos, de las normas al uso, las cuales funcionan con demasiada frecuencia «bajo mínimos». Aseguro al lector más escéptico que, sin crear absolutamente ningún signo nuevo, puede aumentarse de manera sorprendente nuestra capacidad de respuesta gráfica, básica y estilística, ante los mil matices de las infinitas construcciones habidas y por haber.