a) En efecto: ese dejar en un segundo plano el aspecto más formativo de la ortografía, la puntuación, se nota no solo en las investigaciones de los lingüistas (lo que no es ajeno a la mayor atención prestada a lo segmental que a lo suprasegmental sintáctico en los estudios del campo fónico, especialmente desde la perspectiva diacrónica y por razones comprensibles), en las sistematizaciones académicas y, en general, en los manuales al uso, sino también en los propios usuarios cultos, incluso en los escritores y, entre ellos, de manera más perceptible, entre los mejores de cualquier época: tal parece ser la situación que los hechos tienden a mostrar. Pero expliquémoslo desde otro ángulo: no vamos a hacer demasiado caso de la lamentación tópica de que nuestro idioma necesitaría muchos otros signos de puntuación, que habría que inventar estos o los otros... Bien: puede ser. Pero no resulta urgente ocuparse de petición tan justa teóricamente cuando de los signos de que disponemos apenas sacamos provecho (¿?), cuando pocas veces superamos el umbral de la supervivencia puntuaria (¿?), que cabría decir. Paro aquí esta primera incisión.
.....b) Es una idea muy extendida, no solo entre escritores, afirmar que nuestros signos de puntuación apenas llegan para acompañar las múltiples situaciones sintácticas complejas cuando trasladamos nuestros pensamientos al papel. Es decir, que el campo sintáctico desborda, en su complejidad real, las posibilidades de un sistema de puntuación poco enriquecido académicamente, de manera que, haciéndonos eco de voces de épocas y lugares diversos, habría que clamar por la creación de nuevos signos gráficos del nivel de la frase. Pero —ya se ha insinuado atrás— antes de pensar en inventar signos básicos o complementarios de puntuación, en un sentido lato, habría que explorar a fondo las posibilidades de los ya existentes. En este terreno creo que es mucho lo que queda por hacer, a pesar de los avances en algunas de las obras expuestas en la bibliografía: ortografía de la publicidad, de lo coloquial, de los experimentos literarios, etc.
.....c) Así, pues, sin negar la posibilidad de creación de nuevos signos gráficos del nivel de la frase, sin poner en tela de juicio su conveniencia, sostengo que el peso de una argumentación en esta línea debe recaer en primer lugar en el hecho de la débil utilización, por nuestra parte, de las posibilidades que nos ofrece el sistema de puntuación español y no tanto en que de antemano creamos que se trata de un conjunto de escasa virtualidad expresiva, muy limitado estilísticamente. La actitud que critico resulta ciertamente cómoda —es muy fácil echar la culpa de nuestros yerros o de nuestra parvedad estilística a deficiencias del código gráfico—, pero no es un modo de pensar justo, equilibrado. Intentemos, pues, en primer lugar sacarle al sistema el máximo jugo posible y solo después atrevámonos a concluir sobre la riqueza o pobreza de los signos de puntuación. Si queremos adoptar un punto de mira de progreso en esta parcela de nuestra cultura, tenemos que dar pasos objetivos, no movernos entre suposiciones más o menos «revolucionarias» o llamativas. En suma: no se trata, en mi opinión, de insuficiencia del sistema de puntuación español necesariamente, sino de infrautilización de sus múltiples posibilidades (lo cual no bloquea en absoluto, si fuera necesario, una ampliación y hasta una reforma del sistema). Y este hecho de lo que cabría llamar «norma de bajo mantenimiento» parece ser una constante a lo largo de nuestra historia cultural, de manera que, simplificando y expresándolo en una forma viva —para despertar una sensibilidad embotada hacia esta clase de problemas y desautomatizar o romper los mecanismos de inercia, atrapando al lector para un ulterior diálogo racional—, podríamos decir que desde el clásico por antonomasia, si no por excelencia, Cervantes, hasta un clásico de nuestros días, Cela, se confirma esa idea de la utilización más bien reducida o distensa de la capacidad articuladora, sintaxis, y expresiva, estilística, de los signos de puntuación.