Las dos primeras son de Ángel ROSENBLAT (véase la bibliografía, 7-33), págs. 342 y 343, respectivamente; la tercera, del mencionado Vicente GAOS (vol. I, nota 25, págs. XIV-XV). He aquí esos textos:
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.......Son todas las «incorrecciones» que hemos podido reunir. Ya se ve [que] no son muchas, y que alguna hasta es discutible. Hemos visto que muchas de las supuestas incorrecciones se salvan con una buena puntuación [cursiva mía], o tomando en cuenta la llaneza del lenguaje hablado, o las libertades de sintaxis de la época, o sus múltiples juegos expresivos. Si nos hemos detenido en todas, más de lo que hubiéramos deseado —no parece que el Quijote necesite abogado defensor—, es porque su análisis nos ha permitido penetrar en algunos rasgos de su humorismo, o de su lengua, no siempre advertidos. Claro que no hay por qué considerar sagrada toda palabra de Cervantes, tan humano en su dolor y en su grandeza. Pero no parece justo que se adapte a la estrechez de sus críticos. Hay que renunciar del todo a la idea de que el Quijote es una obra descuidada. Si Cervantes corrigió tanto el Rinconete y Cortadillo o El celoso extremeño, dos obras suyas de las que tenemos texto rehecho, ¿por qué iba a tratar a la ligera a su Quijote?
2
.......Sí hay que lamentar que las duras circunstancias de su vida andariega no le permitieron revisar o corregir las pruebas de imprenta de su obra maestra.
3
....Sobre el crecido número de enmiendas de RM, en su mayoría injustificadas, ver el Índice de variantes del texto (respecto a la ed. pr. y RM) en el t. III de la presente edición. En el establecimiento del texto del Quijote no es una de las tareas menos laboriosas y delicadas la de fijar su puntuación. La de la edición príncipe —aparte sus frecuentes erratas— responde a los hábitos de la época, poco gramaticales: por ejemplo, como regla, la conjunción y y el relativo que van precedidos de coma. En bastantes ocasiones, de la puntuación adoptada depende el sentido de una frase, o todo un pasaje. La puntuación de Rodríguez Marín, en general correcta, peca de demasiado académica: su texto —en el que abusa del punto y coma— lleva excesivos signos de puntuación, y en su uniformidad gramatical hace hablar con la misma corrección al narrador, a don Quijote, a Sancho, al canónigo ilustrado y preceptista de la primera parte de la novela, y a Maritornes o los galeotes. El sistema de puntuación seguido por Schevill y por Martín de Riquer —por no citar otros editores— es irregular y sus desigualdades, si a veces mejoran a Rodríguez Marín, otras, en cambio, presentan deficiencias y desaciertos. Al racionalismo gramatical iniciado en el siglo XVIII debemos la costumbre —aún vigente, pero ya en declive— de separar o encerrar entre comas, por ejemplo, adverbios y locuciones adverbiales tales como: a dicha, a lo menos, al parecer, así (conj.: «en consecuencia»), con esto, en efecto, en fin, en resolución, finalmente, más ( =«además»), por cierto, por ventura, sin duda, sobre todo, etc. Por regla [,] en la edición príncipe ninguna de estas expresiones y otras semejantes va aislada por las comas que suelen ponerle los editores modernos desfigurando la libertad y flexibilidad de la lengua española del Siglo de Oro, y en nuestro caso, de Cervantes, cuyos caudalosos períodos quedan despedazados por los frecuentes y rígidos signos de puntuación a que se les somete arbitrariamente, quiero decir, ahistóricamente. Sobre este aspecto, ver Margherita Morreale, «Tropiezos en la lengua del Quijote», Estudios sobre Literatura y Arte dedicados al profesor Emilio Orozco Díaz, Universidad de Granada, 1979, t. II, pág. 487. (En adelante, Morreale, Tropiezos.)