Uroboros visual, el pozo permite que la mirada que devora sea devorada por sí misma. El pozo de Soares es, por definición, turbio. La nitidez es impensable para el alma humana que se refleja y a la vez se ve reflejada. El intentar vernos en nuestra justa medida es sondear abismos de horror, es una inmersión en las aguas de la locura. El mundo tiene que mostrarse ocultándose. Ver todo con nitidez se paga caro en la vida y en los mitos. Debemos ser una máscara para nosotros mismos. Lo turbio nos permite vislumbrar la mucha luz que, de verse en su totalidad, nos dejaría ciegos. El pozo refleja, sí, pero es siempre un espejo empañado (“no hay sosiego”) por la propia condición humana y por la necesidad de mantener un mínimo de cordura:
Pero no hay sosiego - ¡hay, ni nunca lo habrá!-en el fondo de mi corazón, pozo viejo al final de la quinta vendida, recuerdo de la infancia tapada por el polvo en el sótano de una casa desconocida. No hay sosiego-ni siquiera, ¡hay de mí!, el deseo de tenerlo... (LD, 41 / 76)
Por otra parte, sabemos que en los mitos los dioses se ocultan. No podemos quitarle los vestidos a Dráupadi, quien ve a la diosa desnuda lo paga caro. Es preciso este ocultamiento de lo divino y de nuestra propia alma. Una exploración directa de los abismos del pozo equivaldría a sumergirse en aguas demasiado profundas para la psique humana. La demencia no viene por falta de luz, sino por exceso:
Si alguna cosa tiene esta vida para nosotros, y por la cual debamos agradecer a los Dioses, aparte de la vida misma, es el don de desconocernos: de desconocernos a nosotros mismos y unos a otros. El alma humana es un abismo viscoso, un pozo que no se usa en la superficie del mundo. (LD, 255 / 251)
Y también:
El hombre no debe poder ver su propia cara. Eso es lo más terrible que hay. La Naturaleza le dio el don de no poder verla, así como de no poder mirar sus propios ojos. Sólo en el agua de los ríos o de los lagos podía mirar su rostro. E incluso la postura que tenía que adoptar para hacerlo era simbólica. Tenía que curvarse, agacharse para cometer la ignominia de verse. El creador del espejo envenenó el alma humana. (LD, 466 / 410)
En otro pasaje, Soares evoca los célebres versos de Alberto Caeiro: “Soy del tamaño de lo que veo”. No es posible que sea de otra forma. Las cosas son lo que nosotros hacemos de ellas. La realidad no es más que el reconocimiento de que el mundo se nos da de acuerdo con nuestras estructuras de pensamiento. Ya dije que Soares no pierde el tiempo disertando acerca de la cosa-en-sí, pues se reconoce demasiado “sujeto” para ello. Nuestro lenguaje, nuestras categorías de pensamiento, nuestra corporeidad, son los límites del mundo. Si la esencia es del tamaño de lo que vemos, la mirada aprehensora de Soares es el del tamaño del mundo. El pozo se convierte en un axis mundi en el que se ubica todo lo que el hombre puede ver en él:
“¡Soy del tamaño de lo que veo!” ¡Qué gran pose mental! Va desde el pozo de las emociones profundas hasta las altas estrellas que en él se reflejan y, así, en cierto modo ahí están. (LD, 46 / 80)
Soy un pozo, dice Soares. Cámara bulímica que absorbe las cosas sin detenerse un instante. Sin embargo, el reflejo no deja de ser turbio, indefinido. El pozo-Soares es el reflejo cambiante que refleja lo cambiante. La nitidez (como sucede con cualquier “engaño colorido”) es una simple ficción, un recurso escapista para negar la inexorabilidad de las cosas, la naturaleza incompleta, esencial del mundo:
Soy un pozo de gestos que ni en mí se esbozaron por completo, de palabras que no pensé curvando los labios, de sueños que olvidé soñar hasta el fin. (LD, 61 / 95)
Gradualmente, el pozo se va reduciendo en su esencia física. El sujeto logra liberarse, en un esfuerzo de exploración propia, de todo lo que le es adjetivo, para verse resumido (y empleo la palabra jugando con sus posibles significados), no en el pozo en sí, sino en el fondo mismo del pozo. El ojo del sujeto se asoma al pozo y es a sí mismo a quien ve en el fondo. De hecho él es el fondo. Paradójicamente, el acto de separación de sí mismo lo lleva al lugar del que parte:
Me separo de mí mismo y veo que soy el fondo de un pozo. (LD, 401 / 361)
Finalmente, el pozo, el ojo que ve y refleja lo que en él mismo hay, se destruye como objetivador del mundo. El sujeto se convierte entonces en una simple relación geométrica y lógica: debe de haber un centro porque hay un “alrededor”, debe de haber un sujeto porque hay objetos. Pero no hay sujeto en sí. Las cosas pueden ser del tamaño que quieran porque todo se libera en una explosión de posibilidades de ser. El “alrededor” que se esboza en torno a un “centro” inexistente, es si acaso, un mero punto referencial que se extiende hasta la más remota infinitud:
Y yo, verdaderamente yo, soy el centro que hay en esto sólo por una geometría del abismo; soy la nada en torno a la cual gira este movimiento, sólo por girar; sin que exista ese centro más que porque todo círculo lo tiene. Yo, verdaderamente yo, soy el pozo sin paredes, pero con la viscosidad de las paredes, el centro de todo con nada en derredor. (LD, 262 / 258)
No hay pozo, sólo queda un abismo sin muros, que alguna vez fue un brocal y que reflejaba turbiamente. Ahora, en la propia dilución del pozo, del sujeto objetivador, se abre una “geometría del abismo”. Llama la atención el empleo repetido del adverbio verdaderamente, que modifica al verbo ser en la primera del singular. Soy verdaderamente el centro que está en todas y en ninguna parte. El sujeto se vuelve el centro de un círculo infinito, un cero en expansión, cuyos límites externos se posponen a perpetuidad.