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Soares / Pessoa, un sujeto en crisis y una breve reflexión en torno a un pozo - De la forma de conjugar el verbo ser

Monografía creado por Luis Juan Solís. Extraido de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero31/digpozo.html
25 de Octubre de 2006

4 - De la forma de conjugar el verbo ser

Todo está en el uno, en el yo que enuncia. En alguna parte, Soares elabora una reflexión sobre el valor de las palabras como verdaderas transmisoras de significado. Según Soares, el verbo ser, el único que se resiste al cambio y a los rigores de lo efímero, debe conjugarse de manera reflexiva. En la enunciación no debe quedar el más pequeño intersticio entre el sujeto que habla y el verbo que emplea para ello. Es una suerte de acto de habla a la Austin, mediante el cual el sujeto realiza la máxima acción ilocutiva: construir su propia esencia De esta manera, decir es decirse. El verbo ser debe conjugarse con la precisión que le corresponde:

Si quisiera decir que existo, diré “Soy”. Si quisiera decir que existo como alma separada, diré, “Soy yo”. Pero si quisiera decir que existo como entidad que se dirige y se forma a sí misma, que ejerce para sí misma la función divina de crearse, ¿cómo habré de emplear el verbo “ser”, más que convirtiéndolo súbitamente en transitivo? Entonces, triunfalmente, antigramaticalmente supremo, diré, “Me Soy”. Habré dicho una filosofía en dos palabras pequeñas. (LD, 84 / 114)

Soares recuperaría para sí toda su sustancia, todos sus atributos, todo su ser subjetivo. Pero la profundidad de un ser radica en su multiplicidad de atributos. En ese estado, el sujeto puede reconocerse unitario, doble o plural, para luego decir que no es nada, o sea pura potencia, o que es el universo entero, y así sucesivamente. La oscilación, el desasosiego, no para nunca. Soares es el individuo que aparece en un constante acto de desaparición. Hay momentos de pleamar en donde el sujeto se afirma. Y de bajamar, cuando el sujeto se diluye, un fragmento más tarde. La boya sube, pero también baja:

Hace mucho tiempo que no existo. Estoy sosegadísimo […] Hace mucho tiempo que no soy yo. (LD, 139 / 156)

Por otra parte, Soares sabe que la constitución de un árbol, de una aldea, de todo el mundo, está en función del sujeto que percibe las cosas. De esta manera, se da por concluida toda discusión acerca de la objetividad del mundo. El ser-en-sí no tiene cabida en esta concepción del universo. La esencia de los objetos queda reducida al individuo que realiza el acto de sentir o de conocer. El propio sujeto se convierte en objeto de sí mismo, pero en ello no deja de reconocer su propia subjetividad. Todo lo que es es del tamaño del hombre, de su visión subjetiva. Toda experiencia tiene cabida en una personalidad fluctuante, toda sensación es posible porque nada se descarta, no hay otra realidad que la que el hombre forja para sí. El ser humano se convierte entonces en un microcosmos, en el que se es todo y es posible sentir por todos:

Crear dentro de mí un estado con una política, con partidos y revoluciones, y ser yo todo eso, ser Dios en el panteísmo real de ese pueblo-yo, esencia y acción de sus cuerpos, de sus almas, de la tierra que pisan y de los actos que realizan. Ser todo, ser ellos y no ellos. (LD, 157 / 172)

Y también:

Me creé como eco y abismo, pensando. Me multipliqué profundizándome. El más pequeño episodio-una alteración de la luz, la caída de una hoja seca […] en cada una de ésas sensaciones soy otro, me renuevo dolorosamente con cada impresión. Vivo de impresiones que no me pertenecen, perdulario de renuncias, otro en la forma en que soy yo. (LD, 93 / 123-124)

En los últimos dos pasajes citados aparece el verbo crear. Para Soares el verbo ser, en su más auténtica conjugación, encierra los contenidos semánticos del verbo crear. Ser es crearse. Es un esfuerzo consciente de construcción de la propia individualidad, recuperando para sí penosa, dolorosamente, las distintas posibilidades de ser esto y esto otro, ser ellos. Sin embargo, cuando todo apunta en esa dirección, Soares efectúa un nuevo movimiento oscilatorio y agrega: “y no ser ellos”.

Contra toda razón, el desasosiego es un hecho siempre cambiante, pero siempre igual. La mutabilidad, la esencia quebradiza del sujeto, es la nota perenne en la desarmonía de un alma consigo misma. El imperativo al que se enfrenta Soares da sentido a toda su existencia: un ansia por ser, por ser muchos y sentir por muchos. El ser sólo puede serlo en un constante rehacerse. En Bernardo Soares, el verbo ser no acaba de conjugarse de ninguna forma “fija”, todo es un perpetuo gerundio, un participio presente que ha de refrendarse todo el tiempo. Por eso le escuchamos decir:

Nada pesa en mí ni dura el escrúpulo de la hora presente. (LD, 14 / 56)

El tiempo no pesa en la conciencia de Soares, no lo sujeta ni un solo instante para decirle “eres”. La hora presente es difusa. Al anhelo desesperado por abrogar las secuencias de la temporalidad (sin pasado ni futuro), se suma ahora la voluntad de ser siempre. Se trata de una especie de anclaje en la eternidad que encuentran aquellos que, como decía Wittgenstein, viven en el presente. Eduardo Lourenço señala a este respecto:

La paradoja del Instante no consiste en acabar cuando surge. Ese deber se lo imponemos nosotros al “banal instante”, empotrado en el cuerpo imaginariamente substancial del tiempo. La paradoja del instante es la de nunca haber comenzado y no poder tener fim. Nadie verá la cabeza ni la cola de tal monstruo. En él nos deslizamos, extrañamente parados, no para la Eternidad, sino en la Eternidad. [4]

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Luis Juan Solís Extraído de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero31/digpozo.html CopyLeft
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