El instante se nos manifiesta entonces como una posibilidad de sensación y de conocimiento del yo y de los otros seres. Es una ilusión necesaria para dar coherencia al mundo. Sin este momento en la eternidad (en el que sin duda confía López Velarde), incluso el mismo Soares sería incapaz de afirmarse, o de negarse, puesto que la negación implica una manifestación de presencia. Max Colodro nos dice:
La presencia dispone y hace constante el presente, dotándolo de un sentido de permanencia y quietud que hace factible la inteligibilidad de las cosas. La lógica del fundamento apunta precisamente a una eternización del instante en el que los entes son apropiados; la diferencia opera como una ilusión de una trascendencia esencial de las cosas más allá de los cambios de apariencia. [5]
Soares no habla de pasados ni de futuros, puesto que ya fueron o aún no son. Del pasado sólo queda el recuerdo y del futuro la esperanza:
Vivo siempre en el presente. No conozco el futuro. Ya no tengo el pasado. Siento el peso de que todo sea posible, lo otro como la realidad de la nada. No tengo esperanzas ni recuerdos. Vivo siempre en el presente. (LD, 100 / 129)
Precisamente esta concepción del tiempo es la base sobre la que se funda la fragmentación del ser en Soares. El único asidero posible es el instante presente en el que el individuo conjuga su ser en un breve segundo, sólo para ser otro un instante después [6]. Las posibilidades de ser se multiplican al infinito, el peso de que todo sea posible. Esto es así porque en el tiempo los extremos se tocan en una secuencia infinita. Soares nos dice que siente el peso de la realidad de la nada. Esto es importante porque la nada (como diría San Agustín) ya es algo, al menos es pura potencialidad: la posibilidad de que todas las cosas sean. O de que no sean. Todo cambia porque el presente se nos diluye entre las manos. El sujeto se nos escapa como la arena por una clepsidra:
Transeúntes eternos para nosotros mismos, no hay más paisaje que lo que somos. Nada poseemos porque ni a nosotros mismos nos poseemos. Nada tenemos porque nada somos. ¿Qué manos extenderé hacia el universo? El universo no es mío: soy yo. (LD, 123 / 145)
Por instantes, como se ha visto, Soares se instala en la presencia para afirmar o negar. Dejarse arrastrar por las corrientes de lo efímero (si es que esto es posible) equivaldría a romper nuestro anclaje con el presente eterno. Pero no se puede. En la desintegración del sujeto hay un acto que se realiza en un presente, forzosamente ilusorio, porque sólo puede haber presente en una secuencia con respecto a lo que ha sido y a lo que será. Soares está consciente de esta paradoja, pues conoce la falta de sustancia del tiempo. Pero, humanamente, sabe que no tenemos otra forma de concebir la temporalidad. Es preciso echar un lastre que nos ate a lo eterno para entender la dirección y el sentido de la existencia:
Todo lo que vive, vive porque muda; muda porque pasa, y, porque pasa, muere. Todo lo que vive perpetuamente se convierte en otra cosa, constantemente se niega, escapa de la vida. La vida es entonces un intervalo, un nexo, una relación, pero una relación entre lo que pasó y lo que pasará, intervalo muerto entre la Muerte y la Muerte. (LD / “Marcha fúnebre”, 445)
Todo es ilusión. Porque no hay intervalo ni nexo. No puede existir una relación con una cosa con ella misma porque es una y la misma cosa. La vida es un pasaje de la muerte a la muerte. Muere constantemente quien vive perpetuamente. La vida se define en términos de su contrario, pero no hay contrario. La vida es un constante ir muriendo. Con Heidegger, Soares sabe que nacer es ya estar muriendo. De esta forma, la realidad se hace más quebradiza, al punto en que queda reducida a una mera ilusión de nuestro intelecto, a un instante de congelación del flujo de las cosas, para asirlas un segundo y hacérnoslas (y hacernos) inteligibles. Todo lo que nos resta es ser humanos e imaginar las cosas desde la única perspectiva que nos es dada como sujetos y objetos del mundo. No hay más realidad que aceptar nuestra ficción:
Entre más contemplo el espectáculo del mundo, y el flujo y reflujo de la mutación de las cosas, más profundamente me compenetro de la ficción ingénita de todo, del falso prestigio pomposo de todas las realidades. (LD, 132 / 152)
La realidad se convierte entonces en la aceptación del mundo esencialmente ilusorio en el que vivimos. No podría decirse que todo se relativiza porque no hay punto de referencia desde el cual ver las cosas. No podemos plantarnos en la realidad para ver la ilusión esencial de algo porque ésta es simple y sencillamente nuestra “realidad”. Estamos otra vez muy cerca del Heráclito que asegura que el sueño y la realidad son la misma cosa. Soares dice:
Reconocer la realidad como una forma de ilusión, y la ilusión como forma de realidad, es igualmente necesario e igualmente inútil [...] Cualquier cosa, según se considere, es un asombro o un estorbo, un todo o una nada, un camino y una preocupación. Considerarla cada vez de un modo diferente es renovarla, multiplicarla por sí misma. (LD, 90 / 118) [7]
Llevados por el flujo de lo cambiante, no es posible conocer nada de forma definitiva porque el sujeto cognoscente está siendo otro, es decir, muriendo y naciendo como un uno que se está haciendo otro. Y con esto cambia el universo entero. De igual forma, las posibilidades de autoconocimiento se anulan y a la vez se multiplican. Vemos ahora que la individualidad, la esencia singular de cada cual, se vuelve el más elástico de los músculos: ¿Conoce alguien las fronteras de su alma, para que pueda decir: yo soy yo? (LD, 364 / 331) [8]
Entonces, el conocimiento final de sí mismo, y por ende de los otros, se convierte en un absurdo, en una ficción de intelecto. Todo conocimiento es provisional, alterado por la naturaleza evanescente del sujeto, que no posee otra cosa que no sean sensaciones efímeras:
Lo más que hay en el mundo son paisajes, molduras que encuadran nuestras sensaciones, encuadernaciones de lo que pensamos. (LD, 160 /175)
Conocerse a sí mismo es conocerse en un perpetuo ahora. Así, se presenta una especie de “principio de incertidumbre”, en donde el sujeto que trata de conocerse se evade a sí mismo en el propio acto de conocer, el cual, ocurre en el tiempo:
A menudo me desconozco, lo que sucede con frecuencia a los que se conocen. (LD, 456 / 402)
O también:
No tengo idea de mí mismo; no tengo ni la idea de en qué consiste una falta de idea de mí mismo. Soy un nómada de la conciencia de mí mismo. (LD, 107 / 134)
Y:
¡Qué noche! Bueno sería que quien causó los pormenores del mundo no me dejase mejor estado o melodía que el momento lunar único en el que me conozco desconocido. (LD, 480, 417)
En este último pasaje, salta a la vista el valor simbólico de la noche y de la luna, claroscuro celeste. Lo inestable se ve en el símbolo por excelencia de todo lo cambiante: el momento es lunar. En otro juego de contrastes, encontramos los valores representados por las palabras estado y melodía. Por una parte, lo constante y lo fijo; por otro lado, la música, que agota su ser en su propia realización: la melodía es y, con ello, deja de ser [9]. Todo subraya la fugacidad del instante, la incapacidad esencial para conocernos como sujetos; así, Soares se desconoce conocido. Por eso el pozo.