Para Soares, el ojo es el rey de lo sentidos. A lo largo de muchas páginas, presenciamos una valoración de la vista, y un desprecio por los otros sentidos, en especial el del tacto. En el siguiente pasaje, encontramos cuatro veces el acto de mirar, en verbo o en sustantivo (olhar). Aparecen verbos afines como creer o pensar (achar, verbo cercano al español hallar) y darse cuenta (reparar). La mirada es, como todo en Soares, de una persistente ambigüedad, incierta y solícita:
Hace ya un número impreciso de muchos meses que me ve mirarla, mirarla con la misma mirada incierta y solícita. Yo sé que se ha dado cuenta de esto. Y al haberse dado cuenta, debe de haber creído que esa mirada era extraña […] Yo no soy, señora mía, frente al hecho de mirarla […] (LD, “Uma carta” / 478)
Hay un importante fragmento, intitulado nada menos que: “El amante visual” (“O amante visual”), en el que Soares declara llanamente cosas como éstas:
· (Amo con la mirada) (464)
· (Así, vivo en visión pura) (465)
Soares sólo “toca de lejos” y “vive de lejos”. Amar con la mirada es renunciar al tacto. La vista es para Soares la manera de relacionarse con el mundo. El ojo es la fuerza de Soares, su más ejercitado y hábil músculo:
Veo porque veo (LD, 437 / 388)
Pero al mismo tiempo la vista es la distancia que lo separa de los otros. Leyla Perrone-Moisés [10] contrasta dos ejemplos del ejercicio de la vista y de sus efectos en Soares. El primer ejemplo aparece en un fragmento que lleva por título “Pastoral de Pedro”. El sujeto ve un cuadro bucólico que representa a una boyerita. El pasaje asume rasgos oníricos:
Fue en un cuadro, sí, donde te vi. ¿De dónde me viene la idea de que te vi acercarte y pasar junto a mí. Estoy seguro de que, no voltee para verte porque te seguía viendo todavía? (LD, 470)
El sujeto ve, pero no es visto. No hay nada amenazador en el primer cuadro. En el segundo caso (Fragmento 25), se trata de una litografía exhibida en un aparador. Ahora, el sujeto ve pero es observado detenidamente. La litografía lo ve (“los ojos con que me observa son tristes”). La mirada lo hace retirarse repentinamente del aparador. Los ojos nos desnudan, nos hacen presa del otro. Hay una fuerza mágica en la mirada, en todas las miradas, que ve lo que nosotros esperamos que los otros no vean, o incluso verdades insospechadas para nosotros mismos. Los ojos son la ventana del alma dice la sabiduría popular, y las canciones no se cansan de repetirlo, pero no es fácil someterse al escrutinio de la mirada del otro. Para Soares toda mirada es un alma aun cuando se trata de objetos inanimados:
Hay en los ojos humanos, aunque sean litográficos, algo terrible: el aviso inevitable de la conciencia, el grito clandestino de que hay alma. (LD, 25 / 62)
La mirada es nuestra más grande fuerza de aprehensión del otro, es nuestra forma de hacer objetos a los demás. Soares trata de mantener el equilibrio como sujeto sentiente. La mirada lo desplaza de su perspectiva privilegiada de contemplación, de objetivación del otro. Leyla Perrone-Moisés, agrega parafraseando a Merleau-Ponty:
El hecho de que seamos vistos nos reduce a la condición de objeto, nos enajena de nuestra conciencia de sujetos para nosotros mismos, observan Heidegger y Sartre. Somos seres vistos en el espectáculo del mundo. [11]
Nuestra fortuna es no podernos ver nunca. El espejo no refleja más que lo que nosotros ponemos en él. Nuestro rostro pertenece exclusivamente a la mirada de los otros. Vernos un instante como nos ven los otros equivale a quedarnos sin ropa en mitad de la calle. Sí, los otros son el infierno. El poder consiste en ver, sin que nos vean. Pero en el caso de un hombre-mirada, como lo es Soares, no es posible dejar de verse a sí mismo. Soares dice:
Concebirme por fuera fue mi desgracia-la desgracia para mi felicidad. Me vi como los otros me ven, y comencé a despreciarme, no tanto porque reconociese en mí rasgos por los cuales mereciese desprecio, sino porque comencé a verme como me ven los otros y a sentir cualquier desprecio que ellos pudieran sentir por mí. Sufrí la humillación de conocerme. (LD, “Diário lúcido” / 432)