Muchos otros símbolos parecen destacar este carácter indefinido y fluctuante: el fantasma, el sonámbulo, el espacio entre la vigilia y el sueño, la boya. En este constante ir y venir, Soares acaba por encontrarse. Sin embargo, unos cuantos pasajes más adelante (o más atrás, que en este caso es lo mismo), Soares niega lo dicho, con lo que se cancela todo supuesto. La propia naturaleza de El Libro es un eco materializado de esa individualidad fluctuante que se afirma y que se niega simultáneamente. De esta manera, el espacio de la sensación, es decir, las nubes, la bruma, el otoño y la lluvia se convierten en estados alotrópicos de esa otra atmósfera existencial que es la prosa de Bernardo Soares, la cual, al mismo tiempo, es el propio Soares:
iSoy en gran medida la prosa que escribo. [1]
El hecho de que el Libro del desasosiego sea consustancial a Bernardo Soares siempre me ha hecho pensar que su lectura deja la sensación de haber leído y de no haber leído al mismo tiempo. Es como si los momentos entre el sueño y la vigilia, a los que constantemente alude Soares, no fueran los de un libro de ficción, sino la atmósfera misma en la que se realiza el acto de leer. Es posible regresar al Libro del desasosiego muchas veces; pero es como si se tratara de una vieja lectura, de la que sólo nos queda un vago y nebuloso recuerdo. Leila Perrone-Moisés dice al respecto:
No sólo son indefinidos los contornos materiales de la obra, sino la materia misma de que trata es igualmente fluida y reconocida como tal: esa prosa es un constante devaneo. [2]
Perrone-Moisés dice que la prosa es fluida y que se reconoce como tal. ¿Cómo es posible conocer o reconocer algo que simplemente se nos escapa de las manos y se rehúsa a la aprehensión? Sabemos sólo que fluye. ¿Pero qué es lo que fluye? El devaneo, lo insustancial, se adjetiva con una improbable pareja: “constante”. Se trata de la determinación de lo esencialmente indeterminado e indeterminable. El efecto al que aludo no es gratuito. Pessoa buscó esa indefinición como rasgo distintivo de la obra. Se trata pues de una indefinición que define. En nota para una edición futura de El Libro, leemos lo siguiente:
Hay que hacer una revisión general del propio estilo, sin que pierda, en la expresión íntima, el devaneo y la falta de cohesión lógica que lo caracterizan. [3]
Podría, en ocioso afán, contar las veces que aparece la palabra devaneo. El libro en sí es un eterno afirmar y contradecir. Con Bernardo Soares, se está en el reino de la indefinición oscilante. Pero ésa es la única forma posible que pudo asumir el Libro del desasosiego. Hay en su falta de definición una respuesta fiel a las ideas que sustenta. Que no se exija claridad a lo que de suyo es opaco. Soares, por su parte, nos dice:
Decir lo que se siente exactamente como se siente-claramente, si es claro; obscuramente, si es oscuro; confusamente, si es confuso... (LD, 84, 113)
Así pues, en una obra que narra la vida sin pormenores de un auxiliar de tenedor de libros, insomne y taciturno, cuya identidad y esencia él mismo desconoce, no puede esperarse una radiante nitidez de contornos, una luminosa definición de relieves, un trazo nítido y certero. Soares pregunta:
¿Quién soy yo para mí? Sólo una sensación mía […] Cómo cansa todo lo que es una sensación definida. (LD, 154 / 170)
Así, en la estructura misma de la pregunta, hay un sujeto que se define como un yo; pero que a la vez cuestiona la esencia de ese mismo yo. La respuesta se da en el orden de las sensaciones: soy mi sensación; soy lo que yo siento que soy. Nada más ambiguo, y a la vez, más neto.
Ni comienzo ni fin. Como ya se ha dicho, no es posible asegurar que Bernardo Soares comienza su libro en ninguna parte. Sin embargo, por algún lado habrá que empezar. Tomo como punto de partida el comienzo de la edición de Richard Zenith, la cual inicia con una serie de fragmentos que conforman la parte denominada Autobiografía sem factos (Autobiografía sin hechos). El sujeto que cuenta su vida nos habla de un yo que nace, que tiene un origen, a partir del cual se configura una vida:
Nací en un tiempo en que la mayoría de los jóvenes había perdido la creencia en Dios, por la misma razón que sus mayores la habían tenido-sin saber por qué. (LD, 1 / 45).
No hay negación alguna. No sólo hay un nacimiento, sino que tenemos, aunque vagas, ciertas coordenadas históricas. Se parte ya de algo dado. Hay un sujeto que narra su vida desde su propia subjetividad. Este sujeto, con un origen y una biografía (“sin hechos”) se embarca en una reafirmación de su persona. Así, en un afán de trascendencia y de superación de las redes del tiempo, Soares busca alcanzar su más certera definición como sujeto:
Tengo hambre de la extensión del tiempo, y quiero ser yo sin condiciones. (LD, 14 / 56)
No obstante, en el siguiente fragmento, el número 15, vemos que no es sólo un anhelo expresado en voz alta, sino una suerte de gestación y de parto de la propia voz subjetiva. Una salida del sujeto hacia el sujeto mismo: se llega del mismo punto del que se parte, en una penosa recuperación de la individualidad:
Conquisté, palmo a palmo, el terreno entero que nació mío. Reclamé, centímetro a centímetro, el pantano en que permanecí inmóvil y nulo. Parí mi ser infinito, pero me saqué a golpes de mí mismo. (LD, 15 / 56)
Así, el afán de crearse como sujeto (quiero ser yo sin condiciones) se ve coronado con la ardua conquista de la propia individualidad (me saqué a golpes de mí mismo). Todo indica que el sujeto se consolida en su propia esencia. Es posible recorrer muchas páginas del Libro y pensar que el sujeto se construye para sentir más fuerte. Leemos, por ejemplo:
· Con gran esfuerzo me levanto del sueño en que me hundo; me sacudo como un perro la humedad tenebrosa de la bruma que me empapa. (LD, 25 /52)
· También hay momentos, y éste es uno de ellos, en que me siento más a mí mismo que a las cosas externas. (LD, 36 / 71)
· Cuántas veces, presa del entorno y de la hechicería, me siento hombre. En esos momentos, convivo con alegría y existo con claridad. (LD, 67 / 99)
· Siento. Ardo en calosfrío. Soy yo. (LD, 67 / 100)
· Yo no soy pesimista, soy triste. (LD,127 / 149)