Volviendo al concepto de ambigüedad, la pregunta del texto se puede interpretar de otra manera, además de tomarla como apóstrofe del poeta al Guadarrama. Se puede entender, adaptando el término de Searle (1975), como acto de habla indirecto. El preguntar sirve entonces para otra cosa, no para afirmar que se ha reconocido al amigo, sino para narrar, en este texto, el reencuentro del poeta con el Guadarrama. La cuestión consiste en explicar cómo una pregunta sirve para afirmar, y cómo una afirmación sirve para narrar.
En el primer caso, la pregunta reproduce lingüísticamente el proceso de reconocimiento mismo; y se emplea convencionalmente, como hemos visto, como parte de la conducta socialmente establecida en los actos de reencuentro y reconocimiento del interlocutor. No necesitamos dividir las expresiones lingüísticas en un significado oracional (constante, regido por principios gramaticales) y un significado enunciativo (variable, según las circunstancias del enunciado), es decir, en un sentido y en una fuerza del enunciado (cf. Baker y Hacker 1984). El oyente integra la información obtenida de la pregunta en un modelo cognoscitivo más general, de acuerdo con claves que extrae de la propia pregunta. En esta integración repone los elementos cognoscitivos ausentes pero necesarios. Asigna valores por defecto, es decir, repone lo que sabe que suele haber en este tipo de situaciones pero que no está presente en esta. (Así, mediante esta explicación, se formula explícitamente lo que en el análisis de Searle (1975, p.74) aparece como plausibilidad y como conocimiento general acerca del tipo de situaciones en cuestión.)
Es frecuente traducir las metáforas como si de lenguaje críptico se tratase; aquí, el amigo no sería tal amigo sino cadena montañosa, y no estaría pintado en el azul sino en realidad visto en el cielo del paisaje. La metáfora serviría para adornar la expresión, desviándose así esta del lenguaje ordinario. Podemos seguir otra estrategia: el autor, dirigiéndose al Guadarrama, le llama viejo amigo, pero al mismo tiempo insiste en que se trata -le pregunta- de la sierra que conoce de la época de sus tardes madrileñas. Insiste: dos veces aparece 'la sierra' encabezando sendos versos; y esta anáfora resalta el reconocimiento del viejo amigo como la sierra madrileña. Además, las dos únicas apariciones de la palabra 'sierra' en el poema están destacadas por ocupar una posición privilegiada: aparecen en los dos únicos versos acentuados en la segunda sílaba, frente a los demás versos del poema, con primer acento en la cuarta sílaba, salvo el primero y el último, acentuados en la tercera. Esta insistencia en la sierra como sierra, descrita inequívocamente como tal ('gris y blanca', 'barrancos y cumbres' más adelante), está acompañada de su tratamiento como 'viejo amigo', primero, y de su descripción como 'en el azul pintada', después. Machado se sitúa, al mismo tiempo, en el plano en que la sierra es un elemento vivo, protagonista de su experiencia vital. Pero el objeto cotidiano es al mismo tiempo objeto emotivo; en términos de Pilar Palomo (1971), convierte Machado lo objetivo referencial en paisaje emotivo. Presenta la sierra como un viejo acompañante de su existencia madrileña, y pretende que sea tomado así. La sierra no deja de ser sierra porque el poeta dialogue con ella; se trata más bien de que el poeta es capaz de dialogar con la naturaleza que le rodea, y, más adelante en el texto, de percibir cómo la naturaleza vive análogas experiencias a las suyas. El receptor del texto tiene que aceptar esta forma de entender el texto (aunque para alguno sea comulgar con ruedas de molino): el texto modernista requiere considerar al poeta como ser que entiende (descifra) el lenguaje de la naturaleza, y que es capaz de decirlo, de decir este lenguaje; y requiere aceptar que la armonía entre el poeta y el universo puede dar lugar al diálogo entre ambos, manteniendo la naturaleza su condición.