La poesía -la obra toda- de Wolfe nace del siguiente conflicto: la conciencia de la imposibilidad, en nuestras sociedades, de la utopía del lenguaje específicamente poético. Pero esto no es nada especial. Toda la poesía del siglo XX tiene su punto de partida en él, ya sea aceptándolo ya negándolo. No otra cosa venía Dámaso Alonso a decir hace más de medio siglo cuando diferenciaba entre poesía arraigada y desarraigada, aunque la historia de la literatura haya recluido estos conceptos en el ámbito de la posguerra española. Esa división se podría aplicar prácticamente a lo largo de todo ese siglo y a la poesía de cualquier país occidental. Así, dentro de la poesía desarraigada (la que encara el conflicto moderno), se encontraría la poesía realista; y dentro de la poesía arraigada, las vanguardias, los esteticismos, los hermetismos, los tradicionalismos y los clasicismos.
En la poesía española de principios de los años noventa, la crítica ha detectado y rebautizado estas dos tendencias en las llamadas poesía de la experiencia (o figurativa) y poesía de la diferencia (o del silencio). Pero lo cierto es que han sido muy pocos los autores de ese período -entre los que se encuentra Wolfe- que han encarado la creación lírica desde un realismo no clasicista, ya que en realidad la poesía de la experiencia es más arraigada que desarraigada y no pasa de ser un clasicismo relajado con tintes realistas. [2]
Pero medio siglo no transcurre en balde. Decir que la poesía de Wolfe es desarraigada y realista no basta. La poesía de Wolfe es desarraigada y realista pero más allá de la Modernidad. A esto la mayoría de los críticos lo llaman posmodernismo, y en el caso concreto de Wolfe «realismo sucio», y nosotros lo vamos a denominar neorrealismo. El estudioso Alfredo Saldaña es quien mejor ha explicado esta característica wolfiana: «la condena del proyecto de la modernidad»:
La propuesta literaria de R. Wolfe [...] apuesta por la concisión y la precisión verbales, frente al exceso retórico de los grandilocuentes discursos de la modernidad. Sus obsesiones, sus referentes, sus temas se hallan vinculados a sus propias experiencias en la vida e ignoran los lugares comunes (el fin de la historia y de los grandes relatos, la muerte de Dios y de las ideologías) compartidos por una modernidad que se esforzó en autojustificarse y se olvidó de vivir. [3]
[...] frente a los discursos totalizadores y universalistas con pretensiones de liberación, progreso y emancipación ensayados en la modernidad, una vía posible de salida del escepticismo reinante en la postmodernidad quizás radique en las actitudes de algunos artistas y teóricos que no se resisten a ofrecernos sus discursos críticos y alternativos, elaborados al margen de cualquier modelo estético, ideológico, político o social dominante. La obra literaria de R. Wolfe representa, en este sentido, una propuesta válida, valiente y agresiva puesto que atenta contra las diferentes escalas de valores (sexuales, religiosos, morales, éticos, políticos, etc.) que rigen nuestro comportamiento en el mundo. [4]
El propio Wolfe ha reflexionado clara y lúcidamente sobre su presunta condición de posmoderno en más de una ocasión. La siguiente extensa cita no tiene desperdicio:
A mí no me preocupa nada salvo lo que me tiene que preocupar: mantener los ojos y los oídos bien abiertos, registrar, procesar, reflejar -a mi manera, y con el corazón en una mano y la tradición que yo, personalmente, me he forjado y he aprendido a respetar, en la otra- la realidad y el mundo, tal y como yo los concibo.
No sé si eso será una postura «posmoderna». Eso tampoco me importa. Sin embargo, en una reciente entrevista con importante crítico español, leí que al parecer sí; que, al parecer, ese planteamiento tiene mucho que ver con lo que se entiende por «posmodernidad». El crítico en cuestión venía a decir, más o menos, que han dejado de tener vigencia las consignas, y que el autor se queda solo, sin estar protegido por una estética dominante. Eso, según parece -y el crítico lo añadía- es lo que «se ha dado en llamar posmodernidad». Estoy muy de acuerdo con esa afirmación y, si es posmodernidad, pues yo soy posmoderno hasta la médula (aunque la verdad es que detesto el término, como etiqueta y como palabra en sí). Sólo que no veo qué tiene eso de nuevo; yo siento que estoy solo, literariamente hablando, casi desde que empecé a escribir. ¿Estéticas dominantes? Yo no acepto más estética que la que me han enseñado los autores que he leído y admiro. Eso se interpreta a veces -y no deja de asombrarme- como una señal de rebeldía, de descaro, de insolidaridad intelectual. De «querer ir por libre», por usar una expresión popular. ¿Por qué? Jamás lo entenderé. ¿Es acaso la literatura una religión? ¿Es esto una clase de catequesis? ¿Por qué ciertos autores sí y ciertos autores no? ¿Por qué se habla de «influencias excesivas» de la literatura inglesa, la francesa, la alemana, la norteamericana, la que cuadre? ¿Por qué no tiene un autor derecho a escoger sus propios cánones? [5]