Entre quienes defendieron a Wolfe sin reservas se encontraba el propio Villena -tal vez el más entusiasta de todos ellos-, que aunque esperó para pronunciarse hasta la publicación del tercer poemario de Wolfe, Hablando de pintura con un ciego, una vez que «abrió fuego» lo hizo con convencimiento y reiteración [19]. En aquella primera reseña suya dedicada a Wolfe, Villena decía de su poesía publicada hasta el momento que era «el último paso, uno de los más extremados, de la llamada poesía de la experiencia». [20]
Pero el primer crítico de renombre que habló positivamente de Días perdidos en los transportes públicos fue Rafael Conte. «Este libro -escribió en mayo de 1993- [...] es uno de los más destacados de la joven poesía española de nuestros días, hasta el punto de haber quedado finalista del pasado premio de la Crítica, a sólo un voto del ganador. Frente a un entorno que suele reiterar las reglas del juego literario, Roger Wolfe es una especie de francotirador aislado, que opta por un minimalismo “a la americana” (piénsese en Raymond Carver como poeta), y, con sencillez engañosa, humor y autosarcasmo, se sale de esa especie de cajón de sastre en el que a veces se convierte la poesía de la experiencia [...]». [21]
Poco después también Miguel García-Posada tomó cartas en el asunto. Primero señalando el hecho de que Días perdidos en los transportes públicos, «sin duda el libro más original de 1992 por su enérgica postulación de una poética realista de nuevo cuño, no haya estado presente al menos en las deliberaciones finales [de la concesión del Premio Nacional de Poesía]» [22], y menos de un mes después, en su reseña de Hablando de pintura con un ciego, calificando a Wolfe de «revelación poética» y considerando éste y su anterior poemarios «una auténtica vuelta de tuerca a la reciente poesía española que, con él, y en unión de algunos de los poetas de la experiencia, se ha adentrado en la órbita de un nuevo realismo». [23]
Entre sus detractores más tempranos, el primero fue José Luis García Martín, que un lustro antes también había sido quien primero y más había apoyado [24] su apenas conocido poemario inaugural, Diecisiete poemas. En cambio, en la reseña que le dedicó a Días perdidos en los transportes públicos aseveraba que sus escasos «escuetos y emocionantes poemas, poco acordes con una concepción de la literatura donde la autenticidad se confunde con el exabrupto, la escatología y el trazo grueso, son los que impiden que el libro se quede en una llamativa curiosidad». [25]
Santos Alonso [26] arremetió igualmente sin miramientos contra el poemario, al que consideró «desplazado de su propio cauce, o lo que es igual, de su género literario», apoyándose en los siguientes argumentos: su «estructura y tono desiguales en su conjunto», su «estructura narrativa endeble y vulgar» y su «discurso dominado por el estilo nominal y enumerativo o por un objetivismo visual y realista, que fue significativo en la generación novelística del medio siglo, pero que aquí resulta irrelevante e, incluso, ingenuamente ñoño a la hora de expresar la cotidianidad».
El siguiente ataque estuvo firmado por José Luis Piquero [27], no por casualidad buen discípulo y protegido del ya mencionado García Martín. Sin el menor atisbo de argumentación, Piquero, en un tono abiertamente hostil -y en ocasiones rozando claramente la mala fe-, afirmaba tajantemente que en el segundo y tercer poemarios de Wolfe, «con la excusa del despojamiento, la máscara de un malditismo trasnochado y el magisterio del dudoso Bukowsky [sic], la poesía de Roger Wolfe se llenó de camisetas sudadas, tazas de váter, vómitos y demás excelencias de un realismo sucio que terminaba siendo más sucio que realista». Y aunque hacia el final de su andanada Piquero admitiera que algunos de los poemas «son con toda justicia buenos», no dudó en rematar su correctivo reafirmándose en su virulencia con una irónica lamentación: «lástima que más de la mitad del libro sea pura banalidad».
Unos años después, publicado ya Arde Babilonia (1995), este debate de sordos fue certeramente detectado por Antonio Ortega:
Desde la publicación de Días perdidos en los transportes públicos, la crítica ha dedicado un interés especial al trabajo poético de Roger Wolfe. Al mismo tiempo, y consecuencia quizás de esa mirada atenta, en contados casos de la poesía reciente las opiniones de los críticos han divergido tanto. El elogio que desde ciertos sectores ha reclamado su obra ha obligado a tomar posición incluso a aquellos que pretendían ignorarla. Dicho de otra manera: la aprobación entusiasta que una parte de los críticos comenzó a rendir a Wolfe movió a otros a su «reprobación». El resultado ha sido que, tanto unos como otros, en el calor de la polémica, han esgrimido argumentos tendentes a la simplificación. Muchos juicios sobre los libros de Wolfe se caracterizan, si no por su parcialidad, sí por su extremismo. [28]
Dos años después, en 1997, en una reseña de Mensajes en botellas rotas, quinto poemario de Wolfe, también Villena [29] reflexionaba sobre este mismo asunto:
Cuando en 1992 un desconocido poeta inglés que escribe en español -Roger Wolfe, entonces de 30 años- publicó Días perdidos en los transportes públicos, los lectores de nueva poesía, los más alerta, quedaron divididos en dos bandos. [...] Wolfe se aplicaba a desbrozar un camino renovador y necesario en la poesía española última: abrir las posibilidades de una estética realista o figurativa -muy gustada- que suele llamarse poesía de la experiencia. Wolfe intensificaba el coloquialismo y extendía la experiencia a los ámbitos suburbiales o patológicos de la vida urbana, castradora y estéril. Bajo este prisma, la poesía de Wolfe se acerca -modernamente- al talante de la poesía urbana o social; lejos, ello sí, de cualquier concreto compromiso político, que no sea radicalmente ácrata. Aunque no hubiera tenido fuerza y calidad -la fuerza, el vigor lingüístico es uno de los mejores valores de Wolfe- su escritura habría sido igualmente buena para un momento de nuestra poesía que necesitaba -y sigue necesitando- airear un poco, buscar sendas nuevas, abrir ventanas...
Y en 1999, otra vez Villena [30] -esta vez reseñando Cinco años de cama, la sexta entrega poética de Wolfe- volvió al mismo tema y aportó nuevos datos:
Era yo jurado de un premio al que había llegado como finalista el que sería luego el primer libro de Roger Wolfe, Días perdidos en los transportes públicos. El presidente de aquel jurado, Manuel Alvar -gran lingüista- me dijo: Ese libro no es poesía. Lo recuerdo bien. Traigo a colación la anécdota -era el otoño de 1991- porque la poesía de Wolfe seguirá produciendo, a muchos, esa o parecida sensación, sea por estrictos motivos literarios (demasiado directa, demasiado desnuda) sea por más o menos encubiertos malestares morales: se trata de una poesía anarquista, que no teme a las palabras malsonantes y que toma postura, llena de acedía, de desengaño, de voluntad de marginación, contra todo y contra todos.
Ahora, casi quince años después de aquel pequeño revuelo, resulta claro que los poemarios de Wolfe fueron utilizados para sus propios fines tanto por tirios como por troyanos, en el mejor de los casos como argumentos de sus teorías y en el peor de ellos sencillamente para arrimar -o apartar- el ascua a su sardina. Por ejemplo, entre quienes apoyaron a Wolfe, Villena ya había vaticinado a finales de la década de los ochenta la posible llegada del «realismo sucio» a las letras españolas:
Siempre resulta difícil adivinar hacia dónde vaya ese giro, pero presumiblemente (dentro de los baremos de esta tradición) deberá ir hacia una intensificación del realismo y el coloquialismo, lo que llamo nueva poesía social (que desde luego no debe implicar descuido formal), acaso una poesía del realismo sucio (los aspectos más degradados o sórdidos de la vida urbana) o una poesía de mirada más colectiva. [31]
Respecto a estas exactas palabras de Villena, el colectivo valenciano Alicia Bajo Cero afirma con tino: «Donde dice “deberá ir” debiera decir pensamos llevarla» [32]. Y así lo confirmaría el propio Villena intentando un año después una incursión en lo que él entendía por esa nueva poesía social con su poemario de 1993 Marginados, por lo que parece obvio pensar que la obra de Wolfe encajaba perfectamente en sus expectativas o previsiones. Por otra parte, García-Posada no hacía más que apoyarse en Wolfe como el bastión más llamativo de lo que él venía llamando el regreso al realismo [33]. Una vez que este pequeño revuelo pasó, y que los aires de la moda empezaron a soplar en otras direcciones, las afirmaciones dejaron de ser tan tajantes -en el caso de García-Posada habría que esperar casi una década para que volviera a pronunciarse sobre un libro de Wolfe-, ya fueran favorables o reprobatorias. De algún modo, puede decirse que en la prensa -salvo en el caso de Villena- se hizo cierto vacío en torno a la poesía de Wolfe; (no fue así en lo que respecta a su obra en prosa, que comenzaría su vida pública algo después). Pero la obra poética de Wolfe no sólo siguió aumentando a un ritmo saludable sino que -como veremos después- lenta y silenciosamente fue convirtiéndose en un punto de referencia, casi nunca declarado, para muchos de los poetas más jóvenes, para otros de su misma generación y en algunos casos incluso para poetas de generaciones anteriores.