En junio de 1983, el crítico norteamericano Bill Buford tituló “Dirty Realism” el número ocho de su revista literaria inglesa Granta, anunciando así el nacimiento de una nueva escuela de escritores norteamericanos que, con un estilo realista, pretendían que sus obras arrojaran luz sobre el lado sombrío de la Norteamérica contemporánea. Cuando Buford usó la palabra «sucio» quería -además de llamar la atención- recalcar que se trataba de un realismo minimalista manchado por la vida, por las pequeñas cosas cotidianas, y en ningún caso pretendió referirse a elemento escatológico alguno. En palabras de Antonio Ortega, los «realistas sucios» perseguían, sencillamente, «un desvelamiento de la realidad tal como era, sin añadidos de cualquier índole que tendieran a modificarla, ya fuera mejorándola o empeorándola». [47]
Entre los escritores allí incluidos se encontraban, entre otros, Raymond Carver (con el relato titulado “The Compartment”), que fue y sigue siendo considerado el padre y máximo representante del movimiento, Richard Ford (con “Rock Spring”), Marek Nowakowski (con “War Reports from Poland”) y Jayne Anne Phillips (con “Rayme: A Memoir of the Seventies”). La etiqueta utilizada por Buford para calificar a los autores allí reunidos transcendió y fue usada por la crítica a partir de entonces como tarjeta de presentación de sus obras, así como de la de aquellos que adoptaron postulados cercanos.
Cuando, pocos años después, en 1986, Granta lanzó el número titulado “More Dirt”, Carver ya estaba unánimemente considerado como uno de los grandes escritores de relatos del siglo XX, era respetado como poeta y su impacto en las nuevas generaciones de escritores norteamericanos era un hecho indiscutible. La obra de Carver mostró que la literatura podía asentarse en una observación rigurosa de la cotidianeidad misma, tuviera lugar donde tuviera, incluso si transcurría en los aburridos y romos escenarios de la clase media-baja norteamericana. Esta enseñanza insufló un renovado vigor al realismo en literatura inglesa y supuso algo verdaderamente novedoso en un momento en que la metaficción académica era el modo dominante de escritura tanto en Estados Unidos como en el Reino Unido.
En definitiva, los «realistas sucios» fueron un grupo de escritores norteamericanos de los años ochenta que apostaron en sus obras por contenidos realistas y cotidianos, y por estilos claros y sin excesivos ornamentos, frente a lo que ellos consideraban la irrelevancia de los juegos literarios posmodernos; y si el adjetivo con el que se les conoce puede sugerir una intención pornográfica, en su caso tiene más que ver con la suciedad, pongamos por caso, de la pila de una vieja cocina, que con la obscenidad o con lo escatológico.
Si atendemos a estas palabras de Eloy Fernández Porta, cae por su propio peso que «sucio» no es el mejor calificativo para este tipo de realismo:
Publicitado desde sus inicios como una respuesta anti-intelectual y más bien populista a las tendencias experimentales que habían dominado la década anterior [...], el realismo sucio reveló las peripecias de un nuevo tipo de clase medio-baja, siempre en precario y despojada de sus valores civiles y culturales, a la vez que una geografía sentimental de familias rotas y crisis de la mediana edad, todo ello situado en los Estados Unidos de las conurbaciones y del fin del espacio social y aderezado con referencias a la cultura de los mass media y del pop que, por lo general, aparecían como decorado presentista más que como objeto de una crítica ideológica sustantiva. La influencia de esta corriente en el sistema de las letras tuvo tres consecuencias ostensibles: devolver el arte del relato breve -modalidad principal de esta tendencia- a la misma hora en que lo había puesto Hemingway cuarenta años antes; recuperar para la novela los acentos sentimentales e incluso moralistas que en la década anterior, bajo el auge de la deconstrucción, habían quedado proscritos; y -en las literaturas no norteamericanas, que empiezan a ser un género como tal- conseguir que en Alcorcón o en Bratislava se escribiera casi tan bien como en Paris, Texas. [48]