Sobre la presencia de Roger Wolfe en la poesía española (1990-2000) y revisión del marbete «realismo sucio» - Realismo versus idealismo
7 - Realismo versus idealismo
Antes de entrar en la materia que a continuación nos ocupará (la revisión del llamado «realismo sucio» en la poesía española), no estará de más hacer una serie de rápidas apreciaciones sobre el realismo sensu lato a modo de introducción y también para asentar las bases sobre las cuales fundamentar nuestro discurso. Para ello nos vamos a apoyar en dos obras recientes de sendos buenos conocedores de la literatura española actual, las cuales, en mayor o menor medida, tratan el problema del realismo hoy: La imaginación literaria (La seriedad y la risa en la literatura occidental) (2002) de Luis Beltrán y Los mercaderes en el templo de la literatura (2004) de Germán Gullón.
Empecemos con la obra de Luis Beltrán. No dice nada nuevo este autor cuando afirma que «uno de los grandes debates estéticos de nuestro tiempo es el debate sobre el realismo. Tan grande ha sido este debate y tal su alcance que, cuando el realismo ha emprendido su imparable declive, sigue abierto y sigue ofreciendo la misma virulencia que experimentó en otros momentos. Se trata de un debate que dura ya cinco siglos.» [45] En última instancia, ese gran debate se debe a la oposición esencial entre realismo e idealismo, tal y como dice Beltrán apoyándose a su vez en lo que el historiador de la literatura italiano C. Guerrieri Crocetti afirmara en 1932: «Para Guerrieri realismo quiere decir tomar y representar la vida en su complejidad y variedad, sin titubear ante la bajeza, sin retroceder ante las cosas pobres y humildes. Realismo quiere decir representar la realidad sin ese esfuerzo de purificación [del idealismo] que hace emerger, entre la infinita variedad de casos, tan sólo los relieves de lo selecto y lo superior.» (p. 283) Por eso el realismo, en cualquiera de sus formas y momentos, siempre ha resultado incómodo. No es extraño, pues, que
[...] nuestra época [haya] visto la cuestión del realismo con desconfianza y [haya] ensayado distintas tácticas para responderla sin comprometerse con una solución [...] demasiado concreta y comprometida. Una táctica frecuente entre historiadores de la literatura (al menos, entre filólogos hispánicos) ha sido rehuir la caracterización de realista. Lázaro Carreter asegura [en 1976] que «muy pocos se atreven a pronunciar la palabra, y si caen en la tentación, lo normal será que dejen a salvo la responsabilidad escribiéndola con comillas o itálicas». Otra posibilidad es atemperar el sentido de la palabra realismo mediante la adjetivación. (p. 285)
Al contrario que en el caso del idealismo, «el papel esencial del realismo es sustituir al patetismo», «desprenderse de la heroificación patética sin recurrir a la sátira o a la parodia» (p. 288). También se opone el realismo al didactismo. De hecho, «patetismo y didactismo son dos estéticas gemelas. Ambas responden a un mismo propósito: expresan la utopía de la necesidad de una elite gobernante representada por el héroe y el sabio, respectivamente; en otras palabras, expresan la necesidad de legitimación de la desigualdad.» (p. 289) En cambio, «la necesidad que expresa el nuevo producto [el realismo] no es ya la de la legitimación de una casta dirigente, sino la necesidad de captar la diversidad universal.» (p. 289) Pero frente a esta necesidad de captar la diversidad -«la diversidad se constituye en el horizonte supremo del realismo, “l’infinite varieté de la nature humaine”, según Balzac» (p. 292)-, el idealismo pretende encontrar una identidad única que legitime el estado de cosas:
La gran tarea que ha emprendido el mundo de la desigualdad es la construcción de la identidad cultural -es decir, la respuesta a la pregunta quiénes somos-. El patetismo y el didactismo son las dos grandes alternativas para responder esa pregunta. Pero esas vías de construcción de la identidad se han agotado. La razón de su agotamiento es que se trata de vías selectivas: sólo una elite, una casta, tiene derecho a la identidad. (p. 290)
Pero antes de seguir hay que hacer una apreciación (nos explayaremos más detenidamente sobre ella cuando nos ocupemos de la obra de Wolfe): si el realismo del siglo XIX se pretendía objetivo, si como dice Beltrán, «Bajtín [...] definió la estética de Goethe como “el ojo que ve”» (p. 293), en cambio el neorrealismo de Wolfe se sabe y se quiere menos aséptico, intencionadamente subjetivo y personal -es decir: diverso-, con lo que la definición podría resultar la siguiente: el hombre que vive y observa. A pesar de todo lo cual, como veremos más tarde, esa subjetividad, al ser proferida -sin idealismos- dentro del marco histórico en el que nace, se transforma en una nueva objetividad. Esta idea tan contradictoria será explicada más adelante.
Beltrán apunta otra fundamental diferencia entre el realismo decimonónico y las formas del realismo posterior:
El héroe en crisis ya no es el amante desdeñado, ni el marido engañado, sino el hombre mismo que se rebela ante un destino rutinario, injusto, inhumano [...] El hombre en crisis se ve abocado a una situación insostenible, atrapado entre su grandeza y su miseria. Una enorme carga crítica da sentido a esta estética del absurdo, una protesta radical ante los formidables obstáculos que el mundo moderno ha impuesto al desarrollo de la conciencia humana. (p. 307)
Y en lo que concierne al realismo actual, afirma Beltrán que «en la literatura española más reciente aparecen manifestaciones muy claras de esta estética. [...] En ellas el fracaso existencial -esto es, no de tal o cual aspecto de la vida personal- y el sentido de ese fracaso que tienen los personajes expresan la esencia de la condición humana de nuestro tiempo y su inadaptación a un mundo desvalorizado.» (p. 309)
Pasemos ahora al libro de Germán Gullón. Su obra es mucho más beligerante por lo que tiene de explícita y también porque sus puntos de mira son más concretos y visibles, pero a la postre su tesis fundamental viene a ser la misma que la de Beltrán: la larga y sostenida oposición entre idealismo y realismo en la literatura occidental, aunque en su caso más enfocada en la literatura española reciente, en especial en la novela. En definitiva, sus páginas contienen un buen puñado de ideas y de descripciones de hechos innegables que retratan y acotan el terreno -y los frentes y trincheras- en el cual tuvo lugar la adopción del rótulo «realismo sucio» en las letras españolas de finales del siglo pasado y su machacona aplicación por parte de la crítica a la obra de Wolfe, ya fuera con intención de descalificar ya por simple mimesis con el fenómeno norteamericano del que ésta -sólo en parte- procede.
Lamenta y denuncia Gullón que, hoy día, la práctica totalidad de la literatura
ni transmite ni explora ya esa incapacidad del hombre de reconciliarse con el fluir de la vida, ni, parafraseo a Octavio Paz, el forcejeo con lo que somos, lo que nos hacen los demás, o la difícil adaptación del individuo social a las cambiantes circunstancias. Preferimos, en cambio, la literatura balsámica, la proveniente de lo mítico, de lo imaginado y del ensueño. [46]
Estas palabras vienen a decir tangencialmente lo mismo que las que citábamos más arriba de Beltrán afirmando que el denostado realismo, en sus formas más recientes, habla de la crisis del hombre actual, de su innegable fracaso existencial.
También coincide Gullón con Beltrán en que el rechazo del realismo se debe al conservadurismo institucional (es decir, al de la clase dominante, que es siempre aquélla que tiene algo que conservar: el dominio): «La insistencia -crítica, institucional y social- en que el arte es otra cosa que la realidad resulta un burdo intento de la clase media de separar la literatura de la realidad cotidiana, de guardar para sí un mundo exclusivo, sustituto de la religión oficial, una religión de carácter laico» (p. 43).
Según Gullón -para el cual «el mundo literario es uno de los reductos de mayor solera del conservadurismo español» (p. 78)-, en la literatura española, ya fuera abierta o subrepticiamente, dependiendo del momento, todos aquellos que «intentaron ser realistas, descender al nivel del ciudadano de a pie, revelar sus verdaderas angustias y deseos, sufrieron persecución por la justicia» (p. 138). Hoy la represión se ha transformado en ninguneo organizado o silenciamiento pacífico, de manera que el escritor abiertamente realista, salvo contadas ocasiones, es rechazado por las grandes editoriales, ya que «hablar del mundo y de la vida carece hoy del caché de decirse inventor de mundos inéditos» (p. 142).
Aunque las causas ulteriores tal vez sean mucho más graves y profundas, Gullón está en lo cierto cuando denuncia -a la vez que explica- esta preferencia:
La crítica, las editoriales, los escritores y una parte amplia de la audiencia aceptan que la obra de arte posee un no sé qué inconcreto que conecta con una antropología mítica, y que los fetiches (o sus sustitutos, las formas de la obra), cuando se los lanza encima (como cuando uno juega con la herradura de un caballo), iluminan una vía impensada. Quizás por ello la literatura se haya alejado de la gente normal, y los textos formales, para llamarlos de alguna manera, sean el equivalente de una corbata de seda cara, de un sombrero de mujer elegante, como los que lucen las aristócratas en las bodas reales. Sirven de adorno: son una forma de aportar distinción, de añadir clase al acontecimiento. Pues estos libros defendidos por su oculta verdad formal son como el sombrero de la reina, que es útil para distinguirla de sus súbditos; los bobos esperan que ella sea distinta, que tenga aires de superioridad, que lleve esos sombreros superferolíticos. Desde luego, esos tocados de cabeza no cumplen ninguna función práctica, pero sí simbólica, la de distanciar, la de diferenciar. (p. 155)
Algunas páginas después vuelve Gullón a este mismo asunto y aporta razones de mayor calado. Lo que la siguiente larga cita viene a formular, a la postre, es la oposición realismo/idealismo, que es el bastión principal a partir del cual debemos entender dónde se sitúa la obra de Wolfe, así como la estela que ésta está dejando en la literatura española:
En resumidas cuentas, la literatura [...] se manifiesta de muchas maneras, siendo principalmente dos las que llevan luchando años entre sí. Una de ellas habla de las añoranzas, la felicidad, el deseo que busca un espacio azul y soleado, inesperado, donde reine la paz, un orden no humano, donde exista la justicia humana y el pobre, el hombre sensible, el maltratado, reciba justicia. Ese lugar azul es el paraíso en la Tierra, aunque a veces en ese cielo azul aparezcan nubes negras; de todas maneras, la luz de la aurora acaba dejándose ver. Los románticos, los modernistas, los esteticistas, los literatos, cultivaron esta literatura e hicieron de ella un gran espacio deseado. La otra manera es la de quienes han cantado el lugar del hombre en un lugar específico, ésos en vez de la sensibilidad prefieren usar otras facultades humanas («Inteligencia, dame el nombre exacto de las cosas», cantaría Juan Ramón Jiménez; o piénsese, por ejemplo, en el Toledo del siglo XVI, cuando un pequeño pícaro intentaba ganarse el pan y el cobijo con las artes aprendidas de un viejo ciego). Pensemos en esos obreros de la miserable mina francesa retratada por Émile Zola, o en la pobreza de la España del fin de siglo retratada por el Pío Baroja de la trilogía La lucha por la vida, o en el mundo de la juventud desorientada y de la droga, de tantos y tantos destinos fracasados, de las Historias del Kronen de José Ángel Mañas. Porque todos aquellos que viven felices visitando en cada libro que leen el trastero azul, que aguarden un poco, que quizá un día, él, ella, sus hijos, la enfermedad, la vida, en fin, los visita y dejarán de lado esas bellezas, el mundo donde nos disfrazamos, ayudados por la imaginación literaria, y hemos de vestir los harapos del miserable, de los atormentados, de aquellos a quien el destino roba cualquier esperanza. (pp. 164-65)
Afirma Gullón que a partir de 1990 surgió en España una generación de escritores, a los que él llama «neorrealistas», que fue rechazada en bloque por la crítica: «los años noventa ofrecieron en el campo literario español un fenómeno curioso, el rechazo crítico de una generación entera de escritores, los que yo denomino neorrealistas» (p. 201). (El motivo de este rechazo ya ha quedado sobradamente explicado a la luz de las reflexiones tanto del propio Gullón como de Beltrán.) Gullón además no desiste en señalar una y otra vez, y de todos los modos posibles, que ya que «los márgenes del mundo resultan visibles, reconocibles, y forman parte de nuestro entorno», «si la literatura juvenil o alternativa los refleja hay que adoptarlos, aceptarlos, extendiendo el campo literario» (p. 170).
¿Cómo es posible -se pregunta Gullón- que la ceguera de unos pocos críticos, ultras o condescendientes con el poder editorial, cerrase las puertas de la literatura a una generación entera? Resulta inconcebible. Sólo algunos valientes como Roger Wolfe, en unos libros de crítica cultural impresionantes [sus «ensayos-ficción»], les ha llamado lo que debía llamárseles, pero eso le ha hecho pagar un coste personal elevado: el permanente intento de marginar su poesía, su novela, su crítica. (p. 203)
Y algunas páginas después se responde a sí mismo: «Los burgueses, las clases medias, jamás buscan complicaciones, ni drogas, ni putas, ni muchachas necesitadas de amor, ni ladrones en una sociedad injusta. Demandan una literatura de ensueño, antirrealista, artística, que cae bien con la vida experimentada en las anodinas ciudades-dormitorio.» (p. 222)
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