El neorrealismo que Días perdidos en los transportes públicos inauguró en la poesía española a principios de los años noventa, aunque carente por convicción de toda intención o pretensión de hacer mella en lo social, fue paradójicamente uno de los movimientos que sacó a la poesía de la experiencia de su limitada visión de la realidad social, tal y como los propios poetas de la experiencia habían querido «sacar al realismo socialista de su irrealidad» [35]. Sin ceder a la reivindicación política de signo alguno [36] o a la creencia en la posibilidad de poder infligir el menor golpe a las estructuras sociales, la firme decisión de Wolfe de ser un «hijo de su tiempo» [37] y la inclusión en su poesía de los aspectos de esas mismas estructuras sociales «vetados» o en muchas ocasiones ignorados por los poetas de la experiencia hizo que ésta resultara, a pesar de su apolitismo, mucho más social que cualquiera de las obras de aquellos. Aunque parezca irrelevante, el hecho de que la inmensa mayoría de los críticos y de los poetas de la experiencia pertenezcan a la clase media-alta de una sociedad por la que han sido formados (tienen títulos universitarios), en la que se encuentran plena y mansamente acomodados (críticos literarios, periodistas, profesores, altos cargos públicos u otros funcionariados, etc.) y en cuyo sistema democrático actual por lo general creen, tiene un peso más que considerable. (Todo esto, por supuesto, no tiene nada que ver con la calidad de sus obras, pero sí con su visión de mundo, la cual siempre termina siendo reflejada en ellas.) A diferencia de ellos, tanto Wolfe como gran parte de los escritores que han seguido en mayor o menor medida -y a su modo- la senda neorrealista que su obra abriera a principios de los años noventa, o pertenecen a la clase media-baja, o proceden de ella; son pocos los que han ido a la universidad [38]; la mayoría ha sufrido o sufre una situación laboral precaria e inestable; y no creen en el sistema democrático actual, lo cual no significa que sean todos antidemócratas, aunque algunos, como Wolfe, sí lo sean. De esto se deriva el que sus obras, directa o tangencialmente, pretendidamente o no, en numerosas ocasiones terminen reflejando aspectos de la sociedad que la clase media-alta no ve o no quiere ver, ya que desde su posición privilegiada no suele tener un contacto directo con ellos. De esto resulta el hecho de que lo que se ha dado en llamar marginal [39], para un gran sector de nuestra sociedad es, por desgracia, habitual y cotidiano. Es comprensible que para muchos de los poetas y lectores de poesía -la mayoría de ellos pertenecientes también a la clase media-alta- resultara chocante el antirretoricismo y el tratamiento de ciertos temas muy poco frecuentados por nuestra lírica antes de la década de los noventa; pero para un ciudadano medio actual -y cuando digo «ciudadano medio» se ha de tener en cuenta que donde mayor número de empleados hay en cualquiera de las sociedades occidentales es en las zonas industriales-, la inestabilidad económica, la sensación de puerta cerrada, la carencia de una vivienda de su propiedad, la desidia, el descontento, la incomunicación, los conflictos familiares, la vivencia del sexo desde su carencia o como una válvula de escape desprovista de cualquier connotación «poética», las letras de los clásicos del rock, el bar, el excesivo consumo de alcohol, el mundo de las drogas o el uso del argot, no tienen nada, absolutamente nada, de extraordinario, extravagante, provocador, radical o marginal. Un mundo así -es decir, el verdadero mundo de la mayoría de los pobladores de las sociedades occidentales- sólo puede ser calificado de marginal si quien lo califica tiene la fortuna de vivir fuera -o por encima- de él. Pero el que la obra de Wolfe cuente, entre otras muchas cosas, con este «triste» decorado o ruido de fondo no se debe en ningún caso a un afán premeditado de escandalizar, de «epatar al burgués», de llamar la atención o de cambiar el estado de cosas; sino que se trata simplemente de un intento de reflejar el mundo circundante tal y como él lo vive y percibe, es decir, de hacer un realismo más acorde con su realidad, la cual -por desgracia- se parece muchísimo a la de más de dos tercios de la población española de nuestro tiempo.
Así, a la luz de estas reflexiones, el que algunos de los poetas de la experiencia declararan escribir para «seres normales» -tal y como afirmara Luis García Montero- puede interpretarse del siguiente modo: un tercio de la población, el que comparte sus condiciones sociales y su visión de mundo, es normal; el resto, no. Aunque es obvio que no era la intención de García Montero dar a entender algo así cuando utilizó el desafortunado adjetivo «normales», lo cierto es que de sus palabras también se puede hacer esta lectura. Y así lo han entendido también otros estudiosos y escritores.
Tal es el caso de Virgilio Tortosa [40], que observa, «apuntando a la autoconciencia realista de la poesía de la experiencia, que un análisis de la espacialidad de sus textos no revelaría sino la parcialidad de la mirada proyectada sobre lo real, puesto que, protagonizada esta escritura por un sujeto burgués cómodamente instalado en la triunfante sociedad neoliberal, dejaba fuera cualquier voluntad de aproximación a los márgenes de miseria que la circundan». [41]
Y ése es el caso también del colectivo Alicia Bajo Cero, tal y como explica Araceli Iravedra [42]:
[...] estos poetas entienden que los textos de la poesía de la experiencia «recogen en exclusividad la versión ideológicamente establecida de la realidad», cerrando así con su discurso unívoco -el uniperspectivismo implantado desde el poder- la pluralidad discursiva de la versión individualizada. Por eso Alicia Bajo Cero recela de lo que Luis García Montero ha llamado una «poética de los seres normales», al percibir en tal propuesta una amenaza de estandarización, de adaptación y no-resistencia a la integración en los parámetros sociales instaurados como hegemónicos.