Muchos de los estudios académicos feministas en relación al poder en el campo humanista -filosofía, estudios culturales, psicoanalistas- son de un alto nivel teórico y no tienen el problema que tienen los estudios y raportes empíricos de las ciencias sociales que se refieren a la empiria como algo objetivo sin necesidad de ser interpretada. Por el contrario, estos estudios humanistas plantean claramente las posiciones teóricas usadas en el análisis, razonamiento e interpretación de los temas analizados. Por otro lado, con razón uno se puede preguntar para quién están estos textos escritos, si no es para una elite de mujeres académicas. Los fines de los movimientos y estudios feministas -de ayudar a cambiar las relaciones de poder en la sociedad- desaparecen en estos escritos, en parte por su abstracción teórica y en parte por razones estructurales que hacen que estas ideas no lleguen a diferentes instancias políticas. El campo de investigación de la mujer desde una perspectiva feminista se ha transformado -utilizando la batería de conceptos de Bourdieu- en un campo de lucha por la obtención de un mayor capital simbólico en el campo académico. Esta lucha es algo intrínsico a todos los campos de acción, es decir algo de lo que no podemos escapar, pero el problema con los estudios feministas es lo que pasa cuando esta lucha pesa más que la lucha por elevar el estado de conciencia que nos pueda permitir cambiar las relaciones de dominación en la sociedad.
La pregunta de porqué y para quién investigamos se hace más relevante en tiempos de crisis sociales y políticas. El resultado de varias investigaciones tradicionales sociológicas en Europa muestran que uno de los grupos que han salido más desfavorecidos por las diferentes reformas económicas y políticas son grupos de mujeres, que las mujeres como grupo tienen menores posibilidades de participar en la vida pública a raíz de, por ejemplo, la necesidad de cuidado de los hijos, que las mujeres continúan siendo discriminadas en los lugares de trabajo, por ejemplo, en cuanto a sus salarios y que las mujeres continúan siendo el grupo que en la sociedad se espera se haga cargo de los hijos (ver Castell, 1999, samt Women and Men in the European Union. A statistical Portrait, 1995).
Quizás el mayor de los problemas en la investigación sobre la mujer dentro de las ciencias humanistas sea la extrema variante postmodernista que cuestiona el concepto de mujer y trata de disolver toda definición de feminidad. Esta posición filosófica es un sueño peligroso que nos puede llevar a confundir el hecho de que una gran mayoría de mujeres de "carne y hueso" tienen otra relacion con el poder que los hombres, con el deseo de que no seamos clasificados a causa de nuestro sexo o que no se haga "feminidad" sinónimo de mujer (o de "más" mujer) y "masculinidad" sinónimo de hombre (o "más" hombre). Esta posición filosófica tiene las mismas consecuencias que las filosofías liberales que se niegan a reconocer las diferencias entre diferentes grupos sociales con el discurso de que "todos somos iguales". La conclusión a que nos lleva la filosofía postmoderna y las ideas liberales es entonces que no es necesario hacer nada específico para transformar las relaciones de poder en cuanto a la mujer, respecto a las clases sociales, ya que por definición, no existen. Los grupos socioculturales entonces no existen y entonces tampoco existen intereses comunes. No es muy difícil imaginarse quiénes ganan y quiénes pierden con esta forma de pensar. La filosofía tiene consecuencias políticas y entonces debemos tomar una responsabilidad social por las consecuencias de nuestra investigación. Política sin filosofía puede llevarnos a lo que la investigadora sueca Nina Björk (1996) denomina feminismo cínico, un feminismo que trata de agarrar una mayor parte del poder a través de pisar sobre cadáveres.