“El árbol de la ciencia es, entre las novelas de carácter filosófico,
la mejor que yo he escrito. Probablemente es el libro más acabado
y completo de todos los míos.”
(Baroja, Memorias)
La estimación de Baroja como el novelista por excelencia de la llamada “Generación del 98” (1) se debe en buena medida, además de a sus singulares dotes narrativas y a la vena prolífica de su creación, a la poderosa capacidad que poseyó para dar vida y aliento a todo un vastísimo conjunto de personajes que encontramos, en casi inabarcable desfile, a través de las miles de páginas de invención literaria que nos legó. En este último punto, su condición demiúrgica no es sólo un mero producto de su fantasía, sino que se apoya, de manera fundamental, en una atenta y continua observación del mundo natural que le rodea, de todos y cada uno de los distintos individuos con los que se cruza cotidianamente, a la vez que también quedan grabados en su memoria esos otros tipos extraídos de la historia literaria que tuvo oportunidad de conocer y admirar. (En muchos casos procedentes de auténticos subgéneros como el folletín, de cuya lectura tanto gustó Baroja, sobre todo en su juventud. El mismo dejó escrito en Las horas solitarias (1918): “De chico yo compraba libros viejos, folletines y novelones que devoraba en casa. En conocimientos sobre literatura folletinesca soy una especialidad.” (2).
La afirmación contenida en sus Memorias de que “no hay novela de argumento cerrado en la cual los tipos sean verdaderos”, le lleva a defender lo que se ha llamado novela de argumento disperso, donde la libertad de composición predomina sobre todo lo demás, sin necesidad de que el autor haya de ajustarse a un plan previo. Así es como resulta posible la gran variedad de personajes y de ambientes que nos presenta en sus relatos.
Todo lo dicho hasta ahora puede fácilmente observarse en El árbol de la ciencia, novela cuyo estudio nos ocupa, que Baroja comenzó a escribir en París, en el Hotel Bretonne de la calle Vaugirard, y que no obstante haber sido concluida en 1911, su acción se remonta a algunos años atrás, teniendo lugar en la España de hacia 1890, en la España inmediatamente anterior al Desastre.
El joven protagonista, Andrés Hurtado, trasunto literario del propio Baroja (3), se ve profundamente desorientado en un mundo en el que no consigue acomodarse, un mundo que carece de sentido y cuya sola contemplación despertará en él un cúmulo de reflexiones sobre lo absurdo de la existencia. Como ya señalara E. Inman Fox en su esclarecedor artículo sobre la infuencia de la filosofía de Schopenhauer en Baroja, “la novela es un estudio de la incapacidad del protagonista, Andrés Hurtado, para adaptarse a la circunstancia que lo rodea (la España de principios de siglo) y de su esfuerzo por lograr un ajuste ideológico con las vicisitudes de la vida. La esencia de esta novela es la filosofía personal de Baroja y la huella de Schopenhauer se percibe muy claramente en ella puesto que la estructura de la novela no es otra cosa que una proyección novelística de El mundo como voluntad y como representación”. (4)
Influido por la crisis nihilista del momento, Baroja, a través de Andrés, manifiesta su angustia, su desilusión, ya desde los primeros capítulos del libro. El entorno familiar que rodea a Hurtado le resulta totalmente negativo. Su orfandad materna, unida a las continuas desavenencias con su padre y a la falta de entendimiento con sus hermanos, exceptuando al pequeño Luisito, le hace sentirse solo y abandonado. No obstante acudirá a la Universidad con una gran ilusión para comenzar sus estudios de Medicina, ilusión que, tras los primeros días de clase, después de observar el ambiente de desorden interno que allí reina, la escasa atención de sus compañeros a los profesores y el atraso científico y cultural de éstos, acabará desvaneciéndose, hundiéndole en un radical pesimismo: “Andrés Hurtado no salía de su asombro. Todo aquello era demasiado absurdo. Él hubiera querido encontrar una disciplina fuerte y al mismo tiempo afectuosa, y se encontraba con una clase grotesca, en la que los alumnos se burlaban del profesor. Su preparación para la ciencia no podía ser más desdichada.” (p. 43) (5).
Sin ningún entusiasmo continuará la carrera. Su paso por los hospitales, primero por el de San Juan de Dios, y después por el Hospital General, y su obligado contacto con las miserias y podredumbres que rodean a los enfermos, no lograrán sino empeorar su estado de ánimo.
Tampoco en su vida social Andrés encontrará mejores perspectivas. No encuentra placer, ni diversión, en el mundo noctámbulo madrileño, al que acude arrastrado por sus amigos Aracil y Montaner; sólo la compañía de Lulú, la joven con la que no tarda en congeniar, y que tan importante papel ocupará en su vida, parece animarle.
La larga enfermedad y la muerte de Luisito provocan en él nuevos recelos ante la ciencia, que se muestra incapaz de mejorar la vida, abocándole irremediablemente al desarrollo de las ideas pesimistas existenciales expuestas a través de las conversaciones con su tío Iturrioz en la cuarta parte de la novela: “Uno tiene la angustia, la desesperación de no saber qué hacer con la vida, de no tener un plan, de encontrarse perdido, sin brújula, sin luz adonde dirigirse. ¿Qué se hace con la vida? ¿Qué dirección se le da?” (p. 167).
La defensa del árbol de la ciencia que postula Andrés en esta parte, se fundamenta en la confianza de que gracias a aquella existe la posibilidad de cambiar la vida, suprimiendo, al menos, la angustia y el dolor que lleva implícita.
Después Hurtado marchará a Alcolea a ejercer como médico y allí su voluntad acabará por disgregarse, sumiéndole en un estado de inanidad que le dejará agotado para cualquier tipo de actuación. Vuelto a Madrid se casa con Lulú, cambia de trabajo y todo parece irle bien: “Andrés estaba cada vez más encantado de su mujer, de su vida y de su casa”, “cada vez trabajaba con más gusto” (p. 292), frases que son absolutamente inusuales en el libro. Sin embargo, pronto se desata una serie de acontecimientos trágicos: Lulú, que ha quedado embarazada, dará luz a un niño muerto, y tres días más tarde, a consecuencia de una hemorragia, sucumbirá ella también. Hurtado, que no puede resistir la evidencia de que la ciencia ha sido incapaz, una vez más, de salvar la vida humana, se desmorona definitivamente, y acaba suicidándose.
El árbol de la ciencia es una novela de personaje… y de personajes. En torno a la figura principal se arremolina toda una nutrida galería de tipos más o menos curiosos, más o menos importantes -Lulú desempeña al lado del protagonista un papel fundamental-, muchos de los cuales se asoman tímidamente, para desaparecer de modo definitivo a las pocas líneas, pero todos constituyentes determinantes de la historia que Baroja quiere contarnos.
Para la descripción de Andrés, el novelista se sirve de una técnica presente ya en Cervantes, cual es la de ir configurando al personaje de modo progresivo y fragmentario conforme avanzamos en el relato. Así, nada más empezar la lectura de El árbol de la ciencia, vemos que lo fundamental para su autor no es describirnos al protagonista, sino pintarnos el ambiente o ambientes en que éste se mueve: universidad, familia, Madrid, hospitales. Paso a paso, muy lentamente, a propósito siempre de lo que surge ante su vista, de lo que ocurre a su alrededor, el personaje central va delimitándose ante nosotros, revelándose tal cual es, con sus pensamientos y reacciones, con sus ilusiones y desesperanzas. El sentido itinerante del héroe -Madrid, Burjasot, otra vez Madrid, un pueblo burgalés, Alcolea, de nuevo Madrid- es necesario para que éste cumpla su función de hilo conductor del relato, llevándonos en incansable trote por los distintos lugares que con su presencia van relacionándose, urdiendo de esta forma el entramado social de la novela. El propio Baroja lo dejó dicho en sus Memorias: “Nosotros no buscamos el delinear la figura, grande y destacada, con una línea fuerte que la separe del medio en que vive, sino que queremos hacerla vivir en su ambiente”. (6)
Los dos personajes protagonistas, Andrés y Lulú, se enfrentan a una circunstancia que les es adversa y a la que no consiguen imponerse, y ello les obliga a un continuo y desesperado esfuerzo, a una no siempre decidida lucha, contra ese medio hostil que acabará aniquilándoles. Esta inadaptación, esta falta de solicitación, donde su actividad, sobre todo en Andrés, no encuentra modo de insertarse, esta constante oposición y rechazo del entorno en que se mueven, justifican plenamente, a mi entender, la técnica de contraste que emplea Baroja, una y otra vez, en la caracterización de la pareja. A lo largo de toda la obra los dos jóvenes aparecen sistemáticamente enfrentados con los que les rodean a través de buena parte de sus actuaciones e, incluso, de sus propias palabras. Y es así como va descubriéndose ante nosotros su psicología, su comportamiento, su élan vital, su biografía.
Ya desde el principio de la novela aparecen los primeros ejemplos de esta técnica de contraste, tradicional desde Cervantes, en la relación de Andrés con sus amigos Aracil y Montaner: “Hurtado era republicano; Montaner, defensor de la familia real; Hurtado era enemigo de la burguesía; Montaner partidario de la clase rica y de la aristocracia. (…) La hostilidad entre Hurtado y Montaner todavía se manifestaba delante del escaparate de una librería. Hurtado era partidario de los escritores natualistas, que a Montaner no le gustaban; Hurtado era entusiasta de Espronceda; Montaner, de Zorrilla: no se entendían en nada.” (p.39).
O, más tarde, en la descripción del ambiente familiar: “Entre padre e hijo existía una incompatibilidad absoluta, completa; no podían estar conformes en nada. Bastaba que uno afirmara una cosa para que el otro tomara la posición contraria. No le gustaba ir a los paseos donde hubiera gente, como a su hermano Pedro…” (p. 46)
Incluso en las conversaciones con Iturrioz, en las que cada cual defiende sus ideas: Iturrioz la filosofía empirista; Andrés, los postulados de Kant y Schopenhauer.
Y lo mismo puede decirse de Lulú con idéntica relación a su círculo de amistades y a sus familiares:
“Casares se acercó a Lulú a invitarla a bailar.
- Oiga usted, negra -le dijo.
- ¿Qué quiere usted, blanco? -le preguntó ella con descaro.
- ¿No quiere usted darse una vueltecita conmigo?
- No, señor.
- ¿Y por qué?...
- Porque no me sale… de dentro -contestó ella de una manera achulada.
- Tiene usted mala sangre, negra -le dijo Casares.
- Sí, que usted la debe tener buena, blanco -replicó ella.
- ¿Por qué no ha querido usted bailar con él? -le preguntó Andrés.
- Porque es un boceras; un tío antipático que cree que todas las mujeres están enamoradas de él. ¡Que se vaya a paseo!” (p. 102)
El conocimiento mutuo y el afecto que enseguida brota entre Andrés y Lulú tras los primeros encuentros y conversaciones, pronto transformará una amistad sincera en el enamoramiento de la pareja, a pesar de la desconfianza y recelos que los dos experimentan ante este tema, puesto ya de manifiesto en páginas anteriores. De todos modos, a Andrés le cuesta bastante decidirse, pero cuando lo hace actúa rápidamente, visita a Lulú en la tienda que ésta regenta y allí, después de un breve diálogo, tomando una mano de ella entre las suyas, iniciará su declaración:
“- ¿Usted cree que no la quiero a usted, Lulú?
- Sí…, un poco…; ve usted que no soy una mala muchacha, pero nada más.
- ¿Y si hubiera algo más? Si yo la quisiera a usted con cariño, con amor, ¿qué me contestaría usted?
- No, no es verdad. Usted no me quiere. No me diga usted eso.
- Sí, sí, es verdad, -y acercando la cabeza de Lulú a él, la besó en la boca.” (p. 284)
A pesar de este fugaz arrebato pasional que vemos por primera y seguramente última vez en Andrés en toda la novela, ambos personajes llegan al amor de una manera fría, intelectual, sin la vehemencia y ardor característicos de la pareja romántica. En su relación con Lulú, Andrés ni siquiera imaginaba que pudiera enamorarse de ella: “Andrés comenzó a ir con frecuencia a la casa, sólo por oir a Lulú. Era, sin duda, una mujer inteligente, cerebral, como la mayoría de las muchachas que vienen trabajando en las grandes ciudades, con una aspiración mayor por ver, por enterarse, por distinguirse, que por sentir placeres sensuales. A Hurtado le sorprendía; pero no le producía la más ligera idea de hacerle el amor. Hubiera sido imposible para él pensar que pudiera llegar a tener con Lulú más que una cordial amistad.” (p. 110). En su trato con Lulú es donde únicamente Andrés encontrará la felicidad, si bien fugazmente, pues pronto se verá nuevamente inmerso en la angustia existencial con el anuncio de la venida del hijo.
Mientras que al protagonista y a los personajes más extensamente tratados como Julio Aracil, Montaner e Iturrioz, Baroja no nos los describe físicamente, evitando en todo momento aludir a su prosopografía, obligando al lector a imaginarlos a través del ambiente que los rodea, a poner una especial atención a todo lo concerniente a su etopeya, a sus características internas: reflexiones, conductas, conversaciones, opiniones de los demás, etc., no sucede lo mismo con Lulú y esa otra multitud de tipos secundarios, para los que el autor se reserva una descripción bastante más pormenorizada y extensa en relación con el escaso papel que -exceptuando el caso de aquella- desarrollan en la obra. Baste citar aquí algunos ejemplos como el del profesor de Andrés, don José de Letamendi: “Letamendi era un señor flaco, bajito, escuálido, con melenas grises y barba blanca. Tenía cierto tipo de aguilucho: la nariz corva, los ojos hundidos y brillantes. Vestía siempre levita algo entallada y llevaba un sombrero de copa de alas planas, de esos sombreros clásicos de los melenudos profesores de la Sorbona.” (p.69). O el del cesante don Cleto Meana, que habitaba la casa de vecindad donde vivía Lulú: “Don Cleto Meana era el filósofo de la casa, era un hombre bien educado y culto, que había caído en la miseria. (…) Era un viejecito bajito y flaco, muy limpio, muy arreglado, de barba gris recortada; llevaba el traje raído; pero sin manchas, y el cuello de la camisa impecable.” (p.126)