La literatura y sus bacanales de ficción, sus plasmaciones en engranajes chirriantes, goznes de palabra, vertebran en ocasiones los senderos del claroscuro, en pos de la penumbra más histérica, aquella que simula hermosura y, al poco, corrompe, la que debería ser lucidez y se fosiliza como averno de espanto, la que acaricia y nos aterra. Es ésta, precisamente, la que aquí nos ocupa, no otra que la que nos empavorece y, sin embargo, nos convoca a su presencia, nos seduce con sus fantasmagorías connotativas y especulares, más inverosímiles que creíbles y, aun así, pacientemente delineadas a nuestra vera ya para siempre, como estampas de factibilidad. Cuentos y sueños horrendos ¿Qué decir de la magia y el sortilegio de la explícita imagen en pantalla, de la clarividencia o el embrujo visual de la pócima cinematográfica como pupila prestidigitadora de los espejismos del escalofrío? Cuentos y sueños horrendos, articulados expresamente para desheredar, para hacernos suplicar y devolvernos después a la cotidianidad. Catarsis. La pesadilla no es sino un maravilloso cuento "inadecuado" de monstruosidad que desasosiega, no deja dormir, mantiene en vela a la razón y cada uno de nuestros sentidos, para lograr que, finalmente, enmudezcan las quimeras y su ornamentación, mueran los vientos huracanados, se extingan, llama a llama los candelabros, y nos consolemos -reafirmados- en nuestro locus cotidiano, aun deforme o colmado de frustración.
Terror y horror. No nos cabe disyunción de equidad sino independizadora coordinación copulativa. Ambos conceptos, si bien emparentados, sugieren estados diferentes. A decir: el terror es la sensación torturadora que produce el escalofrío presentido, sugerido, aún no manifiesto, o al menos no desvelado en su totalidad; es, por ejemplo, la intensa y agria sensación de acecho de una sombra, la exclamación contenida, el grito trémulo ante el presagio o lo incógnito, la amenaza psicológica que minimiza, aterra y mina nuestra atención; el horror, por contra, es una descarga explícita, un alud de alienación escalofriante, desagradable, generalmente fugaz, culmen, como espanto finalmente encarado, nítidamente visible, lo indomable que destruye y condena el mester de curiosidad, esa intriga pivote en torno a la cual se eslabona el movimiento narrativo de la trama del espanto, buscando el agasajo de un desenlace necesario.
Pero, más allá de tal distinción –que no es sino una forma más de obedecer a la obsesiva tendencia etiquetadora y de definición de abstractos que nos persigue en nuestro negociado de significación cotidiana-, seguimos hablando de sueños... mientras el tren serpentea por los rieles de existencia y tus párpados, lector, cada vez se resienten menos, cautivos en la catacumba helada.
"Érase una vez..."... ¿érase? ¿Una vez? Más bien, me temo, "es"... y "esta vez, como tantas otras venideras", porque la cometa del sueño no deja de estar suspendida en el vacío, en ese abismo en el que realidad y ficción tornan sístole y diástole de un mismo organismo factual. Y en sus alas amurciegaladas, en las de esa cometa, se destila una especial arquitectura: las espinas y lágrimas narratológicas de los cuentos de siempre, una figuración preexistente, casi monoglósica, tabú, intocable, manipuladora, consideraría Mijail Bakhtin (1975).
Con todo, también existe cierta dialéctica de dialogismo en tal tradición reglada. Si Jean Georges afirma en su obra El Poder de los Cuentos que éstos son siempre de otro tiempo (1988: 19), pertenecen a una atemporalidad de extrema indeterminación, un sueño críptico, y añade Edgar Sienaert que el cuento constituye una forma cerrada, con sus propias leyes, su propia concepción de las cosas y de los seres (...). Salta de un incidente a otro para explicar un acontecimiento que no se encierra en sí mismo de forma determinada más que al final (1978: 22), Brémond concede cierta validez a la innovación, aseverando que son estructuras en las que los elementos temáticos entran en combinación con otros en el seno de configuraciones nuevas que son puestas a prueba, listas para ser olvidadas si la acogida no es buena, o reservadas y plagiadas en caso de éxito (1979: 13).
Prime, sea como fuere, la idea de lo categorizado. Los relatos y películas de terror y horror, como los cuentos infantiles o ensoñaciones de espinas, aun siendo parpadeos o halos imaginarios, aparentemente a la deriva en desvelo de la oquedad del abismo, son aullidos de siempre. Constituyen, no en vano, un género subversivo de convencionalismos claramente delimitables, situaciones, actantes, dinamismo argumental y censo temático, reducidos a una serie de lindes y constantes prototípicas. Así, pueden considerarse fábulas mitológicas, morales, edificantes, tanto como relatos míticos -según Antoine Faivre, representaciones colectivas con carácter envolvente u obsesivo (...) repetidas de generaciones en generaciones (citado en Georges, 1978: 32)-, iniciáticos, cuyo espanto -oscuro deleite- nos muestra caminos alternativos, de acomodo en otras circunstancias, susurros de las sombras que, curiosamente, nos ayudan, como una antropogonía, a conocer los orígenes del hombre. Son hipertextos de nuestros hipotextos ordinarios, fraseos tras la picadura del escorpión, cuentos de estigmas, crucifixión con espinas y expiación de lágrimas, tras la afloración de lo dolente. Los itinerarios de horror son habitaciones cerradas, las de Barbazul, con muebles y cuerpos inánimes, conocidos, estímulos que revelan lo atávico en esas "escenas primas" de la histeria a las que se refiere Freud.
Como terapia social, los cuentos facilitan el establecimiento de relaciones con los ejes existenciales, con los demás, con las circunstancias, además de guiar nuestra categorización y conocimiento de los trazos de realidad -integración que funda la personalidad, según Bettelheim, o proceso de individuación, según Jung, gradual realización del ser y forja de identidad. Igualmente, como febriles susurros de una cosmología, nos llevan a conocer las leyes que rigen nuestra existencia y nuestro entorno, siendo también una escatología profética y pretenciosa que tiende incluso a urdir hipótesis sobre el destino último del hombre.
En las abstracciones del discurso del horror -surrealismo aparente en el que toda imposibilidad torna factible por medio de la ensoñación alegórica, la imaginería, la metáfora y el alarido- nos abstraemos del mundo, lo desconstruimos, sobrevolando las fronteras del confín, como decía Patricia Highsmith, bañándonos en mares de privada contemplación, descifrando los suspiros de intuición, para volver a él y dar un significado a ciertas constantes que, en el trance irreal, logramos desentrañar y desvestir de apariencias engañosas.
Antes de cruzar el umbral, contenemos la respiración y pactamos con el mensajero del escalofrío; ya en el trance gritamos y perdemos la noción del presente. Al parpadear, incrédulos ante los acontecimientos de repeluzno, esa oclusividad escampa insane para mostrarnos cómo podría ser la realidad o cómo es en esencia. En nuestro trayecto, nos alienamos del regazo maternal y nos dejamos hipnotizar por las Ceres, esas divinidades infernales, análogas a las Walkyrias, que poseían a los caídos y agonizantes en el campo de batalla. Caminamos, pues, en un constante yacer.
El trance del horror supone un escalofriante esbozo de aquello que podría pasarnos en la más oscura desviación de nuestros presupuestos convencionales, macroestructuras, enseñanzas y privaciones del superego, nuestra categorización establecida de lo familiar, de repente tornada extraña, proléptica revelación de cataclismo, anticipación de aquello que acaecería si, de repente, la vida, el orden lógico, tomara el brumoso curso descrito en la ficción desestabilizadora, si descarrilase el tren de la cotidianidad y coronásemos una cumbre ténebre, quedos súbitamente y acechados en un displicente estado de sitio en el que la realidad se desmantela, como si contempláramos la luna menguante y ésta fuese creciendo hasta desvelar la hermosura del plenilunio, derritiéndose después ante nuestra mirada, tras los jirones de niebla, los responsos de tormenta y los aguijones nacarados de los relámpagos.
Sin la protección del hada madre o aya, sin el regazo de lo racional -insípido en ocasiones-, emergen en el sueño oscuro -difuminador de las fronteras-, los ogros, como los padres devoradores, los eternos antagonistas del alma, como el atávico Cthulhu o los nómadas muertos de Clive Barker que transitan, galvanizados, sus propias autopistas de atemporalidad, los enclaves acornisados de la sima del vacío o su marginal, aun civilizada, irrealidad, aguardando filtrar sus pasos lerdos y sus siluetas fantasmagóricas, obscenas, para, de súbito, aparecerse entre nosotros -en un éxodo o migración siniestra- y legarnos sus endémicas caricias, sus llantos de rocío sobre hojas secas. Hágase la anatomía del sueño de espinas:
Discurren -vías infalibles de trenes fantasmas, de vagones de sueños- a través del erial que está más allá de nuestras vidas, acarreando un tráfico sin fin de almas que han muerto. Puede oírse su traqueteo y zumbido en los lugares quebrados del mundo, a través de grietas abiertas por actos de crueldad, violencia y depravación. Su cargamento -los muertos errantes- puede entreverse cuando el corazón está a punto de estallar y se vuelven claramente visibles visiones que deberían permanecer ocultas.
Estas autopistas tienen señales indicadoras, y puentes, y zonas de aparcamiento. Tienen peajes e intersecciones.
En estas intersecciones, donde las masas de muertos se mezclan y cruzan, es más probable que esta autopista prohibida irrumpa en nuestro mundo. El tráfico es intenso en los cruces y las voces de los muertos alcanzan su mayor estridencia. Aquí las barreras que separan una realidad de la siguiente las desgasta el paso de innumerables pies. (Barker, 1994: 17)
Ese ogro -deformación del término latino "orcus" que, etimológicamente, designa el Infierno- anida bajo nuestro lecho o en el penumbroso armario; constituye la efigie mítica que, al irrumpir en lo cotidiano, según Greimas (1973), desencadena el aura de lo maravilloso -de lo horrendo, en nuestro caso- y provoca, desestabilizando (deshabitualizada y desfamiliarizada la representación de las circunstancias, a la deriva nuestros sentidos y nuestra capacidad de enjuiciamiento) la jurisdicción de lo real.
¿Existe, nos preguntamos, algún itinerario singular en tal singladura de almas oscuras? ¿Algún atajo de horror en la penumbra? Atrévete, lector, a mirar más allá de las limitaciones. Tu sueño debería ser desasosiego ahora. Ahora más que nunca, en busca de las vías muertas.