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Sueños de espinas y lágrimas: Los ogros del iris cinematográfico - El sueño, la espina y la lagrima.Trinidad de la cicatriz y ho

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CopyLeft Monografía de Julio Ángel Olivares Merino - 05 de Septiembre de 2006
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1. El sueño, la espina y la lagrima.Trinidad de la cicatriz y ho
Érase una vez, atemporal y melódicamente irreal, el sueño, singular nana de las concesiones... romance oculto tras los velos del entendimiento, cobijo y cavernoso abismo; el sueño, cual preciado privilegio que es también antesala de la alienación e invocación de lo oscuro. ¿Quién se atrevería a acunar un parpadeo eterno por maravillosa que pudiera parecer su ofrenda de fantasías pretendidas? Lo acircunstancial de su propuesta encandila, pero, al tiempo, aterra, porque en su hondura viven los posos del miedo. Trayecto sin retorno, sin marco bordado, anárquico en libérrima cadencia y, por lo difuminado de su estruendo o esencia, febrilmente falaz, utópico, frágil, quebradizo. El sueño.

¿Podríamos quedar suspendidos en el éter, en la nada?, nos preguntamos... podríamos tropezar y perder la orientación en plena hipnosis, convenimos. ¿Y a qué nos enfrentaríamos si así fuera, si nos perdiéramos en su epicentro y miríada de nieve, en sus eventos cíclicos e incomprensibles, en su éxodo "con-sentido"?

A decir verdad, hay arañazos en las oscuras armonías de esos trances oníricos... eso y un desasosiego improvisado, la ubicuidad de una brisa ilógica, la de la perversidad en súbita materialización, en vestimenta haraposa y mecida por el vaivén de enveses. Sueños. Mundos de sombras, de susurros apocopados, sugeridos, estímulos fugaces... excelencias de idealismo... un envite de seda hasta la consagración de la tiniebla, cuando, de repente, lo oscuro se hace caparazón y la tenebrosa invisibilidad muda nuestro pálpito, expresando el no ser, la insensibilidad y, a la postre, ya abocados al exorcismo del consuelo, el gratificante despertar... porque los sueños, diríamos todos -instrumentos cognitivos que exploran los signos reales combinándolos incoherente o coherentemente para explorar hasta el límite o médula significativa cada embozo de esta realidad y sus categorías, en ellas nosotros como sujetos u objetos de transitividad operativa- sueños son.

Hay despertar, sí, aunque siempre queda una rémora punzante, un eslabón traído de las celdas dormidas, ceguera que nos escalofría si el itinerario fue de pesadilla. A saber...

Érase una vez la espina, acecho agónico de la frustración, heredado temor presentido, clavado y odiado; condena, aun roma, en nuestras sinfonías de consciencia, una vez liberados de la impronta onírica, una vez domada la irrealidad cuando su herida cicatriza; temido su regreso obnubilador, su festín de cisnes negros, cuando nuestros ojos se acostumbran al sosiego, cuando susurramos nuestro nombre a la brisa de un nuevo amanecer y decidimos seguir trazando caminos en la orilla de los días, en el amainar de cotidianidad, llevados por nuestro afán de vislumbrar más allá del espejismo ondulante y céreo de las gaviotas serenas. Espina recordada, como el clavo que apuntala un rezo en cruz, como el sádico beso punzante del huso y el encanto visceral de la Bella Durmiente. Sueño y espina, mar infinito de ese otro vivir y estertor que traemos, sangrante, sombra de vivencias allá.

¿Qué soñaría en su errático delirio tal feminidad, la Bella yacente, antes del beso purgador del príncipe? ¿No era ella, aun en su hermosura, sino una espina atravesada y fría cuando el alba de esos labios reales todavía no se había posado en mimo sobre su muerte para darle pálpito?¿Cuántas veces, por soñar, nos hemos desangrado y hemos quedado en ese catatónico mecer de cuna? Sueño espinoso...

Érase una vez la lágrima, como metonimia vidriosa de un hechizo, el sortilegio del pesar o el desprendimiento de un jirón emotivo; érase una vez la desposada del jadeo purgador que desahoga, el prisma heredado de las lluvias o la sudoración del tráfago tropel de épocas; érase una vez el crisol de la banshee, el preludio de nuestros óbitos en coronación de momificados versos de fuego fatuo; érase una vez el sueño opiáceo -liberador- en el curso que tensa la Mano signada hasta el ocaso; érase una vez la espina o su aberrante corona en cada hermosa efigie paseada en festividad por los dédalos de población, entre musito de candelabros y vítores frenéticos, entre el babeo de los lacerados penitentes; éranse una vez nuestros llantos de imperfección y nuestra devota búsqueda de amparo en cuento preservador. Éranse nosotros una vez, de aquí a la invertebrada eternidad; érase nuestro relativismo, éranse nuestros sueños de espinas y lágrimas como fructíferos ensayos de vejez, ahogo y muerte, como oscuros hogares de caracol pútrido, ámbitos que nos ayudan a invocar u olvidar el aroma del cieno -el que nos cubrirá finalmente-, sueños narrados y envolventes, como regazo de mar helado, como escama de ficción en la que soñamos con la muerte acolmillada, con el postrero parpadeo, escapismo en seno de autores y sus rimas de éxodo que, por momentos, crean una realidad más allá de ese decurso demencial de las estaciones, el timbre espumoso de la ola condenada a romper contra los infinitos y el silencio, para perderse en grumos cual pavesas perecederas del olvido. Y en él, en el érase de la distorsión de los ayeres, una opaca función...

Sueño como inmenso océano insondable, encuentro titánico entre el yo, el super yo y el ello, afloración y liberación suprema de éste último, sublimación en loor de lo reprimido; sueño como lecho y doseles acariciados por la música desnuda de las madrugadas... espina como sombra presentida, heredada, escalofrío anunciado; lágrima como púrpura quemazón de hostilidades y única defensa. Tirano y oscuro cuento el de este tridente.

Sueño, realidades movedizas, ceños fruncidos, relojes de arena que simulan susurros espectrales del tiempo que se nos escapa. Un soslayo y el dormitar quimérico acude a nuestro regazo, a nuestro instante. Las breas de vivencia que soñamos no son sino concesión a la hilaridad o al temor, devaneos del inconsciente personal, que, según Marie-Louise von Frantz (1978: 11), desbroza recuerdos subliminales, olvidados o reprimidos por el individuo, o inscritos en el inconsciente colectivo, formado por dinamismos que constituyen el fondo común de toda la humanidad (íbidem, 1978: 11). Sueños... y nosotros. Ellos englobados, esclavos de nuestra creación o viceversa... ¿Quién sabe?

Sueños en cada poro de la realidad, sueños más allá del eco de multitud, de los pentagramas estridentes de un lienzo industrial, de las fugacidades dislocadas de serpientes de metro, las que corroen las entrañas de la ciudad dormida o enferma de tribulaciones; espinas, penumbra, horadado sentimiento, enajenación... virus punzante, tropel diario, sonambulesco. Todo amparado, custodiado, soñado y ensartado febrilmente por la madrugada o los sombríos aquelarres de conciencia; todo acariciado por un sedoso tacto de lecho de púas y alaridos reprimidos. Mar de secretismo, cajón de sastre, pesadilla y en ella los turbios moradores, monstruos y abominaciones ancestrales. ¿Flota la espina en la tez del sueño o se clava en sus entrañas para siempre?¿Se evade la lágrima, nos emancipa de las sombras y diluye el desahogo o, por el contrario, nos encadena al planto de vida? Conteste el victimario...

Hablamos del sueño como otro lenguaje de poder, como una oligarquía de escapismo en cruzada contra los traumas, como un señuelo, una inmolación inconsciente en llanto de lectura de sus pasajes, en vivencia literaria de los contextos referenciales que nos rodean. Y, en concreto, en estas líneas, departimos y tratamos del horror que hereda, de nuestra existencia, su magma creativo y sus "atrezzos" conceptuales, porque la pesadilla no es sino texto citacional de cada desmesura, de la afección de existencia, contaminada, no cabe duda, toda vez que, muy a pesar de su impronta de idilia, el sueño jamás fue virgen, autónomo, sino narración instrumentalizada por los sistemas de realidad, nuestras inercias inconfesables.

Aprendimos a contar las lunas y los amuletos de sol, las texturas de estación; aprendimos a sentirnos crecer, a suspirar juventud e invocar senilidad, y en el trayecto existencial, mientras los paisajes se esbozaban fugaces sobre el iris cristalino de nuestro compartimento, en ese vagón de la vida, quisimos siempre barajar especias de incienso y sueño, espejos narcisistas, alhajas de gozo, aunque entre ellas, en arrebato de intuición o gélida revelación de lo inminente –toda vez que el sueño no es sino otra forma de vivir nuestra ausencia de luz-, hallamos, cada vez con menos desamparo, las obligadas espinas de vicisitud, nuestras lágrimas de penar.

No es baladí afirmar que, descifrando la realidad en ese balanceo tentado de trapecio, en la panorámica de las fabulaciones, desnudando rumores y pensamientos -los que flotan en la tersura o bosquejo enigmático de las lindes sensibles-, nos hemos atrevido, en ocasiones, a encarar la noche, tal vez para conocerla. Tú bien lo sabes, lector, tú que has llegado a tutear a la madrugada.

El sueño, ese incansable nómada silabeado por ángeles de conciencia, nos ha ayudado en tal empresa. En su concesión placentera, nos lleva al regazo de la luna, nos hace tan esbeltos y altos como la silueta del árbol milenario; nos engasta en el musgo del tiempo y nos hace Midas de anhelo, pero –y es ésta una historia de declives ciertos- ese otro sueño, el de pesadilla, oprime, acoge en furia esmaltada, descubre pergaminos de deslealtad, fragmenta, trae embrujos de represión y canaliza el titilar más frenético... porque no todos los sueños se empañan bondadosos. No. Es más, se pueden contar con los dedos de una mano estulta los que nacen y se diseminan generosos, utópicos, para engalanarnos de dicha. Y es que, como dijo Lovecraft, hay extraños seres en el abismo y el buscador de sueños debe tener cuidado de no despertar ni encontrar a los que no conviene (1997: 16)

¿Quién podría, sin embargo, limitar el acopio de ese trance, el del sueño? O todo o nada. Y en ello, el riesgo.

Cogernos de la mano del bardo onírico supone perder conciencia ante el brillo de su frondoso tesoro de almíbar y, asimismo, temer por nuestra integridad llegado el tormento de los grises arrebatos. El sueño engarza deseos inconfesables, los hila a nuestro corazón pálido; en él prima cada alteridad y en él sobreviene una sutil invitación a los hologramas mutilados. Descorazona, aterra y desgarra en su almidón, siendo simplemente verdad de esa serenidad cotidiana, que no es sino -incidimos en ello- otro sueño mal categorizado, porque también la vida es una viña de ilusiones mustias.

Temblamos tal vez al sentirnos embadurnados por su sopor, por su celo de metafísica, de trascendencia, y en su pantano viscoso, en sus galernas laberínticas, hallamos reminiscencias o juegos de palabras, de susurros, que encallaron en nuestro subconsciente años atrás, jeroglíficos silabeados que son espinas atávicas, epitafios murmurados en el proscenio de realidad y nacidos con empeño pregnante, ulterioridad mediante, en los escenarios oníricos.

Ya nos referíamos al rieso, al de silabear esos alfabetos y runas perdidas para extraviarse entre los vientos urdidos de mortaja, quedar atrapados en el logos de la pesadilla.

¿Qué habría sucedido si Blancanieves no hubiese despertado entre aquel elenco de circundantes devotos mesmerizados en pesadumbre?¿Qué habría sido de nuestro anhelo fabulador de hemisferios de fantasía si la Bella Durmiente hubiese sucumbido en sigilo de pesar a su letargo sin que el horizonte hubiese acunado príncipe alguno que la despertase de su trance latente, de su agitada lozanía helada?¿Y qué habría sido, igualmente, de la Bestia si Bella hubiese sucumbido a los designios de su prejuicio materialista, un idealismo ingenuo, si jamás hubiese trascendido los límites del palacio de esa horrenda criatura para hallar la esencia del verdadero sentimiento?

¿Qué sería de nosotros sin el despertar, sin el punto final o el fundido en negro de los discursos de horror?

Cuánta flor marchita...

"Érase una vez..."

"...Y apareció la bruja..."

"...Fueron felices y comieron –devoraron, victimizaron- perdices..."

Sueño, espina, lágrimas y despertar...

La fascinación -según Jean Georges, poder primordial de los cuentos porque lo imposible se vuelve posible, porque en ellos abundan las metamorfosis, porque en la mayoría de casos las peores pruebas son superadas victoriosamente por un héroe con el cual uno se identifica (1988: 250)- nos hace delimitar puertas y consolar umbrales en el infinito, pero, a la vez, nos torna víctimas de los ogros de irrealidad, aquellos que bien podrían llevarnos lejos de nuestra cuna y menesteres. Quien presiente el paso del tiempo puede cantar o versificar el tropel en pos de un final signado, pero quien se afana en describir su esencia de abismo, detalle a detalle, barajar uno a uno sus poros de instantes, sucumbe finalmente al hechizo de lo insane, erigiéndose maestro y filósofo de las perspectivas, de las panorámicas y de los axiomas más indelebles. Así, el poeta enloquece en su pus circense de símbolos que laten por vivificar la verdad y, de igual modo, el quijote que pugna por no ser absorbido por el sistema es confinado a un desván de demencia o a un féretro de silencio junto a Annabel Lee. Entiéndase por qué todos los sueños, como cuentos que se escriben para forjar detalles de nuestro ser, son curso de funámbulo sobre el abismo.

Yo afirmo que las esferas de nuestros relojes nos hablan enigmáticamente y esas locas agujas transparentadas se detienen cuando reflexionamos, cuando soñamos mirándolas, dándonos tiempo para meditar y concluir que somos imperfectos, que la coherencia del viento temporal nos conduce a la nada. Viven con mayor sosiego -indudablemente- la brújula, que sólo toma conciencia global de lo inefable, lo imponderable, sólo pregunta a la nada, de tarde en tarde –piénsese si no en su paseo a vuelapluma, sin segunderos sobre los que picar y recrearse-, o la veleta, que sufre espasmos sólo en tiempos de ventisca. Con todo, ambas, aun evitando ver el detalle y no muriendo en ello, aun no describiendo lo minucioso, ambas, digo, sin filosofar en exceso, sin soñar empedernidamente, son sorprendidas por su inconstancia –no transitan el infinito en una sola dirección consabida, como las agujas del reloj- y esto, a la postre, las hace más ignorantes y vulnerables.

Se debe soñar, sangrar y llorar segundo a segundo para beber el silencio y modelar la oscuridad, lo desconocido. Se debe abrazar la consunción para lograr domar la sabiduría siempre con un pie tiritante y un guiño que fluctúa en la realidad.

La tiniebla lagrimea a nuestra vera. Se ciñe a esos parajes eslabonados, a la inercia de susurros que frotan los ventanales de nuestro compartimento. El viaje continúa, el tiempo se hila constante –ya se sabe, segundo a segundo, cada uno, cada átomo, como pálpito de ese viaje interior e iniciático de Virginia Woolf o el golpe de timón silente en la epifanía de Joyce.

Presiento su amenaza. La oscuridad es inmensa, como nuestra ignorancia, pero se ofrece limitada, matemática y proclive a la comprensión, cuando prende llamas de embrujo ambiguo en nuestra fascinación, en nuestra singular curiosidad, cuando nos tienta desde su secreto inconquistable, cuando nos convertimos en relojes que la transitan -en poetas que le cantan segundo a segundo- y la convertimos en un puñado de tiempo, una esfera de doce postas, algunas en la cara oculta de la luna.

Vástagos de esa negritud, el terror, como el horror, susurran inertes en las mazmorras de nuestro recelo, como legado biológico más recóndito (Lovecraft, 1974: 160). Y de eso, en puridad, tratamos en estas líneas, de los sueños de espinas y lágrimas, del aquelarre de las pesadillas.

Hay quienes sucumben a su llamada, sobrevolando las más febles e incrédulas pavesas de pavor, cuando el anhelo de mirar los ambarinos ojos de un gato negro supera el temor a sentir un súbito zarpazo de su hórrida silueta arisca. Dulce espina y tizonado sueño. Obsesión.

La oscuridad tiene marco cuando nosotros mismos lo suspiramos, porque en nuestros trayectos en aras de intimar con sus entrañas portamos teas de lucidez y heroicidad, agujas de latido y pinceles de diario, segundero, que nos permiten describir y colonizar los espacios secretos, cuando reverbera el tañido del bronce y soñamos que son las doce, difuminada ya la carroza, habiendo perdido el zapatito de cristal. La señal, diríamos. Y un unicornio pasa a nuestra vera con ojos erizados y la estela de un silencio sanguinolento. ¿Qué presagia?

Tentación y soledad son cómplices en el trance. Más aún en el sueño del espanto ¿Quién no ha concedido, alguna vez, un vals a cada una de esas damas de la mascarada escalofriante? Sueña, lector, sueña envenenado por estas líneas y comprenderás... Siempre ha sido así: flotando en el silencio de la tradición oral, hilado por la aguja espinosa de la palabra, la del cuentacuentos; sobre un papel, punzado por la espina de la pluma, y sobre el alma de una pantalla de cine, bañada con lágrimas de figura, de luz y caramelos geométricos. Hay, desde tiempos inmemoriales los ha habido, fantasmas que retornan y retornan... y pesadillas que no dejamos de amamantar, como el primer cuento de infancia, como el primer sueño enmarcado ceremoniosamente en el recuerdo.

Autor y licencia de 'Sueños de espinas y lágrimas: Los ogros del iris cinematográfico - El sueño, la espina y la lagrima.Trinidad de la cicatriz y ho'
Julio Ángel Olivares Merino Extraído de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero19/ogros.html CopyLeft
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