En la obra se destaca el aspecto lingüístico y en él se puede ver un homenaje a Guillermo Cabrera Infante, escritor cubano exiliado en Inglaterra. Las palablas suelen ser cubanismos coloquiales y el lenguaje es muy rítmico al igual que los ritmos musicales cubanos.
Especialmente, llaman la atención los nombres y el narrador en términos de la temática. Por una parte, los nombres de los personajes siempre cambian, y los de las personas reales se distorsionan cómica y satíricamente. Cuca se llama la Niña, Caridad, Cuquita y Caruquita. La Mechunga y la Puchunga se llaman la Mechu y la Puchu, y después Fala y Fana. Juan Pérez tiene otro apodo “el Uan” derivado de “one” de inglés, y las vecinas se llaman el Faxeador y la Fotocopiadora, que significan la comunicación contemporánea. La Revolución se disminuye a la Revo y Fidel Castro es Talla Extra o Talla Super Extra, que aluden a su poder absoluto. José Lezama Lima se escribe como Lamama Mima y Leonardo Da Vinci en Leonarda Da Vence, etcétera.
Esta sustitución de los nombres por otros significa la ausencia o el cuestionamiento de la identidad, especialmente el de Cuca que alude a Cuba misma. Según la escritora, después de la Revolución Cuba seguía estando para satisfacer la vista ajena y la ilusión extranjera y por eso su entidad es falsa y vacía. Además, la ausencia puede significar la carencia diaria, en la que no significaría nada el acto de cambiar los nombres:
Porque había que defender el sueño revolucionario, eso nos reclamaban los izquierdistas del mundo y los latinoamericanos: […] Jodiéndonos por tal de defender la ilusión de los otros, el sueño de los otros. Me pregunto, ¿por qué algunos de esos turistas ideológicos que tanto exigen y que tan contentos estaban con este proceso, y que hoy abandonan al pueblo cubano, por qué no se asilaron aquí, y vivieron aquí, en las mismas condiciones que nosotros? (pp. 107-108)
Por otra parte, el narrador se transforma según el cambio del capítulo o el contenido, va desde Cuca hasta Juna Pérez, el cadáver y la conciencia revolucionaria. Pero el narrador primordial es la conciencia revolucionaria y ella habla dictando la voz de “el cadáver”. La presencia de éste se introduce en la primera línea del capítulo uno: “No soy la escritora del esta novela. Soy el cadáver.” (p. 13). En el capítulo seis, conversan el cadáver y la conciencia revolucionaria y se revela que ese cadáver es el de María Regla, que murió en el derrumbe del viejo departamento:
No olvides que es ella quien me dicta este libro. Sí, ¿pero no te habías enterado? Es el mismísimo cadáver de María Regla Martínez quien está dictándome desde el capítulo uno, coma por coma, punto por punto. (p. 344)
Es el cadáver el que se hace dueño de la conciencia revolucionaria y sobre ello se centra la temática de la novela: la conciencia revolucionaria perdió la vitalidad hace mucho tiempo, está muerta. En suma, la entidad ausente de Cuba y el recurso narrativo “el cadáver” son reflejo de la concepción de que el sistema cubano y la Revolución están condenados a ser solamente unos difuntos.