“En los años noventa estamos lanzando cada año a la biosfera cientos de nuevas sustancias químicas de síntesis y cientos de organismos transgénicos, sin los controles adecuados (sin los medios y el tiempo necesario para realizar las comprobaciones necesarias). De los más de 70.000 compuestos químicos en el mercado estadounidense, menos del 10% se ha evaluado correctamente en cuanto a posibles efectos adversos sobre la salud humana y el medio ambiente42. En la UE --la mayor región productora de sustancias químicas del mundo entero, con el 38% de la producción mundial-- están registrados unas 100.000 sustancias, de las cuales se comercializan unas 70.000 (y cada año se añaden unos cientos de sustancias nuevas): apenas se sabe nada de la toxicidad del 75% de estas 100.000 sustancias43... y del resto es muy poco lo que se sabe.
Cuesta unos 100.000 ECUs obtener la serie de datos básicos sobre la toxicidad de una sustancia química determinada, y cinco millones de ECUs evaluar adecuadamente la toxicidad de una sola sustancia --¡pero pueden ser hasta quince millones en los casos más difíciles!44 En la UE, los fondos disponibles no permiten realizar la evaluación más que de unas veinte sustancias al año45. Y el problema no es solamente el dinero, sino también el tiempo: al ritmo actual de las evaluaciones en la UE, ¡se tardaría un siglo en evaluar nada más que los 2000 productos químicos con gran volumen de producción! En EE.UU. se ha estimado que evaluar los riesgos que presentan las mezclas de dos o tres sustancias, entre las tres mil sustancias tóxicas mejor conocidas, exigiría mil años46. La OMS ha empleado veinte años --1976-1996-- para evaluar doscientas sustancias; la OCDE ha necesitado diez años para realizar evaluaciones iniciales de 109 sustancias47. Sencillamente no hay recursos suficientes --tiempo y dinero-- para evaluar ni siquiera una fracción de las sustancias químicas que comercializamos cada año; como pese a ello las comercializamos, eso quiere decir que la industria química está utilizando nuestros cuerpos y la biosfera como laboratorios de alto riesgo.”48
Velocidad en el transporte: la perversión de los medios en fines
Con algunas excepciones ocasionales49, la velocidad no es un valor en sí mismo: si la perseguimos es con carácter instrumental. Ganar tiempo en el transporte o ser más productivos en el trabajo permitirá –así se nos dice—disfrutar de más tiempo para la vida, de mayor “calidad de vida”. ¿Qué hay de tales promesas si nos atenemos a la realidad?
42 Joel Tickner: “The precautionary principle”. The Networker, vol. 2 number 4 (mayo de 1997).
43 EEA (European Environment Agency)/ UNEP (United Nations Environment Programme): Chemicals in the Environment: Low Doses, High Stakes? EEA/ UNEP, Suiza 1998, p. 7.
44 EEA/ UNEP, Chemicals in the Environment, op. cit., p. 8.
45 EEA/ UNEP, Chemicals in the Environment, op. cit., p. 9.
46 Joel Tickner en el seminario “Riesgo ambiental e incertidumbre”, Universidad de Granada (Palacio de la Madraza), 1 al 4 de febrero de 1999.
47 EEA/ UNEP, Chemicals in the Environment, op. cit., p. 10.
48 Jorge Riechmann, Un mundo vulnerable, Los Libros de la Catarata, Madrid 2000, p. 297.
49 En ciertos casos buscamos disfrutar de la velocidad en sí misma: pensemos en las montañas rusas de los parques de atracciones, por ejemplo...
• El transporte para ir al trabajo y volver de él (cinco o seis veces a la semana). • El transporte para hacer las compras (dos o tres veces por semana). • El transporte para el ocio y el descanso (una o dos veces por semana). • El transporte para ir a los centros de enseñanza y formación (cinco o seis veces por semana). • El transporte para las vacaciones (una o dos veces al año).