Tiempo para la vida - La crisis ecológica en su dimensión temporal1

1 - La crisis ecológica en su dimensión temporal1

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Monografía creado por Jorge Riechmann. Extraido de: http://www.rebelion.org/seccion.php?id=24
25 de Enero de 2006
“¿Sabía usted que hay barcos de carga en los cuales, a cambio de mil pesos, lo llevan y lo traen a usted de Buenos Aires a Estocolmo? ¡Tardan tres meses en total! (Horribles, esos transatlánticos que hacen el viaje en cuatro días...)”

Julio Cortázar en carta a Luis Gagliardi2,

4 de enero de 1939

“¿Quién había tenido la idea funesta de medir el tiempo y sujetar sus vidas a la tiranía irrisoria del reloj?”

Juan Goytisolo3

“Imagina lo que es el tiempo para el beduino que viaja sobre su camello a través del desierto del Sáhara, o para el marinero vasco que pesca bacalao en alta mar, o para el campesino griego que cultiva su viñedo o, por qué no, para el santo de la leyenda que pasó sin darse cuenta doscientos años escuchando el canto de un pajarillo. El tiempo para ellos es el ritmo natural de las mutaciones. La primavera, la noche, los cambios de la luna, la caída de las hojas, el invierno, el viento del sudeste. El tiempo tiene miles de rasgos, y no se mide exactamente, sino a través de múltiples mutaciones naturales, sociales y personales.”

Joseba Sarrionandía4

“Aunque el género Homo sólo tiene dos millones de años de existencia, ya dispone de la capacidad para destruirse a sí mismo. (...) Ni tan siquiera lograremos probablemente emular la trayectoria de la cucaracha, que viene evolucionando desde hace aproximadamente 250 millones de años.”

Richard Morris5

“No albergaba ninguna duda de que, con tiempo, los humanos podríamos crear una sociedad moral. El problema era, y yo lo sabía demasiado bien, que el tiempo se estaba acabando.”

Jane Goodall6

“La larga duración que caracteriza al ‘tiempo ecológico’ se opone al corto plazo en el que se desarrollo la vida política, por no hablar del carácter instantáneo del tiempo comercial.”

Gilbert Rist7

“Aflojar las constricciones del tiempo-parámetro, para reencontrar la flexibilidad, los horizontes abiertos del tiempo-compañero y del tiempo-devenir, constituye un desafío democrático, una exigencia de ciudadanía. El tiempo se vuelve un elemento decisivo de nuestra cultura política.”

Jean Chesneaux8

“...y no conocen la prisa/ ni aun en los días de fiesta.”

Antonio Machado9

Tiempos de vértigo

Siendo el tiempo una dimensión tan básica de la existencia humana, de la vida de la biosfera y del devenir del cosmos, resultaría sorprendente que no afectara y se viera afectado de forma profunda por un acontecimiento del calibre de la crisis ecológica global. Así sucede, de hecho: no hay más que pensar en el vértigo que nos asalta cuando caemos en la cuenta de que

• en cierto modo, se acaba el tiempo para salvar el mundo: pensemos en la enormidad que significa alterar dramáticamente el clima del planeta, acabar con las reservas de petróleo y eliminar los bosques tropicales en apenas tres o cuatro generaciones... • Por otra parte, nuestras intervenciones –mediadas por la potencia tecnocientífica moderna-- se prolongan hacia futuros casi inimaginables: pensemos en lo que representa la modificación de los genomas de las especies vivas, que puede traer consigo una reorientación de la evolución biológica, o la introducción en la biosfera de residuos nucleares que emitirán radiación ionizante durante decenas de miles de años...

¿Y si el ser humano desaparece?

“¿Podría el ser humano desaparecer a causa de su poder destructivo y de su falta de sabiduría? Nombres notables de las ciencias no excluyen esa eventualidad. Stephen Hawking, en su reciente libro El universo en una cáscara de nuez, reconoce que en 2600 la población mundial estará hombro a hombro y el consumo de electricidad dejará a la Tierra incandescente. Ella se podrá destruir a sí misma. El premio Nobel Christian de Duve, en su conocido Poeira vital (1997) afirma que ‘nuestro tiempo recuerda una de aquellas importantes rupturas en la evolución, marcadas por extinciones de grandes dimensiones’. Y Théodore Monod, tal vez el último gran naturalista, dejó como testamento un texto de reflexión con este título: Y si la aventura humana viene a fallar (2000). Asegura: ‘somos capaces de una conducta insensata y demente; se puede a partir de ahora temer todo, todo mismo, inclusive la aniquilación de la raza humana’.

Si observamos la crisis social mundial y la creciente amenaza ecológica ese escenario de horror no es impensable. Edward Wilson señala en su último y alarmante libro El futuro de la vida: ‘El hombre hasta hoy ha desempeñando el papel de asesino planetario (...). La ética de conservación, en la forma de tabú, totemismo o ciencia, casi siempre llegó demasiado tarde; tal vez aún haya tiempo para actuar".

Lógico, requerimos tener paciencia con el ser humano. Él no está todavía listo. Tiene mucho que aprender. En relación al tiempo cósmico posee menos de un minuto de vida. Pero con él la evolución dio un salto, de inconsciente se hizo consciente. Y con la consciencia puede decidir qué destino quiere para sí. En esta perspectiva, la situación actual representa un desafío antes que un posible desastre, la travesía hacia un escalón más alto y no un zambullirse en la auto destrucción.

¿Pero habrá tiempo para tal aprendizaje? En la hipótesis de que el ser humano llegue a desaparecer como especie, incluso así, el principio de inteligibilidad y de amorización quedaría preservado. Él está primero en el universo y después en los seres humanos. Emergería, un día, en algún ser más completo. T. Monod tiene hasta un candidato ya presente en la evolución actual, los cefalópodos, esto es, los moluscos como los pulpos y los calamares. Poseen un perfeccionamiento anatómico notable, su cabeza está dotada de una cápsula cartilaginosa, funcionando como cráneo, y poseen ojos como los vertebrados. Poseen también un psiquismo altamente desarrollado, hasta con doble memoria, mientras nosotros poseemos solamente una. Evidentemente, ellos no saldrán mañana del mar y entrarán continente adentro. Requerirán de millones de años de evolución. Mas ya tienen una base biológica para un salto rumbo a la consciencia.

De todas formas, urge escoger: o el ser humano y su futuro o los pulpos y los calamares. Somos optimistas: vamos a alimentar cordura y aprender a ser sabios. Pero importa desde ahora demostrar amor a la vida en su majestuosa diversidad, tener compasión con todos los que sufren, realizar rápidamente la justicia social necesaria y amar la Gran Madre, la Tierra. Nos incentivan las Escrituras judaico-cristianas: ‘Escoge la vida y vivirás’. Caminemos de prisa, pues no tenemos mucho tiempo para perder”.

Leornardo Boff, abril de 2002

Cerca y lejos, rápido y lento, son cuestiones candentes en nuestra época: el mundo de los siglos XX y XXI. Cabe mostrar que algunos de los aspectos más sobresalientes de la crisis ecológica mundial, y de los problemas ambientales locales, han de verse como dificultades con el tiempo: desajustes y conflictos temporales. Por otro lado, intensos debates contemporáneos como los que versan sobre desarrollo sostenible, reciclado de materiales, moratorias tecnológicas, energías renovables, irreversibilidad de los daños a los ecosistemas o reducción del tiempo de trabajo, pensados a fondo no son sino debates sobre nuestra relación con el tiempo. En las páginas que siguen me propongo explorar algunas de las formas en que se entrecruzan la crisis ecológica y el vector temporal. Pero convendrá comenzar dando un pequeño rodeo.

Concepciones del tiempo

Una muy copiosa literatura ha abordado la cuestión de las concepciones del tiempo10. De modo rapidísimo, y limitándonos sólo a nuestra propia cultura, cabe decir que entre la Antigüedad grecorromana y el mundo judeocristiano, pasamos del tiempo cíclico y mítico al tiempo lineal y orientado; y entre la Edad Media y la Edad Moderna, tuvo lugar otra transición desde el tiempo flexible –marcado por los ciclos de la naturaleza, ese “tiempo natural de las mutaciones” al que hacía referencia el poeta vasco Joseba Sarrionandía en una de las citas iniciales de este ensayo-- al tiempo de reloj.

“Los griegos y los romanos no fueron los únicos pueblos antiguos que consideraban que el tiempo era cíclico. La filosofía india del tiempo de los Vedas (entre 1.500 y 600 a.C.) concebía los ciclos dentro de otros ciclos. El más corto era una edad, calculada en unos 360 años humanos, mientras que el más largo correspondía a las vidas de los dioses, que se estimaban en cerca de 300 billones de años. Pero el tiempo no se agotaba, incluso después de pasar esos billones de años. Los propios dioses morían y volvían a nacer, y los ciclos cósmicos de creación y destrucción se prolongaban eternamente.”11

Sólo cuando se generalizan los relojes mecánicos –a partir del siglo XIV—se llega a una novedosa concepción del tiempo, inconcebible en épocas anteriores: el tiempo como una magnitud abstracta y homogénea, con existencia propia. Éste fue, por cierto, uno de los factores que precipitaron la revolución científica del siglo XVI. Juan de Mairena definía al ser humano como “el animal que mide su tiempo”, “el animal que usa relojes”12; y Lewis Mumford, especialmente, ha insistido en la importancia del reloj mecánico como uno de los avances tecnológicos más trascendentales que se produjo en la sociedad occidental. Fue el reloj lo que permitió disociar el tiempo de los ciclos naturales y llegar a la noción de tiempo abstracto. “El reloj, no la máquina de vapor, es la máquina clave de la moderna edad industrial.”13

“La metáfora favorita de Newton para el sistema planetario es que se trataba de un inmenso mecanismo de relojería. La naturaleza del mundo sublunar empezó entonces a ser contemplada en términos de mecanismo de relojería. (...) El tiempo se convirtió en una obra humana: en los entornos urbanos, la iluminación artificial acabó con la necesidad de luz natural. (...) El tiempo mecánico impuso una nueva disciplina al género humano dentro, fuera de las fábricas y en toda su vida social: el mundo social adquirió las mismas dimensiones que el mundo físico newtoniano. Expresándolo con una imagen, el Padre Tiempo se transformó como por ensalmo en un reloj mecánico.”14



1 Una primera versión mucho más breve de este texto se publicó como: “Colisión de tiempos. La crisis ecológica en su dimensión temporal”, mientras tanto 82, Barcelona 2001, p. 95-115. En el futuro se integrará en el libro Gente que no quiere viajar a Marte, volumen tercero de la “trilogía de la autocontención” (el primero fue Un mundo vulnerable, el segundo Todos los animales somos hermanos).

2 Julio Cortázar, Cartas 1937-1963 (edición de Aurora Bernárdez), Alfaguara, Buenos Aires 2000, p. 44.

3 Juan Goytisolo, Telón de boca, El Aleph, Barcelona 2003, p. 22.

4 Joseba Sarrionandía, No soy de aquí, Hiru, Fuenterrabía 1994, p. 140.

5 Richard Morris, Las flechas del tiempo, Salvat, Barcelona 1994, p. 77.

6 Jane Goodall, Gracias a la vida, Random House Mondadori, Barcelona 2000, p. 199.

7 Gilbert Rist, El desarrollo: historia de una creencia occidental, Los Libros de la Catarata, Madrid 2002, p. 226.

8 Jean Chesneaux, Habiter le temps, Bayard, París 1996, p. 17.

9 Se trata del poema de Soledades que empieza: “He andado muchos caminos...” El texto completo puede consultarse en Antonio Machado, Poesías, Losada, Buenos Aires 1976, p. 18-19.

10 La bibliografía –a partir del clásico libro undécimo de las Confesiones de Agustín de Hipona-- es casi inabarcable. Existe una International Society for the Study of Time (ISST), que edita una revista propia (Time’s News).

11 Richard Morris, Las flechas del tiempo, Salvat, Barcelona 1994, p. 15.

12 Antonio Machado: Juan de Mairena (edición de José María Valverde), Castalia, Madrid 1971, p. 224.

13 Lewis Mumford, Técnica y civilización, vol. 1, Altaya, Barcelona 1998, p. 29: el original inglés es de 1934.

14 Bruce Mazlish, La cuerta discontinuidad. La coevolución de hombres y máquinas, Alianza, Madrid 1995, p. 95.
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