Tiempo para la vida - La fotosíntesis
Monografía creado por Jorge Riechmann. Extraido de: http://www.rebelion.org/seccion.php?id=24
25 de Enero de 2006
Ecología
4 - La fotosíntesis
En el proceso bioquímico conocido como fotosíntesis, las moléculas de clorofila situadas en las plantas captan la energía solar y sintetizan hidratos de carbono a partir del CO2 atmosférico y el agua y los nutrientes que obtienen del suelo (nitrógeno y fósforo principalmente). En tierra, el promedio de la producción primaria vegetal es de unos 750 grs. de materia orgánica seca por metro cuadrado y año; en el océano, la tercera parte aproximadamente. El límite superior de producción de cualquier ecosistema (ya sea natural o cultivado por el hombre) es de unos 25 gramos por m2 y día.
Las plantas sólo aprovechan directamente el 0'2% de la energía solar incidente sobre el planeta; pero más del 25% se consume para evaporar el agua y causar la lluvia, influyendo así también sobre la vida vegetal. Como la capacidad fotosintética del planeta es finita, la pérdida de ésta (por degradación de los ecosistemas) acaba afectando a los sistemas humanos construidos sobre esos ecosistemas.
La energía solar entra en las cadenas alimentarias de un ecosistema (las redes tróficas) por medio de la fotosíntesis, y fluye a través de los distintos niveles tróficos. Al pasar por cada uno de ellos sólo una pequeña parte (aproximadamente el 10%) se invierte en producción neta, crecimiento y reproducción; la mayor parte de la energía se disipa en la respiración (energía usada en realizar trabajo o perdida como calor) y en las cadenas tróficas laterales(organismos comensales, simbiontes, parásitos...). Como la energía disponible va disminuyendo, el número de niveles tróficos posibles es limitado: no supera los cinco o seis en los casos más complejos.
Esta división de la biomasa por diez en cada paso de un nivel trófico a otro tiene una consecuencia práctica importante para nosotros: la agricultura rinde unas diez veces más por unidad de superficie captadora de la energía solar que la ganadería. Un kilo de carne (biomasa animal) procede, en promedio, de 10 kilos de biomasa vegetal. Por ello, los sistemas agropecuarios sustentables incluyen ganadería extensiva (los rumiantes pueden digerir la celulosa de los pastizales, mientras que los estómagos humanos no pueden) pero no animales alimentados con productos agrícolas como los cereales, que los humanos podemos aprovechar directamente.
En cada organismo las moléculas se degradan y mueren, y son reemplazadas por otras. La apoptosis –muerte celular programada—se halla en la base de tal proceso de renovación. Las células del esqueleto humano, los nervios y los riñones se forman una sola vez y tienen que durar toda la vida; las de la piel tienen una vida media de 19 días; el aparato circulatorio necesita diariamente miles de millones de células nuevas. En unos siete años el cuerpo humano se renueva en un 90%. Se ha calculado que producimos cada año el equivalente a 228 paredes de intestino delgado, 18 hígados y 6 vejigas urinarias.26 “Vivimos empleando el proceso de nuestra descomposición para rejuvenecernos —escribe Edgar Morin--, hasta el momento en que ya no podemos más”.27 Las secuoyas pueden vivir más de 4.000 años; un cocodrilo, más de cien años; un colibrí, sólo dos o tres años28.
Tiempo de la naturaleza, tiempo del cuerpo, tiempo de la vida social, tiempo del sistema industrial
Pues bien: como avancé antes, la crisis ecológica mundial tiene mucho que ver con el desgobierno de los tiempos, con la aparente incapacidad de las sociedades industriales para organizar de manera razonable las temporalidades diversas que afectan a los seres humanos (y en particular, con su actual incapacidad para tener en cuenta el largo plazo y proyectarse en él). Como mínimo, este desgobierno se refiere a cuatro temporalidades diferentes cuya coordinación falla estrepitosamente en las sociedades más industrializadas: del desarrollo, la madurez, la reproducción y la crianza, el envejecimiento y la muerte; los biorritmos ajustados a la luz a través de ese “reloj interior” que es el llamado núcleo supraquiasmático (un pequeño núcleo de unas ocho mil células situado en el hipotálamo cerebral). Los seres humanos, como casi todos los demás animales terrestres, nos caracterizamos por “ritmos biológicos circadianos” (“en torno a un día”: así los ciclos diarios de emisión de hormonas --testosterona, melatonina, cortisol, serotonina--...) y circanuales29. Aquí habría que considerar también los ciclos menstruales de las mujeres, acompasados a los meses lunares...
• Tenemos en primer lugar el tiempo del cuerpo: los ritmos • En segundo lugar tenemos el tiempo de la naturaleza. La sucesión de las generaciones; los ritmos cíclicos de las estaciones; los ritmos anuales de los animales migratorios; las oscilaciones de las poblaciones de presas y predadores en ciclos de varios años; los tiempos largos de la evolución biológica de las especies... • Hay que tener en cuenta además el tiempo de la vida social: tiempo para el juego, el encuentro con el otro, la socialización de los niños y niñas, la vida familiar, las actividades culturales, la acción política... • Por último, hay que considerar el tiempo del sistema industrial y financiero. La mecanización de las actividades productivas va de consuno con la imposición a toda la sociedad del tiempo lineal homogéneo, abstracto, medido por relojes. En los últimos decenios del siglo XX esto culmina en la aparición de un “tiempo-mundo” o “tiempo global”, el de las redes de telecomunicaciones y los mercados financieros donde la información circula a inimaginables velocidades, que crecientemente se impone a las diferentes sociedades con sus temporalidades hasta hace poco tan diversas. “El proceso productivo se presenta objetivamente como un gran flujo informático que atraviesa los espacios tradicionales destruyéndolos y que anula las distancias temporales con una inaudita aceleración del tiempo (casi hasta la desaparición de las temporalidades tradicionales: noche, día, laborable, festivo, etc.)”.30
Como antes observé, las sociedades capitalistas contemporáneas tienen una enorme dificultad para hacerse cargo de la duración, de los tiempos largos. Por cierto que ello se echa de ver no sólo en los problemas ecológicos, sino en toda una serie de cuestiones y opciones sociales, desde la creación cultural hasta las privatizaciones. Pensemos en éstas últimas: privatizar, considerado desde el prisma del tiempo, equivale a privilegiar lo inmediato, la rentabilidad a corto plazo, ignorando que la lógica temporal de los servicios públicos es harto diferente (han de operar en la duración para satisfacer necesidades sociales inscritas a menudo en tiempos largos). Los resultados, a menudo, son desastres previsibles: la educación, la sanidad o los transportes públicos en la Gran Bretaña pos-thatcheriana...
En nuestros días, por detrás de la degradación de la capa de ozono estratosférico, el calentamiento climático, las grandes contaminaciones planetarias, la hecatombe de biodiversidad, o la desforestación y destrucción del suelo fértil, apreciamos graves problemas de temporalidad. Los tiempos largos de la biosfera, con sus equlibrios y sus transformaciones, chocan contra el “tiempo global” de los mercados financieros, el ciberespacio y las telecomunicaciones. Ahí se opera en una suerte de ubicuidad instantánea –se trata del fenómeno, repetidamente analizado, de la “contracción del espacio-tiempo” en nuestro mundo globalizado31--, pero subordinada a una lógica del beneficio a corto plazo, incapaz de tomar en consideración el porvenir.
Choques temporales
Los tiempos del sistema industrial pueden chocar brutalmente contra los tiempos de la biosfera. Así, pensemos que grosso modo hicieron falta trescientos millones de años para capturar el carbono atmosférico que quedó depositado en los combustibles fósiles como el carbón, el petróleo o el gas natural; mientras que las sociedades industriales apenas están empleando trescientos años para devolverlo a la atmósfera, quemando los combustibles fósiles para obtener energía. Se trata de un proceso un millón de veces más rápido: un forzamiento brutal de los tiempos de la biosfera. Quizá no haya que sorprenderse, por tanto, de que desemboque en un cambio climático potencialmente catastrófico.
Junto con el cambio climático, el mayor problema ecológico que estamos causando los seres humanos de la era industrial es sin duda la hecatombe de biodiversidad: y también puede interpretarse en clave de choque temporal (en este caso, entre el rapidísimo ritmo de la destrucción de diversidad genética y los larguísimos tiempos necesarios para que surja la misma). A escala mundial, la pérdida de biodiversidad es dramática: se trata de una “crisis global de extinción de especies”, según NN.UU.32 La amenaza contra las selvas de los trópicos resulta especialmente preocupante, porque se estima que en ellas se encuentran --en sólo el 6% de la superficie terrestre-- la mitad de las especies vivas del planeta. Si continúan las actuales tasas de extinción, a mediados del siglo XXI podrían desaparecer entre uno y dos tercios de todas las especies vivas del planeta33.
Las consecuencias de esta hecatombe son inimaginables, pues la biodiversidad es el “seguro de vida” de la vida: a mayor diversidad mayor capacidad de autorregulación del ecosistema, y por eso la diversidad es generadora de estabilidad. Una elevada biodiversidad permite a los ecosistemas responder a las perturbaciones, adaptarse a los cambios, hacer frente a las crisis. Los ecosistemas más simplificados son los más vulnerables.
Científicos como E.O. Wilson llevan más de un cuarto de siglo lanzando angustiados gritos de alarma. Para ellos, la pérdida de la diversidad genética será peor que
“agotar toda la energía fósil, el colapso económico, una guerra nuclear limitada o ser conquistados por un gobierno totalitario. Por muy terribles que nos resultaran todas estas catástrofes, en el plazo de unas pocas generaciones podrían ser reparadas. El único proceso que está teniendo lugar en la década de los ochenta y que necesitará millones de años para ser corregido es la pérdida de la diversidad genética y de especies producida por la destrucción del hábitat natural. Con toda probabilidad, ésta es la locura que nunca nos perdonarán nuestros descendientes.”34
Y los ejemplos de choque temporal podrían multiplicarse: la capacidad de autodepuración de ríos, lagos y estuarios se ve desbordada por el rápido ritmo con que los colmamos de desechos, el proceso físico-químico-biológico de formación de suelo fértil es cientos de veces más lento que la destrucción del mismo por prácticas humanas inadecuadas... En todos estos casos asistimos a una tremenda colisión de tiempos.
26 WWF/ Adena: El ritmo de la vida. El factor tiempo en la naturaleza. Plaza y Janés, Barcelona 1999, p. 42.
27 Edgar Morin, Amor, poesía, sabiduría, Seix y Barral, Barcelona 2001, p. 25.
28 A primera vista, no se advierte ninguna pauta común en longevidades tan diferentes. Sin embargo, los fisiólogos del metabolismo han hecho un descubrimiento sorprendente. Todos los seres vivos se parecen en que a lo largo de su existencia consumen la misma cantidad de energía por gramo de peso corporal. El cisne, el petirrojo, el murciélago, el erizo o el ser humano gastan aproximadamente 2.500 kilojulios por gramo de peso a lo largo de toda su vida (de forma que un metabolismo más acelerado se traduce en una longevidad menor, y a la inversa, cuanta menos energía consume un organismo, más vive). Traduciendo el tiempo en unidades de energía metabólica, la longevidad de la mosca, el árbol, el ave o el hombre resultan sorprendentemente semejantes. (WWF/ Adena: El ritmo de la vida. El factor tiempo en la naturaleza. Plaza y Janés, Barcelona 1999, p. 34 y 48).
29 David S. Landes, Revolution in Time, Harvard University Press, Cambridge 1983, p. 15.
30 Pietro Barcellona, Posmodernidad y comunidad. El regreso de la vinculación social, Trotta, Madrid 1992, p. 23.
31 Véase por ejemplo Zygmunt Bauman, La globalización: consecuencias humanas, FCE, Buenos Aires 1998 (sobre todo el capítulo 1, “Tiempo y clase”); o Chesneaux, op. cit., p. 27 y ss.
32 United Nations (Economic and Social Council): “Global status of biological diversity” –Report of the Secretary-General, 14 de marzo de 2001. Informe elaborado por el PNUMA en preparación de la Cumbre Mundial sobre Desarrollo Sostenible en Durban (Suráfrica), septiembre de 2002.
33 Sarah Porter: “La biodiversidad en peligro”, Worldwatch 10 (edición española), Madrid 2000, p. 7.
34 Citado en el New York Times, 22 de noviembre de 1981, p. 8.
Las plantas sólo aprovechan directamente el 0'2% de la energía solar incidente sobre el planeta; pero más del 25% se consume para evaporar el agua y causar la lluvia, influyendo así también sobre la vida vegetal. Como la capacidad fotosintética del planeta es finita, la pérdida de ésta (por degradación de los ecosistemas) acaba afectando a los sistemas humanos construidos sobre esos ecosistemas.
La energía solar entra en las cadenas alimentarias de un ecosistema (las redes tróficas) por medio de la fotosíntesis, y fluye a través de los distintos niveles tróficos. Al pasar por cada uno de ellos sólo una pequeña parte (aproximadamente el 10%) se invierte en producción neta, crecimiento y reproducción; la mayor parte de la energía se disipa en la respiración (energía usada en realizar trabajo o perdida como calor) y en las cadenas tróficas laterales(organismos comensales, simbiontes, parásitos...). Como la energía disponible va disminuyendo, el número de niveles tróficos posibles es limitado: no supera los cinco o seis en los casos más complejos.
Esta división de la biomasa por diez en cada paso de un nivel trófico a otro tiene una consecuencia práctica importante para nosotros: la agricultura rinde unas diez veces más por unidad de superficie captadora de la energía solar que la ganadería. Un kilo de carne (biomasa animal) procede, en promedio, de 10 kilos de biomasa vegetal. Por ello, los sistemas agropecuarios sustentables incluyen ganadería extensiva (los rumiantes pueden digerir la celulosa de los pastizales, mientras que los estómagos humanos no pueden) pero no animales alimentados con productos agrícolas como los cereales, que los humanos podemos aprovechar directamente.
En cada organismo las moléculas se degradan y mueren, y son reemplazadas por otras. La apoptosis –muerte celular programada—se halla en la base de tal proceso de renovación. Las células del esqueleto humano, los nervios y los riñones se forman una sola vez y tienen que durar toda la vida; las de la piel tienen una vida media de 19 días; el aparato circulatorio necesita diariamente miles de millones de células nuevas. En unos siete años el cuerpo humano se renueva en un 90%. Se ha calculado que producimos cada año el equivalente a 228 paredes de intestino delgado, 18 hígados y 6 vejigas urinarias.26 “Vivimos empleando el proceso de nuestra descomposición para rejuvenecernos —escribe Edgar Morin--, hasta el momento en que ya no podemos más”.27 Las secuoyas pueden vivir más de 4.000 años; un cocodrilo, más de cien años; un colibrí, sólo dos o tres años28.
Tiempo de la naturaleza, tiempo del cuerpo, tiempo de la vida social, tiempo del sistema industrial
Pues bien: como avancé antes, la crisis ecológica mundial tiene mucho que ver con el desgobierno de los tiempos, con la aparente incapacidad de las sociedades industriales para organizar de manera razonable las temporalidades diversas que afectan a los seres humanos (y en particular, con su actual incapacidad para tener en cuenta el largo plazo y proyectarse en él). Como mínimo, este desgobierno se refiere a cuatro temporalidades diferentes cuya coordinación falla estrepitosamente en las sociedades más industrializadas: del desarrollo, la madurez, la reproducción y la crianza, el envejecimiento y la muerte; los biorritmos ajustados a la luz a través de ese “reloj interior” que es el llamado núcleo supraquiasmático (un pequeño núcleo de unas ocho mil células situado en el hipotálamo cerebral). Los seres humanos, como casi todos los demás animales terrestres, nos caracterizamos por “ritmos biológicos circadianos” (“en torno a un día”: así los ciclos diarios de emisión de hormonas --testosterona, melatonina, cortisol, serotonina--...) y circanuales29. Aquí habría que considerar también los ciclos menstruales de las mujeres, acompasados a los meses lunares...
• Tenemos en primer lugar el tiempo del cuerpo: los ritmos • En segundo lugar tenemos el tiempo de la naturaleza. La sucesión de las generaciones; los ritmos cíclicos de las estaciones; los ritmos anuales de los animales migratorios; las oscilaciones de las poblaciones de presas y predadores en ciclos de varios años; los tiempos largos de la evolución biológica de las especies... • Hay que tener en cuenta además el tiempo de la vida social: tiempo para el juego, el encuentro con el otro, la socialización de los niños y niñas, la vida familiar, las actividades culturales, la acción política... • Por último, hay que considerar el tiempo del sistema industrial y financiero. La mecanización de las actividades productivas va de consuno con la imposición a toda la sociedad del tiempo lineal homogéneo, abstracto, medido por relojes. En los últimos decenios del siglo XX esto culmina en la aparición de un “tiempo-mundo” o “tiempo global”, el de las redes de telecomunicaciones y los mercados financieros donde la información circula a inimaginables velocidades, que crecientemente se impone a las diferentes sociedades con sus temporalidades hasta hace poco tan diversas. “El proceso productivo se presenta objetivamente como un gran flujo informático que atraviesa los espacios tradicionales destruyéndolos y que anula las distancias temporales con una inaudita aceleración del tiempo (casi hasta la desaparición de las temporalidades tradicionales: noche, día, laborable, festivo, etc.)”.30
Como antes observé, las sociedades capitalistas contemporáneas tienen una enorme dificultad para hacerse cargo de la duración, de los tiempos largos. Por cierto que ello se echa de ver no sólo en los problemas ecológicos, sino en toda una serie de cuestiones y opciones sociales, desde la creación cultural hasta las privatizaciones. Pensemos en éstas últimas: privatizar, considerado desde el prisma del tiempo, equivale a privilegiar lo inmediato, la rentabilidad a corto plazo, ignorando que la lógica temporal de los servicios públicos es harto diferente (han de operar en la duración para satisfacer necesidades sociales inscritas a menudo en tiempos largos). Los resultados, a menudo, son desastres previsibles: la educación, la sanidad o los transportes públicos en la Gran Bretaña pos-thatcheriana...
En nuestros días, por detrás de la degradación de la capa de ozono estratosférico, el calentamiento climático, las grandes contaminaciones planetarias, la hecatombe de biodiversidad, o la desforestación y destrucción del suelo fértil, apreciamos graves problemas de temporalidad. Los tiempos largos de la biosfera, con sus equlibrios y sus transformaciones, chocan contra el “tiempo global” de los mercados financieros, el ciberespacio y las telecomunicaciones. Ahí se opera en una suerte de ubicuidad instantánea –se trata del fenómeno, repetidamente analizado, de la “contracción del espacio-tiempo” en nuestro mundo globalizado31--, pero subordinada a una lógica del beneficio a corto plazo, incapaz de tomar en consideración el porvenir.
Choques temporales
Los tiempos del sistema industrial pueden chocar brutalmente contra los tiempos de la biosfera. Así, pensemos que grosso modo hicieron falta trescientos millones de años para capturar el carbono atmosférico que quedó depositado en los combustibles fósiles como el carbón, el petróleo o el gas natural; mientras que las sociedades industriales apenas están empleando trescientos años para devolverlo a la atmósfera, quemando los combustibles fósiles para obtener energía. Se trata de un proceso un millón de veces más rápido: un forzamiento brutal de los tiempos de la biosfera. Quizá no haya que sorprenderse, por tanto, de que desemboque en un cambio climático potencialmente catastrófico.
Junto con el cambio climático, el mayor problema ecológico que estamos causando los seres humanos de la era industrial es sin duda la hecatombe de biodiversidad: y también puede interpretarse en clave de choque temporal (en este caso, entre el rapidísimo ritmo de la destrucción de diversidad genética y los larguísimos tiempos necesarios para que surja la misma). A escala mundial, la pérdida de biodiversidad es dramática: se trata de una “crisis global de extinción de especies”, según NN.UU.32 La amenaza contra las selvas de los trópicos resulta especialmente preocupante, porque se estima que en ellas se encuentran --en sólo el 6% de la superficie terrestre-- la mitad de las especies vivas del planeta. Si continúan las actuales tasas de extinción, a mediados del siglo XXI podrían desaparecer entre uno y dos tercios de todas las especies vivas del planeta33.
Las consecuencias de esta hecatombe son inimaginables, pues la biodiversidad es el “seguro de vida” de la vida: a mayor diversidad mayor capacidad de autorregulación del ecosistema, y por eso la diversidad es generadora de estabilidad. Una elevada biodiversidad permite a los ecosistemas responder a las perturbaciones, adaptarse a los cambios, hacer frente a las crisis. Los ecosistemas más simplificados son los más vulnerables.
Científicos como E.O. Wilson llevan más de un cuarto de siglo lanzando angustiados gritos de alarma. Para ellos, la pérdida de la diversidad genética será peor que
“agotar toda la energía fósil, el colapso económico, una guerra nuclear limitada o ser conquistados por un gobierno totalitario. Por muy terribles que nos resultaran todas estas catástrofes, en el plazo de unas pocas generaciones podrían ser reparadas. El único proceso que está teniendo lugar en la década de los ochenta y que necesitará millones de años para ser corregido es la pérdida de la diversidad genética y de especies producida por la destrucción del hábitat natural. Con toda probabilidad, ésta es la locura que nunca nos perdonarán nuestros descendientes.”34
Y los ejemplos de choque temporal podrían multiplicarse: la capacidad de autodepuración de ríos, lagos y estuarios se ve desbordada por el rápido ritmo con que los colmamos de desechos, el proceso físico-químico-biológico de formación de suelo fértil es cientos de veces más lento que la destrucción del mismo por prácticas humanas inadecuadas... En todos estos casos asistimos a una tremenda colisión de tiempos.
26 WWF/ Adena: El ritmo de la vida. El factor tiempo en la naturaleza. Plaza y Janés, Barcelona 1999, p. 42.
27 Edgar Morin, Amor, poesía, sabiduría, Seix y Barral, Barcelona 2001, p. 25.
28 A primera vista, no se advierte ninguna pauta común en longevidades tan diferentes. Sin embargo, los fisiólogos del metabolismo han hecho un descubrimiento sorprendente. Todos los seres vivos se parecen en que a lo largo de su existencia consumen la misma cantidad de energía por gramo de peso corporal. El cisne, el petirrojo, el murciélago, el erizo o el ser humano gastan aproximadamente 2.500 kilojulios por gramo de peso a lo largo de toda su vida (de forma que un metabolismo más acelerado se traduce en una longevidad menor, y a la inversa, cuanta menos energía consume un organismo, más vive). Traduciendo el tiempo en unidades de energía metabólica, la longevidad de la mosca, el árbol, el ave o el hombre resultan sorprendentemente semejantes. (WWF/ Adena: El ritmo de la vida. El factor tiempo en la naturaleza. Plaza y Janés, Barcelona 1999, p. 34 y 48).
29 David S. Landes, Revolution in Time, Harvard University Press, Cambridge 1983, p. 15.
30 Pietro Barcellona, Posmodernidad y comunidad. El regreso de la vinculación social, Trotta, Madrid 1992, p. 23.
31 Véase por ejemplo Zygmunt Bauman, La globalización: consecuencias humanas, FCE, Buenos Aires 1998 (sobre todo el capítulo 1, “Tiempo y clase”); o Chesneaux, op. cit., p. 27 y ss.
32 United Nations (Economic and Social Council): “Global status of biological diversity” –Report of the Secretary-General, 14 de marzo de 2001. Informe elaborado por el PNUMA en preparación de la Cumbre Mundial sobre Desarrollo Sostenible en Durban (Suráfrica), septiembre de 2002.
33 Sarah Porter: “La biodiversidad en peligro”, Worldwatch 10 (edición española), Madrid 2000, p. 7.
34 Citado en el New York Times, 22 de noviembre de 1981, p. 8.
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