Tiempo para la vida - Los ciclos naturales de la luz

11 - Los ciclos naturales de la luz

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Monografía creado por Jorge Riechmann. Extraido de: http://www.rebelion.org/seccion.php?id=24
25 de Enero de 2006
“¿Por qué forzamos las cosas y en la oscuridad del invierno aceptamos las mismas horas de trabajo que en los claros días del verano? ¿Por qué no nos adaptamos al curso natural del tiempo? ¿Qué consecuencias tendrá que con frecuencia cada vez mayor intentemos salirnos de los antiquísimos ritmos naturales? Parece como si quisiéramos anularlos y hacer que todos los días tengan la misma duración, una duración excesiva. El medio de nuestra elección es precisamente aquel que nos marcan todos los ritmos: la luz. Por medio de la luz artificial de nuestros días apagamos el ciclo de la luz natural, aunque lo paguemos en energía, en salud y en bienestar. (...) Las horas de oscuridad total las reducimos a unas ocho. De todo ello resulta un día largo que incrementa nuestra actividad. No tenemos claro, sin embargo, si también incrementa la sensación de vitalidad o si más bien perjudica nuestra salud, pues este macroexperimento destinado a suprimir los ritmos de la naturaleza todavía es demasiado reciente: la ‘edad de la luz artificial’ apenas tiene la edad de una persona. ¿Sabemos si nuestro organismo resistirá a la larga estos ritmos reducidos? (...) La rotación de la Tierra es nuestro indicador del tiempo, ¿no será un error prescindir de su ritmo?”61

No hay manera de “hacer las paces con el planeta” sin revertir ambas tendencias: reintegrar los sistemas socioeconómicos humanos dentro de la “economía de la biosfera” exige tanto readaptarnos a los ciclos de la naturaleza como levantar el pie del acelerador. Pues ecologizar la economía quiere decir básicamente dos cosas: “cerrar los ciclos” y emplear energías renovables62. El “cerrar los ciclos”, imprescindible para lograr una producción industrial limpia, tiene una evidente relación con los tiempos cíclicos de la naturaleza; por otra parte, las energías renovables –que se renuevan conforme al ciclo solar anual—se manifiestan en forma dispersa tanto en el espacio como en el tiempo (lo que las diferencia de los combustibles fósiles y la energía nuclear, ya concentrados durante millones de años por procesos biológicos y geológicos)63. Aprovecharlas exige tanto disponer de adecuadas tecnologías de concentración, como organizar el tiempo industrial y social de otra forma menos apresurada y ávida.

El poeta y pensador italiano Pier Paolo Pasolini hablaba de los tiempos lentos del ser en relación con la cultura campesina de la Italia previa a la “mutación antropológica” de los años sesenta, con el salto neocapitalista hacia una civilización del consumo: “hablo de un mundo agrícola, con bosques y leñadores, la comida ‘sencilla’, la interpretación estética clásica, los tiempos lentos del ser, las costumbres repetidas hasta el infinito, las relaciones duraderas y absolutas, las despedidas desgarradoras, los pasmosos regresos a un mundo que no ha cambiado...” 64 Sin nostalgia “pasadista” ninguna, he de decir que no podemos concebir una sociedad sustentable que no se rija, en dimensiones muy importantes de su dinámica, por los tiempos lentos del ser. En definitiva, reintegrar los sistemas socioeconómicos humanos dentro de la “economía de la biosfera” requiere vivir más cíclicamente –lo cual incluye el respeto de un calendario que conserve todos sus colores, en lugar de derivar hacia una grisalla uniforme-- y vivir más despacio.65

Tiempo para poner en práctica el principio de precaución

La precaución tiene que ver con el tiempo: tiempo para pensar en lo que hacemos y evaluar las posibles consecuencias de nuestros actos. Tiempo para debatir a partir de información contrastada y de conocimientos sólidos. Tiempo para evaluar los riesgos. Un ritmo más pausado. Un grupo de científicos, en una carta publicada en la revista Nature, señalaban que “la claridad en las ideas es más importante que la eficacia, y la dirección de la investigación más importante que la velocidad que se le imprime.”66 Por desgracia, parece que tales ideas son muy minoritarias, en un contexto hipercompetitivo en el que --cada vez más-- la ciencia y la tecnología se ponen al servicio de los imperativos de valorización del capital. Para hacer visible la dinámica que mueve el desarrollo de la moderna biotecnología basta con visitar las páginas web de las empresas líderes del sector de las llamadas “ciencias de la vida”:

”Si quiere tener éxito, una compañía del sector de las ciencias de la vida ha de ser la primera en inventar y la primera en sacar al mercado un producto. Monsanto está marcando el paso en la creación de más ideas, mejor y más rápidamente. El éxito se define hoy en términos de creatividad y velocidad... El objetivo es sacar al mercado un torrente de productos únicos y valiosos antes de que lo haga la competencia. (...) El mantenimiento de una ventaja competitiva requiere un constante desarrollo de nuevos productos. Y han de ser lanzados simultáneamente --y poderosamente-- en múltiples mercados en todo el mundo. Cualquier posición que no sea de primera o segunda marca en el mercado constituye una oportunidad perdida”67 (las cursivas son nuestras).

El desfase entre los avances tecnocientíficos y la evolución de la sociedad se agranda. Ciertos analistas señalan que, a partir de la ruptura tecnológica de los años sesenta, el desarrollo de la biología molecular y la explosión de la informática ha hecho saltar en pedazos la estabilidad general del sistema ciencia-técnica, tornando cada vez más difícil su control por parte de poderes públicos democráticos68.

Como apuntábamos antes, se ha sugerido que la crisis ecológica es sobre todo un asunto de velocidad y de globalización. Un sistema se vuelve insostenible si (a) se acelera demasiado y no tiene tiempo de seleccionar las adaptaciones más viables; y (b) se globaliza demasiado, es decir, se vuelve incapaz de fracasar en algunas de sus partes sobreviviendo en otras, y se lo juega todo a una sola carta, por así decirlo69. Necesitamos tiempo para reaccionar ante nuestros propios actos: el principio de precaución, sin esta dimensión temporal, es sólo una expresión huera.

Una tecnociencia fetichizada, en rapidísimo desarrollo, pasa a percibirse como el auténtico sujeto de la historia, mientras que los seres humanos rebajados a objetos impotentes sufren el impacto de procesos que no controlan. Sin una ralentización del desarrollo tecnológico parece imposible que comunidades democráticas y reflexivas se reapropien de la tecnociencia –hoy, crecientemente, sierva del gran capital-- para reinsertarla dentro de un orden social propiamente humano.

Tiempo para el conocimiento y para la praxis

En el terreno del conocimiento, están sentadas las bases para una comprensión “holística” de los sistemas complejos que son vitales para un mínimo gobierno del devenir humano dentro de la biosfera: ecología, teoría general de sistemas, cosmología moderna, modelización informática (incluso de fenómenos tan complejos como el clima del planeta), psicología social... Pero necesitamos tiempo: tiempo, en este caso, para perfeccionar estos los modelos y teorías que emplean tales disciplinas, y sobre todo tiempo para cribar los datos esenciales de entre la ciclópea ganga de informaciones que acumulamos sin llegar a poder asimilarlas realmente; y tiempo para integrar los contextos de saber que permitan la decisión bien informada con vistas a la acción eficaz.

Tengamos en cuenta que los archivos, bibliotecas y bancos de datos sobre todas las cuestiones imaginables crecen de forma exponencial, ¡pero de forma simultánea de van volviendo inutilizables por falta de tiempo! La mejora en velocidad de procesamiento y en capacidad de almacenamiento de información se ve más que contrarrestada por las mejoras en la adquisición aún más rápida de información... que cada vez aprovechamos menos. Hace ya casi veinte años que Vartan Gregorian, el director de la Biblioteca Pública de Nueva York, se refería a este inquietante fenómeno:

"Toda la información disponible en el mundo se dobla cada cinco años. ¡Se dobla! Pero ocurre el siguiente fenómeno: a medida que la información crece hay un decrecimiento en el uso de esa información. En 1975, estudios realizados en Japón decían que sólo el 10% de la información que se produce es utilizada; el 90% se desperdicia. Actualmente se utiliza sólo el 1% o el 2%"70.

La relación entre tiempo y praxis humana es intrínseca, y de la mayor importancia. Tiene por lo menos dos aspectos relevantes: por un lado la praxis presupone capacidad de elección, para ejercer la cual se precisa un abanico de posibilidades. Para aprovechar estas posibilidades hace falta tiempo: el tiempo peculiar de la deliberación y de la decisión. La calidad de la decisión se halla estrechamente correlacionada con la calidad de la información (contar con toda la información relevante, pero no verse perturbado por una masa ingobernable de datos fútiles), y ésta con el tiempo. De nuevo, por consiguiente, constatamos la íntima vinculación de la cuestión democrática con el tiempo.

En segundo lugar tenemos el tiempo como kairós (noción que emplearon en filosofía Aristóteles y los estoicos): el presente del momento activo, la oportunidad histórica propicia que se presenta una vez y sólo una, y que por tanto importa máximamente saber identificar (para aprovecharla en la acción). Más recientemente, Walter Benjamin aprovechó esta noción para redefinir la Revolución como una irrupción “kairológica”71. En general, el tiempo en política es tiempo de kairós; pero también el cultivo de las relaciones interpersonales, y el desarrollo de una vida personal rica e indagadora, harían un uso amplio de esta idea, que en la vida cotidiana halla a menudo su formulación en una frase, “cada cosa tiene su momento” (o su tiempo), con la que intentamos calmar impaciencias extemporáneas. Como decía Julio Cortázar:

“Yo he tenido libros que me moría por leer, y he dejado pasar meses esperando el momento propicio. Puesto que el tiempo está lleno de casillas, no se puede violar una ordenación exterior a uno mismo pero que guarda una secreta correspondencia con el tiempo de dentro.”72

La prisa, el aislamiento y la sobreestimulación definen la condición humana en las urbes del mundo industrializado a lo largo de todo el siglo XX (y se exacerban en el último cuarto de siglo). Demasiados contenidos de conciencia, demasiado rápido, y cercenados de cualquier contexto dialógico. Así –desinformación por sobreinformación-- se desactivan los modos reflexivos de apropiación y construcción del mundo; así se socavan las condiciones de posibilidad de una conciencia crítica. Ahí, en ese plano cultural, debe comenzar nuestra resistencia. De ahí el profundo sentido político que encierran acciones que desde una mirada de izquierda tradicional parecerían puro teatro, como las luchas de la Confédération Paysanne francesa contra la fast-food corporeizada en los restaurantes McDonalds73.



61 Josef H. Reichholf en WWF/ Adena: El ritmo de la vida. El factor tiempo en la naturaleza. Plaza y Janés, Barcelona 1999, p. 12.

62 Lo he argumentado en varios lugares. Véase por ejemplo Jorge Riechmann, “Trabajo y medio ambiente en la era de la crisis ecológica”, capítulo 1 de Jorge Riecmann y Francisco Fernández Buey: Trabajar sin destruir. Trabajadores, sindicatos y ecología, HOAC, Madrid 1998, p. 19 y ss.

63 Véase Emilio Menéndez, Energías renovables, sustentabilidad y creación de empleo, Los Libros de la Catarata, Madrid 2001, capítulo 2.

64 Pier Paolo Pasolini, El caos. Contra el terror, Crítica, Barcelona 1981, p. 149.

65 Podríamos decir: reconstruir ecológicamente la sociedad industrial exige “ruralizarla”, al menos parcialmente.

66 J. Arsac y otros: “Towards a better control over science”, Nature, vol. 333, p. 390.

67 Página web de Monsanto, 2.12.97.

68 Ignacio Ramonet: “Necesidad de utopía”, Le Monde Diplomatique 31 (edición española), Madrid, mayo-junio de 1998, p. 1.

69 Ernest Garcia: "Notas sobre 'desarrollo sustentable' y propósito consciente", Ecología Política 10 (1995), p. 53-54.

70 Declaraciones de Vartan Gregorian, director de la Biblioteca Pública de Nueva York, citadas en El País, 22.11.84.

71 Neologismo que propone Giorgio Agamben escribiendo sobre Benjamin (Enfance et histoire, París 1989).

72 Julio Cortázar, Cartas 1937-1963 (edición de Aurora Bernárdez), Alfaguara, Buenos Aires 2000, p. 603.

73 George Ritzer desarrolló interesantes consideraciones sociológicas a partir de lo que podríamos llamar el “paradigma del restaurante de fast-food” en La McDonalización del mundo. Un análisis de la racionalización en la vida cotidiana, Ariel, Barcelona 1996.
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