Tiempo y narración en el marco del pensamiento postmetafísico - Hermenéutica y función simbólica
Por todo lo dicho anteriormente, se hace patente que la compresión y la explicación pueden encontrar una aproximación, distinta a la aporía, a través del análisis de los signos, los símbolos y los textos. Es decir, la comprensión queda pendiente de la interpretación hermenéutica. Se trata de una transformación fenomenológica que comienza Heidegger a partir del análisis del Dasein, y que prosigue Ricoeur, por la que los textos, en general, el mundo -el contenido noemático que la epojé fenomenológica ponía entre paréntesis- pasan a constituir el núcleo de la reflexión y del análisis.
Al intento de fundamentación última del conocimiento a través de la búsqueda de certeza en el sujeto, propia de la fenomenología, la hermenéutica respondería con el abandono de la pretensión cartesiana del fundamento último. La idea de un yo transcendental, origen del sentido, se debería a una alucinación cognoscitiva. El concepto de reflexión ha de entenderse como actividad interpretativa de los signos y los símbolos, afirmando que sólo por medio de ellos se abre el posible acceso al significado. La reflexión se encontraría, por ello, mediatizada por la interpretación de los símbolos y los signos, que lograrían hacer de puente entre la objetividad y la subjetividad, lograrían unir la subjetividad escindida. Por todo ello filosofía reflexiva y fenomenológica deben convertirse en hermenéutica19.
Ahora la identidad del yo queda pendiente de la interpretación de los signos, de los símbolos, del lenguaje, de los documentos culturales y prácticos en los que el yo se objetiva. La conciencia del yo es resultado de la interpretación, aparece al final de la actividad reflexiva y no en su inicio. Eso hace imposible el regreso de nociones hegelianas como la conciencia absoluta.
Por otro lado, es preciso indicar que en Ricoeur se da cierta "hermenéutica de la hermenéutica", al concebirla no como un subproducto de la conciencia transcendental que daría lugar a un hermenéutica cerrada, sistemática y definitiva, sino enraizada en los plexos de sentido que se encuentran en la misma trascendentalidad del lenguaje, en una concepción del mismo que le alejaría de la conciencia. El lenguaje no se relaciona con ideas, refiere a ellas, sino que encuentra en sí mismo una emergencia de sentido. La hermenéutica se aparta de la tentación de toda explicación definitiva o de toda conceptualización cerrada.
La función simbólica, en este contexto, vendría a constituir un transcendental que, por sus peculiares propiedades, por encontrarse ya inmanente al mundo a la vez que inmerso en el sujeto, dotaría de significación y de unidad a la interpretación que el individuo tiene sobre sí mismo y sobre el mundo, posibilitando la apertura de la misma hermenéutica. De este modo, Ricoeur distinguiría dos grandes estilos de interpretación: uno es el desmitificador, de la sospecha, característico de Marx, Nietzsche y Freud y el otro, remitificador, atento a la palabra que se encierra en el símbolo20. Es preciso ver la relación entre ambos, teniendo en cuenta que estos pueden ser tanto reveladores del yo como enmascaradores. Exigen una doble lectura: una que reduzca su sentido y otra que lo promueva. La hermenéutica que lleva consigo la función simbólica ha de conjugar estas dos vertientes, y ello sólo es posible desde una hermenéutica abierta, que garantice el modo propio de la función simbólica, abierta a nuevas emergencias de significado.
Otro aspecto importante a señalar en la hermenéutica ricoeuriana es el papel del texto, que cumple la función de mediación del pensar. La escritura se ofrece como mediación. El texto se hace mediación para cumplir la voluntad de verdad que lo anima21, pues el texto nos presenta un mundo susceptible de ser vivido. En el texto, más que restituir la intención del autor, podemos reconstruir ese mundo sobre el que actuamos. No se trata de tomar el texto como clausura de signos que guardan realidades ocultas tras las palabras pues, de ser así, se trasladaría la escisión de la conciencia al texto. Consiste el texto, más bien, en una interioridad que puede manifestarse –apunta a lo que no es texto– para dejar ver por medio de sí mismo lo que no es él mismo; es mediación. Esta idea, de resonancias heideggerianas, no es el resultado de una "interpretación trascendental" sino que apela a la acción individual del lector, en quien se refigura, de manera peculiar, el mundo al que apunta el texto.
El texto revela su sentido al ser interpretado, pero esa interpretación está aneja a la acción del sujeto en una interacción en la que ambos, lector y texto, intervienen. Sólo si represento el pensar ofrecido en el texto comprendo su sentido. Este es el contexto en el que se sitúa TN. El análisis de las narraciones históricas y del relato de ficción, puede revelarnos, en sus textos, la articulación de la temporalidad y de la identidad subjetiva. Se trata de una hermenéutica que entiende la comprensión con un carácter de articulación que posibilita el surgimiento del significado. Esa mímesis interpretativa tiene lugar en la lectura22.
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