Historia y ficción en la refiguración
Mientras que la historia lleva a cabo la mediación de la experiencia temporal gracias a los recursos que ya tratamos, los relatos de ficción lo hacen mediante variaciones imaginativas construidas precisamente sobre esa reinscripción del tiempo humano en el tiempo cósmico operada por la historia. Ahora debemos tratar cómo ambos realizan esa refiguración del tiempo, no de modo independiente, sino con la ayuda que el relato de ficción presta al histórico, y viceversa.
Ambos modos narrativos están precedidos por un mismo uso del relato en la vida cotidiana el cual forma parte de las mediaciones simbólicas de la acción, de modo que todo arte narrativo es una imitación del relato tal y como éste se produce ya en las transancciones del discurso ordinario.
Sin embargo, el origen común del relato histórico y de ficción, que ya se trató en el punto anterior, no basta. Es necesario proponer un criterio único de valoración que permita mostrar la equivalencia entre las operaciones configurantes que se llevan a cabo en ambos dominios. Ricoeur encuentra este criterio en una interpretación de la mimesis aristotélica.
La pregunta es de qué manera la experiencia ordinaria del tiempo es remodelada por el relato. La poiesis refigurativa del tiempo, y por tanto, de la identidad personal, solo se esclarece al confrontar las pretensiones de verdad de las dos formas en las que el tiempo histórico se refigura, el relato histórico y de ficción. La reinserción de la historia en la vida y en la acción, su capacidad de reconfigurar el tiempo, son inseparables. La cuestión de la verdad en la historia ha de ser tratada en relación con las pretensiones de verdad de la historia y la ficción y con referencia a la fusión de los horizontes del texto y el lector.
Ricoeur sostiene que la refiguración efectiva del tiempo humano se realiza por el "entrecruzamiento" de la historia con la ficción54, en virtud de la cual historia y ficción se sirven cada una de ellas de la intencionalidad de la otra para conseguir la refiguración del tiempo. La ficción ofrece aspectos que favorecen su historización, al tiempo que la historia recurre a cierta ficción en su propósito de reproducir el pasado: "el envolvimiento mutuo de los dos procedimientos de refiguración" del tiempo. Este "entrecruzamiento" es el que permite hablar de una parte del la "ficcionalización de la historia", que significaría el fenómeno de incorporación de lo imaginario de la intencionalidad del "haber sido" sin debilitar su intención "realista"55, y de la "historización de la ficción", que permitiría pensar que el "como si hubiera pasado" es esencial a la significación del relato ficticio, o dicho de otro modo, que toda narración imita en cierto modo el relato histórico56. Entre la historia y la ficción existe una referencia mutua. Lo que Ricoeur ha hecho es confrontar la pretendida realidad de las configuraciones históricas con la irrealidad de las creaciones ficticias, en busca de un paralelo, en la ficción, de lo que se entiende por realidad histórica, objeto principal de la refiguración narrativa del tiempo. De esta manera se logra la pretendida realidad de las construcciones históricas y de las ficticias. De este modo puede decirse del relato histórico y de ficción lo siguiente:
"Si nuestra tesis en relación al problema de la referencia en el orden de la ficción tiene alguna originalidad, es en la medida en que no separa la pretensión de verdad del relato de ficción de la del relato histórico, sino que se esfuerza en comprender la una en función de la otra"57.
De este "intercambio de sitio" entre historia y ficción procede el tiempo humano en el que se conjugan "la representación del pasado por la historia y las variaciones imaginativas de la ficción"58. El tiempo humano nace de este entrecruzamiento entre historia y ficción en su función refigurativa del tiempo.
En el encuentro del mundo ficticio con el mundo efectivo de la vida, él mismo mediado por estructuras simbólicas, se cumple la significación verdadera del relato de ficción. Esto se encuentra en la manera en que la historia y la ficción, conjuntamente, ofrecen a la aporética fenomenológica del tiempo la réplica positiva de una poética de la narratividad que se vertebra básicamente sobre la mediación operada por la lectura entre el mundo del texto y el mundo del lector.
La condición de posibilidad es el mundo del texto, como ya señalábamos anteriormente: "El mundo del texto es una trascendencia en la inmanencia del texto, un fuera intencionado por un dentro"59. Por ello, la confrontación debe acompañarse de una teoría de la lectura como lugar privilegiado de la interpretación entre un mundo imaginario y un mundo efectivo. No hay mimesis, es la respuesta de Ricoeur, redescripción del mundo de la acción o del tiempo, sin la recepción del texto por un lector, pues sólo por la apropiación del mundo del texto por parte de un lector las obras literarias nos enseñan a ver el mundo, iluminando la acción y la pasión a partir de como se nos aparecen en las imágenes de la ficción.
De esta manera, el carácter de la experiencia ficticia del tiempo debe quedar reforzado ya que, esas maneras temporales de habitar el mundo, se vuelven inconsistentes al no existir más que por el texto, pero por otra parte, constituyen esa transcendencia en la inmanecia. Por esta teoría de la lectura, el relato de ficción podrá hacer valer sus recursos propios en relación a la verdad, obligando a la reformulación radical del problema de la verdad por el poder que la obra tiene para iluminar y transformar el actuar humano. Esa iluminación goza del mismo estatuto revelador que tiene la metáfora y que se da también en el relato.
"El ver como [...] es el alma común a la metáfora y al relato. Metafórico se puede decir por igual de las ficciones narrativas, siempre que signifiquemos con ello sólo la acción de ver como [...], ejercida por las ficciones narrativas en el ámbito de la acción y la pasión efectivas"60.
La metáfora y el relato en la refiguración
Llegamos, así al núcleo semántico que posibilita la refiguración que llevan a cabo la historia y el relato de ficción. Ambos poseen ese poder gracias al carácter común de la metáfora y el relato. Así lo dice Ricoeur:
"El acto configurador de la intriga se convierte así en el simétrico que yo he llamado la "extraña" predicación de la operación metafórica. (...) En el prefacio de TR I las reflexiones sobre la metáfora y el relato están estrechamente ligadas en la medida en que se conducen a la innovación de los modos de expresión hablada en grandes unidades de discurso. En los dos casos, la innovación, la producción de un sentido nuevo está ligada a operaciones de síntesis que crean nuevos discursos. (...). No conocemos más que una producción según las reglas, que, en el caso de la metáfora, son reglas extraídas de la lógica semántica, y en el caso del relato, son reglas que rigen la lógica de las transformaciones"61.
Esto se encuentra en La Metáfora viva y TN ambas obras "gemelas y concebidas al mismo tiempo"62, que tratan de las formas del elemento discursivo mismo. La metáfora, según defiende Ricoeur en La metáfora viva, produce sentido. Junto con el relato como género literario, comparte la función de actuar como figuras y géneros que tienen en común el ser fenómenos de "innovación semántica" por los cuales, como se verá más claramente después, puede ser pensada la continuidad del tiempo63.
Metáfora y relato están conectados posibilitando la experiencia de la continuidad-discontinuidad del tiempo. La metáfora concebida como "esquema" intermediario entre lo sensible y lo inteligible, es también la figura que hace posible experimentar sin contradicción lo que Husserl, Heidegger, Aristóteles, Agustín, pensaron contradicctoriamente. El relato, como género discursivo donde se "refigura" la temporalidad como continuidad, se convierte en una especie de metáfora continua, discursiva, como configuración del discurrir, siendo así una metáfora del tiempo64, de los tres éxtasis, que posibilita su unificación. El relato es como una "puesta en intriga' donde se promueve la intersección de los discursos de las tramas que dejan descubrir todo tipo de conflictos e incoherencias. No consiste en una mediación perfecta, sino en una mediación fragmentaria porque apela a la acción de un lector que es a la vez espectador y actor, que no logra totalmente el desenlace de todas las tramas. Para ello además ha de representarlas, ha de encontrarse con el mundo del texto.
Metáfora y mímesis
Considerando la definición de metáfora que nos proporciona Aristóteles, podemos profundizar el sentido que Ricoeur le da: "metaforà d'éstín ónómatos állotríou épífora"65. La definición de "tropo" alude un "traslado" de un lugar a otro, lo cual no supone necesariamente la pérdida de un propiedad "semántica": también puede entenderse que la es metáfora un enunciado que se convierte en un mecanismo del lenguaje para hacer emerger nuevas significaciones, lo cual supondría conferirle un poder heurístico66. Ricoeur señala un pasaje de la Retórica de Aristóteles que nos dice que la metáfora "pone ante los ojos", es decir "pinta", hace ver, muestra las cosas inanimadas como animadas. Pero para Aristóteles esto es "significar las cosas en acto" (Retórica III, 1411 b), porque "el acto es el movimiento" (ibíd, 1412 b)67.
Para Ricoeur la metáfora es el acercamiento entre dos campos semánticos separados según algún aspecto análogo aunque remoto, que crea un nuevo sentido. La metáfora apunta a una tensión entre lo literal y lo figurado que se condensa en la expresión ser como que significa ser y no ser. Es lo mismo que ocurre en la discontinuidad del tiempo, se da una irreductibilidad de los tres momentos. Sin embargo, la paradoja inscrita en toda metáfora puede dar sentido al sin sentido del tiempo. Es también, la metáfora un modo discursivo para la "redescripción" de "otras parcelas" de lo real. Pensar no es poetizar pero el pensamiento especulativo puede utilizar los recursos metafóricos del lenguaje para innovar semánticamente y decir un aspecto nuevo de lo real68.
El enunciado metafórico, por tanto, no sólo pertenece al poema que, no estando sometido a las aporías del pensar, puede permanecer abierto a la comprensión. El discurso metafórico no es el único modo de decir, pero sí el más adecuado a la problemática del tiempo. Lo que la metáfora ofrece al pensar reflexivo es ese captar "lo mismo" en la discontinuidad. Se comprende la importancia de este recurso en la unificación de los tres éxtasis del tiempo, con el fin de no caer en la univocidad, en la inarticulación, en la inefabilidad, ni en la diseminación del discurso. Esto, como ya hemos enunciado anteriormente, también va a dar respuesta al sujeto y a la identificación de su acción y retrotrae al discurso abierto entre la historia y la ficción.
Si la ficción es la que nos abre la posibilidad de experiencia, en este caso de la experiencia temporal, entonces nos encontramos siempre en el terreno de la ficción o de la fábula. Si el medio para dar unidad es la retórica, entonces sólo es posible producir simulacros, representaciones, es decir, ficciones, fábulas. El conocimiento es imitación y la única diferencia entre ambos es, según lo que escribió Nietzsche69, que la inspiración se sumerge libremente en el vértigo del traslado mientras que el conocimiento intenta fijar la impresión sin metáforas, sufriendo así un proceso de petrificación: queda apresada y estampada y conservada en forma de concepto. No existe expresividad sin metáfora70.
El relato y la mímesis
Hemos dicho que Ricoeur establece la propuesta de que tanto la historia como la narración ficticia obedecen a una única operación configurante que dota a ambas de inteligibilidad y establece entre ellas cierto parecido, lejos de las diferencias que puedan disociarlas. La operación que obra dicho acercamiento es la intriga por medio de la cual los acontecimientos concretos, diseminados y diversos, adquieren categoría de historia o narración. La intriga confiere unidad e inteligibilidad por medio de la "síntesis de lo heterogéneo". Nada puede ser considerado como acontecimiento si no es susceptible de "ser puesto en intriga" de ser integrado en una historia. Esto es lo que trataremos a continuación.
La teoría narrativa de Ricoeur se inspira en la Poética de Aristóteles e incluso Ricoeur dice haber aprendido la correspondencia entre relato y tiempo "en el cara a cara entre la teoría agustianiana del tiempo y la teoría aristotélica de la intriga"71. Considerando la "mímesis" que se menciona en la poética como "hilo conductor", y la puesta en escena como "concepción central" de la poética –como historia imaginada– Ricoeur toma los elementos para hacer comprensible la relación existente entre vida y relato. Es un recurso la Poética, por tanto, para la composición no del poema sino de la propia vida.
Ricoeur traduce mythos por "puesta en intriga", como modelo en la comprensión de la narratividad y temporalidad de la existencia humana, y confrontando este modelo, como vimos, con las modernas composiciones de la novela y de la historia, relacionándolo con la concepción griega de la tragedia (cfr. TN II).
Tras una investigación prolija, que aquí no pretendemos detallar, Ricoeur concluye en que la intriga es un entramado, del mismo modo que el poema trágico es intriga porque siendo una historia narrada, no se reduce a ella, sino que se produce por la mímesis hecha "no por medio de un relato" sino "mediante personajes en acción"72, porque la tragedia es la mímesis de una acción. Según esta interpretación, la tragedia es la estructuración de un género pero además es la articulación por la que se teje la trama. Es aquí donde aparece el aspecto de renovación semántica y de síntesis de lo heterogéneo. Estos son los dos puntos de los que vamos a hablar.
En la relación aristotélica entre mythos y mimesis se destaca el poder de la ficción ligado al de redescripción, de modo que la función literal, como dijimos anteriormente de la metáfora, ha sucumbir para que la heurística, la de producción de sentido, cumpla su función73.
Este carácter heurístico es el que salva a la mímesis de la repetición idéntica y le confiere la capacidad de crear sentidos. En la reconstrucción narrativa se da una redescripción, de modo que la función literal del texto se subsume bajo el descubrimiento de rasgos inéditos. Se da así una originalidad de sentido propia del mito. De hecho, en los tres sentidos del término mimesis que señala Ricoeur se perfila este aspecto de recreación: el primer sentido implica encontrar la precomprensión del orden de la acción, la segunda el acceso al reino de la ficción y por último la mímesis como nueva configuración mediante la ficción del orden precomprensivo de la acción. Esto significa que la mímesis no imita la acción sino que la recrea. Por eso "la intriga es el ámbito creador del relato"74.
Ricoeur destaca el poder de la ficción como poder de redescripción que inventa y descubre la acción de modo fingido "en la medida en que la intriga es fingida, tiene el poder de reconfigurar la acción"75. Una vez más se detecta el paralelismo de funciones del relato y la metáfora, ya que esto mismo señalábamos al hablar de la función metafórica.
Por otra parte, y entramos en el segundo aspecto, en el de la síntesis de lo heterogéneo, en virtud de una composición poética algo vale como comienzo, medio o fin, por eso en la intriga se da una perspectiva temporal única, que es el tiempo que pone la acción76. Así llegamos a esclarecer la aporética de la temporalidad porque surge frente a la escisión del tiempo cosmológico y tiempo humano, un tiempo de la acción del relato que es una temporalidad narrativa que consta de comienzo, nudo y desenlace, unidos y encadenados por la puesta en intriga. Es un tiempo interactivo que reúne los tres éxtasis y unifica el tiempo objetivo y el subjetivo. De este modo componer la intriga será hacer surgir lo universal de lo singular77.
La intriga como síntesis de lo heterogéneo muestra la historia relatada, presentando un aspecto temporal que no se reduce a la sucesión de incidentes sino que se caracteriza por la integración, culminación y conclusión. Ricoeur dice: "componer una historia es, desde el punto de vista temporal, extraer una configuración de una sucesión"78.
Así, la puesta en intriga es una síntesis de lo heterogéneo que extrae del mosaico de acontecimientos un relato unificado. Combina todos los factores de la acción, configura una sucesión temporal del discurrir de los acontecimientos y deduce una configuración temporal de una sucesión de acontecimiento discontinuos.
Quizás sea ilustrativo señalar, en esta parte final de la exposición, de qué modo esta síntesis de lo heterogéneo trata de ser una alternativa a las aporías que planteábamos en la introducción a propósito del pensamiento posthegeliano. En el capítulo "Renunciar a Hegel"79 se indica que la idea de una mediación total no agota el campo del pensar y sostiene que existe "otra vía, la de la mediación abierta, inacabada, imperfecta, que es la que posibilita el relato como historia que reúne presente, pasado y futuro, incluyendo así el carácter abierto de la posibilidad. En este sentido dice Ricoeur: "hay que reencontrar la dialéctica del pasado y del futuro y su intercambio en el presente"80 lo cual significa la posibilidad de tener noticia unificada de lo que está fuera de sí, como son los tres momentos temporales. El tiempo subjetivo se vive de muy distintas maneras y eso mismo es lo que imita la intriga, que se esfuerza por pensar la unidad plural de la temporalidad designando la continuidad de la diferencia entre pasado y futuro para un presente contingente y abierto.