La noción dantesca de la condena del otro en el período humanista que antecede al renacimiento italiano, nos permite observar al hombre que al juzgarse a sí mismo juzga también a la humanidad. Porque la Divina Comedia representa el catálogo más completo, fiel reflejo de aquel presente convulsionado por las luchas intestinas, catálogo que transparenta odios, desencuentros, maldad, mutilación y abandono.
Precisamente, en los representantes de la generación denominada Humanista, de aquellos que mediante un elaborado planteamiento crítico anunciaron la corriente renacentista, se gesta el movimiento de rebelión contra las formas medievales dominantes. Y esta necesidad de renovación, de cambio profundo, tuvo al hombre como eje rector. En la conceptualización de Boccacio dada a través del Decamerón se puede observar a un individuo nuevo que -muchas veces exagerando posturas y censurando con vehemencia a la Iglesia, dueña de conciencias y severo juez moral del universo-, se ofrece como un modelo de acción y reclama su propia libertad.
El mecanismo de control de la Iglesia institución había funcionado durante siglos y fueron, curiosamente, hombres de iglesia quienes dieron su grito de rebeldía: Petrarca, Boccacio, y el propio Dante el cual desde su condición laica arremete contra la corrupción imperante y no se detiene ante nada cuando debe someter a juicio a esa humanidad decadente.
Por ello, la Divina comedia resultó concebida como un magno recorrido por el universo escatológico en donde el personaje por excelencia -el propio Dante Alighieri-, busca desesperadamente su propia redención, que es a modo de la redención de la humanidad entera, la cual necesita del perdón trascendente de la historia, más que el perdón momentáneo e hipócritamente conciliador del ministro en turno.
La Comedia -como la denominó originalmente el autor-, es la epopeya del hombre, es, en esencia, un reflejo de la antropología medieval que comenzaba a cambiar radicalmente. Al mismo tiempo representa una extraña simbiosis entre el pensamiento cristiano imperante y el pensamiento antiguo.
Como uno de los objetivos del presente ensayo consiste en documentar mediante la magia del texto las afirmaciones teóricas aquí sustentadas, nos permitiremos determinados paréntesis en el devenir conceptual del trabajo para intercalar citas de las obras incluidas y análisis comparativo de las mismas que autorizará determinadas conclusiones.
A estos efectos, en la Divina Comedia y específicamente en el recorrido infernal, se ofrecen verdaderos retratos de época al mismo tiempo que el narrador testigo distribuye culpas y castigos de acuerdo con un esquema individual y severo. En el momento en que llegan a la puerta del infierno y después de leer la pavorosa inscripción, Dante presenta a un curioso conjunto de transgresores del orden imperante que si bien no han cometido un pecado grande, sí se integran al odioso núcleo de aquellos que nada bueno hicieron: son los indiferentes.
Virgilio le explica que tal suerte está reservada a quienes vivieron sin merecer alabanzas ni vituperio y que aparecen confundidos con el coro odioso de los ángeles que no se atrevieron a apoyar a Dios en el momento de la rebelión de Lucifer.
Los indiferentes constituyen una modalidad particular de pecadores, los cuales fueron primordialmente censurados en el marco de la obra aquí comentada. Las palabras del maestro latino se encargan de agregar también que la mayor desesperación de estos condenados, consiste en que ya no podrán volver a morir y que en el mundo no se conserva ningún recuerdo de ellos. Son desdeñados por la misericordia y la justicia divina. Concluye Virgilio con la famosa expresión: "Non ragioniam di lor, ma guarda e passa".2
Es éste el peor castigo reservado para los indiferentes y que resulta presentado en términos del maestro. A aquellos que no quisieron comprometerse en la vida, tampoco se les considerará en términos de compromiso en la muerte.
A los indiferentes hay que tratarlos con indiferencia, no se les debe permitir que su nombre permanezca más allá de la muerte, por el contrario, deben morir dos veces, deben desaparecer física y espiritualmente de la tierra, su máximo castigo consistirá en no ser recordados por quienes los conocieron.
De esta manera se expresa la justicia divina, mediante un severo contraste entre la vida y la muerte, entre la tierra y el infierno; en la vida no se comprometieron con nada ni nadie; en la muerte quisieran abrazar una causa, por obscura que fuera, pero esto no les es permitido.
Por ello, observamos inmediatamente una bandera que, ondeando, es perseguida por una multitud. Cada uno de los integrantes de esa muchedumbre, quisiera alcanzar y hacer suya esa bandera; pero no lo conseguirán jamás, seguirán corriendo por toda una eternidad sin lograr sus deseos. Se cumple así la relación culpa-castigo ya señalada.
Corresponde también que hagamos referencia a la actitud que adopta el narrador personaje cuando se enfrenta no ya con la multitud de indiferentes, sino con un personaje en particular.
En relación con este aspecto, ya sabemos, por las palabras de Virgilio, que no está permitido nombrar a ninguno de ellos; el hecho de hacerlo significaría sacarlos, al menos por un instante, de la indiferencia en que viven, sería para los condenados una suerte de premio y el carácter implacable del reino infernal, no permite tal cosa.
Por ello Dante alude a este individuo de manera eufemística3 y dice: "Vidi e conobbi l'ombra di colui/ che fece per viltate il gran rifiuto."4
Según nota a pie de página del texto consultado de la editorial Sonzogno, se trataría del papa Celestino V, quien abdicó al papado; la expresión italiana "rifiuto" es sinónima de "abdicazione".
De acuerdo con otras opiniones al respecto, podría hacerse referencia a Esaú -personaje bíblico-, que renunció a su derecho de primogenitura; según otros, Diocleciano, que abdicó al imperio; y por último están quienes sostienen que se trataría de Poncio Pilatos.
Sea uno u otro personaje quien estaba en la mente del poeta al crear este pasaje, lo que realmente importa es el sentido del castigo que se persigue al adoptar esta forma de planteamiento; el ejercicio de la crítica obliga, de alguna manera, a investigar los verdaderos términos de referencia con todas las conclusiones a las que se puedan arribar, y precisamente esto es lo que nos lleva al encuentro del valor fermentario y motivacional de la obra de arte.
Se deduce del ejemplo analizado que en el planteamiento humanista de la Florencia medieval, el hombre es concebido como un ser comprometido y todo lo que lo aparte de este esquema revierte en su propio mal. Resulta así un reflejo universal que nos obliga a sostener que el ser humano sólo adquiere conciencia de tal en la medida en que se entregue, íntegra y completamente, al ejercicio de una causa.