2 - Goethe. Fausto

Monografía creado por Luis Quintana Tejera. Extraido de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero23/hombre.html
17 de Septiembre de 2006

El mito fáustico que abarca un extenso recorrido legendario, desde Widmann y Marlowe pasando por Goethe y arribando en el siglo XX a Thomas Mann -sólo por mencionar algunos de los múltiples planteamientos en torno al acendrado valor inter textual de este tema-, ha representado el ideal de búsqueda personal que se vuelve colectivo gracias al trabajo del símbolo y ha planteado también un paradigma antropológico en donde hunden sus raíces los complicados enfoques que nos muestran a un hombre entregado a la búsqueda científica insaciable, al mismo tiempo que halla en el camino engañosamente metafísico de la magia una respuesta aleatoria, momentánea y fugaz.

En el marco de la tragedia Fausto del escritor alemán Wolfgang Goethe5, los largos años de vida dedicados por el Dr. Fausto al estudio de las ciencias, llegaron a demostrarle la inutilidad de un saber positivo que se mueve con un tráfico inútil de palabras. El hombre termina por sentirse realmente desvalido ante este problema, porque cuando desea establecer un acercamiento con los otros seres humanos no le es posible. Se ve obligado a recurrir a la palabra y ésta resulta inapropiada, limitada, estéril.

El problema de la transmisión del conocimiento es lo que preocupa al científico. Por eso en el primer monólogo de la tragedia, el personaje se siente desilusionado y escéptico en lo que se refiere a su contacto de años con la ciencia.

Y si bien no lo dice expresamente, se puede leer entre líneas la profunda desazón que se apodera de él cuando comprende que su verdadero mensaje no ha llegado realmente a nadie. Sólo ha conseguido, en sus largas temporadas como maestro, formar alumnos engreídos y arrogantes como es el caso de Wagner. Discípulos incapaces de llegar al máximo conocimiento, el de la propia ignorancia, y que se acercan a él para pedirle la fórmula del saber definitivo y total. Estos estudiantes han recibido un mensaje parcializado y han caído en el viejo pecado de considerarse semejantes a los misterios que analizan, por el solo hecho de haberse asomado a ellos.

Todo lo dicho encierra la idea del fracaso de este anciano doctor y conlleva la noción de una palabra avara, de una palabra que pretendió encerrar un concepto, pero que jamás lo consiguió dada la naturaleza escurridiza del mismo.

Precisamente, en medio de este escepticismo, el doctor Fausto decide abandonar el estudio de las ciencias y se entrega a la magia. La nueva experiencia lo conducirá también a la desazón, pero de una forma distinta. Cuando Fausto abre el libro de Nostradamus y ve el signo del macrocosmos, todo aparece muy claro ante él.

Entregado de lleno al problema del conocimiento, y después de haber vivido la angustia de un saber inoperante, cree encontrar, en una manifestación ajena a la ciencia, todo aquello que la misma ciencia le había negado. Nuevamente la palabra cumple un papel primordial, porque mediante ella el hombre puede conjurar las fuerzas de la naturaleza. En términos mágicos, nombrar al objeto significa entrar en posesión de él. En el ámbito de un saber teórico, nombrar al objeto implica tan sólo comenzar a plantearse el problema, intentar un acercamiento paulatino al mismo. En la magia, la palabra permite crear al objeto.

Pero todo resulta igualmente efímero, porque si bien, mediante la palabra, Fausto puede llegar a la contemplación directa de todos los misterios, puede sentirse actor en el drama del universo, esto sucede tan sólo por escasos momentos. El personaje comprenderá que no puede retener aquello que la magia le ha permitido contemplar cara a cara.

Y es así que ese inmenso espectáculo resulta un efímero momento, un espejismo que el anciano doctor quisiera conservar en lo más profundo de su ser. La palabra lo ha llevado ante el universo infinito. Lo ha dejado solo permitiéndole que se creyera actor, y finalmente lo abisma en la sima terrible que deviene del hecho de descubrirse como un simple espectador.

Fausto vive la experiencia mágica, se vanagloria y lleno de orgullo se cree semejante a un dios. Pretende explicarse con palabras el misterio infinito que está presenciando, pero esto -él bien lo sabe-, no es posible.

Complementariamente con lo anterior, cuando Fausto regresa de un paseo por la ciudad y se recluye nuevamente en su gabinete de estudio, un perro de lanas lo ha seguido hasta allí. Con esa peculiar compañía, decide traducir el evangelio según san Juan.

El personaje se siente muy bien a pesar de los duros momentos por los que ha tenido que pasar. Resurge en él el amor a los hombres y se acerca a la palabra de Dios que le será revelada mediante la lectura del evangelio mencionado.

Toma el original griego y decide traducir aquellos conceptos iniciales: "En el principio era el verbo..." Dicha traducción revestirá el carácter de un análisis. Fausto se detiene, no encuentra las palabras precisas.

Sobre todo le preocupa el alcance semántico del vocablo "verbo". Instrumenta tres modos de interpretación de este término: primero dice que el verbo era el espíritu; pero el espíritu sólo anida en el hombre y se expresa mediante la palabra. He aquí una de las formas más comunes de traducción del término latino "verbo", es el equivalente al "logos" griego. Sabemos que traducir cualquiera de estos dos términos por "palabra", no sólo resulta impropio, sino que además es absolutamente insuficiente. El mismo Fausto lo entiende así y por eso rechaza esta primera alternativa. En forma inmediata sustituye la palabra por la fuerza y finalmente, cambia por la acción.

Insistimos en el rechazo de la palabra como elemento válido dentro de la conceptualización teológica del evangelio mencionado. Justamente en el terreno de la teología, la palabra es lo más inútil, porque se trataría, por una parte, de conformar, al plano de la sucesión temporal del discurso, hechos producidos en forma atemporal; y por otra, de reducir a simples términos gramaticales la complejidad de un problema no sólo fuera del ámbito lingüístico, sino también de la experiencia humana.

Goethe ha recreado a través de su Fausto el modelo perenne de la búsqueda insaciable, búsqueda que arraiga en un intenso compromiso -que desdeña a los apáticos y fríos repudiados por Dante-, por alcanzar el conocimiento a pesar del agudo escepticismo, a través del cual se nos grita que es imposible atrapar aquello que la palabra no representa ni sostiene.

1 opinión

tipos de reflejo

me parese un mal concepto

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Monografía de Luis Quintana Tejera. Extraido de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero23/hombre.html CopyLeft
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