Tipos y modelos dominantes en el proceso creador de la humanidad. En busca de una antropología literaria. Enfoques y perspectivas - Jorge Luis Borges. El Aleph
10 - Jorge Luis Borges. El Aleph
En fin, el modelo del eterno retorno ya ubicado y perfilado en los diferentes autores hasta aquí analizados, modelo en donde las cosas que ahora son irremediablemente volverán a repetirse, envuelve al hombre y lo obliga a auto pensarse a cada instante. Es Borges reinventando desde la perspectiva del otro, volviendo a empezar sin fin, es Asterión jugando a vivir como si en verdad hubiera otro igual a él. De esta manera, y enfrentados a la producción del escritor argentino pretendemos valorar algunos aspectos que entendemos de una profunda universalidad en la obra del sudamericano, al mismo tiempo que nos autoriza a evaluar constantes en el acto interpretativo que tiene como eje al individuo humano. Por esto, nos permitimos centrar nuestra atención crítica en la obra de Jorge Luis Borges y en tres cuentos del libro El Aleph, que representan motivaciones intencionales o no, pero que conllevan la interpretación de un universo conflictivo y tenaz. Me refiero a los relatos: “El muerto”, “La casa de Asterión” y “El Aleph”.
Adelantamos desde ya que en los personajes aludidos observamos el problema de los grandes misterios -la muerte, la búsqueda, la ignorancia profunda-, a los cuales se enfrenta el hombre y lo hace ya sea en un marco de desesperada ambición (Benjamín Otálora), en un entorno de asombro filosófico ante la realidad (Asterión), o de búsqueda comprometida con los ideales del conocimiento (Borges personaje).
En los tres cuentos la muerte expresa su verdad tanto sea en el desaforado destino de Benjamín Otálora (“El muerto”), que no puede o no quiere ver que ese vértigo de poder al cual se entrega sólo le traerá como respuesta el infinito abismo que sus enemigos le preparan; como también en “La casa de Asterión” en donde, esa espera desesperada de la liberación personal conduce al personaje no sólo a la pérdida de la razón, sino también a una profunda necesidad dialéctica por explicar el cosmos en el que habita; de parecida forma en “El Aleph” Borges protagonista se enfrenta a un sublime misterio el cual termina sepultado, muerto, por las ruinas de la casa de los Daneri.
Pero, por si fueran pocos los elementos de la triple comparación anterior, es posible que nos detengamos también en la observación del tríptico misteriosamente metafísico en el que tiran sus anclas los tres personajes. ¿Por qué? En primer lugar, porque Benjamín Otálora tiene como objetivo casi único la posesión de todo aquello que diera fundamento a la gloria presente de su jefe:
Entra después en el destino de Benjamín Otálora un colorado cabos negros que trae del sur Azevedo Bandeira y que luce apero chapeado y carona con bordes de piel de tigre. Ese caballo liberal es un símbolo de la autoridad del patrón y por eso lo codicia el muchacho, que llega también a desear, con deseo rencoroso, a la mujer de pelo resplandeciente. La mujer, el apero y el colorado son atributos o adjetivos de un hombre que él aspira a destruir.25
Las empresas humanas pueden muy bien abarcar la osadía de quien las pretende realizar. Pero, cuando esa osadía cae en la exageración inconsciente, se vuelve un auténtico peligro para aquel que desea instrumentarla. Benjamín Otálora no es consciente de los riesgos y al igual que Asterión y al igual que Jorge Luis Borges participa de una experiencia apriorística que él pensaba que devendría en éxito total. No fue así. Asterión se halla enfrentado también a una existencia llena de conflictos y no entiende, aunque quisiera hacerlo, que todo lo que pasa en su mundo laberíntico está ordenado por una fuerza superior a él que lo condena antes de permitirle al menos la opción de redimirse a sí mismo. Asterión marcha ciego hacia su destino mientras que le aguarda Teseo para, mediante la muerte, curarlo de la enfermedad de la vida. Jorge Luis Borges personaje desea ser redimido de la grave enfermedad de la ignorancia que tanto atormentara las noches fáusticas del mito goetheano. Pero, tampoco podrá ser posible, porque si bien la contemplación de aquella esfera sublime y misteriosa que es el Aleph lo aproxima al mundo de lo insólito, lo despoja momentáneamente de su patética ignorancia, lo obliga a sentirse poco más que un hombre, pero no le resuelve la esencia del problema. No le permite al igual que el libro de Nostradamus no se lo autorizó a Fausto, no le permite conocer lo absoluto. He aquí entonces, el grave drama de la existencia limitada del ser humano.
A la luz de estas reflexiones podemos detenernos también en la valoración crítica de los antagonistas actuantes en los tres relatos. Benjamín Otálora tiene frente a sí la figura de Azevedo Bandeira. A Asterión lo aguarda Teseo al final de su camino. Jorge Luis Borges matiza sus reflexiones en el enfrentamiento con el dogmático e iluso Argentino Daneri. ¿Acaso en nuestras propias existencias no se perfilan las figuras de tantos Wagner, de insólitos Virgilios que en lugar de guiarnos nos confunden; de tantos Títiros y Melibeos que desearían hallar por fin las imágenes sublimes de sus Galateas pasadas y de sus presentes Amarilis?
Quizás por esto o, probablemente por muchas otras razones, los seres humanos vivimos aferrados a sutiles quimeras. Azevedo Bandeira -el primer antagonista de nuestro análisis-, no permite que Benjamín Otálora se salga con la suya. Lo derriba en pleno vuelo y lo sepulta para siempre probándole así que la verdadera fuerza de un hombre no radica en lo que demuestra externamente, sino en lo que esconde y domina con amplio y certero conocimiento.
Teseo, el mítico personaje intertextual de las reflexiones borgesianas, viene a salvar a Asterión. El propio Teseo se siente impresionado porque el minotauro apenas se defendió -así se lo dice a Ariadna-, y él ha cumplido con una función al mismo tiempo terrible y sublime. Ha matado para permitir que el espíritu de Asterión se liberara para siempre y accediera a otras esferas en donde -ahora sí, por suerte-, le fuera dado ver y entender.
Carlos Argentino Daneri le ha mostrado al escéptico Borges el camino del sótano, el camino del Aleph. Borges lo ha visto todo, pero no ha querido compartirlo con su Teseo; ha optado por sepultar en la serenidad de su conciencia los contenidos magníficos de la ciencia sublime. Ha permitido que su Azevedo Bandeira lo hiriera de muerte, pero se ha reservado la opción de fenecer como él, sólo él, lo quiere.
Hasta aquí he incluido algunas reflexiones que espero definan en parte el estilo borgesiano. Su magnífica erudición nos conduce tanto sea por los terrenos del gaucho y su idiosincrasia, como también por los míticos referentes antiguos, griegos concretamente; para descender a la tierra de la ciencia insólita, al dominio impostergable del espíritu que triunfa sobre la materia. Éstos son los referentes de “El muerto” en medio de un espacio indómito que reta a cada instante al hombre para que lo reduzca. Ésta es la magia del laberinto espacial en el que vive y se atormenta Asterión. En fin, es también la imponderable verdad que el Aleph nos arroja desde las ruinas de los Daneri.
¿Qué sucede con el narrador de estos cuentos escogidos por mí para el presente ensayo? En los dos últimos relatos mencionados domina la voz de un focalizador interno fijo indiscutible. La única diferencia estriba en que en el primero de ellos es Asterión quien representa a la conciencia atormentada, y en el segundo es el propio Borges quien aparece en acción y cuenta algo que increíblemente le aconteció. Ahora bien, en el caso de “El muerto”, todo parece conducirnos al encuentro de un focalizador cero, de una voz omnisciente que narra los hechos, de una tercera persona que se complace en contar lo que quiere y no más de estos curiosos acontecimientos. Pero, siempre hay un enorme PERO en todos los contextos borgesianos sean propios o sean críticos, nos permitimos señalar un momento en que irrumpe con toda su fuerza la voz autodiegética y desplaza de un solo golpe a la voz heterodiegética. Dice así:
Empieza entonces para Otálora una vida distinta, una vida de vastos amaneceres y de jornada que tiene el olor del caballo. Esa vida es nueva para él, y a veces atroz, pero ya está en su sangre, porque lo mismo que los hombres de otras naciones veneran y presienten el mar, así nosotros (también el hombre que entreteje estos símbolos) ansiamos la llanura inagotable que resuena bajo los cascos.26
La afirmación más importante aparece entre paréntesis. Allí en el mínimo espacio que queda entre ambos signos el narrador expresa su honda verdad y se compromete con el protagonista. No podemos menos que recordar aquella voz heterodiegética también del Poema de Mío Cid, cuando al amanecer de una gloriosa batalla que se prepara en la que triunfaría Rodrigo Díaz, grita a voz en cuello “¡Dios, qué hermoso apuntaba!”, comprometiendo también su juicio personal en el que Dios desde lo alto enviaba un infinito amanecer para aplaudir desde su grandeza los éxitos del castellano.
Además descubrimos una curiosa alteración en lo tocante a la voz del narrador en “La casa de Asterión” cuando después de haber escuchado durante el noventa nueve por ciento del relato la voz del hijo de Pasifae, y con posterioridad a su muerte, otra voz sostiene: “El sol de la mañana reverberó en la espada de bronce, ya no quedaba ni un vestigio de sangre”27. No es ni Asterión, ni Teseo, ni Ariadna; se trata ciertamente del omnisciente relator que había permanecido callado hasta este momento.
En otro orden de cosas, el movimiento lúdico y la ironía se advierten en los tres cuentos. En el primero, Azevedo Bandeira juega sutilmente con Otálora, aunque bien, si hubiera querido, lo habría detenido desde el principio. La ironía corresponde a ese movimiento casi fatalista en el que un hombre cree que ha conseguido todo lo que buscaba cuando en realidad sólo se ha ido entregando poco a poco en los brazos de su destino.
En el segundo, Asterión ensaya esos movimientos lúdicos cuando juega a creer que es otro Asterión y le muestra la casa. Además corre por las enormes galerías y se deja caer, se ensangrienta y sufre por la agonía de vivir. Descubrimos ironías tales como: “Tal vez yo he hecho el cielo y la tierra, pero ya no me acuerdo.”28
En el tercero de los relatos, Jorge Luis Borges personaje se entrega a uno de los juegos más antiguos del hombre: jugar a ser dios, asomarse a las profundidades del abismo para observar lo inaudito.
En cuanto a las ironías en “El Aleph” hay muchas. Sobre todo las que el narrador emplea para burlarse, ante el lector, de Carlos Argentino Daneri.
Observó que para un hombre así facultado el acto de viajar era inútil; nuestro siglo XX había transformado la fábula de Mahoma y de la montaña. Las montañas, ahora, convergían sobre el moderno Mahoma.
Tan ineptas me parecieron esas ideas, tan pomposa y tan vasta su exposición, que las relacioné inmediatamente con la literatura: le dije que por qué no las escribía. Previsiblemente respondió que ya lo había hecho.29
Para explicar el recurso aquí analizado podríamos mencionar el sugestivo comentario que se permite hacer el narrador en torno al intertexto mahometano incluido. Esas montañas ahora sí acuden al llamado del profeta.
En cuanto a lo segundo, la literatura parece ser el mejor sitio en donde los hombres como Argentino Daneri se desenvuelven. Él mismo lo corrobora.
Por último, hay un juego muy especial que a Borges le gusta practicar y que podemos denominar como la búsqueda del otro, de ese otro que es igual a mí aunque yo no lo identifique plenamente.
Otálora quiere ocupar un lugar que trascendentemente le corresponde, que quizás le haya correspondido en otra vida de la que ya no se acuerda, como le pasa a Asterión. Azevedo Bandeira es el otro, es el ser en conflicto que le aguarda al final del camino para demostrarle que los logros no son tan sencillos.
Asterión juega a ser otro, se ve a sí mismo, se visita, platica consigo mismo. Es la imagen desdoblada de un universo conflictivo hasta la exageración y hasta la enajenación.
Jorge Luis Borges ya nos ha hablado de su otro ser en el cuento homónimo del Libro de Arena. Pero creemos que Carlos Argentino representa justamente la otra parte de sí mismo que él no quisiera ser, pero que igual debe sobrellevar.
En fin, en medio de un profundo universo simbólico, el escritor recrea la imagen del hombre entregado a altas realizaciones y que desea huir de la mediocridad en donde un obscuro destino lo ha sepultado. Borges sostiene la duplicidad del hombre, que representa en esencia la duplicidad del ser: la búsqueda infatigable de aquel que se encuentra en mí, pero que no alcanzo a reconocer.
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Opiniona sobre 'Tipos y modelos dominantes en el proceso creador de la humanidad. En busca de una antropología literaria. Enfoques y perspectivas - Jorge Luis Borges. El Aleph' (2)
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