



En Virginia Woolf, y a través de su novela clave para la interpretación del cosmos post kafkiano: Orlando (1929), se ofrece un símbolo curiosamente significativo en el marco de los estudios literarios que se han gestado y reproducido en el siglo pasado. Él es un andrógino que se entrega también a una larga búsqueda. Rompe con los esquemas del tiempo tradicional y va al encuentro de un mundo que él mismo realiza desde la aparente imposibilidad de sus sueños.
En Orlando aparecen redivivas las dos naturalezas extremas. Es primero un delicado varón del renacimiento, para transformarse después en una imperiosa mujer. En relación con este aspecto de pervivencia de los géneros, rescatamos el símbolo de Andrómaca cuyo nombre etimológicamente significa “varonil en el combate” y el de Emma Bovary quien se debe masculinizar para sobrevivir; en fin, el de Orlando que sintetiza a ambas.
Además, la noción de temporalidad en esta autora resulta totalmente contraria con lo que había sido en la literatura tradicional. Orlando vive mucho más allá de un tiempo real y después de conocer el amor por una princesa rusa y al ser abandonado por ésta se sume en una profunda desazón.
A medida que avanza el relato el personaje sufre sucesivas transformaciones a manera de curiosas metamorfosis que lo van reubicando circularmente en el mundo en que le ha tocado vivir. Esta noción de incesante retorno vuelve a aparecer en el marco de la nueva literatura inglesa del siglo pasado. Recomenzar implica repetirse a uno mismo; y Orlando sufre y se aniquila en cada reversión, pero sabe que debe ser así porque su natural condición de individuo intermedio entre dos naturalezas tan distintas lo obliga a ello.
El carácter lúdico que señalábamos en Balzac y que encontraremos también en Borges es representativo de una forma dinámica de encarar el hecho literario. El narrador de Virginia Woolf juega constantemente mientras elabora la imagen de un ser humano diferente; éste reúne las características que debe poseer el nuevo hombre del siglo XX: sensible al arte y al sufrimiento de los demás; capaz de comprender ambas naturalezas: la masculina y la femenina; preocupado por su apariencia y en permanente movimiento y acción creadora; competente para transformarse cuando las circunstancias profundas así lo reclamen; en fin, un hombre total en el que la nueva axiología pondrá sus ojos inquietos.
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