El título es el primer "umbral" de la obra. Puede ser definido como un micro-texto, una "unidad discursiva restringida" [13] de forma y dimensiones variables (puede ser una sola palabra, un sintagma o una frase) que desempeña la función de designar, para el lector, el objeto o sistema semiótico que es, en este caso [14], la novela. De todos los elementos constitutivos de la novela, el título es el más citado y más conocido, el que dota la novela de unas dimensiones sociales importantes. Desde el punto de vista de la pragmática, el título desempeña varias funciones. La primera de ellas es la función apelativa, ya que el título tiene que designar, de modo distintivo e individualizador, la obra a la que se refiere:
"el título es el nombre de pila de la obra literaria y ello en muchos aspectos, puesto que es a través del título que se reconoce, se recuerda, se estudia, se registra, se almacena y se busca cada obra." [15]
Otra función del título es la referencial u orientativa ya que informa sobre el contenido de la obra o, cuando menos, sobre algunos de sus componentes. La primera información que los lectores reciben acerca de la obra les viene proporcionada por medio de ese primer umbral o pórtico que es el título.
Otra de las funciones que desempeña el título es aquella que Kurt Spang denomina "función aproximadora" [16] y que consiste en la capacidad del título de acercar a los lectores "más intensamente a la obra literaria como artefacto que afecta la sensibilidad" [17]. Esta última función se encuentra, a su vez, en estrecha conexión con otra que el mismo Spang califica de "ficcionalizadora", propia de las obras literarias y que consiste en "llevar al lector desde el mundo real al mundo ficticio evocado y creado en la obra literaria". [19]
La última de las funciones del título es la función comercial, llamada también "aperitiva" o publicitaria. En efecto, el título debe interesar, llamar la atención, seducir e incluso convencer y, sobre todo, incitar a la lectura.
Gérard Genette, por su parte, distingue, en este aspecto del título, entre dos categorías: aquellos títulos que anuncian de alguna manera el contenido temático de la obra, por lo que los llama títulos "temáticos", y aquellos otros que, por no ser temáticos, podrían ser calificados de "remáticos" [19]. El crítico francés resume, también, en cuatro las funciones principales del título: la primera viene a ser de designación o identificación, la segunda es una función descriptiva de alguno(s) de los contenidos de la obra. La tercera es una función connotativa, relacionada directamente con la anterior. La última es una función de seducción que, en palabras de Genette, es de eficacia dudosa ya que puede tener efectos contraproducentes. [20]
Por ello, las relaciones entre el título y el texto son complejas. Es, como se ha visto, la primera fuente de información de la que dispone el lector en relación con la obra, por lo que deberá presentar lo esencial de la información, orientar al lector hacia los contenidos, sea de modo explícito o, simplemente, aludiendo a ellos implícitamente. Su estudio puede emprenderse siguiendo tres enfoques diferentes y complementarios: el sintáctico, el semántico y el pragmático. Los dos primeros guiarán la aproximación que ofrecemos aquí del estudio de los títulos, no así el tercero dado que el aspecto pragmático del título depende en gran medida de los efectos que éste logre o deje de lograr en tal o cual categoría de lectores y, por tanto, foma parte de la sociología del libro y de la teoría de la recepción que, en el presente estudio, no se contemplan.
El primero de los tres criterios señalados se fija en la construcción del título, su extensión y los elementos que lo componen. Por regla general, los títulos se distinguen por ser breves y elípticos, con una destacada preferencia por lo nominal en detrimento de los elementos verbales, así como por un predominio de formulaciones compuestas exclusivamente, o casi exclusivamente, por nombres, propios o comunes, con combinaciones de sustantivos con adjetivos. Éste es el caso de cinco de los seis títulos de las obras consideradas, con un claro predominio del uso del nombre propio de los protagonistas respectivos de las obras (Pedro Páramo, Artemio Cruz y Palinuro). El único título que contiene en su formulación un elemento verbal es Arráncame la vida de Ángeles Mastretta, y no se trata, como más adelante veremos, de un título formulado por la autora de la obra sino que es el título de un bolero mexicano.
El segundo criterio es el correspondiente a la semántica del título. Desde este punto de vista podemos afirmar que las seis obras ofrecen muestra de títulos de tipo temático, tal y como los define Gérard Genette. Pedro Páramo y Palinuro de México, títulos constituidos exclusivamente por el nombre y el apellido del personaje protagonista, indican que se trata de una obra dedicada, en su mayor parte, al personaje cuyo nombre da su título a la obra. En la mayoría de los estudios realizados sobre el personaje en la novela mexicana contemporánea, se puede apreciar hasta qué punto tanto el nombre como el apellido del personaje central de la novela de Rulfo están cargados semántica y simbólicamente y se relacionan directamente tanto con la situación de sequedad y dureza (piedra) invocadas por el nombre de pila, como con el vacío característico de su vida (páramo) inducido por el apellido. Del mismo modo, el nombre del personaje central de la novela de Fernando del Paso, con reminiscencias míticas inducidas por la referencia al personaje de La Eneida de Virgilio y el destino trágico al que lo lleva su inclinación al sueño y al idealismo, se contextualizan en la situación histórica del México del 68 en el cual Palinuro viene a ser el prototipo del joven estudiante, idealista y soñador. Esta dimensión representativa-simbólica se refuerza por medio de la imposición al personaje del apellido compuesto por la preposición "de" y el nombre de su país: México. Debemos señalar, por otra parte, que este título, junto con el de la novela de Mastretta y, en grado menor, el de Laura Esquivel, ofrece una muestra de la noción de "intertitularidad" [21] al referir a otro texto, en este caso el de Virgilio del que no se recoge sólo el nombre del personaje, sino también la experiencia vital.
La muerte de Artemio Cruz, a su vez, contiene el nombre y el apellido del protagonista que, al igual que los dos títulos anteriores, está cargado semántica y simbólicamente, sobre todo en el nivel del apellido (cruz = trinidad y sufrimiento), además de la caracterización por la "muerte", inducida por el uso de la preposición "de", por lo que cobra mayor relieve este último aspecto (la muerte) que el mismo personaje, pese a la fuerza simbólica de su nombre y, sobre todo, su apellido. Se trata, pues, de un título de anticipación ya que anuncia la muerte del personaje protagonista cuya vida, marcada por el sufrimiento, se narra en la mayor parte de las páginas de la obra, pero que es sólo recordada en el momento de su agonía e inminente muerte que es el tema central de la obra.
En las novelas restantes, el título funciona como metatexto: por una parte, hay una relación estable entre el título y el contenido de la novela puesto que aquél informa sobre partes de ésta y, por otra parte, el título goza de cierta autonomía ya que constituye una unidad significativa autónoma que representa una actualización del tema que se desarrolla en la obra. En Al filo del agua, se trata de situar al lector en el ambiente de espera y angustia anterior a la inminencia de un suceso grave. Agustín Yáñez ofrece del título de su novela una explicación sucinta en una nota breve que aparece antes del inicio de la obra propiamente dicha, y en la que informa a los lectores del significado de la misma. Sabemos, de este modo, que esta expresión es usada por los campesinos para referirse al momento inmediatamente anterior al comienzo de la tormenta, y que, en sentido figurado, se usa para significar la inminencia de un suceso de importancia. Con ello, se prepara al lector a encontrarse, en la obra, la narración de hechos o acontecimientos cuya importancia les viene otorgada por el hecho de situarse en vísperas de un suceso importante [22]. La noción de espera queda, pues, asentada desde el principio, como una constante de la obra. El título cobra su plena significación para el lector al finalizar la lectura de la obra, ya que en este momento es cuando este último llega a comprender que el suceso que, al inicio, está "al filo del agua", es la revolución inminente, que no llega a tener lugar dentro de los límites espacio-temporales de la diégesis, pero que acabará con el estancamiento característico del pueblo sin nombre, inducido, en el plano sintáctico, por medio de la ausencia de verbo en la formulación del título.
En Arráncame la vida, el título del famoso bolero mexicano del que se cita un fragmento en la obra [23], y que ofrece otra muestra de "intertitularidad", se puede aplicar, de igual modo, a la protagonista Catalina que se ve "arrancada" a su familia y despojada de su personalidad por la prepotencia y el machismo de su marido Andrés Ascensio, y a este último cuya vida es "arrancada", lenta pero seguramente, por medio de la infusión de cempasuchitl que Catalina le va sirviendo en los últimos capítulos de la novela. Por ello, el pronombre personal "me", complemento del verbo en imperativo, semánticamente cargado de fuerza y violencia, puede remitir tanto a la narradora protagonista como a su antagonista y socio en la diégesis, Andrés Ascensio. Por otra parte, también es posible relacionar el título de esta novela con el mundo vegetal, como lo hace Monique J. Lemaître [24], y asimilar la experiencia vivida por Catalina a la de las flores que son arrancadas del campo para servir de adorno. En efecto, en gran parte de la novela, la narradora protagonista se ve obligada a servir de adorno al personaje público que es Andrés Ascensio tanto como gobernador del Estado de Puebla como en sus nuevas funciones como alto responsable político en el gabinete presidencial en la capital.
El título de la última obra, La ley del amor, también resulta altamente significativo no sólo en relación con su co-texto, sino también en relación con un texto fundamental en la cultura occidental: la Biblia, por lo que admite, por lo menos, dos interpretaciones complementarias la una de la otra. La primera puede basarse en la presencia de esta misma fórmula en el texto bíblico como una obligación de todo buen cristiano. El hecho de no acatarla se interpreta como una de las causas fundamentales de la pérdida del equilibrio, la cual está en la base misma de la creación y elaboración de esta novela de Esquivel. Pero, por otra parte, se trata de una ley universal que trasciende los límites de una sola religión o profesión de fe, para hacerse extensiva a toda la comunidad humana que es, en definitiva, el blanco de la crítica de la autora. Este título, pues y al igual que los demás, viene a ser de tipo explicativo y referencial, en estrecha conexión con su co-texto.
Debemos señalar, también, en relación con el título, que dos de las seis novelas aquí consideradas contienen capítulos titulados. Éstas son Al filo del agua y Palinuro de México. Otras dos ofrecen divisiones en secuencias no tituladas: Pedro Páramo y La ley del amor. La muerte de Artemio Cruz contiene, en sus secuencias historiadas, la especificación de la fecha (año, mes y día) entre paréntesis que funciona a modo de título de las mismas, mientras que Arráncame la vida, utiliza en vez de los títulos, una viñetas acompañadas del número correspondiente al capítulo. Tanto en esta última obra como en las de Yáñez y Del Paso, el título del capítulo (o la viñeta que lo sustituye) desempeña una función situativa y referencial anunciadora del contenido de su co-texto.
Para terminar, hay que señalar el caso particular que constituye la formulación del título "Instructivo" que encabeza las instrucciones anteriores al inicio de la narración en La ley del amor. La aparición de este mismo texto paralelo a la narración así como su título, asimilan la novela a un producto cuyas reglas de uso se especifican en función de las categorías de los lectores-usuarios y de las condiciones específicas relacionadas con las características de gustos y tendencias de los mismos. La autora tiene conciencia de estar ofreciendo al público lector una novela atípica y novedosa, por lo que hace uso de estas estrategias, también explicativas y orientativas, no ya del contenido del texto, sino de las modalidades de su utilización.
Señalemos, por último, en relación con este mismo aspecto del título, que cuando en las demás novelas, el título de las mismas está escrito con caracteres de tamaño mayor que el que se usa para el nombre del autor, en La ley del amor, ello es al revés. Este detalle encuentra su explicación en el hecho de que, en el momento de la publicación de esta obra, la autora era muy conocida por su primera novela Como agua para chocolate de la que se habían vendido más de cuatro millones de ejemplares en el mundo y se habían hecho traducciones a más de treinta idiomas.