



Hay quienes replican que el mundo cruzado por múltiples conflictos del que fueron protagonistas, testigos y víctimas los hombres de la Grecia arcaica, de la Grecia clásica, fue producto de la superstición, la especulación, cuando no de la ficción; quienes asumen que los conflictos trágicos fueron exorcizados por el Positivismo, cuando no por la Ilustración. No faltan las objeciones, sin embargo.
Con la crisis de los sistemas colapsó la era del tratado, se perdió el confort metafísico que antaño permitía al hombre conservar la esperanza de un mundo feliz. No sólo es posible registrar el conflicto entre la seguridad y el sentido, y ante el cual se debatieron Adán y Eva cuando fueron tentados por la serpiente. No sólo hay conflicto entre el presente y el futuro, el mismo que padeció San Agustín cuando pedía a Dios castidad, pero todavía no. Hay también otros conflictos cuyo protagonismo resulta indiscutible en los tiempos presentes. El conflicto entre la libertad y la igualdad, ideales políticos que no ha sido posible armonizar a pesar de los esfuerzos realizados por gobiernos comprometidos con los más disímiles idearios políticos, en la medida en que la libertad genera desigualdad. El conflicto entre la cantidad y la cualidad, entre la abundancia y la exclusividad de los bienes adquiridos, conflicto característico de la Sociedad de consumo, y que las tarjetas de crédito intentan resolver hipotecando el futuro, es decir, relevando un conflicto por otro.
Porque vista desde las antípodas la creación es también destrucción; porque toda revolución implica la redistribución del poder, la alteración del orden; porque pensar es repensar, a riesgo de socavar nuestro confort metafísico; porque no es posible una auténtica transformación espiritual sin antes morir en lo que se es y renacer otro, la dinámica del cambio, por su propia inercia, se traduce en la transgresión de los prejuicios, las presunciones, los presupuestos preexistentes, y ello no acontece sin dolor, sin nostalgia.
Lejos de ser una patología de la existencia, un error, un desvío, los conflictos constituyen la condición de su posibilidad, y no estaría en nuestras manos suprimirlos. El paraíso es utopía. Es cuando adquieren vigencia términos como reingeniería, cuando se asume la universidad como universidad permanente, cuando se reivindica, en síntesis, el paradigma trágico, solidario éste con una concepción de mundo como mundo a medio hacer, con una concepción de hombre como ser en camino. Porque cualquier reconstrucción de mundo que se adelante, acontece a expensas de la construcción anterior, de las demás opciones, del tiempo disponible, no estaría exenta de conflictos.
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