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Tragedia, Paraíso y Utopía - El "mundo feliz" en cuestión

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CopyLeft Monografía de Julián Serna Arango - 21 de Septiembre de 2006
Temas Relacionados: Psicología
2. El "mundo feliz" en cuestión

Aunque un mundo ordenado alrededor de un centro, en función de un Norte, ha sido visto por algunos como la panacea, como el fin de la historia, inclusive; después de haberlo conquistado numerosas veces, después de haberlo perdido otras tantas, Occidente encalló en el nihilismo. Aunque abundan los nostálgicos del sistema, los fieles de la dinastía de los ismos, los adictos al confort metafísico (expresión acuñada por Nietzsche) propio de la era del tratado, también hay quienes sospechan que Occidente tomó la senda equivocada al comprometerse con un dogma, con unos principios, con un léxico. Nietzsche, Heidegger, Derrida, Rorty entre ellos. Cuando la crisis de los sistemas nos ha dejado a la deriva de las circunstancias, si nos asecha el nihilismo, ha llegado la hora de repensar las bondades del paraíso, de preguntarnos por la viabilidad de la utopía, de discutir, en síntesis, la conveniencia de un mundo sin tragedia.

Un mundo en el que los premios se ajustan a los méritos y los castigos a las culpas, como sería un mundo no-trágico, sería un mundo previsible, en el que el futuro estaría -literalmente sea dicho- presente, en el que -forzoso es concluir- no habría futuro.

¿Hubiéramos preferido un mundo en el que la intersección entre el conjunto de las virtudes y el conjunto los vicios no fuera otro que el conjunto vacío, en el que el horizonte moral hubiera sido urbanizado por un maniqueísmo a prueba de excepciones, por una rigurosa taxonomía? Si ello fuera así hubiéramos terminado por adoptar una concepción fijista acerca de los valores, del deber ser, como antaño se asumió de las especies biológicas. Ello no estaría exento de implicaciones. A falta de mutaciones nos haríamos poco resistentes a los imprevistos, al caprichoso azar, como las comunidades comprometidas con la endogamia lo terminan siendo a las enfermedades. No es el único símil por supuesto. Una sociedad en la que la jurisprudencia no muta, tarde o temprano terminará desbordada por las nuevas conductas punitivas; una lengua en la que el léxico no muta, entrabará la comunicación, la hará inviable, inclusive.

¿Hubiéramos preferido un mundo en el que no hubiera litigios de linderos entre la sabiduría y la ignorancia, en el que sus fronteras fueran trazadas de una vez por todas ? Si hubiera un orden del mundo, una naturaleza humana, un fin de la historia, bastaría descubrirlo una vez, y en lo sucesivo únicamente restaría socializarlo. Muchos han creído descubrir el orden del mundo, las pautas para su construcción también. Muchos han pretendido colocar punto final a la conversación iniciada por Tales de Mileto acerca de los interrogantes cruciales de la existencia. Porque ha sido un número plural (y en exceso) el de quienes han creído descubrir el orden del mundo, las pautas para su construcción, los unos se han encargado de refutar a los otros, y ninguna de las posturas filosóficas ha salido indemne de la escaramuza. Como lo han dicho varios en diferentes circunstancias, Tertuliano el primero, si alguna vez se hubiera podido deslindar lo verdadero de lo falso, la filosofía estaría de más y nuestras facultades intelectuales habrían alcanzado su jubilación anticipada.

Un hombre sin futuro, una sociedad vulnerable, unas facultades intelectuales atrofiadas serían, en síntesis, las consecuencias derivadas de un mundo sin tragedia.

Por el sufrimiento que nos provoca y el sentido que nos potencia, la ambivalencia de la condición trágica de la existencia constituye el protofenómeno de múltiples ambivalencias surgidas alrededor suyo. Al tiempo que nos tienta, la novedad nos atemoriza. Al tiempo que perseguimos la estabilidad, huimos de la monotonía. Nos seduce el cambio, aunque lo consideramos peligroso.

No es casual ni mucho menos que la existencia de conflictos irreductibles, de valores inconmensurables, haya sido registrada por el teatro antes que por otro género literario, en la medida en que éste asume el elemento dialógico de la vida humana (cuando el otro no es simplemente el otro para mí, sino otro yo, de acuerdo con Bajtín) en toda su plenitud. El teatro, dirá Artaud, en apretada síntesis: "Desata conflictos, libera fuerzas, desencadena posibilidades"7.

Autor y licencia de 'Tragedia, Paraíso y Utopía - El "mundo feliz" en cuestión'
Julián Serna Arango Extraído de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero24/serna.html CopyLeft
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