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Tragedia, Paraíso y Utopía - Los dioses no son neutrales

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CopyLeft Monografía de Julián Serna Arango - 21 de Septiembre de 2006
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3. Los dioses no son neutrales

Como protagonistas de la tragedia griega, los dioses inducen los conflictos que atraviesan la vida de los mortales, les imponen responsabilidades desmesuradas, no les perdonan el más mínimo desliz. No en vano dirá Domenach: "Nada reemplaza a la tragedia en su papel escandaloso de volver a colocar al espíritu humano frente al mal injustificado"8. Pero son esas dificultades provocadas por los dioses las que permiten a algunos mortales transmutarse en héroes y potenciar el sentido de la existencia como ocurre con Eteocles, con Antígona, con el titán Prometeo, inclusive. Vistos desde ese ángulo, los males fomentados por los dioses servirían como medio para un bien mayor.

Porque el poder de los dioses griegos es un poder repartido, los conflictos no sólo se hacen posibles, sino además probables. Porque entre ellos se distribuye la virtud y el vicio, las divinidades de los politeísmos no son del todo buenas ni del todo malas. Los dioses pueden ser magnánimos, ecuánimes, leales, pero también lo contrario. Los mitos en los que es posible registrar la infidelidad, la maquinación, el engaño de los dioses son legión. Pero son justamente esas divinidades iniciadas en el mal, las que estarían en condiciones de utilizarle como medio para un bien mayor, de introducir periódicas cuotas de caos en el cosmos para garantizar la diversidad, la incertidumbre necesaria para sacar adelante el proyecto de hombre como un ser abierto a sus posibilidades, es decir, como un ser con futuro.

Aquellas concepciones que apostaron por un modelo ordenado de mundo, que conjuraron (a su manera) el elemento trágico de la existencia, requerían, en cambio, de un tipo diferente de divinidad:

- Porque el mundo no es meritocrático, porque ello constituye el mayor de los escándalos, es menester garantizar al hombre premios y castigos justos, así sea mediante la introducción de algunas hipótesis adicionales, como sería la inmortalidad del alma y la existencia de Dios. No es otra la tesis de Kant en la Crítica de la razón práctica.

- Asegurar a los mortales una segunda oportunidad allende este mundo exigía un poder fuera de serie, el concurso de una divinidad cuya palabra fuera ley, y en última instancia, de una divinidad omnipotente.

- Porque no son posibles varias divinidades omnipotentes al mismo tiempo, una divinidad cuya palabra fuera ley no podía darse sino en el marco del monoteísmo.

Lejos de ser natural, la dicotomía monoteísmo-politeísmo fue producto de una cierta evolución (o involución) del fenómeno religioso. Así en la primera fase del monoteísmo hebreo, Yahwéh se revela no sólo como una divinidad bondadosa, misericordiosa, sino además como una divinidad colérica, arbitraria; en una segunda fase, en cambio, las acciones de dudosa estirpe son endosadas al demonio, el agente del mal. Repartidas las cargas, eximida la divinidad del trabajo sucio, de la misma manera que el Tribunal de la Inquisición delegara la ejecución de los condenados al brazo secular, queda abierto el camino para una concepción estrictamente moral de la divinidad. A ello se refiere Hernández Catala: "(…) en la medida en que la figura de Dios se va 'eticizando', Satán adquiere valor negativo propio"9. Separado el bien del mal, transcendida la coincidentia oppositorum de los primeros tiempos, es posible desarrollar una concepción monolítica de la divinidad, una concepción coherente, lógica, como en efecto acontece en el marco de la teología, cuando el concepto en cuestión se reduce a un inventario de cualidades positivas superlativas, cuando se multiplican por infinito las cualidades humanas y se habla de omnipotencia, de omnisciencia, de suma bondad por ejemplo.

Al tender un abismo entre la divinidad y el hombre, el monoteísmo se propone confinar la existencia humana dentro de límites claros y precisos. Otro tanto harán el racionalismo, la Ilustración, cuando la fe en la razón y la ciencia alcanza dimensiones superlativas, cuando hay quienes apuestan por el progreso de la sociedad, la felicidad del individuo y la paz universal. Mientras los teólogos apartan a Dios de los hombres, cuando sostienen la exclusividad de los atributos del primero, no dejando para los últimos otra vía que la fe, otro rol que la obediencia; los filósofos, en cambio, alejan al hombre de Dios, bien porque afirman la autonomía del primero, bien porque niegan la existencia del último. Se trata de dos vías complementarias por supuesto. Ello tiene sus implicaciones, sin embargo.

Que los teólogos hayan realizado ingentes esfuerzos por ofrecer una imagen coherente, lógica de la divinidad, y atribuir a su objeto de estudio las virtudes humanas multiplicadas por infinito para fasto de su facultad y envidia de las facultades vecinas en la universidad medieval, revela una incomprensión del fenómeno religioso. Lejos de asumir una condición monolítica, el fenómeno religioso estaría articulado por elementos antagónicos. Leemos en Lo santo de Rudolf Otto: "El contenido cualitativo de lo numinoso (…) está constituido de una parte por ese elemento (…) que hemos llamado tremendum. Pero, de otra parte, es claramente algo que al mismo tiempo atrae, capta, embarga, fascina. Ambos elementos atrayente y retrayente, vienen a formar entre sí una extraña armonía de contraste"10. Así haya sido suprimida por las teologías, la ambivalencia de lo sacro resulta compatible, en cambio, con la ambivalencia de lo trágico, en cuanto la participación de las divinidades en la vida de los hombres constituye al mismo tiempo el dique que contiene y la dificultad que forja.

Entre el monoteísmo y el politeísmo no sólo varía la concepción de la divinidad, otro tanto sucede con la relación dios-hombre. Mientras reserva para los suyos la bienaventuranza eterna, Dios condena a los pecadores al castigo eterno. No sólo eso. Entre los teólogos de los monoteísmos no faltan quienes definen este mundo como un valle de lágrimas haciendo todavía más evidente la asimetría entre el bien y el mal. Semejante concepción maniqueísta del sufrimiento característica del más allá, se opone diametralmente a lo acontecido en este mundo tal como fuera registrado por los trágicos, quienes hacen del sufrimiento un medio para un bien mayor, quienes explican la vida humana como una dialéctica entre el sufrimiento y el sentido, quienes comprometen a los dioses con semejante estratagema.

Autor y licencia de 'Tragedia, Paraíso y Utopía - Los dioses no son neutrales'
Julián Serna Arango Extraído de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero24/serna.html CopyLeft
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