Si bien el primer estudio crítico sobre la obra de A.M. en nuestras letras data de 1929 (23) , y pertenece a Lauxar (Osvaldo Crispo Acosta, 1884-1962), las primeras señales críticas de su influencia en un poeta uruguayo son mucho más tardías y se relacionan con Líber Falco (1906-1955), esto sin referir a la mencionada influencia ejercida en J.J. Casal, que nunca ha sido estudiada. En prólogo de Arturo Sergio Visca al volumen póstumo de Tiempo y Tiempo (Universidad de la República, Montevideo, 1963) que reúne la obra conjunta de Falco, el crítico traza un significativo paralelismo entre la poesía de éste y la misma paradigmática copla de Antonio Machado citada por Berenguer, dice: "En su conjunto, los poemas de Líber Falco parecen distintos momentos de un sólo gran poema expresivo de la totalidad de una vida humana. Esos poemas, y según pide la copla de Antonio Machado, cantan y cuentan una viva historia. Esa viva historia es la autobiografía de un alma. Pero esa autobiografía es contada, y según exige la misma copla, cantando sólo su melodía, esto es: contando no la exterior indumentaria anecdótica de la vida del poeta sino sólo su latido y sentido esenciales".
Dos poemas de Falco lo vinculan al tema de la España en guerra, Canción por la España Obrera firmado en 1936 y publicado en su primer libro Cometas sobre los muros (1940) y Nuestra España (Tiempo y Tiempo, 1ª edición, Asir, 1956) éste dedicado a Juan Bertullo, un militante antifascista. Mario Arregui en su testimonio sobre el hombre y el poeta, titulado simple y entrañablemente Líber Falco (Arca, 1964) deja constancia que Machado era el único poeta entre los escasos autores que Falco conocía y admiraba en profundidad: "No fue hombre de libros, aunque leyó lo suyo y conocía su Dostoievsky, su Tolstoi, su Antonio Machado...Sentía un gran amor por Romain Rolland". Emir Rodríguez Monegal señala las influencias españolas en la poesía uruguaya al iniciarse la década del 40, diciendo: "(...) al aparecer en un momento en que la lírica hispánica está dominada por fabulosos técnicos como Jorge Guillén, por poetas de torrencial superrealismo como Vallejo o Neruda, por la popularidad (algo excesiva) de ciertos ayes y juglarías de García Lorca, tanto (Beltrán) Martínez como (Líber) Falco (que están en la línea intimista que entronca sobre todo con Antonio Machado) parecen opacos, resultan casi invisibles"(24). Luego, el crítico contextualiza el origen de la poesía de Falco en simultaneidad con la tragedia española ("hacia 1938, en una hora del mundo que (...) pide al poeta una solidaridad humana y combativa que Líber Falco, luchador, hijo de luchadores, ni quería ni podía negar") para volver a vincular su mundo poético con el de Machado: "un mundo de cosas humildes, de paladeado inventario de cosas humildes, como el de Antonio Machado (...)" (25).
De aquí en adelante la ascendencia de lo español aparece como rasgo común en buena parte de quienes se inician hacia mediados del cincuenta y a principios de los sesenta, predominando por sobre otras poéticas como la anglosajona o francesa. El factor aglutinante más evidente de esa línea española parece ser la poética de Antonio Machado, observación ya señalada por el crítico Enrique Elissalde en artículos del diario Epoca (Nueva poesía uruguaya, 4/6/65) así como en La poesía en el Uruguay (Separata de la Revista Razón y fábula, Universidad de los Andes, 1967). En la introducción titulada Poética, de 1931 (para la antología preparada por Gerardo Diego) A.M. acierta con una máxima que sintetizará su pensamiento poético magistralmente: "la poesía es la palabra esencial en el tiempo". Así, prefigurando al existencialismo de Heidegger, como bien lo señalara María Zambrano (26), A.M. habla del "ser que deviene, de su propio existir" y del poeta al que "no le es dado pensar fuera del tiempo, porque piensa su propia vida, que no es, fuera del tiempo, absolutamente nada". Sin embargo no será a partir de la filosofía de Heidegger, sino del "existencialismo comprometido" de Jean Paul Sartre, mediante el cual parece haber sido recepcionada, entre los uruguayos, esa "inmersión en lo temporal" de la que habla Machado, en sus dos sentidos: el de la temporalidad íntima y el de la circunstancia social e histórica.
Será en la tríada de poetas de Tacuarembó (Washington Benavides, Circe Maia, adoptiva de ese departamento, y Walter Ortiz y Ayala) en quienes mejor se refleje tempranamente la ascendencia señalada. En el caso de Benavides la presencia de A.M. no es visible, como en otros, mediante epígrafes, ni títulos, ni referencias expresas, teóricas o intertextuales, sino más bien por el clima global de su verso en "compenetración íntima con el paisaje y sabores de su solar nativo", según Isabel Gilbert (Marcha, julio, 1966). Su poética se nutre de múltiples reflejos y en esa pluralidad discurre la falsa oposición entre lo culto y lo popular, que Benavides bien sortea, igual que el propio Machado lo hiciera a su manera, en sus Canciones, o en Proverbios y Cantares, o en Romances, sin ir más lejos. Un manejo métrico que tanto la emprende con las formas populares de tradición hispánica como con la milonga, y que puede abarcar referencias tanto trovadorescas como anglosajonas (Ezra Pound o Chaucer), sitúan al poeta en uno de los registros más abiertos, y mejor dotados, del instrumento lírico. Pero a pesar de tal diversidad, Ricardo Pallares ha planteado, más bien se ha preguntado, con mirada certera lo siguiente en relación a la herencia machadiana: "En su obra se da - por vía del acendramiento intimista y subjetivo- la aparición de textos cuyo motivo parece excesivamente apegado al entorno y a la circunstancia de los horizontes personales del poeta y de sus paisajes de cultura. (¿Descendencia machadiana? (...)" (27)
En breve prólogo a su libro de título machadiano, En el tiempo (1958), Circe Maia asume la poesía en tanto "respuesta animada al contacto del mundo", para subrayar, que "La relación con la realidad es, por consiguiente, estrecha, íntima: se trata de un diálogo". Dice compartir "la opinión que ve en la experiencia diaria, viva, una de las fuentes más auténticas de poesía". No será sólo en esa cotidianeidad de donde extrae su decir poético, sino también en la forma que adopta el lenguaje para expresar tales vivencias, donde Maia se vincula con A.M.. Según Heber Benítez dicho libro "abre una poética en la que las secuencias descriptivas se ligan bajo el signo de sospecha ante la representación mimética. La temporalidad suspende a ese universo para tematizarlo bajo sus presiones, en donde cabe hablar de reescritura machadiana (tanto en niveles citacionales como en los del comentario) y de la intución de la duración, de un Henri Bergson, también inscripto en el discurso del sevillano" (28). Si superponemos algunos planteos teóricos de A.M. a los mencionados por C. Maia en dicho prólogo, la filiación se hace evidente. Mientras el español declara ser "poco sensible a los primores de la forma, a la pulcritud y pulidez del lenguaje, y a todo cuanto en literatura no se recomienda por su contenido", para Maia la "misión del lenguaje poético es descubrir y no cubrir; descubrir los valores, los sentidos presentes en la existencia y no introducirnos en un mundo poético exclusivo y cerrado". Si Machado confiesa que "Lo bien dicho me seduce sólo cuando dice algo interesante, y la palabra escrita me fatiga cuando no me recuerda la espontaneidad de la palabra hablada", Maia estima que la "expresión adecuada es un lenguaje directo, sobrio, abierto, que no requiera cambio de tono con el de la conversación, pero que sea como una conversación con mayor, calidez, mayor intensidad". Es C. Maia, por tanto, quien acaso ha asimilado en forma más integral (a su propia voz y contundente obra) buena parte de la estética machadiana entre quienes se inician al filo de los ´60.
En 1963 Walter Ortiz y Ayala arrasa con los premios de la Feria del Libro y el Grabado obteniendo el primer puesto con un título que remite sin ambages al poeta español: Hombre en el tiempo, llevándose además, dos menciones, con libros que publicará posteriormente: El Trotacalles (1964), cuyos sonetos están fechados entre 1950-60, y Los espejos (1965), éste con el epígrafe "Mas busca en tu espejo al otro,/ al otro que va contigo (...)" del Machado de Proverbios y Cantares. Realizando paralelismos con la obra del sevillano, Benavides dice que esta poesía "nos introduce, como a través de un viaje en ferrocarril (de los de antes, a vapor y leña) en la comarca encantada, en la provincia. Pero no recurre para ello al autoengaño, a la ficción arcádica. Ahí está la provincia, con su valor indudable, sobre todo en cuanto a la calidad humana de sus seres, pero también está la sórdida provincia, la del engaño, la tierra de Don Guido o cualquier anti-hombre de nuestro tiempo" (Contratapa de Obra Junta, E.B.O., Montevideo,1980).
La presencia de Antonio Machado puede verificarse significativamente en los paratextos (títulos, dedicatorias, epígrafes, prólogos y contratapas) de varios primeros libros de otros que recién se inician en los ´60, así como en el abundar en tópicos subordinados al concepto de la temporalidad: referencia a la infancia, ensoñación evocativa, fugacidad de la vida o en la "otredad", como deriva de lo íntimo a lo colectivo, mientras que a nivel de estilo, se verifica en cierta discursividad que desemboca en lo descriptivo paisajístico o costumbrista.
Tales rasgos pueden entonces rastrearse en las obras iniciales de una larga lista de poetas de la época, algunos relevantes, otros hoy más olvidados. De ese voluminoso conjunto cabe citar a: María Amelia D. de Guerra (1924), Desde antes de la infancia (1964) y Poemas del tiempo (1965); Jorge Meretta (1940) en La otra mejilla (1964) y a lo largo de su ya vasta obra; a la citada Gladys Castelvecchi (1922) desde su primer No mas cierto que el sueño (1965) y en Fe de remo (1986) con epígrafe de Machado ("Malos sueños he. Me despertaré"); Alejandro Peñasco (1914-1979) "al que lo liga una entrañable afinidad (con Machado)", según José Pedro Díaz (prólogo a Infancia de la muerte, 1976); Luis Anastasía (1930) en El viento y la sombra (1962) en cuya solapa se habla de la "tradición de Antonio Machado, con cuya poesía hallaremos en este libro no pocos puntos de contacto"; Rubinstein Moreira (1942-1996) en Nocturnos de las horas (1964) con epígrafe de Machado ; Walter de Camilli (1926) cuyo único poemario se titula, sin más, Palabra en el tiempo (1964); Diego Pérez Pintos (1937-1987) caminante entre neblinas, y visionario de presencias aladas en su destacable y único poemario, Los Pasos (1965); Jorge Arias (1931) estrenándose en Cinco poetas jóvenes uruguayos (premio compartido, 1ª Feria de Libros y Grabados, 1961), quien afirma: "Yo no escribía cuentos, sino poesía, surgida como un manantial bíblico de la lectura de Antonio Machado" (prólogo de Piedras Libres, 1974).
Por último entre los estudios en torno a la obra de Machado realizados por poetas uruguayos cabe citar: de Idea Vilariño "Grupos simétricos en la poesía de A.M." (Revista Número, 15/17, julio-diciembre, 1951); el exhaustivo trabajo de Roberto Ibañez (Cuadernos de Marcha, Nº25, Montevideo, 1969) uno de los más fervientes estudiosos de su obra;
también los poetas Alejandro Peñasco y Cecilio Peña elaboraron conjuntamente un "Estudio sobre Antonio Machado" (1976). En cuanto a la poesía de Cecilio Peña pueden señalarse prolongaciones de los poemas de amor de Machado en una serie de sus textos titulados "Leomar", "Guionor", "A Guionor" y "Guionor...hallada?" (Canto y Señas, Talleres gráficos impresión, 1994) que juegan con la composición de los nombres de Leonor y Guiomar, creando así una intertextualidad que prolonga en forma metapoética la obra de A.M. en su propia voz. Pero quien ha publicado más trabajos que nadie en torno a A.M. en nuestro país es el poeta Jorge Arbeleche, a saber: "Los caminos de Antonio Machado" (Fundación de Cultura Universitaria, 1973), Homenaje a Antonio Machado (Fundación de Cultura Universitaria, 1975); Antonio Machado, poeta del misterio (Acali, 1979) y Antonio Machado: Poesía y Poética (en Responsabilidad de la poesía, Rosgal, 1997). Además, Arbeleche en varias oportunidades se ha hecho eco y portavoz del pensamiento poético de A.M.. En el discurso pronunciado recientemente (12 de junio, 1997) a su ingreso a la Academia Nacional de Letras, titulado "El velo de los dioses" (en El hilo de la lumbre, Ediciones De La Plaza, 1998) al primer poeta que cita, en mensaje dirigido a los más jóvenes, es a A.M. en carácter de "maestro", y dice: "Quiero también mencionar a aquello poetas jóvenes y aún a los que todavía están en agraz, porque ellos habrán de continuar esta tarea sin principio ni fin, bajo la definición del maestro Antonio Machado: poesía, cosa cordial, ya que serán sus palabras las que establecerán el lazo indispensable de noble, cordial comunicación entre los hombres para desterrar la soledad estéril e implantar el necesario reconocimiento de cada uno en el otro". Quede dicho mensaje, entonces, como ejemplo y síntesis de la gravitante, y aún vigente, presencia de Antonio Machado en el ámbito de las letras uruguayas.