Durante aquellos tres meses los trabajadores habíamos aprendido más que en todos los años anteriores. Daba vértigo apreciar la rapidez con la que la clase obre-ra iba elevando su nivel de conciencia y sacando conclusiones a medida que se iba desarrollando la lucha. En apenas dos meses nos situamos al nivel de los demás trabajadores de Euskadi que nos llevaban décadas de adelanto.
El “3 de marzo” expresaba la capacidad de lucha y sacrificio de la clase obrera cuando hay objetivos claros, participación y una dirección que está a la altura de sus aspiraciones. Las reivindicaciones unitarias, la asamblea como centro de deba-te y decisión de las propuestas, la coordinación de las luchas y su extensión, haciendo solidario al conjunto del pueblo trabajador. También la necesidad de par-ticipar y debatir nuestros problemas, de comprender que se derivan todos de un sis-tema económico injusto que utiliza en su beneficio los medios de comunicación, las leyes, los gobiernos, la policía y los ejércitos. Todo ello era importante pero, además, era imprescindible una dirección con plena confianza en la capacidad de lucha de la clase trabajadora. Una dirección que no se podía improvisar. No fue casualidad que algunos de los trabajadores más destacados fueran personas con experiencia en otras luchas y con una formación claramente anticapitalista.
Aprendimos que había que organizarse. Luchar sirve para defender o reclamar nuestros derechos pero debe ser al mismo tiempo un medio para organizarnos más y mejor y para comprender la necesidad de cambiar de raíz la sociedad en la que vivimos porque lo que conquistamos hoy, con mucho esfuerzo, intentarán quitár-noslo mañana por cualquier medio. Todas nuestras experiencias sirven para resal-tar la importancia de estar organizados y para profundizar sobre los intereses que hay detrás de nuestros problemas. Aunque es cierto que durante la huelga las características de algunos dirigentes impidieron insistir en la necesidad de luchar por la libertad sindical y fortalecer las organizaciones obreras, los propios trabaja-dores llegaron a esa conclusión participando masivamente cuando se consiguió su legalización.
Aquel tres de marzo muchos trabajadores decían que la lucha había quedado aislada en Vitoria, que no se había conocido en otras partes, que los medios de comunicación habían silenciado lo que ocurría. Y tenían razón. El esfuerzo realiza-do como UGT de Alava durante el conflicto, enviando informes a la dirección y a las organizaciones internacionales y al final para informar en el Estado y en otros paí-ses, respondía a la comprensión de que la solución de nuestros problemas depen-de de nosotros, en primer lugar, pero también de la solidaridad y apoyo que seamos capaces de generar.
Pero sobre todo aprendimos que somos una clase decisiva para cambiar la rea-lidad. Alrededor de los trabajadores en huelga se aglutinó la inmensa mayoría de la comunidad: jóvenes, estudiantes, pequeños comerciantes, profesionales, amas de casa. Nuestra lucha también demostró que cambiar el régimen político mediante una movilización de clase era una posibilidad real e inmediata.
Durante dos meses tuvimos el privilegio de asistir y participar en la Universidad más importante para cualquier trabajador, la de su propia experiencia. En los años siguientes, y en todos los ámbitos de actuación sindical, estaría presente lo que aprendimos y lo que conseguimos, especialmente en la negociación colectiva y en el impulso a las organizaciones sindicales. También en el propio desarrollo de la ciu-dad porque la prevalencia y protagonismo de los barrios obreros fue el recipiente en el que se moldeó una fuerza vecinal determinante frente a los primeros ayunta-mientos democráticos.
Habíamos conseguido romper los topes salariales, conquistar las libertades ejer-ciéndolas, obligar a los empresarios a negociar y admitir a los representantes que habíamos elegido, elevar el nivel de conciencia y organización y acelerar todos los procesos hacia la democracia al poner en evidencia la imposibilidad de la reforma franquista.