Nuestra huelga culminaba un proceso ascendente de luchas en todo el Estado y fue determinante en la caída del Gobierno Arias Navarro y en el impulso a lo que se ha dado en llamar “transición democrática”. La respuesta de la clase trabajado-ra a los asesinatos de Vitoria fue la mayor huelga general en Euskadi desde los años treinta y movilizaciones de condena en el conjunto del Estado y en todo el mundo.
Sin embargo en enero habían participado en Madrid más de 400.000 trabajadores rebasando con creces las movilizaciones de diciembre y si el movimiento fue cortado en su ascenso se debió a que la dirección de CC.OO. había aceptado las exigencias del Gobierno de que se negociase rama por rama y por los cauces oficiales.(1)
Mientras en 1975 hubo 10,35 millones de jornadas de trabajo perdidas por huelgas en 1976 la cifra se multiplicó por 10; nada menos que 110 millones de jornadas.(2) Si los dirigentes obreros hubiesen convocado una huelga general habría sido un éxito ya que casi la hubo en la práctica. Pero se negaron alegando que una huel-ga general no se convocaba en una fecha prefijada, que la lucha se tenía que exten-der como un reguero de aceite, que cada sector tenía un ritmo diferente de lucha y de conciencia, que la postura a favor de una huelga general era propia de organi-zaciones con elevada composición juvenil, y otros argumentos similares.
El sector dominante del capitalismo español sacó definitivamente la conclusión de que era mejor “una reforma política por arriba”, para mantener lo esencial, que perderlo todo ante el peligro que para ellos representaba la clase obrera. Buena prueba de ello fue que el Gobierno antes de la huelga de Vitoria sólo tenía pensado modificar dos artículos del Código Penal, referentes a asociaciones ilícitas, revisar la Ley de Prevención del Terrorismo, derogar la Orden de 1939 sobre reunión y mani-festación y una irrelevante modificación de la Ley de Relaciones Laborales.
La lucha en Vitoria cuestionó radicalmente el argumento de que la clase obrera no tenía fuerza para imponer ella sola las libertades democráticas, puso en eviden-cia el proceso de abandono progresivo de posiciones políticas rupturístas por parte del PSOE y del PCE, y marginó totalmente la estrategia de PCE y CC.OO. de utiliza-ción del Sindicato Vertical. Ello explica que la lucha hubiera quedado aislada, que no se hubiera generado una mayor solidaridad en el conjunto del Estado y que se intentara minimizarla considerándola una más de las luchas que se estaban realizando. Hay que considerar que tan sólo en los dos primeros meses de 1976 había 20.000 trabajadores sancionados o despedidos por su actuación en huelgas(3). A mediados de año el rey nombraría a Adolfo Suárez, ex-Secretario General del Movi-miento Nacional, en sustitución de Arias Navarro, y convocaría un referéndum para la aprobación de la Reforma Política.
Los dirigentes de las organizaciones obreras en lugar de forzar la “ruptura demo-crática” con el régimen franquista, basándose en la fuerza y conciencia de los tra-bajadores para organizar a la mayoría de la población en torno a un programa de transformación socialista de la sociedad, estaban aceptando una “reforma demo-crática” que, con el argumento del “consenso” con el anterior régimen, daría lugar a un sistema electoral y una Constitución que permitían mantener aspectos claves de las estructuras de poder del anterior aparato del Estado y que garantizaban la propiedad privada y la economía capitalista. No se depuraron los aparatos represi-vos (Policía, Guardia Civil o Ejército), se creó una segunda cámara legislativa, el Senado, claramente regresiva, se impuso la Monarquía y no se reconoció el dere-cho de autodeterminación o derecho de las nacionalidades del Estado español a decidir libremente sus relaciones con los demás pueblos. Y como consecuencia de su subordinación estaban pactando una salida a la crisis económica radicalmente enfrentada a los intereses obreros.
Dos semanas después de los sucesos de Vitoria la Junta Democrática de Espa-ña y la Plataforma de Convergencia Democrática llegaban al acuerdo de formar Coordinación Democrática, o Platajunta, aunque ya para entonces se venia hablan-do de “ruptura pactada” o “ruptura negociada”, en lugar de “ruptura democrática”. Mientras que los integrantes de izquierdas eran los únicos capaces de impulsar movilizaciones contra el régimen, la presencia de miembros relevantes de la bur-guesía, que no representaban a nadie, limitaban esos impulsos y moderaban hasta la proyección política de la coalición, favoreciendo los intentos del franquismo de convertir la transición en una reforma gradual y controlada por ellos.
El 6 de agosto un millar de personas recibían en la Estación del Norte a tres de los siete implicados en el sumario abierto por los sucesos del tres de marzo. Otros tres ya estaban en libertad y un séptimo estaba huido. Sus expedientes habían sido sobreseidos por el Tribunal de Orden Público.
Por los hechos del 3 de marzo se abrió un expediente que fue pasando de tribunal en tribunal hasta que el Juzgado Militar instruyó la causa 39/77 que acabó en sobreseimiento provisional. Se archivó alegando que: “no había motivos suficientes para acusar a personas determinadas como autores del delito”. El informe de la policía, en el que se basaría el de la Dirección General, emitido varios años más tarde, decía:
“…los sucesos acaecidos el 3 de marzo de 1976… debido en gran parte a la falta de medios económicos y a la demagogia de los “líderes”, los cuales, en las Asambleas que celebraban en las Iglesias conseguían crear en los obreros un estado de superexcitación que los convertía en una masa sin control… llegó un momento en que los “líderes” les instaban a que dichas manifesta-ciones no fuesen pacíficas y que llevasen palos, cadenas, porras o cualquier otra arma contundente, con que hacer frente a las Fuerzas de Orden Público y conseguir así que toda Vitoria viera la unidad existente entre los obreros… las Fuerzas de Orden Público procedieron a invitar al desalojo de la iglesia, pero viéndose insultados y abucheados por una multitud agresiva, hicieron uso de los medios antidisturbio de que disponían, momento en que los mani-festantes, entre 8.000 y 10.000 personas, se abalanzaron sobre ellos portan-do toda clase de objetos contundentes, incluso cuchillos y cristales de la pro-pia iglesia envueltos en pañuelos a modo de arma blanca, por lo que la Fuer-za actuante se vio desbordada y para defender sus propias vidas hicieron uso de sus armas reglamentarias…”.
En Octubre de 1999 se constituía la Asociación de Víctimas y familiares de vícti-mas 3 de marzo de 1976. Recogían así el testigo de quienes desde el principio habí-an intentado, en vano, el esclarecimiento de los hechos. Presidida por Romualdo Barroso y José Luis Martinez de Ocio, padre y hermano de dos de los asesinados, inició una andadura tenaz para conseguir el reconocimiento institucional de la ver-dad de los hechos, para exigir responsabilidades, y para que se reconociera a todos los afectados como víctimas de la violencia del Estado.
Desde entonces se han multiplicado sus iniciativas ante el Ayuntamiento de Vitoria, Diputación Foral de Alava, Juntas Generales de Alava y Parlamento Vasco. Se han desarrollado campañas entre los trabajadores y ante la sociedad civil. Se han realizado estudios e informes remitidos, junto con las demandas, ante las instancias judiciales, que no han querido asumir su competencia. Van a recurrir al Tribunal Europeo de Estrasburgo y están dispuestos a llegar hasta donde haga falta.
Porque la realidad es que, veintiocho años después, las víctimas de aquellos sucesos no han obtenido ningún tipo de reparación: ni en relación con los respon-sables materiales y políticos, porque no se conoce formalmente a ninguno, a pesar de todas las pruebas y grabaciones existentes, ni en relación con los perjuicios de orden económico y moral causados. He aquí una de las consecuencias del proce-so de reforma política, lo que explica por qué los partidos de izquierda con repre-sentación parlamentaria miraron hacia otro lado. Especialmente el PSOE que, junto a la UGT, tienen una deuda pendiente para hacer prevalecer la verdad de lo que ocurrió. Por eso aquella inscripción escrita con sangre, ¡Justicia!, y aquel grito, ¡Vitoria hermanos, nosotros no olvidamos!, perduran aún en la razón y en los corazones de quienes fuimos testigos de la tragedia, y nos traen al recuerdo los versos de Neruda.
Aunque los pasos toquen mil años este sitio, no borrarán la sangre de los que aquí cayeron.
Y no se extinguirá la hora en que caísteis aunque miles de voces crucen este silencio.
La lluvia empapará las piedras de la plaza, pero no apagará vuestros nombres de fuego.
Mil noches caerán con sus alas oscuras, sin destruir el día que esperan estos muertos.
El día que esperamos a lo largo del mundo tantos hombres, el día final del sufrimiento.
Un día de justicia conquistada en la lucha, y vosotros hermanos caídos en silencio, estaréis con nosotros en ese vasto día de la lucha final, en ese día inmenso.
1.- Madrid en Huelga. Enero 76.
2.- Fina y Hawkesworth, 1984.
3.- Resurgir del Movimiento Obrero. J.A. Maravall.