



(1 opiniones)
La poesía heroica es generosa en reconocer las distintas virtudes de Ulises, independientes del tradicional recurso de la fuerza. Mucho antes de la victoria final sobre Troya, numerosos cantos presentan a Ulises como un hombre prudente, sagaz, dotado de inusuales habilidades persuasivas, y que sabe pensar mejor que nadie (Iliada, X, 246-248). Sin embargo, sólo después de la guerra, durante la travesía de regreso a Itaca, Ulises tendrá que enfrentar los más notables desafíos. Diez años demora el viaje que lo llevará de vuelta a su tierra natal junto su esposa e hijo. Un tiempo excesivo, capaz de liquidar a cualquiera, durante el cual Ulises vivirá experiencias inéditas, en las que tendrá que cruzar las fronteras del mundo conocido para entrar en un espacio poblado de seres muy distintos, de pronto divinos, otras veces monstruosos o subhumanos. En todas ellas lo característico será una secuencia casi interminable de apremiantes problemas, que junto con poner a prueba todos sus recursos, terminarán mostrando nuevas facetas de su condición de héroe. Ulises demuestra en este recorrido tormentoso una resistencia y tenacidad en grados increíbles, una insobornable curiosidad por saber más, y una extraordinaria consistencia respecto de sus convicciones fundamentales.
Una vez en el mar Ulises y sus compañeros confían en llegar pronto a la anhelada patria. El viaje es tranquilo y poco después las naves bordean el cabo de Malea desde donde se divisa la costa de Itaca. Cuando los hombres ya respiran la atmósfera del reencuentro, se desata una violenta tormenta que levanta los barcos como si fuesen plumas. Poderosos vientos soplan a lo largo de siete días arrastrándolos hasta mares desconocidos. A partir de este momento Ulises no sabe en dónde se encuentra y nada le resulta familiar. El mundo de lo conocido ha quedado atrás y ahora está a las puertas de un espacio misterioso. En lo que sigue encontrará seres inmortales como Circe y Calipso, que se alimentan de néctar y ambrosía, y extraños personajes como los lotófagos, los cíclopes y las sirenas, entre muchos otros.
El mundo en donde han caído a causa de la tormenta, en nada se parece al mundo humano normal conocido. Al recogerse la tormenta divisan una playa y desembarcan en ella. Ulises designa una avanzada con la misión de explorar. Los habitantes del lugar son amistosos y reciben al grupo con amabilidad ofreciéndoles comida. Un detalle, sin embargo, es inquietante. Se trata de lotófagos, seres que se alimentan de la flor del loto, alimento que al ser ingerido por un ser humano produce pérdida de la memoria. Al comerlo un hombre olvida todo lo que sabe, no vuelve a recordar su pasado, y pierde su sentido de identidad. Quien come el deliciosos loto deja de vivir como hombre, su conciencia se desvanece.
Ulises sabe que ésta es la peor de las amenazas y obliga a sus hombres a embarcar. El objetivo básico, presente en todo instante por espacio de diez años, será siempre el proyecto de regresar a la patria. El olvido del pasado, la rotura de los lazos vitales, destruiría el núcleo que constituye al grupo y le da su sentido. Ulises no se confunde en esto, comprende que estar en el mundo humano significa vivir con los demás bajo la luz del sol, ver al otro y ser visto por él. Vivir en reciprocidad, construir una imagen de sí mismo, recordar quién es uno y quiénes son los demás. En este nuevo mundo, por el contrario, comer la flor del loto los arrojaría en un mundo de sombras en el cual ninguna persona sería diferente a cualquier otra, ni podrían utilizar el pasado para vivir el presente y proyectar un futuro.
Las aventuras recién comienzan. Después del episodio en la isla de los lotófagos, el barco navega tratando de recuperar su rumbo cuando súbitamente una densa bruma les impide ver más allá de las narices. Bruscamente llegan a un islote en donde habitan unos gigantes con un solo ojo llamados cíclopes. Ulises escoge doce hombres y asciende a la cima de una colina donde hay una caverna en la que encuentran cereales, quesos, viñas silvestres y algunas cabras. Los hombres se apoderan de la comida, pero están asustados y quieren volver rápidamente. Ulises, dominado por la curiosidad, quiere saber quien es el habitante de ese lugar. No sólo desea recordar, también desea conocer, dejarse llevar por el magnetismo del misterio, vivir distintas experiencias, aunque tiene la certeza de que al hacerlo asume grandes riesgos.
El dueño del lugar es un cíclope enorme, que súbitamente irrumpe en el escenario. Ulises se adelanta e identificándose como Nadie le cuenta que ha combatido en Troya y al intentar regresar ha naufragado. El cíclope, llamado Polifemo, no se impresiona con la historia, y cierra la salida con una roca diciendo que permanecerán allí para servir de alimento. Enseguida, tomando por los pies a dos hombres los arroja contra la pared, les destroza la cabeza y los devora. Ulises está aterrado, pero sabe que tiene que pensar rápido. Ofrece al cíclope un odre de vino que tiempo atrás ha recibido como obsequio. Este bebe sin moderación y al rato es vencido por el sueño. Ulises y los suyos preparan un tronco de olivo con una aguzada punta que luego calientan al fuego. Con decisión entierran el extremo candente en el ojo del cíclope hasta cegarlo. Sus potentes gritos son desestimados por sus compañeros, quienes al preguntar a través de la roca, escuchan decir: ¡Me están matando... Nadie me está matando!
Los cíclopes se alejan. El engaño de Ulises ha funcionado nuevamente, pero ahora es necesario salir de la caverna, y para este propósito concibe otra solución. El cíclope mantiene algunos animales dentro de la caverna, pero debe dejarlos salir en algún momento, y cuando lo haga cada uno de los hombres se aferrará al vientre de un animal. De este modo podrán burlar al gigante ciego, porque según el cálculo de Ulises, éste verificará solamente tocando el lomo de cada animal.
Lejos de los cíclopes, Ulises tampoco encuentra la paz. Conocerá caníbales que se alimentan con carne humana, un monstruo de seis cabezas y doce patas, el mundo de los cimerios, donde nunca amanece, una visita a las profundidades del hades, y seres mitad mujer y mitad pájaro. Estos últimos llamados sirenas, serán un nuevo desafío a su interminable curiosidad. Debiendo navegar por lugares peligrosos, entre Caribdis, un enorme remolino, y Escila, un peñasco con un monstruo devorador de hombres, Ulises resuelve pasar cerca del islote de las sirenas. Estas son igualmente peligrosas, dado que son portadoras de un conocimiento que fascina y atrapa. Quienes escuchan su canto quedan embrujados, pierden el control y mueren, como puede observarse por los cadáveres esparcidos en el islote, pero Ulises tiene una doble solución. Desea pasar cerca de las sirenas, ser el primero en escuchar su canto seductor y sobrevivir para contarlo, pero conciente del riesgo decide hacer el trayecto atado firmemente al mástil del barco. Por su parte, el resto de los hombres tendrán sus oídos tapados con cera, y estarán así libres de la mortal seducción. De esta manera podrán mantener el barco en movimiento y asegurase que Ulises no se libere de las amarras.
En medio de tanta dificultad y del dolor causado por la muerte de algunos de sus compañeros, Ulises mantiene siempre en lo más alto su objetivo principal: retornar a casa y encontrar a Penélope, su esposa, a Telémaco, su hijo, y toda su gente en el reino de Itaca. Sin embargo, la travesía no ha terminado, los dioses han dispuesto que Ulises enfrente todavía otras pruebas. Entre ellas, conocerá a dos seres de naturaleza divina que tenderán sobre él insidiosas redes, igualmente peligrosas, pero con la promesa del placer. Primero será la hechicera Circe, que vive lujosamente rodeada de mansos animales, con quien tendrá un auténtico idilio. Pero Circe tiene el poder de transformar a los hombres en animales, y de hecho convierte en cerdos a varios marineros. Durante un tiempo viven en su reino, pero bajo la presión de sus compañeros que no confían en la hechicera después de lo ocurrido, Ulises se lanza nuevamente al mar.
Más adelante aparecerá la diosa Calipso, de quien recibirá la más atractiva de las proposiciones. Así como Circe representaba la amenaza de ser degradado a la condición de un animal inferior, con el mismo poder Calipso le ofrece la inmortalidad. En una expresión sublime de afán posesivo, la diosa propone a Ulises trascender su condición de mortal y vencer a la muerte. Hasta aquí Ulises ha defendido sus recuerdos, afrontando distintas pruebas y padeciendo duros sufrimientos a fin de realizar su proyecto de cruzar las fronteras de lo humano y regresar desde allí a su condición original. Ahora se le ofrece renunciar a todo esto y asumir una inmortalidad anónima. La oferta de Calipso equivale a la juventud eterna: ¿quién podría desoír semejante ofrecimiento? Pasar de ser un simple mortal a ser un dios, en un sencillo gesto de magia. Ulises sabe, sin embargo, que se trata de una inmortalidad envuelta en un manto de olvido, sin posibilidad de que alguien vuelva a mencionar su nombre o poeta alguno cante su gloria. La segura respuesta Ulises no se hace esperar: ¡No te enojes venerada deidad! Conozco muy bien que la prudente Penélope te es inferior en belleza y en estatura; siendo ella mortal y tú inmortal y exenta de vejez. Esto no obstante, deseo y anhelo continuamente irme a mi casa y ver lucir el día de mi vuelta (Odisea, V, 215-225). En un sencillo gesto Ulises ha puesto a la vista lo sustantivo: la vida terrena con los seres queridos es superior al espejismo de la inmortalidad.
En otro momento el propio Ulises hará el siguiente relato de estos episodios: Calipso, la divina entre las deidades, me detuvo allá, en huecas grutas, anhelando que fuese su esposo; y de la misma suerte la dolosa Circe me acogió anteriormente en su palacio, deseando también tomarme por marido; ni aquella ni ésta consiguieron infundir convicción a mi ánimo. No hay cosa más dulce que la patria y los padres, aunque se habite en una casa opulenta, pero lejana, en un país extraño, apartada (Odisea, IX, 2-39).
Faltaban aun nuevas tentaciones en la isla de los feacios, pero finalmente Ulises pisa su Itaca querida. La prudencia le indica que debe ocultarse y provisoriamente adopta la forma de un mendigo. El disfraz cumple su objetivo, nadie lo reconoce, excepto su perro Argos, para quien los veinte años transcurridos y la engañosa apariencia no son obstáculos. La solitaria Penélope, en ausencia del rey, se vuelve un bocado atractivo y ha sido objeto de constante asedio. Numerosos pretendientes han desplegado sus esfuerzos por ganar su amor y tomar del poder. Ulises pone término a este asedio eliminando a los pretendientes que prácticamente se han apoderado del palacio.
El primer contacto con Penélope es inquietante. Ella no lo reconoce, pero Ulises despeja todas las dudas narrando una historia que sólo ellos conocen: Creció dentro del patio un olivo de alargadas hojas, robusto y floreciente, que tenía el grosor de una columna. En torno suyo labré las paredes de mi cámara, empleando multitud de piedras: la cubrí con excelente techo y la cerré con puertas sólidas, firmemente ajustadas. Después corte el ramaje de aquel olivo de alargadas hojas; pulí con el bronce su tronco desde la raíz, haciéndolo diestra y hábilmente; lo enderecé por medio de un nivel para convertirlo en pie de la cama, y lo taladré todo con un barreno. Comenzando por este pie, fui haciendo y pulimentando la cama hasta terminarla; la adorné con oro plata y marfil; y extendí en su parte interior unas vistosas correas de piel de buey, teñidas de púrpura. Tal es la señal que te doy (Odisea, XXIII, 183-205).
La fiel Penélope comprende que los veinte años de espera están justificados. Ulises le recuerda que la cama en que se consumó el matrimonio tiene una pata de olivo que hunde sus raíces en la tierra, y que por lo mismo expresa un compromiso inquebrantable.
|