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Ulises y los orígenes del Pensamiento Creativo - Una Manzana Dorada y un Caballo de Madera

 ****- (1 opiniones)
CopyLeft Monografía de Ricardo López Pérez - 20 de Septiembre de 2006
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2. Una Manzana Dorada y un Caballo de Madera

Hacia el año 1200 de la era antigua, coincidiendo con el término del período micénico, llega a su fin la guerra de Troya. Tras un largo asedio los griegos finalmente logran ingresar a la ciudad y doblegar por la fuerza a sus ocupantes. Tras diez años de violencia inútil, el conflicto se cierra mediante una trampa cuidadosamente planeada. Un grupo de guerreros griegos ocultos en un gran caballo de madera, traspasa las poderosas paredes de la ciudad, hasta entonces infranqueables, y una vez allí doblegan con facilidad a sus sorprendidos ocupantes.

Todo comenzó con un crucial descuido. La leyenda cuenta que el enfrentamiento se desata en el Olimpo durante el matrimonio del mortal Peleo y la diosa Tetis, al que inadvertidamente no se invitó a la diosa Eris, quien en venganza envió a la fiesta una manzana dorada con la inscripción: Para la más hermosa. Sin demora las tres diosas más importantes, Atenea, Afrodita y Hera, reclaman su mejor derecho a recibir el regalo. Zeus, jefe del Olimpo, obligado a resolver la disputa, determina prudentemente escoger un juez. Para tal efecto designa al bello Paris, hijo de Príamo, rey de Troya, ciudad que a la fecha era un importante centro político y económico. Las tres diosas intentan seducir a Paris para conseguir su preferencia: Atenea le promete sabiduría, Hera le ofrece poder, y Afrodita a la mujer más hermosa de la tierra. Por supuesto, París entrega la manzana a Afrodita y ésta a su vez le corresponde otorgándole el amor de Elena. Infortunadamente la bella Elena, hija de los reyes de Esparta, estaba casada con Menelao, de modo que cuando la pareja huye a Troya, agravia a un pueblo entero. Al fracasar una embajada diplomática que aspiraba a resolver pacíficamente el conflicto, el poderoso Agamenón, rey de Micenas y hermano de Menelao, convoca a los restantes reyes de Grecia, quienes disponen de inmediato a sus ejércitos y los envían a bordo de más de un millar de barcos. Por primera vez los distintos reinos griegos se reúnen en una gran empresa común.

El número de guerreros que ocultaba el caballo de madera es un misterio. Algunas versiones hablan de veinte, otras de cincuenta, y algunas algo más desmedidas llegaron a afirmar que se trató de trescientos hombres armados. Por varios siglos, desde luego comenzando con Homero, la imaginación poética se alimentó de los distintos sucesos de esta guerra y del singular caballo. En los últimos años de la era antigua, Virgilio todavía incapaz de sustraerse a la fascinación de este hecho, sin duda real para toda su época y las anteriores, vuelve a relatar la historia mil veces contada. Al cabo de tanto tiempo, cansados ya del modo habitual de la guerra, los griegos quiebran la rutina y optan por un nuevo curso de acción: Construyen un caballo tan alto como un monte, cuyos costados forman con tablas de abeto bien ajustadas. Fingen que es un voto para su feliz regreso; este rumor se divulga. Furtivamente encierran, tras echar suertes, en su franco tenebroso, los mejores guerreros y sus enormes cavidades y su vientre llenan de soldados revestidos de armas (Eneida, II, 15-20).

La idea fue de Ulises, si bien se supone inspirado por la diosa Atenea. Fue él quien propuso a los generales griegos una elaborada estrategia tejida en torno a un caballo de madera, que el diestro carpintero Epeo consigue fabricar en sólo tres días. El objetivo era el mismo desde el principio, ingresar a la ciudad amurallada, pero ahora se utilizaría un recurso inusitado, que en nada se parecía a las formas conocidas de desarrollar la guerra. Ciertamente el caballo debía contener una avanzada que una vez dentro de la ciudad permitiera el ingreso del resto del ejercito. Pero, aceptando la fuerza provocativa de la propuesta de Ulises, en momentos en que la fatiga hacía tentadora la posibilidad de abandonar la empresa, las dudas brotaban con fuerza: ¿Quién nos garantiza el éxito? ¿Cómo nos aseguramos que caerán en la trampa? ¿Cuánto riesgo debemos correr? ¿Por qué un caballo?...

La habilidad retórica de Ulises hizo la primera parte frente a sus compañeros. Originalmente la idea debió parecer absurda, como suele ocurrir con las propuestas que violentan las percepciones familiares. No tenía antecedentes y rompía una forma aceptada, ritual y tradicional de ejecutar la guerra mediante el enfrentamiento cuerpo a cuerpo y el choque del bronce. Además, nadie estaba en condiciones de garantizar nada, ni siquiera los dioses que en diez años no habían logrado llevar a los griegos a la victoria. Aún así, el poderoso Agamenón, jefe de la expedición, el rubio e indignado Menelao, y el sabio anciano Néstor, entre otros, cedieron ante la palabra persuasiva de Ulises. Todos ellos, hombres duros con muchas batallas en el cuerpo, se abrieron a la nueva fórmula y optaron por la promesa y el riesgo que ofrecía.

Los enfrentamientos en esa época tenían un fuerte sentido ritual, y se sometían regularmente a un esquema conocido. Aquiles y Héctor usaron sus carros para llegar al campo de batalla, pero la lucha sólo comenzó cuando cada uno pisó la tierra dispuesto a cruzar sus armas a la mínima distancia. El carro servía para llegar al lugar señalado, pero el choque decisivo obligaba a sentir la respiración del adversario. En un hecho poco usual, el cuerpo sin vida de Héctor fue arrastrado despiadadamente por todo el campamento griego, pero, al margen de este exceso, fundamentalmente así era como dos aristócratas hacían la guerra en esta época. El combate ocurría a la luz del día y su formato aceptado era el choque cuerpo a cuerpo. Una especie de ética guerrera en la que no había trampas ni emboscadas, sino la valentía, el atributo esencial de un héroe, y el honor, su mayor objetivo. Un mérito evidente de Ulises es haber puesto a sus compañeros detrás de una idea para la cual no existían referentes.

La idea nunca fue simple, exigió larga meditación, manejo de información específica y un refinado sentido del cálculo. Ulises eligió la figura de un caballo porque este animal tenía un rol importante en la economía, y era objeto de veneración por parte de los troyanos, quienes lo consideraban sagrado. Una vez terminado el caballo de madera se dispuso agregar una inscripción que lo consagraba a Atenea, como ofrenda para que la diosa permitiera a los griegos volver sanos y salvos a su patria. La apuesta de Ulises era que los troyanos llevarían el caballo al templo de Atenea ubicado al interior de la ciudad, pensando en que así recuperarían el esquivo apoyo de la diosa que hasta entonces se había inclinado por los griegos. A fin de dar un contexto de credibilidad, la idea se completó deshaciendo el campamento y embarcando a todos los hombres, con la sola excepción de Sinón quien sería dejado en la playa para dar un testimonio frente a los troyanos.

Al amanecer los troyanos descubren el gigantesco caballo de madera, y una rápida expedición advierte que el enemigo a levantado el sitio. Por cierto, las naves griegas no se han alejado, solamente se encuentran ocultas en un recodo cercano a la costa, tras la isla de Teneros. Los troyanos, con su rey Príamo a la cabeza, están confundidos. Unos han creído el engaño, pero otros desconfían. Sinón explica que ha sido abandonado a causa de sus diferencias con Ulises, pero asegura que el caballo es una auténtica ofrenda a la diosa Atenea. Su tamaño descomunal, según afirma, se debe precisamente al deseo de impedir que cruce las estrechas puertas de la ciudad. El engaño de Ulises está lejos de ser obvio. El tejido de su ardid se desarrolla con sutiliza, introduce la paradoja, y juega con la razón y los sentimientos. El sabio Príamo no logra ver con claridad. Destruir el caballo sería un insulto a la diosa. Dejarlo fuera de la ciudad, lejos del templo, podría ocasionar la molestia divina, en tanto que llevarlo al interior podría ser la oportunidad de recuperar el favor que últimamente les ha negado. Sinón parece auténtico, pero no deja de ser un griego. La expectativa de recuperar la paz al cabo de diez años de guerra inunda los espíritus, pero no consiguen ponerse de acuerdo. Distintas voces aconsejan destruir el caballo, pero otras están por ingresarlo a la ciudad. Acudiendo a su autoridad Príamo resuelve finalmente el dilema, y acepta quedarse con la ofrenda.

Se rompe una parte de la gruesa muralla y el caballo ingresa al corazón de la ciudad. La alegría domina entre los troyanos que se liberan y beben más de la cuenta. Después de tanto sufrimiento se permiten dormir sin sospechar los peligros que acechan. No son capaces de ver más allá de la apariencia y bajan la guardia. Han cavado su propia tumba. Caída la noche los soldados griegos salen sigilosamente del vientre de madera y sin demora toman posiciones, mientras el disciplinado Sinón hace señas a los barcos con una luminosa antorcha. El erguido caballo esparce gente armada dentro de los muros y, victorioso, Sinón propaga el incendio, con insultante conducta (Eneida, II, 325). En una feroz arremetida los griegos caen sobre sus indefensos enemigos, matando sin piedad a hombres, mujeres y niños, incendiando todo a su paso, saqueando y violando. Dominados por la hybris los griegos cometen los peores crímenes. Concluye así el largo asedio gracias a la astucia de Ulises, luego que la fuerza de Aquiles por sí sola resultara infructuosa.

Con excepción de un pequeño grupo de troyanos que conservaron sus vidas y lograron huir encabezados por Eneas, la destrucción fue total. El poeta Homero no duda en reconocer a Ulises todo el mérito que le corresponde: Máquina engañosa que el divinal Odiseo llevó a la acrópolis, después de llenarla con los guerreros que arruinaron Troya (Odisea, VIII, 487-499). Más tarde, parte de esta sangrienta historia sería relatada por algunos de sus protagonistas. Así habla Menelao sobre los acontecimientos que vivió junto a Ulises: Conocí el modo de pensar y de sentir de muchos héroes, pues llevo recorrida gran parte de la tierra; pero mis ojos jamás pudieron dar con un hombre que tuviera el corazón de Odiseo, de ánimo prudente. ¡Que no hizo y sufrió aquel fuerte varón en el caballo de pulimentada madera, cuyo interior ocupábamos los mejores argivos para llevar a los troyanos la carnicería y la muerte! (Odisea, IV, 266-290).

A continuación todos los griegos embarcan hacia sus respectivos lugares de origen. En este instante se abre el largo recorrido de Ulises en su intento por reencontrase con su tierra, que estará lleno de aventuras, peligros y sufrimientos, pero que finalmente será coronado por el éxito.

Autor y licencia de 'Ulises y los orígenes del Pensamiento Creativo - Una Manzana Dorada y un Caballo de Madera'
Ricardo López Pérez Extraído de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero24/ulises.html CopyLeft
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