



Como se puede ver en el mapa (dar clíck para agrandar), Calakmul está en la base del mexicano estado de Campeche, nombre que proviene de la corrupción de "kan pech", lugar de garrapatas y serpientes. Pero el hecho era que ninguna ruta de autobús llegaba, ni llega, hasta allá. No me di por vencido, había visto muchas veces la página en internet de la zona arqueológica con toda su prosa turística, "enclavada en medio de la hermosa reserva ecológica de Champotón, donde los paseantes pueden disfrutar de una caminata por corredores hechos en la selva, ó acampar bajo la luz de la luna escuchando el murmullo del río”, las fotos que veíamos en la red estaban realmente fabulosas y yo quería acampar "escuchando el murmullo del río". Salimos de ciudad de México a la pequeña ciudad campechana de Francisco Escárcega, que no tiene nada de turística, lo único que recuerdo de ella era que el cajero automático del lugar tenía operador, un anciano muy despierto y simpático quien había tomado la responsabilidad de manejar por sí mismo el cajero. Al querer retirar algo de dinero nos pregunto muy amablemente nuestro NIP, de momento no supimos que hacer, pero dado que todas las personas de la fila lo habían hecho, se lo dijimos y el nos dió los billetes, también, con gran iniciativa, nos imprimió nuestro saldo "no cuesta nada y es mejor saber cuanto se tiene" señaló con autoridad. Era evidente que esa actividad le reportaba una gran satisfacción pues le hacía sentir muy útil a los demás. Fue en Escárcega donde Pamela se corto el cabello al rape, debido a que no soportaba el calor. Recuerdo que al subir a un taxi escuchamos el reporte del clima: 43 grados, le dije al taxista "¡43, qué calor!, lo bueno es que ustedes ya están acostumbrados", con una mirada poco amigable me respondió "nadie se acostumbra a 43 grados". No le dí propina.
En la estación de autobuses pregunté a un chofer cómo llegar hasta Calakmul, me respondió: "puedo dejarlos en la carretera, luego hay una desviación de terracería, a veces pasan camiones que los pueden llevar". Ese "a veces" despertó una profunda desconfianza en mi alma. Además, una baja en la actividad en Pamela, que por lo general es bastante inquieta, me hizo sospechar que algo andaba mal, "luego venimos, con más calma" dijo, para incrementar mis sospechas, pues ella también había visto con entusiasmo la página electrónica. No insistí más, resignándome a mi suerte compré dos boletos para Chetumal y después de cuatro horas, por una carretera monótona estuvimos ahí.
Chetumal es una ciudad bonita, aunque sin mucho abolengo, no cuenta con espléndidos edificios coloniales como los de Mérida o Campeche. Pero sin duda es, desde el punto de vista habitacional, muy interesante. Las casas de madera, son del mismo tipo que las que se encuentran en Belice, con sus techos de teja y pintadas a colores pastel, con un porche donde la gente sale a mirar la tarde en sus mecedoras. Sus calles son tranquilas y amplias desde muchas de las cuales se puede ver el mar, lo que le da a la ciudad un aire agradable y pausado, típico de una pequeña ciudad junto al mar.
Cuando llegamos a Chetumal caía la noche y nos apresuramos a buscar un hotel. Durante el trayecto desde Escárcega nos habíamos detenido en Xpuhil, población limítrofe de los estados de Campeche y Quintana Roo, ahí el malestar estomacal de Pamela se había agudizado, y tuvo que hacer un uso urgente del baño de la estación a pesar de las protestas de una mujer que la confundió con un muchacho a causa de su cabeza rapada y la falta de aretes. Fui a la farmacia en busca de algún remedio, más lo único que pude conseguir fueron un par de alka-seltzer que se tomo de muy mala gana.
En Chetumal ya no pudo cargar su mochila, así que la deje en una banca de un parque y fui a buscar un hotel que encontré a tres cuadras y regrese por ella. Esa noche no comió nada, y en la madrugada vomito y fue innumerables veces al baño. Tenía mucha temperatura, quité toda la ropa de cama y con una toalla la abaniqué más de una hora, afortunadamente, la fiebre cedió con los medicamentos y pudimos dormir en la madrugada. Por la mañana se sentía muy débil, y ante mis infructuosos ruegos de que comiera, le pregunté qué se le antojaba. "Caldito de pollo, --me dijo--, con papas y anahorias,... como el de mi abuelita!.
Llevábamos con nosotros una diminuta estufa china la cual funcionaba a base de latas de alcohol sólido, no omitiré mencionar que la olla que completaba el juego de la cocina era ridículamente pequeña, supongo que al diseñar esa batería para campistas, a los chinos no se les ocurrió que a alguien se le podría antojar un caldo de pollo con papas y zanahorias tipo abuelita. Como quiera que fuese, salí por los ingredientes al mercado, después de comprar los vegetales fuí por el pollo, allí encontré al pollero decididamente borracho bailando sólo con un grabadora de sonido infame que tocaba una infame cumbia que repetía sin cesar "mikaela... mikaela.. que es lo que tu tienes alma mía, mikaela... mikaela". El hombre estaba a punto de cerrar el local así que tuve que rogarle un poco, mientras partía el pollo con un cuchillo cebollero me sirvió una mezcla de nanches machacados, hielo y alcohol del 96, al principio rechacé cortésmente el ofrecimiento, pero el insistió de una manera un poco agresiva, no tuve opción (a un hombre con un cuchillo cebollero no se le discute). No me arrepentí pues el coctel de nanches resultó ser de agradable sabor. Regrese al hotel un tanto mareado, Pamela dormía lo cual agradecí pues no tuve que dar explicaciones. Lave los ingredientes, los cuales tuve que coser por partes; primero un muslo de pollo, luego un par de papas, luego un par de zanahorias, luego calentar el muslo y las papas que ya se habían enfriado. Cuando estuvieron cocidas las zanahorias, por fin, pude mezclarlo todo.
Entre cocción y cocción sintonizaba uno de los tres canales que había en el hotel, uno era un canal local donde el payasito "Kakita" hacia sonar una chicharra y mandaba saludos, una cartulina coloreada en la pared era toda la escenografía, supongo que sólo había una cámara pues el encuadre al rostro de "kakita" fue estático durante horas. En el otro canal estaban pasando una alucinante caricatura de una vaca y un pollo que de algún modo eran hermanos, la vaca necesitaba dinero debido a lo cual buscaba vender su leche, el pollo la probaba varias veces tomándola directamente de la ubres de su hermana para comprobar la calidad. Mientras veía la tele a ratos dormitaba, toda esa tarde la recuerdo como una pesadilla, donde el payaso se mezclaba con el pollo, la leche, los nanches y la botellita roja del alcohol del 96, todo junto y revuelto con la música de fondo de "Mikaela...Mikaela...qué es lo que tu tienes alma mía".
Dos latas de alcohol y cuatro horas se consumieron en el proceso. Finalmente, a las diez de la noche el caldo de pollo estuvo listo. Pamela, que estuvo viendo la televisión durante el rato que yo cocinaba, se incorporó sobre las almohadas, tomo el humeante plato, lo probó dos veces, «está sabroso» dijo y dejó el plato prácticamente intacto sobre el buró que estaba a un costado de la cama. Luego yo bajé a la farmacia en busca de una sonda para administrar alimentos vía intravenosa y una licuadora.....pero no debemos mezclar la fantasía de nuestros deseos en este relato.
A la mañana siguiente se sentía lo bastante fuerte como para caminar un poco por Chetumal, lo que yo aproveché para irnos de inmediato al museo maya local. El museo de Chetumal es de construcción bastante reciente y forma parte del circuito de museos de tipo interactivo, donde el visitante, a diferencia de los museos tradicionales, «toca, juega y aprende». La distribución de los espacios del museo estuvo inspirada en la concepción cosmogónica del pueblo al que está dedicado pues el interior simula una frondosa jungla nocturna con todo y los sonidos de pájaros y chicharras. El efecto que se consigue es bastante verosímil, salvo por los tres grados bajo cero que el visitante tiene que sufrir cortesía del aire acondicionado y por el adagio del concierto para clarinete de Mozart, que hace las veces de música ambiental. Como ya se dijo, el museo simula una selva de noche, debido a lo cual gran parte de las salas se encuentran en la penumbra, lo que le da un aspecto más acogedor e interesante. Las salas de exhibición están constituidas por tres niveles principales, el primero, y que es al primero al que se tiene acceso, representa la tierra, y en ella se explican las actividades mundanas que los mayas tuvieron que realizar para sostener su cultura: el comercio, la agricultura, la guerra, también se presenta la división social en un esquema que el visitante familiarizado con culturas antiguas (Egipto, Mesopotamia, China) encontrará familar.
Lo que nadie en el mundo encontrará familiar es el concepto de estética personal que dominó al mundo maya durante el periodo clásico. Durante los primeros meses de vida los mayas entablaban firmemente la cabeza de sus hijos para alargar su cráneo, consiguiendo el refinado efecto de "frente huidiza", además, por medio de una diadema en la cabeza, colgaban bolitas de cerámica frente a sus ojos para que la mirada fuese estrambótica o «visca». Los ojos además de desviados, debían ser grandes y mostrar una forma almendrada. El cabello debía ser largo, abundante y negro, sujeto en una «cola de caballo» a la altura de la mollera. Seguramente los mayas se aceitaban el cabello con esencias perfumadas. El maya hermoso debía poseer un ligero sobreepeso con algún abultamiento del abdomen, sin duda como indicación de la prosperidad y estabilidad logradas durante su reinado. En la mayoría de las representaciones de las dinastías mayas se ven ajaws gorditos. ¡Sin duda Brad Pitt o Britney Spears hubiesen sido considerados por los mayas como dignos de lástima por su notable y pálida fealdad! Entre los mayas los enanos eran considerados con respeto y generalmente una corte real clásica contaba con varios de ellos entre sus miembros. Los esquizofrénicos eran venerados, se les prodigaban cuidados y atenciones pues ellos habían visto a dios.
Volviendo al museo, el primer piso simboliza también la concepción maya de que la tierra es cuadrada y muestra la clásica división maya de cuatro puntos cardinales, cada uno con su color: Este-rojo, norte-blanco, oeste-negro, sur-amarillo. Según los mayas, el mundo está partido por el centro, o mejor dicho, tiene un agujero en el centro por el cual pasa Yax Kin la ceiba sagrada que sostiene al mundo con su ramas.
La sala alta del museo representa al cielo o la copa de la ceiba, donde vive el pájaro sagrado muán, que también pude verse en la tapa del sarcófago de Pacal. En este mundo habitan los dioses y uno particularmente importante para los mayas del Clásico, Itzamná, la serpiente de los cielos que fertiliza la tierra y que no debe confundirse con Kukulcán, serpiente emplumada que fue una importación del altiplano mexicano posterior a la época Clásica. En el cielo también está el sol, el cual asciende al cenit de mediodía a través de seis escalones que lo llevan a él. Pasado el mediodía, el sol se dirige hacia el oeste, descendiendo por otros seis escalones. El cielo maya, pues, tenía trece niveles. El número trece tenía fuertes connotaciones benignas en el mundo maya prehispánico y aún hoy la tiene. Una vez, estando en Palenque, una tarántula salió de entre unas tablas, uno de los empleados la mató con un palo y luego, sin que las demás personas se extrañaran empezó a separarle las patas, le pregunte al más próximo por qué lo hacia, me contestó, “tiene que partirla en trece pedazos, así las demás arañas ya no lo picarán”. Tiempo después me enteré que de que los campesinos de Quintana Roo tienen la misma costumbre, pero con los cienpiés. Cómo los misioneros coloniales señalaron hasta el fastidio !no es fácil que una costumbre o ritual maya muera fácilmente!.
La última sala del museo, se halla debajo de las otras dos, simboliza el inframundo maya, el Xibalbá, gobernado por Kizín, dios de la muerte, pero también de la regeneración, y cuyo nombre podríamos traducir jocosamente como “el apestoso”. Varias veces me he lamentado no haber conocido esa información antes, pues en mis épocas de secundaria había varios y varias a los que el apodo de Kizín les habría quedado como hecho a su medida.
Los mayas concebían el inframundo como un lugar húmedo y obscuro. El sol (kin), después de brillar durante las horas del día, se convertía en un jaguar que atravesaba el Xibalbá bajando hacia el por cuatro escalones ubicados al oeste y luego, volvía a salir al amanecer, ascendiendo por los cuatro escalones del oriente. El Xibalbá pues, tenía nueve niveles y en el se encontraban las raíces de Yax Kin que se nutría de los muertos. La única manera de que un hombre vivo viese el Xibalbá era a través de las cavernas, incluso en ellas se realizaban ceremonias, parecer las cuevas tenían un gran símbolo para los mayas y con razón, pues fue descendiendo por una de ellas por donde los gemeles sagrados Huanapu e Ixbalanque llegaron a y vencieron a los nueve señores de la muerte.
Por cierto, hablando de muerte y resurreción, --tema caro a los mayas si lo hay--, estos consideran muy mezquina la actitud de la mayoría de los mexicanos en cuanto a cuestiones funerarias; No les agrada la idea de que las personas sean enterradas en ataúdes de metal, donde ninguna raíz de árbol o planta puede llegar. Para los mayas la tierra nos nutrió, y lo justo es que al morir nosotros la nutramos a ella. Pamela congenió totalmente con la idea y mientras firmábamos el libro de visitas del museo me pidió que en cuanto ella muera la entierre sin ataúd y siembre un árbol de kiwi encima. Para no quedarme fuera de la jugada, le pedí que en cuanto muera, mi cuerpo sea cremado y mis cenizas dispersadas desde el templo de la cruz foliada en Palenque. Ambos lo prometimos y sellamos el pacto comprándonos un vaso de leche con chocolate y un pan dulce, que comimos mientras nos alejamos del museo con rumbo a la playa.

En este dintel maya se muestra una escena del «ritual de la aparición», durante el cual y bajo el efecto de ciertas plantas, ayunos y rituales los gobernantes mayas tenían visiones divinas gracias al favor de los dioses. En este caso se representa una escena mística en la cual una mujer, la esposa principal del gobernante de Yaxchilán Itzamna Balam, la señora Kabal Xook habla con su antepasado, un guerrero vestido a la usanza teotihuacana el cual surge de las fauces de una serpiente de estilo mexicano. El dintel celebra la ascención al poder de su esposo en 681, y lo vincula con el oeste, es decir con la poderosa Tollan (Teotihuacán).
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